Capítulo 28
Los comensales bailan. Las luces fatuas cuelgan de los candelabros del salón de actos en el que se celebra otra cena de nombramiento.
Mientras los Luminares deliberan con La Fuente el destino de quien sea que se postule esta noche, yo me pierdo en los haces de colores y la destreza de los bailarines.
Sebastián, sentado a mi lado, bebe en silencio.
Siento sus ojos clavados en mi rostro, pero no le presto ni la más mínima atención.
No sabría cómo hacerlo ni cómo evitar el tema candente.
Estamos atados a la mesa y a las expectativas de la corte, atrapados en nosotros mismos apenas unas horas después de lo que ha ocurrido en el cuadro de la tormenta.
Anastasia.
Ana.
Sia.
Su prometida.
En perspectiva, soy consciente de todo lo que ha ocurrido: Sebastián me ha tenido encerrada en mi propia habitación, me ha obligado a entrar en el cuadro, hemos salido de él con vida de puro milagro, he conseguido traerlos de vuelta, a él y a la reliquia.
Después hemos sido atacados por su exprometida, que le ha disparado en el hombro y ha evitado que los espíritus arcanos atravesaran el cuadro.
En el proceso, en algún momento, he usado magia suficiente como para que el mechón blanco de mi pelo ocupe ahora demasiado espacio y no es posible esconderlo entre los rizos.
Rilke e Irina han insistido en colocarme un tocado de perlas para peinarlo de manera que fuera visible, «para que sea un accesorio y no una tara», han dicho.
Sebastián no le quita el ojo de encima.
Yo no puedo dejar de pensar en el beso que no ha llegado a ser.
A lo largo de la tarde, las costureras también han encontrado un vestido de manga larga para cubrir las cicatrices y heridas que han causado los grilletes de ser Kergalot.
Ninguno de los presentes en el banquete es consciente de lo ocurrido y las marcas en el rostro de Sebastián parecen pasar inadvertidas.
El joven juega con la copa, mientras yo me pregunto por qué no he hecho lo propio y se las he curado como lo hice antes.
Supongo que porque entonces habría tenido que admitir que he sido yo quien lo ha traído de vuelta, quien ha curado los mordiscos de las sirenas.
Aunque todo haya cambiado, mis miedos siguen siendo los mismos.
¿Y si se lo contara y el príncipe descubriera que hay algo extraño en esa habilidad? ¿Y si lo achacara al cuadro o a…?
No lo sé.
La cuestión es que no hemos tenido tiempo para casi nada.
Ser Kergalot se mantiene junto a la puerta del salón de baile, obediente. Ha sido él quien ha llegado a tiempo para detener a Sia, tras los avisos de los guardias. También para informar a Sebastián de que lady Seraphina von Funke iba a postularse en la cena de nombramiento.
El contexto ha sido insostenible y tan surrealista que Sia se ha dejado reducir sin más.
Si me esfuerzo, todavía puedo escucharla gritar mi nombre mientras se la llevaban.
El día ha pasado como en una nube y, aunque soy consciente de que Sia ha intentado acercarse a mi habitación, también sé que ahora está oculta en uno de los torreones del ala oeste, donde no puede perturbar la posición del príncipe.
Está encerrada en algún sitio de este castillo, a unos metros de mí y mucho más lejos de lo que lo ha estado jamás. Pero ¿qué hace aquí?
Dos mundos colisionan de la forma más catastrófica: Sia, Anastasia, Valemir, Madrid. Si no tengo cuidado, siento que todo se me viene encima.
Necesito mantenerme fría, serena.
—¿Ha podido ser Kergalot informarte sobre tu madre? —pregunto tensa.
Las miraditas de Sebastián me están poniendo nerviosa. El joven se incorpora en su asiento y habla en un susurro.
—Me temo que no.
Vuelvo un poco el rostro.
—¿No te ha informado o no sabe qué ha ocurrido?
—Es difícil informarme de su muerte sin encontrar el cuerpo —responde con rudeza.
Dolida, frunzo el ceño. Habla con esa frialdad de nuevo, pero, cuando aprieta la mandíbula, noto que le duele.
Sia le ha golpeado con todas sus fuerzas.
—Todavía cabe la posibilidad de que la encuentren con vida —objeto.
No dejo que me contagie su desidia y vuelvo a prestarle atención al baile. Quizá, si esperamos, lady Basira reaparezca. Si lo hiciera, ¿significaría eso que mis sueños pueden equivocarse? ¿Significaría que existe alguna forma de evitar ese destino extraño y convulso que la criatura me muestra?
En el centro de la pista, la homenajeada baila con su padre.
Lady Seraphina ríe y su padre la hace girar.
Desde donde estoy, no podría importarme menos su posición como postulante.
Sin embargo, no soporto cómo me hace sentir verla divertirse así.
La impotencia se apodera de mí. Con las manos sobre la falda, tengo que esforzarme por no arrancarme las costras de las heridas de las muñecas.
Ser Kergalot se ha deshecho de los grilletes, pero me van a dejar cicatriz. Y sé que podría curármelas, pero no quiero agotar todas mis fuerzas. ¿Qué ocurre si me esfuerzo demasiado? ¿Y si…?
