Pinceladas de una traición Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Intranquila, decido consultarlo con la almohada.

Me meto en la cama y me cubro la cabeza con las sábanas.

Mi mente es un batiburrillo de ideas, miedos y sospechas.

Le doy vueltas y vueltas a todo lo que ha ocurrido: el espejo del baño, las manos, los espíritus del cuadro, mis pesadillas, incluso el Corruptor y que Sebastián cree que es real.

¿Y yo? ¿Creo yo que es real? ¿Y cómo podría negar mi propia intuición?

Las pesadillas.

Las profecías.

Los cuadros.

El Corruptor es quien nos sigue la pista, quien lleva persiguiéndonos a mi padre y a mí toda la vida, ¿no es cierto?

Es lo que resulta más obvio. Por eso las protecciones del castillo han empezado a caer.

Por eso lady Basira, que estaba en mis sueños aquella noche, ha desaparecido.

¿Estoy siendo una lunática al creerlo? ¿Estoy siguiendo las pistas adecuadas?

Me incorporo en la cama tras horas de insomnio y me muerdo la piel de los dedos como lo hice en mi casa, en Madrid.

No sé en quién puedo confiar.

Y, aunque no lo soporto, Cleia tiene algo de razón: necesito responder a mis propias preguntas.

Cuando salgo de la cama al amanecer, la luz es tenue y azul. Hace frío, así que me echo una manta por encima de los hombros. Espero al cambio de guardia para salir de la habitación, pues temo que, si me ven, alerten a Sebastián y la cosa escale aún más.

Avanzo pasillo abajo y tomo los giros adecuados, porque recuerdo la disposición del ala oeste y asumo que, si las reliquias están en algún lugar, deben de estar en su estudio.

Empujo la puerta con suavidad, escondiéndome.

Me adentro en el estudio del príncipe y encuentro la primera de las reliquias tras una vitrina. No llegamos a hablar de ello ni de nada. Veo la suave luz malva que la protege y asumo que Sebastián, por supuesto, la ha protegido para que nadie pueda llevársela. Sin embargo, no me dejo achantar.

Rozo la vitrina con cuidado y le pido que me deje levantarla. Hago lo que Cleia me enseñó a hacer la primera noche y se lo ordeno como le ordené a mi piel que se cerrara. La luz malva se aclara poco a poco hasta volverse blanca y la vitrina me obedece sin más.

Recuerdo a las noxfloras y lo que el custodio me dijo sobre la máscara.

«Te ayudará si lo necesitas, pues te permite ocultarte y ver lo que desees a través de otros ojos».

Con dudas, pero siguiendo mi intuición, pienso en Sebastián y en lo que Cleia cree que me oculta. Lo que sé que me oculta, porque está en su naturaleza hacerlo. Con cuidado, aunque me siento como Pandora al abrir la caja, me pongo la máscara frente a los ojos.

Pienso en él y observo con atención.

A través de la máscara, descubro que Sebastián está en el mausoleo de los Reyes de Valemir y que los reflejos del agua arrojan luz de un rincón de la sala a otra. Es cierto lo que dijo: la cripta es fría y está mal iluminada, aunque resulta imponente de todos modos.

Con él, ser Alaric Kergalot camina entre lo que parecen calles de una necrópolis subterránea.

—Sin más pruebas, será difícil encontrarla —dice el caballero.

El príncipe suspira intranquilo.

—No sé si estoy seguro de que seguir buscándola sea la mejor opción —añade y puedo sentir su corazón roto—. Temo que solo encontremos el cadáver y que perdamos recursos. Necesitamos más guardias protegiendo la zona sur.

El príncipe y su guardia más leal recorren el lugar con familiaridad, bajo su extraña y fría luz. Los Luminares no están presentes, aunque he oído decir que deberían estarlo. Supongo que le han dado espacio para ver a su padre, a sus antepasados.

Bueno, antepasados adoptivos, supongo.

—Los herederos que restan te darán un respiro —añade ser Kergalot—. Los peores ya han pasado, pero no deberías esperar mucho más para postularte.

—No puedo postularme sin las reliquias.

Ser Alaric parece agotado de tener la misma conversación una y otra vez.

—¿Y qué harán las reliquias por ti? ¿Se sentarán contigo en el trono? ¿Gobernarán también?

—No lo sé —responde el joven cortante—, pero si mi madre dijo que necesitaba las reliquias, las necesito. No voy a volver a discutir el tema.

