Pinceladas de una traición Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

He salido de la habitación para distraerme y he acabado arrojada al ruedo.

Enara está sentada frente a Sia que, junto al fuego, les está contando una historia sobre un monstruo llamado «autobús» que devora a los ciudadanos de un pueblo y los arroja en otro lugar.

Los jóvenes parecen tan fascinados como incrédulos y lanzan preguntas que Sia responde con total impunidad, como siempre.

Pienso en la última conversación que tuvimos, en los reproches que le hice.

Lo cierto es que no sé exactamente por qué me dolió tanto pensar que Sia podría haber usado su afinidad de doblegadora conmigo.

Bueno, sí lo sé. La idea de que pudiera obligarme a hacer cosas que no quería hacer de esa manera me parece terrorífica.

Sin embargo, no es distinta a la forma en la que el propio Sebastián me ha tenido presa y engañada. Y… ¿lo he perdonado a él?

Resoplo.

Tengo el corazón hecho un lío.

—Enara casi se muere de la ilusión cuando le dije quién había regresado —dice alguien a mi derecha.

Es Rilke, que me sonríe. Le dedico una sonrisa al escucharla. Imagino que se refiere a Sia, a quien las dos vemos desde donde estamos.

—Cuando Anastasia vivía en el ala oeste, Enara era su favorita —explica la mujer—. Puedes imaginarte su sorpresa cuando descubrió que seguía viva. Pensé que se lo tomaría peor, pero no. Dijo que los espíritus se la habían devuelto y que no iba a cuestionárselo.

Imagino a Sia vistiendo los vestidos que vestí al llegar, a una Enara mucho más pequeña.

—Perdón —interrumpe Rilke—. Tú la llamas Sia, ¿verdad?

—Así es como la conocí yo —digo rápida—. No sé cuál prefiere, la verdad. Tendríamos que preguntarle.

Y no quiero ir a hablar con ella ahora mismo. Parece contenta y tengo la ligera sospecha de que al menos hoy no está borracha ni enfadada. Si me acerco o si me ve, eso cambiará, ¿verdad?

En cuanto me vea, su buen humor desaparecerá.

—Creo que ha pedido que la llamemos Sia —sigue Rilke—. Por lo poco que hemos entendido, y teniendo en cuenta que debería estar muerta, es mejor que nadie sepa nada de ella. Mucho menos quién es. El príncipe ha sido bastante estricto al respecto, ¿sabes?

Miro a Rilke de reojo y sé exactamente lo que está haciendo: me está dando toda la información que me he perdido estos dos últimos días. Le dedico una pequeña sonrisa de agradecimiento y ella me la devuelve tan radiante como la de su hija.

—Pensaba que vuestra alteza odiaba a Sia.

—Puedes odiar a alguien y desear que esté a salvo —responde ella cruzándose de brazos—. No está reñido.

Asiento, recordando lo poco que sé de su vida. ¿Es así como se siente sobre…? ¿Cuál era su nombre?

Rainer, creo.

—Me alegro de que hayas venido —dice la costurera—. Imagino que no están siendo días fáciles para ti.

Sia hace que los adolescentes se echen unas carcajadas y yo parpadeo muy rápido. Tengo un nudo en la garganta, las lágrimas me asoman a los ojos y ni siquiera sé por qué. Noto la mano de Rilke en la lumbar y su voz se suaviza aún más.

—No tienes que pensar en eso —dice—. Pero puedes pensar en el bizcocho que me he tirado toda la tarde preparando. ¿Quieres que te enseñe la receta?

Asiento con fervor, porque la idea de poder hablar de algo que no tenga que ver con magia, leyendas o espíritus me resulta desesperantemente necesaria.

Y eso es lo que ocurre.

Durante las siguientes horas, Enara es la protagonista de nuestra historia.

Su madre me explica cómo se hace el bizcocho que me enamoró la primera mañana que amanecí en Valemir.

A Irina se le da genial jugar a las cartas y derrota al menos a tres contrincantes antes de perder contra la jovencita que celebra sus doce años de vida.

Niko, el hijo pequeño de Rilke, decide que soy yo quien tiene que llevarlo en brazos para que lo vea todo bien, así que se lo concedo.

Sia no se acerca, pero cuando nuestras miradas se encuentran, me dedica una leve sonrisa. Y yo se la devuelvo.

Por supuesto que se la devuelvo.

De pronto, descubro que es capaz de tocar algo de música con lo que parecen otros miembros del servicio y dejo que la vieja Irina intente enseñarme los mismos bailes que el príncipe intentó enseñarme hará unas semanas. Me alecciona cuando me equivoco, pero se ríe, cariñosa.

Rilke, que baila con el príncipe, me guiña un ojo.

Hay un momento mientras bailamos en el que mi mirada se cruza con la de Sebastián.

Un universo entero ocurre en ese segundo, pero ninguno de los dos se atreve a adentrarse en él.

La presencia de Sia tampoco me ayuda porque, pese a todo lo que Sebastián me hace sentir, ella sigue siendo mi mejor amiga.

Mi Sia.

Cuando la noche empieza a llegar a su fin y siento a Niko apoyado contra la clavícula, salgo de las cocinas junto a su madre para meterlo en la cama. Parece que la fiesta va a continuar hasta altas horas de la noche, pero yo he llegado a mi límite.