De repente, la mano de Sebastián encuentra mis dedos y me detiene. El príncipe me lanza una mirada de advertencia, como suplicándome que deje las heridas, así que me detengo.
—No tienes por qué quedarte durante toda la cena —murmura—. Si te duele, puedes retirarte. No querría que…
Aprieto los labios en una fina línea y le dedico una mirada de reojo, molesta.
—Estoy bien.
—No querría que estuvieras aquí si estás incómoda —termina la frase marcando cada palabra con cuidado—. La cena acabará y la gente se irá.
Cuando me topo con sus ojos negros, sé que él también está pensando en Anastasia.
Sé que me ha explicado que, al parecer, la joven fingió su muerte y huyó de su destino, que estaban prometidos.
Pero, de nuevo, nada tiene sentido y no sé por qué debo cargar yo con ello.
Con saber que esa chica a la que aterrorizó lo suficiente como para saltar de un acantilado es Sia.
No sé por qué estoy atrapada en un laberinto que está claro que no me pertenece.
No sé cómo sentirme.
Ni qué hacer.
Cuando deslizo la mirada hacia la pista, me siento rodeada de alimañas, de traidores. Mi corazón se resiente al recordar la forma en la que Sebastián sostuvo mi rostro, la forma en la que mi boca buscaba la suya justo antes del primer disparo.
He sido una estúpida.
—Entonces iré a tomar el aire —respondo.
Con el hombro como lo tiene, él no debería moverse. De hecho, cada vez que se menea, nos arriesgamos a que la sangre le manche las vendas que oculta bajo su ropa de gala y todo el mundo se entere de que ayer lo atacaron.
—Por supuesto.
Antes de que nadie pueda interceder, me levanto y busco una salida. El príncipe no me sigue, mantiene su figura en la mesa que nos ha sido asignada. Toda la corte es testigo de que el príncipe me deja ir sin más. Como si nada.
«Ahora sí tengo permiso», pienso.
Ahora sí puedo huir si lo deseo.
Siento que el rencor se me acumula bajo la lengua.
Cuando llego a la puerta, me vuelvo y veo que Sebastián se bebe su copa de un golpe, sin más. Cuando la coloca sobre la mesa, no puede dejar de jugar con ella, de darle vueltas entre los dedos. ¿En qué pensará?
Lo odio.
Odio que parte de mí quiera quedarse a su lado y la otra parte, la que me grita que soy imbécil, me esté chillando que aproveche y salga corriendo.
Abandono la sala y tomo el pasillo que va hacia mi derecha. Me levanto la falda del vestido, me quito los zapatos y le hago caso a la segunda voz.
Corro.
El frío de la piedra me despierta, me hace sentir presente en mi propio cuerpo. En las últimas semanas he estado a punto de morir tantas veces que la idea de temer un resfriado me parece ridícula. Los guardias que me ven pasar no cuestionan lo que ocurre, aunque sí que se fijan en los detalles.
En uno de los giros, compruebo que me siguen, aunque no de forma apremiante. Supongo que incluso sin grilletes, no soy del todo libre.
Tomo un giro y el siguiente.
No lo pienso.
Me lleno los pulmones de aire, todavía estoy frustrada por lo encogidos que estaban ayer por la noche, tras el cuadro. Cuesta respirar.
Cuando llego al claustro y descubro la torre de la madre de Sebastián frente a mí, creo que entiendo que mi cuerpo sabía cuál era exactamente la respuesta que buscaba.
Los guardias que me siguen mantienen la distancia, me dejan hacer.
Mis miedos se hacen realidad una vez más.
Entre ellos, la desaparición de lady Basira.
Aunque jamás he podido verla, aunque no la conozco en persona, su desaparición pesa sobre mis hombros. A pesar de que debería encontrar una forma de estar enfadada con Sebastián por ocultarme el nombre de su prometida, entiendo que es un enredo imposible.
De hecho, no sé si estoy enfadada.
Creo que lo que estoy es avergonzada y dolida.
También me siento culpable.
La situación es lo bastante compleja como para mandar al mayor filósofo a la tumba.
Cuanto más lo pienso, más siento que los tres hemos estado atrapados en un ciclo impensable.
Que debería haber aceptado la invitación de Sia de esta tarde y, sin embargo, lo único que he hecho ha sido pedirles a las doncellas que le dijeran que no estaba disponible.
Me he quedado en la cama y he vuelto a ignorar sus mensajes.
¿Cómo ha llegado hasta aquí mi amiga? ¿Cómo nos hemos reencontrado de esta manera? ¿Cómo es posible que las dos viniéramos de este mundo?
Nada tiene sentido.
Las preguntas se me agolpan en la garganta y no me ayudan a respirar.
Me detengo en uno de los escalones, apoyo las manos en la pared y me pregunto por qué demonios estoy subiendo a los aposentos de la madre de Sebastián. Pero últimamente he descubierto que, a veces, debo hacerle caso a mi intuición. Que a veces necesito escucharme a mí misma, sin más.
Así que eso hago.
Me adentro en la torre.
La respuesta está escondida bajo la superficie, en forma de mil y una preguntas. La más importante es también la más simple: ¿por qué la vi en sueños?