Capítulo 25 #2
En la oscuridad, no suelto a Sebastián. De hecho, me vuelco en mantenerlo junto a mí. Nada me impide intentar nadar, después de todo. El chico pesa y temo que sea demasiado tarde, pero no tiro la toalla.
El canto de las criaturas me desorienta. Incluso cuando no puedo verlas, puedo sentirlas a mi alrededor. Frustrada y con lo poco de fuerzas que queda en mí, hago una apuesta aún más arriesgada.
Si incluso cuando no funciona el anillo ha tenido cierto efecto, es posible que pueda usarlo a mi favor. Otra vez. Tal y como lo he usado para encontrar el cuerpo de Sebastián, ¿podría usarlo para…? Por eso, busco su mano y lo arranco de su dedo. Después lo arrojo al fondo del mar.
Tan pronto como este se sumerge, mi teoría se confirma y dos cosas ocurren a la vez: los grilletes empiezan a brillar y el dolor se hace aún más intenso.
Pero consigo lo que quería.
La luz dorada se apodera del paraje.
Bajo la nueva luz, las criaturas aparecen frente a mí. Largas, con cola como las de las serpientes, con colmillos, con branquias. Ofendidas quizá por el brillo, bufan y sisean mientras se alejan de nosotros.
Así, me abren una vía directa hacia la superficie.
Inquietas, las sirenas nos rodean. No quieren acercarse, pero tampoco quieren perdernos de vista. No me detengo a cuestionarlo, porque mis pulmones necesitan aire. Tengo la sensación de que deberíamos habernos ahogado hace mucho rato.
No tengo ni idea de cómo lo consigo, pero salgo a la superficie.
Trago agua. Busco aire. Intento que Sebastián tome aire, pero no tengo ni idea de si está vivo. No está consciente, eso seguro. De hecho, cuando miro bien, creo que veo sangre en el agua. ¿Está sangrando?
Eso explicaría por qué las sirenas forman un círculo a nuestro alrededor, están acechando a su presa.
La imagen regresa a mí: ris, ras. Lady Basira, dibujando un círculo, sus pies sucios, su pelo blanco, su petición.
«No dejes que lo devoren».
Sostengo a Sebastián cerca de mí y me antepongo tanto como puedo al dolor de mis muñecas.
Trozos de madera que parecen haber caído del navío flotan a nuestro alrededor, pero no consigo alcanzar ninguno.
El color de los labios de Sebastián me recuerda que es posible que esté todo perdido, que no haya escapatoria; malva, lavanda.
Una de las sirenas decide atacar entonces lanzándose a buscar a su presa. Sebastián se hunde y yo me sumerjo para recuperarlo.
Llena de rabia y dolor, hago lo más estúpido que se me ocurre.
Sujetando a Sebastián por la mano y, bajo el agua, grito.
Grito con rabia, con pena, con frustración.
Y, aunque no tiene sentido, cuando chillo, la extraña canción de los mares se detiene y el océano escucha.
Las sirenas, ofendidas y aturdidas, dejan de cantar.
Sin más dilación, devuelvo a Sebastián a la superficie y busco un trozo de madera donde apoyarlo.
Nado, gasto todas mis fuerzas intentando mantenerlo a flote.
Y, sin embargo, no me rindo.
No lo abandono.
No puedo dejarle morir.
Recuerdo los ojos plateados de su madre. Recuerdo su colmillo, sus risas y sus juegos. Me recuerdo a mí misma riendo con él. Las palabras de ser Kergalot y su pena no me permiten seguir enfadada.
Todos somos presos de algo.
Cuando las sirenas vuelven a intentar acercarse, grito y siseo como han hecho ellas.
Helada y tiritando, a merced de las olas y sin saber cómo salir de este cuadro, me antepongo y me defiendo como buenamente puedo.
También defiendo a Sebastián, que es poco más que un saco apoyado en un trozo de madera que se hunde por momentos.
Le aparto el pelo de la cara, pero no respira.
—Sebastián, despierta.
La canción regresa, distante.
—Sebastián, no me dejes aquí —protesto—. ¡Haz algo!
Pero no está consciente. De hecho, cabe la posibilidad de que esté hablando con su cadáver. ¿Es eso posible? ¿Puede alguien morir dentro de un cuadro?
—¡Por favor!
El mar parece calmarse un poco y las sirenas se mantienen a una distancia prudente. Mis súplicas parecen resultarles curiosas. Lo suficiente como para que una de ellas, la misma que antes ha intentado arrebatarme el cuerpo de Sebastián, avance despacio hacia nosotros.
No tengo nada con lo que defenderme, pero ella parece ver en mí que no lo dejaré pasar si intenta llevárselo. Con la mitad de la cara sumergida, se muestra apacible y se mueve con parsimonia. Su mirada se clava en la mía. Por alguna razón, la sirena trae consigo un trozo de madera y no es la única.
La lluvia arrecia.
De repente, las criaturas que nos envuelven recopilan los trozos flotantes de madera y se aseguran de ofrecernos algo mejor para mantenernos a flote.
Aunque al principio no confío en que se acerquen, acepto el gesto cuando una de ellas me trae un tablón lo suficiente grande como para que pueda apoyar a Sebastián en él y mantenerlo fuera del agua.
El aire es tan frío como el agua, pero al menos no se hunde.
—Lejos —advierto—. Manteneos lejos de él.
La criatura se aparta un poco, pero me busca con la mirada. La canción regresa y puedo notar su poder. Siento lo que Sebastián habrá sentido antes de caer a las aguas: es triste, es pesada. Mientras el cielo se aclara, del interior de las aguas, la sirena hace aparecer un collar.
Se trata de una lágrima de zafiro.
La sostiene en el aire para que yo pueda verla.
La canción se vuelve cada vez más triste y suplica perdón. Aunque parece completamente fuera de lugar, es como si el mar y sus secuaces quisieran disculparse. ¿Es eso lo que están haciendo?
—No las acepto —protesto—. No acepto tus disculpas.
La sirena abre las branquias del cuello. Sigue teniendo su vista clavada en mí y me ofrece el collar con insistencia.
Pese al frío y los elementos, mis neuronas hacen sinapsis.
—Un momento, ¿sois los Custodios de este cuadro?
Eso tendría sentido, supongo.
Y si no lo tiene, no sé qué más hacer con ello.
Débil y asustada, decido aceptar lo que me ofrece. Estiro una mano, con su grillete brillante, y lo acepto. Ella me ve sostener el collar entre los dedos y sonríe con todos los dientes, como si estuviera orgullosa de su trabajo.
Y debe de estarlo.
Porque, en el momento en el que lo suelta, el collar que ahora yo sostengo se transforma en un ancla que nos hunde a Sebastián y a mí.
La tristeza de la canción se transforma en una cacofonía de risas y, sin darme tiempo a reaccionar, el collar nos arrastra a las profundidades.