Capítulo 25
El viento sopla con fuerza y el mundo se zarandea.
El suelo bajo nuestros pies se inclina y resbala, también tantos otros objetos que no logro distinguir se deslizan con nosotros.
La lluvia me empapa de la cabeza a los pies y, aunque pudiera parecer una locura, ni las caídas ni los golpes me resultan importantes.
Nada de eso me importa: ni el golpe en la cabeza contra la madera ni el agua helada ni el hecho de que he sido arrastrada a otro apocalipsis.
Lo único que me importa es lo mucho que me arden las muñecas.
Grito hasta desgarrarme la garganta. Siento el peso al que se refería Alaric y, por un momento, creo que los grilletes van a hundírseme en la piel, creo que van a aplastarme los huesos y a cercenarme las manos.
Sebastián me encuentra y, entre los torrentes de agua, intenta deshacerse de los grilletes. Nada de lo que hace lo logra, porque no es afín a la tierra. La persona que ha cerrado los grilletes alrededor de mis muñecas, ser Kergalot, está a universos de distancia.
Aunque parece que el anillo ha dejado de funcionar, los grilletes cumplen su cometido.
—¡Maldita sea! —gruñe el príncipe desistiendo en su empeño.
—¡Es tu culpa! —contrataco.
No sé cómo encuentro la fuerza, pero supongo que uno puede acostumbrarse a cualquier cosa. Incluso al dolor. El frío ayuda, creo. Los bandazos del suelo de madera también.
Y la rabia, claro.
La rabia es un gran analgésico.
—¡Deja de moverte! Estoy intentando…
—¡No me toques!
No tengo miramientos: me duelen las manos, pero no los pies. Con rabia, pateo a Sebastián para alejarlo de mí. Aunque no lo consiga, el gesto me resulta la mar de satisfactorio.
—¡Eres un cerdo egoísta y un tirano! —grito.
El cielo parece estar de acuerdo conmigo: a través de las nubes, un relámpago atraviesa las alturas e impacta contra algo en la distancia. El trueno nos encuentra demasiado rápido, señal de que la tormenta está justo encima de nosotros.
Sebastián está a punto de decir algo cuando el viento vuelve a arrojarlo al suelo.
A mí no me importa si el navío en el que hemos aparecido se hunde ahora mismo. De hecho, lo prefiero.
No me importa si la tempestad nos mata a los dos.
No me importa nada que no sea decir todo lo que he callado en las últimas horas.
—¡Tú eres el experto en afinidades! —grito a través de las cortinas de agua—. ¡Tú has obligado a ser Kergalot a ponerme estos grilletes! ¡Tú nos has traído hasta aquí! ¡Todo esto es culpa tuya!
Cuando Sebastián resbala de nuevo al intentar ponerse en pie, suelto una carcajada. Con la espalda pegada al borde de la cubierta, me mantengo algo más estable.
—¡¿Cómo demonios querías que supiera que esto era así?! —se queja el príncipe avergonzado.
—Pensaba que lo sabías todo —respondo rápida—. Pensaba que eras el príncipe heredero y La Fuente estaba de tu lado.
—¿Qué?
—Pensaba que eras, oh, todopoderoso —sigo dolida—. ¿Vas a llamar a tus guardias para que te saquen de esta? ¿En volandas a poder ser? ¡Nos has metido en el cuadro! ¡No va a poder venir nadie a rescatarte! ¡Nadie sabe dónde estamos, imbécil! ¡Y nadie puede sacarnos de aquí!
De nuevo, la tempestad sacude el barco y esta vez incluso yo salgo despedida al otro lado de la cubierta.
Porque estamos en una cubierta.
En un barco.
En mitad de un mar airado, rabioso.
El segundo cuadro era el de un mar en tempestad y ahí es donde hemos ido a parar. El mundo aquí también llega a su propio fin.
No queda nadie más en este barco.
Sebastián se lleva una mano a la sien y comprueba que no sangra. Yo agradezco la estabilidad del peso de los grilletes, pues soy incapaz de sentir el dolor con la misma intensidad que antes.
No siento las manos.
No siento los pies.
El frío ya no ayuda.
Con el pelo empapado y pegado a la cara, me resulta en parte gracioso que, al final, parece que sí vamos a morir.
Lo único horripilante es tener que morir con él.
—¡Emma!
Cuando miro al frente, veo que una de las cajas de carga se ha soltado con la conmoción. Y viene directa hacia mí. Sin pensarlo, el cazurro del príncipe salta para evitarla. Por supuesto: debe salvar su valiosa herramienta para recuperar las reliquias, ¿no?
