Pinceladas de una traición Capítulo 31
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Capítulo 31

Cuando cierro la puerta de la habitación a mi espalda, el fuego se enciende solo. Asustada, parpadeo. Todavía no me he acostumbrado a la magia del ala oeste, pero esa chimenea es el equivalente a tener climatización y luz automáticas.

Me desvisto con cuidado y cuelgo la ropa junto al espejo, como lo harían Rilke e Irina.

Atrapo mi imagen en él durante un instante y me suelto el pelo.

Frustrada, decido trenzar el mechón blanco para aislarlo.

Quizá porque trenzarlo me ayuda a distraerme, acabo peinándome el pelo en una trenza aún más complicada para irme a dormir.

En el gesto, intento tejer todas mis dudas, mis preguntas, mis miedos.

¿Sia tiene razón sobre Sebastián?

Intentando verlo desde fuera, Sebastián ha hecho cosas terribles. A mí, en concreto. Me miente, me engaña, oculta información importante, se aprovecha de los datos que me faltan y usa lo poco que tengo a mi favor para su propio beneficio.

¿Soy solo una tonta que quiere creer que es más que un príncipe tirano?

Doña Sol siempre dijo que mis trenzas eran impresionantes y yo le expliqué que mi doncella en casa de mi padre era una apasionada de los peinados.

Cuando me vuelvo para meterme en la cama, algo me espera en ella.

Yo la miro.

Ella me mira a mí y mueve la cola.

—¿Hola?

Hay una gata naranja y negra, con sus ojos brillantes, mirándome con curiosidad.

Cuando me acerco, estirando una mano para acariciarla, mi intuición hace que me salten todas las alarmas.

El animal se acerca y se restriega contra mi mano, pero yo siento un frío sobrenatural.

Me quedo de piedra, muy quieta. La gata baja al suelo de un salto, se restriega contra mis piernas y desaparece a mi espalda.

—Desde luego —anuncia una voz—, te gustan mucho las mascotas.

Me vuelvo rápida y descubro a Cleia de pie en el centro de la estancia. Me mira con una ceja alzada, altanera. Busco a la gata, pero no la encuentro.

Cuadro los hombros.

—¿Qué haces en mi habitación?

Cleia no responde y, con toda sinceridad, no sé a qué atenerme. Intento encontrar algo que me ayude a descifrar si esto es real o no. ¿Era Cleia la gata?

—¿Por eso estás permitiendo que el príncipe te amaestre? —suelta con toda la intención—. Supongo que obedecer te resulta una sensación familiar. ¿Qué será lo siguiente? ¿Le darás la patita cuando te lo pida?

—¿De qué estás hablando?

Cleia suspira molesta.

—Siempre cometes el mismo error —protesta—. Buscas un punto de apoyo, confías en él, ¡y pum! Pensé que ibas a confiar en mí más de lo que confiarías en él. Te dije que no es de fiar y tú, sin embargo…

—Puede que Sebastián no sea de fiar, pero tú, desde luego, tampoco lo eres —protesto.

—Ah, pero a él si lo crees —protesta la supuesta doncella—. Aunque te encadene cuando le da la gana. Incluso cuando usa la fuerza bruta para retenerte.

Siento un pinchazo al recordar el momento de los cordones de mi corsé.

—¿Cómo sabes eso?

—Todavía tienes marcas en las muñecas, Emma —señala sin más.

Es cierto. No puedo negarlo. Sin embargo, eso no significa que ella tenga derecho a aparecer así, a hablarme de ese modo.

—¿Tienes algún propósito con todo esto? —protesto—. Este es tu segundo discursito contra los nobles. Si quieres que confíe en ti, quizá deberías empezar por decirme quién o qué eres de verdad. Dudo mucho que las doncellas tengan permiso para…

—Acaba de mentirte otra vez, ¿sabes? —dice cortante clavándome la mirada—. Sobre tu padre.

Sus palabras impactan en el centro de mi pecho. Aunque me gustaría pensar que no desconfío de él, lo cierto es que yo misma lo he pensado.

—Vaya, parece ser que tampoco confías tanto en él —añade—. Bien por ti, Emma. Pensaba que te había perdido ante los encantos del principito.

Me cruzo de brazos y me doy cuenta de que, aunque podría haber avisado a alguien de su presencia, no lo he hecho. Aunque ahora mismo me intimida, estoy casi segura de que, si Cleia quisiera hacerme daño, ya lo habría hecho.

Ahora bien, hay algo que no puedo quitarme de la cabeza.

—¿Fuiste tú?

—¿Hum?

—Dime que no fuiste tú quien atacó a la madre de Sebastián.

La sonrisa de Cleia le llena las mejillas y veo orgullo en su mirada cuando la posa en mí de nuevo.

—Hermosa e inteligente —responde divertida—. ¿Ves? Eso es mucho más interesante. Eres mil veces más encantadora cuando no te dejas domar.

—Responde.

—¿Quién crees que visita tus pesadillas, Emma?

La muchacha suspira y niega con la cabeza, dejándose caer en el mismo asiento en que Sebastián montaba guardia.

—¿Eres tú?

Ella ladea la cabeza, divertida, pero tampoco contesta. ¿Podría ser Cleia? Acabo de verla convertirse en un gato.

—¿Qué quieres de mí?

Su pelo negro y su mirada resultan casi tan encantadoras como las del propio príncipe, aunque de una forma muy distinta. Siento un vacío en mi estómago cuando la visión se superpone con la de la muchacha que lavó el agua de mi baño.

Aquella primera noche, confié en ella sin más.

