Capítulo 30 #3
—No te he visto hablar con Sia —ofrece con la misma curiosidad con la que yo he mencionado a Rainer no hace tanto—. Ha habido un momento en el que creía que ibas a acercarte, pero luego…
—¿No la llamas Anastasia?
—Según me ha explicado ella misma: Anastasia murió y solo queda Sia. Así que debería llamarla por el nombre que ella elija, ¿no?
—¿Te ha dicho eso?
Sebastián niega con la cabeza e hincha el pecho en un gesto que yo misma he visto no hace tanto en…
Ah, Enara.
Como un palomo.
—Mis fuentes afirman que Sia y tú erais amigas en el Reino de Madrid —explica—. Al parecer, eres la razón por la que mi prometida, que hubiera preferido morir antes que casarse conmigo, decidió volver a su infierno personal para llevarte de vuelta a casa.
—Eso dice, sí —admito con un suspiro.
Al parecer, el tono de mi voz es suficiente para explicar lo que siento al respecto. Él me observa con cuidado, como si pudiera leerme. Como si quisiera entenderme mejor. Y yo solo puedo pensar en su pelo mojado, en su aliento contra mi boca.
El beso que no nos dimos.
—Creo que, por primera vez en mi vida, la entiendo —sonríe Sebastián.
Puedo ver la puerta de mi habitación, así que reduzco el paso. Dejo que sus palabras hagan mella en mí y siento un pinchazo de culpabilidad. ¿La entiende?
No estoy segura de querer seguir hablando del tema.
Sebastián.
Sia.
Preferiría no meterme en ese enredo de sentimientos, en lo que siento por uno o por el otro. Se suponía que iba a la fiesta de Enara para dejar de pensar en todo eso y, sin embargo, vuelvo a estar en la misma encrucijada.
Supongo que nos hemos quedado sin tiempo para esas distracciones.
—¿Has conseguido más información sobre tu madre? —pregunto frente a mi puerta—. No he oído nada estos días.
Sebastián clava los pies en el suelo, casi como un militar, y niega con la cabeza. No responde y no hace falta. Lo veo todo en su rostro. No sabe qué ha ocurrido y las piezas que tiene son de lo más confusas, claro.
No tiene buena pinta.
No sé si debería contarle nada sobre las pesadillas o sobre lo que vi de ella. Puede que solo sea una confusión y no me gustaría arruinar el momento.
Quizá sea mejor decírselo mañana.
—¿Emma?
—¿Sí?
Alzo la vista.
—Me gustaría disculparme de nuevo —dice—. Por lo ocurrido la otra noche. Tanto por lo que hice como por cómo te hizo sentir.
La noche en la que casi nos besamos, quiere decir. Casi como si lo recordara ahora, le echo un vistazo a su hombro, que parece haberse recuperado perfectamente. Si no hubiera aparecido ella, ¿habríamos…?
Mi mente me hace tropezar con un beso que sí tuvo lugar: recuerdo las manos de Sia, su boca.
—No fue mi mejor momento y creo que te puse en una posición imposible —sigue el príncipe como si lo hubiera ensayado—.
Pero necesito que sepas que aprecio tu esfuerzo y la dedicación que le estás mostrando a un lugar al que ya no consideras tu hogar.
De no ser por tu ayuda, jamás habría podido conseguir las reliquias.
Ni siquiera habría sabido por dónde empezar.
Ahí vuelve la motosierra y la sensación de que me están destrozando desde dentro. Eso es lo único que nos une, ¿verdad?
Por supuesto que Sebastián no está pensando en el beso ni en la forma en la que se aferró a mí. Está pensando en su tarea hercúlea, en su honorable causa para su nación y reino. Y yo apenas soy otra herramienta crucial del proceso. Asiento, hago de tripas corazón y trato de hacer lo mismo que él.
Intento ser madura, noble.
—Solo quería ayudar —admito—. Y descubrir qué fue de mi padre.
Recuerdo las palabras de Sia, lo que dijo sobre él, y observo con atención la reacción de Sebastián cuando menciono a Ciro.
—Me temo que yo he sido de poca ayuda —responde él enseguida—. Y por eso me disculpo también.
Mira hacia su izquierda, agacha la mirada.
Evita la mía.
—Era un hombre complicado —defiendo—. No esperaba que pudieras darme toda la historia de a una. De hecho, me quedan pocas esperanzas de poder saber nada más.
Sebastián frunce el ceño y parece callar algo.
—¿Has tenido más pesadillas? —pregunta entonces.
Niego con la cabeza, casi por instinto. Sin embargo, mi expresión me delata. Él me sostiene la mirada y entiende lo que no digo igual que yo entiendo lo que él no está diciendo. Asiente, como si no quisiera perseguirme, y decide dejarlo estar.
Al parecer, yo le ofrezco lo mismo.
—Espero que esta noche puedas descansar —dice—. Buenas noches, Emma. Ha sido un placer verte.
Con una pequeña reverencia, Sebastián desaparece por el pasillo.
A medida que se aleja y la distancia que nos separa se hace mayor, siento la necesidad de seguirlo, de explicarle todo cuanto desconozco: mis pesadillas, mi extraña capacidad para acceder a La Fuente, lo de Cleia. ¿Por qué no lo he hecho?
Aunque me callo, descubrir que me gustaría confesarlo es suficiente para mi pobre y desgastado corazón de fugitiva.
Porque, mientras se pierde en el castillo, sé que Sebastián miente y que me oculta demasiadas cosas.
Y que seguirá haciéndolo siempre.