Capítulo 28 #3
—Usaste tu afinidad conmigo, ¿verdad? —pregunto entonces de repente—. Cuando… A veces, si…
Creo que el pensamiento siempre ha existido en la parte posterior de mi mente: Sia siempre ha hecho conmigo lo que ha querido.
Cuando me mira, veo la admisión en su rostro. El miedo a la represalia es el mismo que vi en el rostro de Sebastián cuando intentó hacerme entender que siempre sería un monstruo a ojos de los demás.
Su rostro palidece.
—Oh, Sia…
—¡Solo para convencerte de hacer cosas buenas para ti!
—No puedo creerlo —suspiro llevándome una mano al puente de la nariz—. ¡¿Cómo pudiste hacer algo así?!
—¡Por ti! Eras tan tímida y estabas tan encerrada y… ¡Tú también usaste la tuya conmigo!
—¡Para salvarte la vida!
—¡Es lo mismo! —protesta—. Es lo mismo, Emma, te lo juro. Jamás la habría usado para algo que no fuera bueno para ti.
Dejo caer el rostro en las manos, no sé qué hacer con nuestro desastre. Suspiro y siento las manos de Sia buscando las mías, su voz suplicándome que la escuche. Pero no tengo fuerzas.
No me quedan.
—Lo siento mucho, Sia —mascullo—. Siento no haberte contado jamás nada, pero…
—Yo también lo siento, Emma. Eh, Em —suspira—. Em, mírame.
Y, cuando lo hago, algo le cruza la mirada.
—Es por él —dice en voz alta.
Es esa rabia de nuevo y el alcohol no ayuda a ponerle freno.
—No, Sia.
—Es por Sebastián.
—No es lo que piensas —repito—. Él no tiene nada que ver con este tema.
Ella niega con la cabeza, ofendida.
—Vuelve a ser como con Kevin —protesta alzando las manos en el aire—: un muchacho te habla y pierdes el norte. ¡Por supuesto!
—No te pases.
—Le pones la alfombra roja para que entre, claro.
—Sia, estás borracha.
—¡Y tengo razón!
Cuando arroja la botella contra la esquina de la habitación, sé que no es lo que quiere hacer.
Puedo vérselo en la cara porque, en cuanto oye el ruido del cristal, se encoge en el sitio sorprendida.
Sé que es el dolor, que es la falta de control sobre su vida.
Sé que hay más que lo que está diciendo, algo que nunca me ha querido explicar.
Su actitud errática, la forma de moverse.
Nunca pensé que Sia podría sentirse insegura o celosa. Que pudiera tener miedo como lo tiene ahora mismo. Desde donde estoy, cuando la miro, parece tan pequeña, tan sola. Y lo entiendo. Claro que entiendo la sensación.
Pero no sé cómo llegar hasta ella.
—¿Sabes algo más sobre las afinidades de los Herederos de Valemir? —dice enfadada.
—Sia, vamos a dejarlo, va.
—No, tienes que escuchar esto. Solo esto.
—Vale, como quieras.
—¿Sabes cuál es la afinidad de Sebastián?
—Es espiritista —suspiro siguiéndole el juego.
—Ah, bien. Bueno, la nena es una alumna aventajada —ríe—. ¿Y sabes qué pueden hacer los espiritistas?
Me encojo de hombros, ahí estoy perdida.
—¿Controlar a los espíritus? Lo he visto derribar a un par de espíritus arcanos con la espada. Si te soy sincera, creo que no hacen falta tantas florituras, pero le gusta lucirse.
Sia se ríe, divertida y resentida.
—Dios, es insoportable. ¿Sabes qué más puede hacer, Emi?
Hablar con los espíritus —dice—. Apuesto a que eso no te lo ha explicado, ¿eh?
Que los espiritistas tienen sus métodos para hablar con los muertos.
De hecho, así también es como lo hacen los Luminares.
Por eso apenas hay casos de asesinato en Valemir.
¡Ves! De los pódcast de crímenes reales se aprende mucho, querida. ¡Se aprende de todo!
Me encojo en el sitio, no sé por dónde van los tiros.
—No he podido evitar hacer un par de preguntas a las doncellas, para entender qué tienes que ver con Valemir —dice—. Irina no quiere ni verme, pero a Rilke le encanta charlar. ¡Al pequeñín apenas lo recordaba! Mi Enara está hermosa. Dime: Ciro de Valemir era tu padre, ¿cierto?
Asiento confusa.
—No entiendo qué quieres decirme con todo esto.
—Nada. Supongo que es mera curiosidad mía —responde enfadada—. ¿Por qué no intenta Sebastián hablar con el espíritu de tu padre? Porque esa es la razón por la que sigues aquí, ¿verdad?
Me quedo de piedra.
—Te conozco, Emma —dice—. Y sé lo que tu padre significa para ti. Incluso cuando evitas hablar de él. ¿Por qué no te ofrecería Sebastián esa solución? ¿Por qué no se aprovecharía de su habilidad?
Se me encoge el corazón en el pecho. Hay muchas posibilidades, pero Sia tiene razón. A Sebastián le habría interesado más hablar con la persona que creó los cuadros, no conmigo. Entonces ¿por qué…?
—Porque no está muerto, supongo —concluyo en voz alta.
Sia asiente despacio, cruel.
—Es una cosa muy curiosa que mantener en secreto, ¿no crees? —responde.
—No sé qué es lo que crees que estás subrayando, pero…
Sia se ríe.
—Dime, Emma, ¿qué te prometió Sebastián para que lo ayudaras? Seguro que te prometió algo. ¿Te prometió descubrir qué fue de él?
¿Cómo lo sabe?
—¿Estás insinuando que él ya sabe qué fue de mi padre?
Sia se encoge de hombros, teatrera. Después me apunta con un dedo, aleccionadora, y suspira.
—No puedes confiar en él, Emma —concluye déspota—. Pero no te preocupes. Cuando te des cuenta, yo seguiré aquí. Porque yo sí te conozco y te quiero y nunca te haría algo así.
Alzo las manos al aire, frustrada.
—¿Por qué? ¿Por qué estás actuando así? ¿Por qué? ¿Por qué has vuelto a Valemir si lo odias?
Sia me mira como si la estuviera acuchillando.
—No lo sé, Emma. ¿Tú qué crees?
Por mí.
A lo lejos, las campanas dan la medianoche y sé que la cena va a llegar a su final. Sebastián me espera en el salón y todavía tenemos cosas por resolver.
—Creo que deberíamos dejarlo estar —respondo agotada.
Sia asiente y decide obedecer mi petición. Sin embargo, cuando llega a la puerta, tras pasarse una mano por la boca, se vuelve para mirarme una última vez.
—Quería ser libre de este infierno —dice—. Y siendo libre descubrí que la libertad no sirve de nada si no tienes con quién compartirla.
Ladeo la cabeza, siento un nudo en la garganta.
—Solo quiero que volvamos a casa —sigue—. ¿Quieres saber por qué he vuelto a Valemir? ¿Quieres saber cuál es la única razón por la que atravesaría este infierno? Bien. He venido para llevarte a casa, Emma.
—No es necesario que…
—Pero puedo esperar —sigue cortante—. Lo que haga falta.
Me mira con una intensidad increíble.
—Esperaría una eternidad por ti —confiesa.
Escucho las doce campanadas, que resuenan a través de la torre de lady Basira. Las palabras de Sia duelen y hacen mella en mí.
Tengo demasiadas cosas en las que pensar.
Por eso no vuelvo al salón de baile.
Como Sebastián aquella noche, estoy más que segura de que Seraphina no va a ser el nuevo rey de Valemir.