Vaya, supongo que los dos piensan lo mismo que la última vez que los escuché discutir. Y luego yo soy la cabezona.

—No me importa lo que tenga que hacer —añade Sebastián—, pero cumpliré con la profecía de mi madre. Conseguiré las reliquias y eso será lo que me ayude a encontrar al rey que Valemir necesita.

Alaric le pone la mano en el hombro. Siento el roce de sus dedos en la nuca, como si fuera la mía propia. Cuando el guardia agarra a Sebastián como si fuera su propio hijo para mirarlo a los ojos, se me encoge el corazón en el pecho.

—¿Y dónde vas a encontrarlo si no en ti mismo, chico? —protesta.

Por cómo lo mira, sé que lo cree.

Pero Sebastián le aparta el brazo y sigue su camino entre las tumbas.

La cripta parece ser un lugar de reposo.

Es circular y tiene varias entradas y salidas, así como pequeños riachuelos en el suelo que le ofrecen cierta serenidad al lugar.

Aun así, con las flores y las decoraciones de mármol, resulta tan terrorífica como la imaginé cuando Sebastián habló de ella aquella noche.

—La profecía no dice que sea yo el monarca —protesta—, sino que será hallado la noche en la que la Casa de Amira se postule.

Ser Alaric suspira.

—Sois un cabezón, alteza.

—¡De quién lo aprendería! —ríe Sebastián—. ¿Sabes? De pequeño soñaba con que erais mi tío de verdad. Que éramos familia.

El caballero cuadra los hombros y, a través de los ojos del príncipe, soy capaz de ver que se está mordiendo la lengua. Veo que quiere decirle que lo son. Familia. Y, como recuerdo sus palabras, sé que Sebastián es la única familia que Alaric tiene.

Que lo elegiría siempre.

—¿Crees que es cierto? —pregunta Sebastián de repente—. Nunca lo has mencionado, pero debes de tener tu opinión.

—Alteza, mi opinión…

—Oh, siempre la regalas. No seas pejiguero ahora.

Creo que entiendo que hablan de su padre. Del padre de Sebastián, el real. No del rey Gael, que lo crio. No de Alaric, que se hizo cargo de él.

Hablan del hombre que lo engendró.

—A veces creo que es cierto —admite Sebastián— y que por eso soy así. También temo que sea la razón por la que temo que, si me precipito, nuestro plan sea un fracaso. Porque la profecía no dice que yo deba ser el próximo rey, Alaric. Esas no son las palabras adecuadas.

—¿De verdad es lo que deseas? Ser el rey.

Sebastián observa la corriente del agua y creo que entiendo cómo se siente cuando decide no contestar.

—Si nos precipitamos, podríamos destruir el destino que lady Basira predijo —responde frío y distante—. Por no hablar de que nuestra única prueba fehaciente sobre lo ocurrido en la torre son los restos de magia prohibida.

Alaric parece ser capaz de leerle la mente mejor de lo que nadie jamás ha sabido hacerlo. Cuando cruza el pequeño riachuelo para unirse a su joven príncipe, pone en palabras lo que él no dice.

—Temes que se la hayan llevado para desmoralizarte y obligarte a postularte cuanto antes —dice.

—Solo tengo una oportunidad —responde casi como una admisión—. Como todos los demás. Si La Fuente no me considera merecedor, no sé si podrá ayudarla. De hecho, ni siquiera sé si puedo. No sé dónde está o qué ha sido de ella. Además, la lógica…

—Nadie podría culparte por abandonar tu deber como príncipe heredero un par de días, Sebastián. —Alaric tuerce el gesto.

—Pero es algo que no me puedo permitir —responde herido—.

Necesito conseguir las cuatro reliquias y necesito el trono.

Necesito encontrar a mi madre y necesito traerla de vuelta a casa antes de que el Corruptor gane más terreno.

Sus pesadillas… —Escucho la frustración en su voz—.

¿Crees que sus pesadillas tienen algo que ver con las pesadillas de la hija de Ciro?

Cansado, Alaric suspira.

—Emma parece una buena chica, Sebastián.

—No puedo presionarla más —se queja el aludido—. Pensé que podría encandilarla y ya. Pero siempre que creo que consigo acercarme lo suficiente, se retira y desconfía. Por no hablar del desastre de…

Sebastián chasquea la lengua con fastidio.

—¿Puedes culparla?

