Pinceladas de una traición Capítulo 30
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Capítulo 30

Dos días después de la última cena de nombramiento, sigo en la misma habitación.

Sentada al borde de la cama, dejo que una de las doncellas del ala oeste me acerque algo de comida.

Aunque no cuenta, es lo más parecido a una rutina que he tenido en demasiado tiempo: alguien me trae algo que llevarme a la boca, yo se lo agradezco y mastico un tanto ausente.

Necesito tiempo para pensar.

Necesito espacio.

Sebastián me ha mandado libros, quizá con la intención de ayudar a distraerme.

Sia no ha vuelto a intentar hablar conmigo después de lo de la noche en la torre.

El mechón de cabello blanco sigue ahí, visible y real, como una prueba fehaciente de todo cuanto ha ocurrido.

Es como un brochazo que no puedo corregir y tiene el mismo impacto que la idea que no deja de rondarme la cabeza.

Las pesadillas han empeorado, pese a las protecciones del castillo. Sin embargo, eso significa que también son un poco más claras y, por lo tanto, ya no puedo huir de la idea más obvia de todas.

Si el Corruptor es un mago de leyenda, una figura de destrucción que intentó drenar La Fuente en su beneficio propio, ¿cabe la posibilidad de que sea él quien está arruinando los cuadros? ¿No tendría sentido que fuera él quien intentara detener a Sebastián?

Si la historia en la que se fundamenta Valemir es real y no simple folclore, esa es la respuesta más obvia.

La criatura de mis sueños es él.

—¿Lady Emma?

Cuando vuelvo el rostro, una silueta asoma por la puerta entornada. Parece tímida pero decidida. Tiene el pelo oscuro y los ojos marrones. Viste de gris, pero no como una de las doncellas. De hecho, es mucho más joven que cualquier otra doncella que haya visto hasta la fecha. Es una niña.

—¿Sí?

—¿Podría hablar con vos, excelencia?

Me yergo un poco en mi asiento y dejo la bandeja de comida a un lado. ¿Quién es? ¿Qué necesita?

—Adelante, sí —digo curiosa—. Pasa, pasa.

Ella entra y, cuando lo hace, algo en mi estómago se encoge. ¿Y si estuviera cometiendo un error?

—Mamá tenía razón —dice ella con una sonrisa—. Sois de lo más curioso. Y tenéis un pelo precioso.

Mi cara se ilumina cuando veo su ropa: es un traje de pantalón y chaqueta de montar como el mío. No tiene la misma ejecución y no usa telas tan grandilocuentes, pero reconozco a la muchacha en el momento en el que sonríe.

Tiene la sonrisa de su madre.

—Tú debes de ser Enara —deduzco. Ella asiente—. Me encanta tu chaqueta.

—Gracias, me la he hecho yo misma.

La sorpresa se me nota en la cara y ella hincha el pecho como un pequeño palomo orgulloso.

—¿De qué querías hablar?

La joven suspira y se toma el asunto con la seriedad de un ministro.

—Veréis, excelencia —empieza—. Soy consciente de que el príncipe ha ordenado que nadie os moleste, pero quería invitaros de todos modos.

Parpadeo.

—Esta noche mamá, Niko y yo vamos a celebrar mi nacimiento —dice—. Y he creído que podría haceros ilusión salir y tomar algo con nosotros.

No hay una invitación formal ni grandes gestos.

No hay una corte ni expectativas. Lo que Enara me ofrece es apenas una piedra de jardín pintada con su color favorito.

Me avisa de que es necesaria para poder pasar a su celebración y que deberé depositarla a la entrada, donde su hermano pequeño las recogerá y las contará.

Con una sonrisa, me doy cuenta de que, mágicos o no mágicos, los valmirienses no son tan distintos a un humano corriente y moliente.

La chica vacila, antes de irse.

—Cuando Rainer se fue, mamá también tuvo un tiempo en el que solo quería estar encerrada en su habitación —explica como si eso fuera suficiente—. Pero yo creo que, cuando a alguien le preocupa algo, lo peor que puede hacer es estar solo.

He oído suficientes detalles de esa historia como para entender qué es lo que la chiquilla explica. Habla con honestidad y, dada su posición en el castillo y la mía, con valentía.

—¿Rainer es tu padre?

Molesta, Enara niega con la cabeza.

—El de Niko —resopla—. A mi padre se lo llevaron los espíritus. Rainer es solo un desgraciado y un papanatas.

Así que Rilke perdió a su primer amor y después conoció al padre de Niko, entiendo.

—Lo siento mucho por tu padre, Enara —respondo sin perder de vista la confesión.

Ella se encoge de hombros.

—No lo recuerdo —añade con sencillez—, así que no pasa nada. Para mí, mi madre lo es todo.

La certeza con la que habla me llena los pulmones.

No recuerdo haber celebrado mi cumpleaños jamás a esa edad.

No con una fiesta al menos. Recuerdo un bizcocho y velas y a mi padre aplaudiendo.

Porque yo sí lo recuerdo, incluso cuando es difícil.

Incluso cuando es a parches y a través de los peores momentos de sus últimos años.

A quien no recuerdo es a una madre.

Tampoco recuerdo preguntar jamás por ella.

Pero la añoranza es la última de las razones por las que le prometo a Enara que iré a su fiesta. La primera de ellas es la sonrisa de pura alegría que aparece en su rostro cuando le digo que allí estaré.

