Capítulo 26
La oscuridad lo consume todo y el peso resulta desgarrador. Creo que voy a perder el brazo o que ya lo he perdido. La presión aumenta y mis oídos se resienten. Sin embargo, todo eso cesa cuando choco con algo.
Siento el golpe contra el suelo y el mar colapsa en mi interior.
Por acto reflejo, tras el golpe, empiezo a toser.
Estoy segura de que tengo agua en los pulmones.
Me arde la garganta y me quema la piel. Siento la sal en la boca.
El cambio de temperatura me resulta asfixiante.
Me doblo sobre mí misma, tiritando, y trato de sacar toda el agua que he tragado.
Pero mi primer instinto no es el de entrar en calor, sino el de soltar la reliquia.
Mandarla lejos de mí.
Arrojo el maldito collar al otro lado de la sala, casi temiendo que pueda llevarme a otro lugar. El zafiro rueda sobre la piedra, imperturbable, mientras el recuerdo de las risas de las sirenas hace que se me erice la piel.
—Sebastián —suelto sin pensarlo.
Está ahí, a mi lado, en el suelo.
Ha caído en el suelo igual que yo.
Lo he conseguido, supongo: lo he traído de vuelta, aunque no se lo merezca.
Temblando, presa del pánico y sin saber qué más hacer, me arrojo hacia él. Intento colocarlo de lado, obligarlo a escupir el agua.
Escupe algo, pero su garganta parece bloqueada.
Sebastián lleva mucho rato sin respirar. Está pálido y sus labios están de un color violeta para nada prometedor. Con la vista fija en ellos, estoy segura de que el boca a boca sería estúpido. Sin embargo, una chispa infantil me grita que lo intente, que así es como funciona todo en los cuentos.
Me agacho sobre él, le abro la boca y soplo con todas mis fuerzas.
No es eso lo que lo salva, sino la luz blanca que brota de mis manos amoratadas cuando las coloco sobre su pecho. Puedo sentirlo. Noto el mismo poder que aquella vez, tras el accidente de moto, el pitido de los coches.
Mi cuerpo está en automático y parece funcionar mejor así. Parece ser mucho más efectivo cuando no hay nadie para ponerlo en tela de juicio.
No ejerzo presión sobre su pecho, como hubiera hecho en cualquier otra circunstancia. En lugar de eso, coloco ambas manos sobre su torso y me centro en la luz blanca, en la calidez que emite.
Suplico para mis adentros.
Siento que mis energías se desvanecen, que mi cuerpo se resiente ante el esfuerzo. Imagino que, si algo ocurre, habrá un precio que pagar, pero estoy dispuesta a ello. Haría lo que fuera por oírlo respirar, por oír su voz otra vez.
Mantengo las manos sobre su pecho con la esperanza de revertir el proceso y solo justo cuando estoy a punto de perder la esperanza, Sebastián empieza a toser.
Agotada, me dejo caer hacia atrás.
—¡Menos mal!
El joven se vuelve, se incorpora. Tose agua, asustado. Mira a su alrededor sin entender nada y, cuando mis manos le encuentran, pedigüeñas, se topa con mis lagrimones. Empapados y tras haber logrado salir del cuadro, los dos debemos de ser una imagen digna de manicomio.
Estiro las manos hacia su rostro y él se pierde en mi semblante. Su mirada desciende a los grilletes, a la ausencia de su anillo, pero regresa pronto a mis ojos.
—Emma, ¿eres…? ¿Eres tú? —tartamudea—. ¿Tu pelo…?
Niego con la cabeza para restarle importancia. Sin embargo, él estira una mano y me recoloca un mechón tras la oreja. Veo la rabia que se transforma en miedo. Algo muy distinto aparece en sus labios azulados cuando tuerce el gesto.
Y sé lo que es.
Se siente culpable.
Acto seguido, lo único que sé es que estoy entre sus brazos.
Sebastián me atrapa y me hunde contra su pecho.
Lo hace con desesperación y, aunque parece que le cuesta respirar, hunde su rostro en mi cuello y toma todo el aire que puede contra mi piel.
El peso de nuestra ropa mojada no ayuda.
