Capítulo 29
El viento se levanta.
El campo está seco, agrietado. El rumor y las palabras regresan con la arena, hablan en idiomas distintos. Me quedo en el sitio mientras el viento se calma, baila, mueve la arena que se alza.
Entre las motas de polvo y arena, me observa.
La silueta de mis pesadillas me mira directamente a los ojos y yo, cansada de que me persiga, decido avanzar hacia ella. Ella no retrocede, sino que me espera. Me aguarda en nuestra prisión, un lugar familiar.
Cuando extiendo la mano para que me toque de una vez por todas, para que me dé la visión que desea darme, me parece ver una sonrisa y un colmillo.
De la nada, siento el roce de sus dedos bajo la palma de mi mano. La gira con delicadeza y se dobla por la mitad para hacer una reverencia. Incluso me besa los dedos de la misma manera que hizo Sebastián aquella noche en el granero.
Cuando miro a la sombra, el recuerdo regresa a mí y, en él, Sebastián tiene sus ojos.
Aparto la mano, rápida, pero la visión llega tan pronto como dejo de tocar a la criatura.
En ella, el mundo se cubre de nuevo, Valemir cae en las ruinas.
Sebastián se hunde en las aguas oscuras, entre las sirenas.
Cuando su cuerpo llega a las profundidades, millones de rostros lo acogen.
Los náufragos de otros tiempos lo acogen y lo acunan en el fondo del mar mientras la tormenta de la superficie azota su reino.
De nuevo, ríos de sangre.
El peso del collar, el dolor de una batalla que no termina y una traición que no me pertenece. Cadenas, el peso de los grilletes en mis muñecas y un lamento inexplicable. La voz de mi padre que me llama por mi nombre.
Mi padre, que me pide que luche, que sea fuerte.
A su voz se unen las de otros: decenas, cientos, millones.
Los rostros del mar, Sebastián y Sia.
Todos me suplican lo mismo: que luche y que lo detenga antes de que lo destruya todo. Que los salve de él.
Que los salve del Corruptor.