Capítulo 28 #2
Cuando por fin llego a los aposentos de lady Basira, me da un vuelco el corazón. Reconozco el lugar como solo se reconocen rincones que uno imagina. Reconozco la ventana, la cama, y no puedo evitar volver a pensar en Cleia y en sus palabras. ¿Qué ha sido de ella? ¿Quién es Cleia? ¿Adónde ha ido?
Como esta habitación, la extraña doncella no existe solo en mi cabeza.
Esas visiones no son imaginaciones mías. Algo o alguien es capaz de adentrarse en mi mente mientras duermo. Sea lo que sea, me está lanzando advertencias. Me está guiando. Pero ¿debería confiar en ellas?
Avanzo hacia el interior de la habitación de lady Basira y logro ver sus esbozos, los círculos perfectos que dibujó. De hecho, al prestarle atención suficiente, la disposición de los muebles también parece crear un círculo perfecto. Suspiro al encontrar un trocito de carbón debajo la cama.
Lo recupero, sintiendo que me embarga la tristeza.
Igual que mi padre, Basira buscaba refugio en sus propias obras de arte. Y los círculos, si uno lo piensa bien, son solo lunas.
Porque las lunas son lo único que se ve a través de su ventana.
Esa ventana que está rota.
—Según los rumores, saltó —dice.
Cuando me vuelvo, Sia está apoyada en el marco de la puerta. Viste el atuendo de cuero de ayer, pero esta vez no lleva ninguna máscara. Esconde los nudillos, porque sé que los tiene amoratados tras la paliza que le dio anoche a Sebastián.
No hay guardias, así que asumo que los ha esquivado.
—¿Por la ventana? —la señalo aceptando su presencia.
Ella se encoge de hombros.
—Eso dicen los cotillas del castillo. Sebastián debería revisar mejor el servicio —resopla—. Esa gente habla de todo.
—Pero, si así fuera, habrían encontrado el cuerpo, ¿no crees?
Ella asiente dando un paso al interior. Cuando lo hace, me doy cuenta de que se tambalea. Consigo, Sia lleva lo que parece una botellita de licor. Zalamera y siempre risueña, hace un gesto con las manos.
—Y si así fuera, los cristales no hubieran caído hacia dentro, ¿no crees? —responde. Se da un pequeño golpecito en la sien—. Con suficientes pódcast de crímenes reales, una aprende a distinguir esas cosas.
En otro contexto, sus palabras me harían reír. Esta noche, por eso mismo, por el contexto, no estoy segura de que pueda hacerlo. Y, al parecer, eso a ella le parte el alma.
—Sé que estás enfadada conmigo, Emma —empieza.
—No estoy enfadada contigo.
—No hace falta un máster en Psicología para ver que estás cabreada —añade rápida—. Crees que te he mentido todo este tiempo, ¿verdad?
—No, no es eso. Además, no sería justo —suspiro—. Yo tampoco te hablé de esto.
—¡Tenía mis sospechas! —dice arrastrando la última vocal—. Pensé que iba a morir y ahí estabas tú, como un ángel. Fue demasiado milagroso como para ser solo un momento de suerte. Pero nunca… Tú no…
Cojo aire y aguardo, porque sé que va a dar un discurso en vez de dejarme hablar.
Quiere exponer su caso y lo hará tanto si la dejo como si no.
—Yo nunca he tenido suerte. Tenía que ser otra cosa. Siempre pensé que había gato encerrado —añade, entonces veo más claro que está borracha—. ¡Miau!
Dolida, ladeo la cabeza.
—Sia, dame la botella.
—¿Quieres? Está rico.
—Dámela.
Cuando intento agarrar el frasco, ella lo aparta. Frunzo el ceño, frustrada. Vuelvo a intentarlo y ella baila a mi alrededor, divertida.
Nunca había visto a Sia borracha.
De hecho, creo que nunca la había visto beber. Bueno, de fiesta. Pero no así, claro. Está claro que le ha afectado todo lo ocurrido y no la culpo. Pero ¿no es eso un poco inmaduro por su parte ahogar las penas así? ¿Con todo lo que está pasando?
—Sia —advierto.
Y es entonces cuando por fin dice lo que quiere decir:
—Es un retorcido —suelta—. Siempre lo ha sido.
Suspiro.
—No creo que quieras tener esta conversación ahora.
—¡Quería tenerla esta tarde, pero no has querido verme! —protesta—. Sebastián de Pyrramiede es un retorcido y un bastardo, deberías mantenerte lejos de él. ¡No dejes que te atrape con su labia!
Suspiro.
—No es mi prometido de verdad —respondo a la defensiva—. Es falso. No tienes que preocuparte por nada.
—¡Claro que no es de verdad! Ese tío no podría amar a nadie ni a punta de pistola, Emma. Su corazón es tan pequeño que es posible que todavía le…
—Sia —ladro enfadada—. No creo que estés como para hablar del corazón de nadie. Creo que tienes que darme esa botella.
—Lo conozco.
—Si te rompió el corazón, no es mi…
—¡Él no me rompió el corazón! —protesta ella, alzando la voz—. ¡Tú me lo has roto!
Eso me calla al instante. Aunque quiero preguntar, Sia hace un gesto y camina por la habitación, poniendo distancia entre nosotras de repente.
Y yo dejo que lo haga.
—Nunca fuimos amigos —empieza—. Nunca me cayó bien. Yo a él tampoco. Pero padre quería que me casara con él y madre insistió. Hice lo que me pidieron y él accedió. Podría haberse negado. Podría haberme repudiado y yo habría sido libre, ¡pero no!