De camino a la habitación de los niños, Rilke me agradece todo cuanto he hecho por sus hijos. Juntas, metemos a Niko en la cama. Después, cuando le digo que preferiría volver a mis aposentos, ella decide ayudarme a escabullirme.

Caminamos juntas por los pasillos.

—Enara me comentó que el padre de Niko os dejó —murmuro.

Ella niega con la cabeza, algo azorada por el tema. Supongo que no debe de ser fácil hablar de algo así. Y mucho menos saber que tu hija va contando tus secretos por ahí. Pero creo que hay algo de lo que quiero hablar.

—Rainer es un romántico —dice de repente—, un idealista. Siempre supe que lo haría. Es incapaz quedarse en un lugar durante mucho tiempo y siempre hablaba de mundos imposibles, de lugares nuevos. Pero yo tengo dos niños y un oficio. No podía seguirlo en sus aventuras.

—Uno de ellos es suyo —protesto—. Es ser un poco caradura.

Ella suelta una carcajada.

—No te falta razón. Pero supongo que no le guardo rencor.

Asiento caminando a su lado.

—¿Ni un poco?

—No más de lo que me preocupa que esté bien —murmura—. Con todas las noticias que llegan del reino: las inundaciones, los temblores, las lluvias. Cada vez que pienso en él, solo puedo pensar en si está bien.

—¿Tienes alguna forma de contactar con él?

Ella niega con la cabeza.

—Cuando se fue, me dejó claro que no escribiría, y que eso sería lo más fácil para los dos.

Aprieto los labios, me siento algo culpable por haber preguntado. Lo cierto es que entiendo por qué Rainer creería eso. Las despedidas son duras. Aunque, pensándolo con perspectiva, yo nunca he llegado a despedirme de nadie. Y mucho menos bien.

—Parece un poco cruel dejar a alguien atrás así. Sin más.

Siento un nudo en la garganta.

—Supongo. Pero a veces —dice Rilke—, te enamoras de alguien con quien sabes que no vas a pasar el resto de tu vida. Y eso no lo hace menos real, ¿no crees?

Cuando alzo la vista para mirarla y veo el cariño en su rostro, siento cierta envidia de la cumpleañera. A su madre se le da increíblemente bien leer mis sentimientos. Además, tiene cierta sabiduría que me hace sentir minúscula y, a la vez, comprendida.

Antes de que pueda decir nada, Rilke se vuelve.

Parece haber oído lo mismo que yo: pasos. Alguien se acerca a nosotras por el pasillo, pero se detiene a una distancia prudente, como si entendiera que su presencia podría asustarnos.

—Secuestrando a mi prometida, ¿eh? —bromea Sebastián.

Rilke sonríe y se relaja, pero se lleva una mano a la cadera.

—Vos la pusisteis a mi cuidado, alteza —replica sin más—. Lady Emma pidió volver a la habitación y vos disteis órdenes de hacer caso a sus peticiones. ¿Cómo dijisteis? Ah, sí, ¿incluso si pide un mordisco de la tercera luna? Como veis, Emma, vuestra alteza es un poeta.

Suelto una risilla. Aunque no lo veo bien, juraría que Sebastián se ruboriza.

Se pasa las manos por el pelo y carraspea.

Avanza hacia nosotras sin responder y yo me muerdo el labio inferior para evitar, con todas mis fuerzas, soltar una carcajada.

Así que un mordisco de la tercera luna, ¿eh?

¿Es esa una expresión valmiriense o se le ha ocurrido a él solito?

—Me haré cargo de que llegue a su habitación, Rilke, muchas gracias —dice el príncipe.

—Por supuesto, alteza —suelta ella con retintín—. Estoy segura de que os sabéis el camino como la palma de vuestra mano.

Rilke me dedica una sonrisilla, se asegura de que estoy de acuerdo con la decisión y se va por el mismo pasillo por el que veníamos. Vuelve a la fiesta de su hija, que debe de estar todavía intentando mantenerse despierta porque es lo suficiente mayor para ello.

Le dedico una mirada de curiosidad a Sebastián y él suspira aliviado.

Si hay algo que he aprendido esta noche es que no es tan estirado ni tan privado como parecía.

Aunque dice que no confía en el servicio, miente.

Irina fue su ama de cría. Está en la fiesta de Enara.

De hecho, lo he visto apostar con otro de los guardias en un momento dado.

De pie frente a mí, solo es un chico.

Y también un trolero.

—Ha sido divertido —admito.

En cuanto hablo, se relaja.

—No ha estado mal.

—¿Has ganado alguna de las apuestas?

—Me han asaltado como bandidos —admite siguiéndome cuando reanudo la marcha.

Suelto una risa y niego con la cabeza.

—Justicia de clase —suelto encogiéndome de hombros.

—Me alegro de que mis desgracias te resulten agradables, querida —responde.

—Bueno, tienes que admitir que tiene su aquel: el príncipe pierde el dinero contra los guardias de los que abusa todo el día.

—Podría encerrarlos en una prisión si quisiera.

—Pero no lo vas a hacer.

—¿Quién dice que no?

—No seas ridículo.

—Soy la Ruina de Valemir, Emma —responde, todavía de broma—. ¿Crees que me he ganado ese título yendo a fiestas de nacimiento?

Niego con la cabeza y sigo andando porque no sé qué más decir. Sebastián coloca las manos a su espalda, vestido con su camisola y sus pantalones.

A su lado, me siento demasiado arreglada.

—Creo que el título te viene grande.

—Au.

Pero en realidad no le ofende.