—No tengo ningún interés en la soñadora —dice—.

Jamás lo he tenido. De hecho, su vida siempre me ha parecido injusta y no me gustaría verte acabar igual que ella.

Por eso estoy aquí. Porque eso es lo que ocurrirá en cuanto hagas uso de tu don de nuevo.

¿O acaso no es cierto que tus pesadillas son peores ahora desde que… ?

Me apunta con el dedo, señala mi pelo.

—No sé de qué hablas.

—Eres tan cabezona —insiste—. Lo hace más divertido a ratos.

¿Qué crees que pensará Sebastián cuando descubra que tienes la capacidad de acceder a La Fuente y no se lo has dicho?

¿Crees que se lo tomará bien? Porque no es tan tranquilo como tú.

Y estoy segura de que te has dado cuenta de que usa su propia afinidad para domar sus emociones.

Pero ¿qué pasará cuando no quiera domarlas?

Siento un nudo en el estómago.

—Pongamos que te creo —empiezo—. Y que no le has hecho nada a lady Basira, pese a que muchos indicios apunten a lo contrario.

—¿Qué indicios?

—Has estado desaparecida desde entonces.

—Supongo, sí. Pero soy una joven ocupada, Emma. No todo el mundo tiene tiempo para estar por ahí leyendo libros y confabulando teorías sobre reliquias.

—Te vi mirando su torre aquella noche —protesto— y tienes opiniones bastante específicas sobre ese encierro.

—Hasta donde yo sé, todos somos libres de opinar. Y no recuerdo decir nada en contra de la pobre desgraciada.

—Y la visión del basilisco de aquella noche en el claustro te conecta a la escena del crimen —añado.

—Entonces ¿crees que yo te di esa visión? ¿Por qué sería tan tonta de hacer algo así? Sería incriminatorio.

No respondo, pero parece que ella sigue el hilo de mis pensamientos.

—Esas pesadillas son bastante interesantes, ¿no crees?

Proféticas, ¿te has dado cuenta? Aunque tu teoría tiene fallos: yo no soy soñadora.

Soy afín al agua. A menos que, por supuesto, existiera la posibilidad de tener más de una afinidad.

Algo que Amira evitó hace mucho. ¿Cómo explicarías eso, mi querida Emma?

Se está burlando de mí y me estoy cansando.

—Sea lo que sea que quieres, Cleia, no confío en ti. No has hecho nada por mí y tu actitud no está ayudando.

—¿Acaso no te ayudé a entender Valemir la primera noche que pasaste aquí?

Molesta, ladeo la cabeza.

—También desapareciste como un espejismo y solo apareces para decir cosas sospechosas.

Ella sonríe de nuevo, jugando con el cojín de la silla.

—Entonces ¿por qué no le has hablado a nadie de mí?

—He estado ocupada —protesto—. Y no eres tan importante.

¿Hay guardias en el pasillo? Todo el servicio estaba en la fiesta de Enara y tengo la sensación de que esa es exactamente la razón por la que Cleia está aquí ahora. Sea lo que sea que tenga que decir, quiere que solo yo lo escuche.

—Por supuesto —ríe—. Como no soy una de las reliquias que tu queridísimo príncipe anda buscando, no merezco ni una fracción de tu tiempo.

Agotada, resoplo.

¿Por qué estoy hablando con ella?

Me dejo caer al borde de la cama, cansada, y la miro desde allí.

—¿Te ha contado para qué sirven las reliquias? —pregunta Cleia.

Y, aunque la situación es ridícula, decido ceder.

—No.

Ella se vuelve a reír.

—Apuesto a que ni siquiera él lo sabe —dice entre carcajadas—. ¡Ah, menudo imbécil!

—¿Lo sabes tú? —protesto—. Porque si lo sabes y no lo dices, no es tan diferente de como me miente él.

Ella se incorpora y me lanza una mirada cruel.

—Haz algo por ti misma —responde— y empieza a hacerte mejores preguntas. Por ejemplo: ¿Para qué sirven las reliquias? ¿A quién pertenecen? ¿Qué son los Custodios? ¿Quién era mi padre? ¿Qué podría hacer Sebastián con ellas? Has estado distraída, Emma. ¿Qué puedes hacer tú con ellas?

—No quiero las reliquias para nada —respondo cansada.

—¿Y si pudieran darte la respuesta que tanto buscas? —contrataca—. ¿Y si pudieran ayudarte a descifrar la verdad que Sebastián sigue ocultándote? O lo que sospecha, aunque no tiene información suficiente.

Contrariada, niego con la cabeza.

—Y si tú sabes qué me oculta, ¿por qué no me lo dices?

Cleia sonríe una vez más.

—Porque sé que no me creerás a menos que lo veas con tus propios ojos.

Aunque quiero protestar, no puedo.

De hecho, cuando me pongo en pie, Cleia vuelve a desvanecerse y me deja a solas con una verdad innegable. Suelto todo el aire que contenía, enfadada y contrariada. ¿Por qué la he escuchado? ¿Por qué estoy aquí temblando?

Con el corazón en un puño, me pregunto si acaso puedo confiar en lo que veo o en lo que siento. Pero tampoco puedo confiar en nadie más para obtener las respuestas, ¿verdad?

Sebastián siempre va a tener motivos ocultos.

Sia me mintió durante años y yo le mentí a ella.

La gente de Valemir no me conoce.

No queda nadie en Madrid que me recuerde.

Lo único que tengo y lo único en lo que puedo confiar, aunque suene peliagudo, soy yo misma.