Anastasia Du Mort aparece en sus gestos.
Como poseída por su propio fantasma, mi Sia y ella deambulan por la habitación, enrabietadas.
—Decidió que aceptaría el compromiso porque era beneficioso para él. Para impresionar a su padre, me sacaba a pasear. Para impresionar a la corte, me sacaba a bailar —sigue—. Pero a la hora de la verdad, me dejaba sola en mis aposentos. Me arrancó de mi hogar, de mi familia, de todo. ¿Para qué?
Siento pena por ella, pero hay algo fuera de lugar.
—Y, aunque suene horrible, yo estaba agradecida.
Sia sonríe, se ríe.
—¿C-cómo?
Le da un largo trago a la botella.
—Ese fue el primer momento de soledad que tuve jamás —explica eufórica—.
El primer momento en el que pude dejar de pensar a quién le afectaba mi afinidad y cómo.
Sola, tranquila. En paz. Pospusimos la boda, vivimos tranquilos.
Pero claro, esa situación no iba a durar para siempre.
Él querría un heredero, querría una esposa…
Aprieto los labios.
—Empezó a contarme sus teorías sobre el Velo y lo que se ocultaba más allá. Hablaba de mundos, de brechas…
Sia deambula por la habitación como lo hizo Sebastián en su momento, con sus teorías. No puedo evitar pensar en que existieron en un mundo que yo jamás conoceré.
—¿Y cómo descubriste que tirarte por el acantilado era la forma de huir de aquí? —pregunto sorprendida.
Ella me mira con una sonrisa arrogante.
—Saltando, Emma.
Abro los ojos, sorprendida ante la admisión.
—¿Saltaste sin saber qué iba a ocurrir?
Eso es horrible.
—Solo quería ser libre —responde cansada—. Me valía cualquiera de las dos formas. Creo que la tía Ygritte es la única que podía entenderlo. Quizá porque jamás encontraron el cuerpo, debió de albergar la esperanza de que algún día regresara.
Recuerdo a la mujer del vestido dorado, su mirada perdida. Es familia de Sia, claro. También lo son el temible lord Azrael y su fría mujer.
Son sus padres.
—¿Has hablado con tu tía?
Sia da un largo trago y no contesta a la pregunta. Enrosca el tapón de la botella y suspira. Parece armarse de valor, pero también dolida.
—¿Qué pensaste que haría cuando desaparecieras, Em?
Trago en seco al notar el reproche en su voz.
—No lo sé.
—¿Pensaste que lo dejaría pasar?
—Sia, yo…
—Eres tan injusta a veces —me interrumpe.
Enfadada, se apoya en la pared y yo la sigo.
—No era mi intención regresar a Valemir —explico—. Sé que no he tenido tiempo de contártelo, pero…
—Desapareciste de la noche a la mañana.
—Me atraparon. Me metieron en el espejo y…
—No, Emma, mucho antes de eso —protesta—. Cuando te fuiste, cuando cogiste el ascensor. Estabas a dos metros de mí y más lejos que nunca…
Agacha la cabeza y se aparta el pelo de la cara.
—Ya no sé vivir sin ti, Emma —confiesa con los ojos vidriosos—. Eres mi mejor amiga. Eres mi persona. Quiero estar contigo todo el tiempo, ¿no lo ves? Y sé que no… no soy la mejor elección, y que…
Estiro una mano en busca de la suya y ella suspira. Se le escapa un sollozo y, con solo ese gesto, siento todo su miedo. Y el mío también. ¿Cómo debe de ser haber vuelto a este sitio después de todo lo que hizo para huir? ¿Y quién la entiende mejor que yo?
—Sia.
Ella me mira y un puchero aparece en sus labios.
—¿Qué hice? —me pregunta con un hilillo de voz.
Sin saber qué más hacer, encuentro su rostro con las manos y la obligo a mirarme. Quiero decirle que no hizo nada. Que fui yo. Quiero decirle que es todo culpa mía y que ella no tiene de qué preocuparse. De hecho, se me olvida que le ha disparado a Sebastián, que es una fugitiva, que está borracha.
Y a ella, al parecer, también se le olvida todo lo demás.
Por un momento, solo existimos ella y yo, y su mirada puesta en mi boca.
Su respiración entrecortada y su mano en mi cintura.
Sia es capaz de deshacerse del espacio que nos separa y, por primera vez en su vida, parece no tener el control.
Siento sus dedos contra la espalda, el temblor de su boca contra la mía.
Cuando me besa, la habitación da vueltas.
Siento su nariz contra mi mejilla y apoyo la mano en su hombro cuando se inclina sobre mí.
«Todos estos años —pienso—, todos esos años juntas solo hacen que este momento resulte aún más intenso, más profundo».
Juraría que Sia tiembla, que sus manos me suplican.
En la forma en la que me besa puedo sentir todo lo que me necesita y algo me dice que jamás seré suficiente, pero me encantaría serlo.
Me gustaría poder ser quien Sia necesita.
Un traspié es lo único que necesito para volver en mí misma. Contrariada, frunzo el ceño y ni yo misma entiendo por qué lo hago. Algo me dice que esto está mal. Que ya no soy esa chica. Algo ha cambiado y no puedo regresar a ese mundo. Es imposible.
Y eso es lo que me parte el corazón.
—Sia, yo… —murmuro—. Lo siento, pero no puedo.
Ella niega con la cabeza y se aparta de mí con rabia, dolida. Se limpia la boca y se aleja un par de pasos.
—Ya veo.
Niego con la cabeza, contrariada y tan dolida como ella. Pero ¿qué es lo que me lo impide? ¿Por qué?