Los dos estamos muertos de frío, pero noto la vaga calidez de su temperatura contra la mía.
Sin pensarlo, mis brazos rodean su cuerpo, su cuello.
Lo aprisiono contra mis hombros y él parece satisfecho con la idea.
Sostengo su cabeza contra mi clavícula cuando escucho algo parecido a un sollozo y finjo estar sorda para no avergonzarlo.
Sin embargo, hundo mis manos en su pelo mojado y lo sostengo en mis brazos.
No se lo merece, pero lo arrullo y finjo demencia. Finjo no recordar que hace una hora los dos hemos estado a punto de matarnos.
A ambos nos cuesta respirar, pero Sebastián habla entre jadeos.
—Los grilletes.
—Shhh.
—El anillo, ¿dónde…?
—Ser Kergalot se hará cargo de eso en un momento.
Me he acostumbrado al dolor.
Puedo soportarlo.
—Pero Emma, tu pelo y…
—No te muevas, por favor.
Aunque lo intenta, Sebastián decide obedecer, quizá por primera vez en su vida.
—Si te mueres, tu madre se pondrá triste.
Siento su frente contra mi clavícula, su aliento contra el camisón empapado.
—Gracias.
Su voz aparece como una caricia. Su aliento me roza el cuello. Alza el rostro y me busca con la mirada. Algo contrariada, resoplo. La intensidad de su mirada resulta demasiado real y no estoy segura de poder aceptarla.
—Uno pensaría que un príncipe sabe que no se debe escuchar a las sirenas —respondo—, pero estáis lleno de sorpresas, vuestra alteza.
Sebastián suelta una risilla y una mueca se apodera de su rostro. Me roza la mejilla con el pulgar. Yo reparo en la herida de su cuello, que se ha cerrado. Pero el príncipe sigue viendo sangre a consecuencia del ataque de las sirenas, ¿verdad?
No.
De hecho, parece ser que mis poderes han hecho un buen trabajo al traerlo de vuelta. No hay ni rastro de las heridas.
Tampoco del moratón de su nariz.
—Tenías razón —dice.
Parpadeo.
—¿Acabas de decir que tengo razón?
Él asiente.
—La canción de las sirenas, todo lo que… —Hace un gesto—. El cuadro. La reliquia. Las notas de tu padre.
Sebastián parece tener problemas para poner en orden sus pensamientos. Preocupada, le aparto el pelo de la cara y confirmo que no hay ningún golpe visible. Pero ¿es posible que sangre por dentro?
—Estar así contigo ha sido un error —dice—. No puedo permitir que seamos enemigos. No puedo permitir que tú también seas uno de ellos al otro lado de la puerta. Te necesito a mi lado.
Frunzo el ceño.
—No he sido yo quien se ha vuelto loco.
—Estaba ciego —sigue frustrado—. Estaba cegado por… Mi madre. Tú. Ella…
Mi corazón se detiene cuando recuerdo el sueño.
—¿Qué ha ocurrido con tu madre?
Sebastián solloza, pero controla sus emociones lo mejor que puede.
—Ha desaparecido.
Intento sostenerle el rostro entre las manos, pero el príncipe me las aparta. Dolido, se retira.
—¿Cuándo? ¿C-cómo?
Se lo pregunto, pero temo obtener la respuesta que conozco. Temo saber exactamente lo que ha ocurrido y cuándo.
—No lo sé. No… —Sebastián se encoge, se aparta de mí—. Pero ¿qué más da? Las reliquias, los cuadros. El estúpido trono. ¿De qué sirven? ¿De qué me sirve todo eso? ¿Cuál es mi deber si no puedo cuidar de ella?
Lo observo con el corazón encogido.
—Lo estaba pagando contigo —dice dolido—. Estaba… estaba castigándote por algo que no es culpa tuya. Por abandonarme, por desertar. Pero ha estado… Ha sido un error, Emma y ahora…
Me mira asustado, pero no sé si me teme a mí o se teme a sí mismo. Y lo entiendo. Entiendo ese sentimiento.
—Sebastián, no pasa nada.
