Capítulo 27
La puerta de la habitación se abre de golpe y choca contra la pared haciendo temblar los cimientos del muro.
El ruido de unas botas encontrando el equilibrio bajo el marco pasa desapercibido por el estruendo y creo que ni Sebastián ni yo escuchamos el siseo de la flecha hasta que es demasiado tarde.
Ocurre a una velocidad impensable.
Alguien ha abierto la puerta, ha apuntado y ha disparado sin piedad alguna.
Lo siguiente que sé es que el príncipe ha recibido un flechazo en el hombro y que por eso gime de dolor. El proyectil emite una especie de humo malva y el aire se llena de esporas de luz. A mí se me corta la respiración y descubro que no tengo ni idea de qué hacer en una situación como esta.
Me cubro la boca con las manos, asustada, y retrocedo cuando el príncipe me empuja.
Aunque el dolor se apodera de su brazo izquierdo, Sebastián me aparta con su mano diestra.
Versado en el arte de estar a punto de ser asesinado en su propia casa, intenta cubrirme con su cuerpo antes de que un segundo flechazo pueda alcanzarme.
El príncipe se interpone en la trayectoria, entre la silueta que le apunta con una ballesta y yo. Me resisto, aunque no lo suficiente, porque mi mirada se pierde en el aspecto de las botas negras.
Algo hace que me salten las alarmas, pero mi intuición se ahoga en todas las emergencias inmediatas.
El cuadro.
El cuadro va a…
—Sebastián, ¡el cuadro!
El ballestero piensa lo mismo que yo, porque cambia la dirección del arma con rapidez y dispara una segunda vez justo a tiempo de evitar nuestra peor pesadilla.
La flecha impacta contra el cuadro y lo que parece la esencia de la misma se asegura de detener el desastre. A su manera, es lo mismo que Sebastián hizo con el cuadro negro aquella primera noche, ¿verdad?
No me da tiempo a entender qué está ocurriendo, lo único que puedo entender es que la flecha ha evitado que algo mayor saliera del cuadro.
El portal se disuelve y, con él, la obra de mi padre.
—La reliquia.
La voz de Sebastián me encuentra con el corazón en la mano.
—Coge la reliquia y huye, Emma.
Tardo un momento en recordar a qué reliquia se refiere, pero, cuando sigo su mirada, la veo sobre la alfombra. El collar de las sirenas. Estoy a punto de arrojarme a buscarla, antes de que el asesino nos la arrebate, cuando siento su sombra por encima de nosotros. No me da tiempo a reaccionar.
Alzo la vista justo a tiempo de ver que nuestro atacante se ha cubierto el rostro con una malla de plata y que tiene la ballesta alzada por encima de la cabeza.
La ballesta impacta contra la cara de Sebastián.
Intento interponerme, separarlos, pero los grilletes me aprisionan contra el suelo cuando pierdo toda la capacidad de resistirme a ellos.
La extraña figura vestida de negro sostiene el arma con una mano y agarra a Sebastián por la pechera para levantarlo. Lo aleja de mí como si no pesara nada, como si solo fuera un fardo de paja.
—¿Estaba fresquita el agua, hijo de puta? —gruñe—. ¿El toqueteo qué era, para evitar la hipotermia?
Desde el suelo, logro ver cómo el rostro de Sebastián se tuerce al reconocer a su atacante.
—Oh, ni muerta me dejas vivir —protesta el príncipe.
Y lo hace con arrogancia, consciente de que su comentario solo recibirá un golpe como respuesta. «Muerta». ¿Es una mujer?
Se conocen.
Son rápidos. Tanto Sebastián como su atacante golpean con destreza.
Mientras yo me retiro en el suelo, un más que desvalido príncipe lucha por recuperar el equilibrio.
Cuando me vuelvo, veo que su atacante lo empuja hacia atrás.
Mientras este trastabilla, la figura asesta una patada en el centro de su pecho que lo lanza contra la pared más cercana.
Encuentro el collar, pero vacilo: ¿no debería ayudarlo?
Cambio de decisión en el último momento. El atacante no tiene ningún interés en la reliquia. Solo quiere hacerle daño a Sebastián. Por eso, desde el suelo, estiro una mano para agarrarle el tobillo antes de que me pase de largo. Se zafa de mí con facilidad, por desgracia.
Pero, cuando pasa de largo, algo se me retuerce en el estómago.
Veo sus botas impactar contra el suelo, con sus andares decididos y el olor a vainilla me llena las fosas nasales.
Sebastián está a punto de incorporarse cuando recibe otra patada en el estómago. La silueta lo agarra por el pelo y lo obliga a levantar la cabeza para que la mire a los ojos. El príncipe se ríe, como si todo fuera una broma del destino.
Oigo el repiqueteo de las armaduras de la Guardia Real en la distancia y la voz de ser Kergalot llamando a otros guardias.
El sonido es disonante y la cosa más horripilante que he oído jamás.
Me estoy mareando.
—Voy a matarte, parásito psicópata —dice la atacante—. ¡No sonrías! En cuanto supe que…
Sebastián cae de espaldas contra el suelo cuando ella lo empuja de nuevo y sonríe con la ceja y el labio partido. Le pone la bota en el cuello y el príncipe coloca las manos a la altura de su cabeza, como fingiendo que se rinde.
Deja de oponer resistencia.
—Estás siendo una maleducada —protesta él a media risa.
A menos de un metro de ellos, todavía en el suelo, siento que voy a vomitar. Alaric entra por la puerta y sus guardias apuntan sus propias ballestas hacia la atacante, que le pisa el pecho a Sebastián con rabia.
Cuando la guardia le anuncia que se detenga, ella alza las manos en el aire.
—Emma —anuncia Sebastián arrogante—, te presento a Anastasia du Mort, mi difunta prometida.
La aludida se vuelve para mirarme. Como si le faltase el aire, se arranca la máscara de plata que le cubre el rostro y me mira a los ojos.
No puede creerlo y yo tampoco.
Jamás pensé que verla de nuevo podría hacerme sentir así.
—¿Sia?