—No, por supuesto que no —protesta el joven—. Pero te juro que a veces creo que, pese a lo inestable que es, sabe todo lo que le estoy ocultando. Creo que ve a través de mí o que puedo verme reflejado en su mirada. Lo que veo no me resulta particularmente agradable, si te soy sincero.

El corazón me da un vuelco cuando Sebastián se detiene frente a una de las estatuas. La imagen me resulta familiar: es una mujer que sostiene una espada y su cuerpo está envuelto por sogas. No, no son sogas.

Es una trenza larga.

El guardia se aleja, atravesando una de las puertas que lleva a un pequeño mausoleo y Sebastián lo sigue. Me pregunto qué habrá en ellos, si los reyes están expuestos en el centro del habitáculo. ¿Estarán retirándose?

—Siempre podrías contárselo —dice Alaric—. Creo que merece saber la verdad, Sebastián. No deberías ser el único que carga con ese peso.

Cuando Sebastián se vuelve y lo sigue, yo logro ver lo mismo que él. Con media sonrisa en la boca, ve al guardia que tiene la vista puesta en un viejo amigo.

—No hasta que no tenga lo que necesito —responde Sebastián—. Debo ser cauto o volverá a salir corriendo.

Cuando su mirada se centra en el cuerpo que yace en la tumba abierta, espero ver el rostro de Gael. Lo he visto en los telares del castillo, pero la idea de verlo ahora me resulta impactante.

¿Seguirá teniendo el mismo aspecto?

Pero algo no tiene sentido: Gael debería estar con los otros reyes. Esta debería ser otra persona.

Y lo es.

El rostro que Sebastián ve en la tumba no es el de su padre.

—Si estuviera despierto, te molería a palos —dice ser Kergalot—. Era escuálido pero peleón.

—Entonces es una suerte que no esté despierto —responde Sebastián mordaz—. Aunque su hija tiene un buen derechazo.

El rostro del hombre de la tumba es el de mi padre.

Ciro de Valemir.

El corazón se me acelera y suelto la máscara, que cae al suelo. La visión de la cripta desaparece, pero la voz de Sebastián sigue resonando en mi cabeza.

Mi padre.

Sebastián tiene a mi padre en la cripta.

Sabe dónde está y, de hecho, estoy segura de que lo sabe desde el principio.

Por supuesto que está usándome para conseguir las dichosas reliquias.

Está ocultándome lo que sabe para protegerse a sí mismo, para salvar a su madre.

Siento un dolor en el pecho que no puedo calcular.

¿De qué se protege? ¿De mí? ¿Y yo qué le he hecho?

¿Cómo ha podido ocultarme algo así? Eso o lo de su madre y mi padre compartiendo pesadillas.

¡Sabe mucho más sobre ellas de lo que dice!

Lo he ayudado.

He aguantado sus berrinches.

Me he metido en esos cuadros y me he enfrentado a sus monstruos, pero él…

No puedo creerlo.

Traicionada de nuevo, intento no perder el norte.

Recupero la máscara y la coloco bajo la vitrina.

Aunque me digo a mí misma que no hay nadie en quien pueda confiar y que Cleia ha conseguido lo que quería con todo esto, mis pasos son firmes.

Porque no es cierto. Nunca será cierto. Siempre habrá alguien en quien puedo confiar, pero solo si yo le ofrezco lo mismo.

Solo si me atrevo a pedírselo de verdad contándole mis miedos.

Alguien en quien podría haber confiado más si no me hubiera dejado confundir por esa atracción ridícula hacia el paranoico sociópata de Sebastián.

¿Cómo ha podido hablarme así o mirarme a la cara esta noche sabiendo todo esto?

¿Cómo puede pedirme disculpas y seguir ocultándome todo lo que necesito saber?

Cuando abro la puerta de su habitación, estoy tan enfadada que creo que gruño del esfuerzo. Cojo aire y lo suelto, decidida.

—Tienes que jurarme que no vas a ocultarme ni un solo secreto más —exijo.

Mi voz sale certera, familiar.

La figura que se ha incorporado de la cama de golpe al oírme entrar me mira como si pudiera entenderme mejor de lo que me ha entendido jamás nadie. O como si estuviera dispuesta a seguirme al último círculo de los infiernos si se lo pidiera.

No exige explicaciones.

No intenta enredarme.

Solo me mira confusa.

—Lo juro —dice Sia alzando la mano con solemnidad—. Pero ¿qué cojones haces despierta tan temprano?

Me quito las zapatillas de un puntapié y me arrojo a la cama.

—Hazme hueco —le pido.