—Sí pasa —se queja—. Yo te he puesto esos grilletes, te he encerrado, te he obligado a meterte en ese cuadro, ¡y tú…! Tú me has salvado la vida como si nada. Lo que… No recuerdo… Estaba ahogándome, Emma. Así, ¡plaf! Adiós. Habría…
—Has sido imprudente, pero…
El príncipe suelta un largo suspiro.
—Entiendo por qué quieres irte —sigue agachando la cabeza—. Si yo pudiera, también me marcharía.
Se me parte el alma al oír su confesión.
—Si pudiera huir de mí mismo, yo también lo haría.
Niego con la cabeza, soy incapaz de sobrevivir a su mueca de dolor. No lo dice de verdad. Lo he visto mirar el paraje, lo he visto hablar de su reino.
Lo ama.
—Escúchame —le pido—. Encontraremos a tu madre.
—Emma, no…
—Haremos algo —insisto—. Yo… También lo siento. Por irme, por… por gritarte. Por cerrarte la puerta. Yo también tenía miedo y lo resolví como siempre lo resuelvo. Pero no estuvo bien.
Como lo hizo él en su momento, me coloco la palma de su mano en mi pecho. En el gesto, creo que le suplico que me entienda, que me escuche. ¿No era eso lo que él me pidió a mí aquella primera noche en la habitación?
Mi corazón late acelerado.
—Me dejé llevar por el miedo —confieso—. Los dos lo hicimos.
Él me mira y, aunque hace un amago de hablar, decide cerrar la boca y escuchar. Un hito en nuestra historia, supongo.
Sebastián me sostiene la mirada.
En el gesto, me sostiene a mí con esos dos ojos negros.
—Pero no puedes huir de ti mismo —añado—. Por mucho que lo intentes. Por mucho que pases de un mundo a otro. Eres el príncipe de Valemir y el buen hijo de tu padre, el rey Gael. Quieres hacer las cosas bien y lo veo. Aunque te esfuerces en esconderte en esa reputación, yo lo veo.
La mano de Sebastián acaricia mi clavícula y, como se resiste, dejo que se mueva un poco. El joven se incorpora, todavía sentado en el suelo, y sostiene mi rostro con una mano. Acaricio su muñeca, cerrando los ojos y centrándome en mantener el dolor a raya.
—Emma…
Casi había olvidado el dolor de los grilletes cuando la presión de la habitación me los recuerda. Al abrir los ojos, su luz dorada dibuja sombras en el rostro de Sebastián.
—Dime a qué le temes tanto —me pide.
Lo miro con cuidado.
Busco los recovecos.
Decírselo solo le daría más poder sobre mí y ya tiene suficiente. No puedo contárselo. No puedo hacérselo saber.
En el momento en el que lo oiga, saldrá huyendo.
En el momento en el que lo diga, se hará real.
Y, aun así, él no aparta la mirada. No se va. No duda. Trago saliva.
—Lo que sea que hizo que mi padre enfermara me ha encontrado en esas pesadillas —digo— y no parará hasta que me destruya.
Sebastián me acaricia las mejillas con cuidado.
—No dejaré que lo haga.
—No hay nada que puedas hacer —confieso apesadumbrada—. Haga lo que haga, ocurrirá. Ha atravesado las protecciones del castillo y sigue atrapándome en sueños. Está en los cuadros. Hará conmigo lo que fuera que hizo con él.
—Es posible que solo sea un espíritu arcano —susurra él, intentando apaciguar mis nervios—. Si hubiera una forma de acceder a tus sueños…
Asustada, niego con la cabeza.
—Es mucho peor, es…
—Emma, eh.
Le devuelvo la mirada.
—No voy a permitir que te pase nada, ¿vale? —insiste.
Y, aunque sé que es ridículo, aunque sé que es contraproducente, aunque sé que Sebastián me ha traicionado una y otra vez y hay muchas cosas en el aire, la verdad es que quiero creerlo.
Quiero creer que, cuando estamos a solas, somos nosotros de verdad.
Él y yo.
Por eso, cuando se inclina hacia mí y siento su aliento, acepto su promesa y acepto su caricia. Ladeo el rostro, siento el roce de su nariz contra la mía, el roce de sus labios.
«Solo un beso», me digo. Me parece el precio justo.
Por un beso, me condenaría a este reino.