—¿Enara?

—¿Sí, excelencia?

—Tienes razón —respondo antes de que se vaya—. Lo peor que puedes hacer es estar sola cuando estás preocupada.

Es un consejo simple, aunque suena un tanto hipócrita cuando soy yo la que lo dice en voz alta. ¿No es eso lo que llevo haciendo toda la vida?

Ante cualquier problema, mi solución es asegurarme de que estoy sola.

Si estoy sola, tengo el control.

Pero no puedo permitirme estar sola, ¿verdad? ¿No fue algo así lo que Sebastián dijo aquella noche, justo antes de que Sia le disparara? Que no podemos huir de nosotros mismos. ¿No es eso lo que debería haber aprendido?

Precisamente porque están ocurriendo demasiadas cosas, me aferro a la posibilidad de algo tan común y normal como lo que la joven me ofrece.

Cuando se va, me siento aún más decidida.

Quizá ir a verlas me ayude deshacerme del polvo de estos días, del olor a pinturas y del peso de los marcos. Olvidarme, aunque solo sea un momento, de toda esa aventura que rodea a Sebastián, de los secretos de Sia o de las extrañas profecías de mis propias pesadillas. Dar un paso atrás y respirar.

Aunque Enara no sabe hasta qué punto lo es, mi sonrisa es sincera y mi promesa de ir a su fiesta de cumpleaños también.

Cuando se acerca la hora del evento, decido vestirme con el traje de montura en su honor. Antes de irse, me ha recordado treinta veces que sus festejos son en las cocinas en las que trabaja, así que no tiene pérdida.

Tomo las escaleras que encontré el primer día y, al llegar al final, descubro una figura alta y vestida con mucha más sencillez que yo.

Una blusa, unos pantalones de talle alto.

—¿Sebastián?

Se vuelve y me mira por encima del hombro. Está de pie frente a un niño, que asumo que es Niko, porque le está reclamando algo. Risueño, el príncipe me muestra su propia piedra.

Contagiada por su diversión, yo le muestro la mía.

En su sonrisa encuentro algo que creía haber perdido. Y, aunque creía que venía a las cocinas a olvidarlo, la sorpresa es agradable.

—¡Muy bien, tenéis el pago! —protesta Niko—. Dádmelas, dádmelas. ¡Van en esta cesta!

Detrás de él, las cocinas están llenas de gente. Veo a Rilke y a Irina, que charla con uno de los guardias. El hombre no viste su armadura, pero creo que reconozco su porte. Un poco más allá, hay un corrillo de adolescentes que asumo que deben de ser los amigos de Enara.

—Qué exigente, chiquillo —bromea el príncipe.

—¡Solo podéis pasar si me dais las piedras! Enara está esperando. Venga, venga. ¡No hagáis esperar a mi hermana!

—Aquí tienes, Niko —digo.

Me acerco y me coloco a su lado para poner la piedra en su cesta. Niko parece tener su tarea en alta estima, porque lo celebra. Lo veo contar las piedras, que no son pocas. Después apunta el número, con algo de carbón, en un trozo de papel.

De pie a mi lado, el príncipe me ofrece el brazo para pasar al interior de las cocinas, su gesto me resulta algo teatrero. Aunque dudo, lo tomo. Él parece tranquilizarse un poco cuando lo hago.

—Cualquiera diría que estamos destinados a encontrarnos en eventos como estos —bromea con retintín.

Aunque está encantador, noto que también está nervioso. Creo que él tampoco esperaba verme, pero, como yo, una parte de él esperaba que así fuera.

No lo he visto desde…

Desde que casi nos besamos. No hay otra forma de describirlo. Aunque, bueno, después de eso tuvimos que estar sentados a la mesa, frente a toda la corte, sin poder hablar de nada. Magullados.

Cuando le dije que necesitaba estar tranquila, le pidió al servicio que no me molestara y me dijo que lo avisara cuando necesitara algo.

No lo he hecho.

Esta es la primera vez que salgo de la habitación desde entonces.

—Puede que esta cena también sea una encerrona, alteza —le advierto siguiéndole la broma—. La madre de la homenajeada se tira las tardes diciendo que nuestro acuerdo es el telón de fondo de un romance. Y es un poco alcahueta, por lo que cuenta el servicio.

Cuando me oye hablar así, Sebastián me sigue el juego.

—¿Y cuál es tu opinión al respecto, querida?

Veo algo nuevo en su mirada.

—Me temo que nos han enredado para que los entretengamos esta noche —lanzo divertida—. Pero prefiero este tipo de cenas, desde luego. Aquí parece que la gente se soporta.

Sebastián ríe y es el sonido más hermoso que he oído en mucho tiempo.

—Y la comida está mucho más rica —me da la razón.

Después de eso, avanzamos juntos hacia la mesa en la que están los demás.

Sebastián me suelta para saludar a uno de los caballeros.

Lo veo acercarse a Irina, que le acaricia el brazo con sus manos de dedos largos.

De pie junto a la mesa, vuelvo el rostro y veo a Enara y a sus invitados, que parecen ser todo el servicio y…

Sia.

A quien tampoco he visto desde que nos besamos.

¿Esa es mi vida ahora? ¿Que alguien intente besarme y no llegue a ningún puerto? ¿Topármelos en el cumpleaños de la hija de mi costurera?