Supongo que asume que puedo hacernos entrar en el cuadro y que, por lo tanto, también soy su billete de vuelta.
Sebastián me aparta de la trayectoria del cajón y me cubre la cabeza con las manos, así que ahora resbalamos sobre la cubierta juntos.
De hecho, si no fuera porque soy lo suficiente ágil como para aferrarme al mástil, ambos habríamos acabado en el agua.
El brazo de Sebastián nos afianza en nuestro sitio, mientras el navío se tambalea de un lado al otro luchando contra el oleaje.
Guardamos silencio, enfrentándonos al clima y al océano que nos acecha. En el cielo, quizá los relámpagos siguen impactando contra el agua o entre sí. Los truenos retumban con fuerza en el aire y la madera absorbe el eco.
—Tenemos que ponernos a cubierto —murmuro.
Pero, cuando Sebastián suelta el mástil, sé que no es a mí a quien le está prestando atención.
La advertencia de la visión de su madre regresa a mí en forma de lamento y las historias de mi padre conjuran el conocimiento suficiente sobre este lugar como para entender lo que va a ocurrir.
Un navío, una tormenta, el océano.
De repente, la pesadilla en la que aparecía lady Basira parece otra profecía. Una advertencia similar a la de aquella amapola en el suelo.
—Sebastián, ¡vuelve aquí!
Oigo el sonido de los cantos, la balada triste y encandiladora. Estoy segura de que eso es lo único que oye Sebastián, porque su cuerpo entero parece obedecer a la extraña cacofonía del mar.
—¡No seas imbécil! —suplico lanzándome a buscarlo—. ¡Son sirenas!
Me lanzo para detenerlo, pero él me ignora.
Y lo que es peor: no quiere que lo detenga.
Forcejea conmigo. Parece que ni me ve. Tiro de sus hombros en un intento por despertarlo, pero sus ojos negros se le han cubierto de una suave capa de niebla que envuelve la pupila.
Intento hacer que entre en razón, pero no tengo la fuerza suficiente para retenerlo.
No la tendría incluso si no tuviera estos malditos grilletes.
Cuando me empuja y caigo mal sobre los tablones de la borda, los chispazos de dolor vuelven. Intento arrancar las losas de piedra de los grilletes, pero solo me hago daño en las puntas de los dedos, en las uñas.
Sebastián se incorpora y avanza a través de la tormenta. Lo llamo por su nombre, pero, antes de que pueda hacer nada para detenerlo, se arroja al mar.
El grito es un acto reflejo.
Eso o una forma de infundirme el valor suficiente como para luchar contra el dolor que me provocan los grilletes de ser Alaric Kergalot. Pesan lo bastante como para mantenerme pegada a la cubierta y la sensación de que voy a perder las manos regresa, pero el dolor no me frena.
Salto al agua tan pronto como alcanzo el rincón de la cubierta en el que lo he visto por última vez.
Me tiro al agua tras el príncipe. Con las manos por delante, como aprendí a hacer en la piscina en su momento, entro en el agua. El peso de los grilletes ayuda y atravieso las olas en busca de su silueta.
Quizá he sido estúpida e imprudente.
No, quizá no.
Lo he sido.
Estoy intentando rescatar a mi carcelero, a mi verdugo.
En cuanto entro en el agua helada, los dos elementos que juegan en mi contra ganan aún más intensidad: quedo a merced del frío y del peso de los grilletes.
Uso todas mis fuerzas para intentar no perderme en las corrientes y abro los ojos.
Por eso mismo el agua salada me hace daño y la temperatura me obliga a buscar la superficie para coger aire de nuevo.
No dejo que eso me humille.
Saco la cabeza y, aunque a duras penas cojo aire, lo intento un par de veces hasta que estoy satisfecha.
Entonces, vuelvo a sumergirme.
Debe de haber alguna manera de encontrar a Sebastián bajo las aguas.
La oscuridad es tan intimidante como intensa, pero no es lo peor.
Porque, en cuanto me sumerjo de nuevo, la canción del mar me atrapa.
El volumen es devastador. Siento la presión en los oídos y trato de nadar hacia la superficie de nuevo, aunque desorientada.
A diferencia de cómo suena la canción para Sebastián, asumo, para mí es horripilante.
—¿Y qué saben las criaturas de los mares de la música? —protesté una vez con la paleta en la cabeza.
Mi padre me miró de reojo.
—No lo sé.
—Seguro que a mí no me convencerían —dije fanfarrona—. Tengo un gusto musical exquisito.
Recuerdo su risa mientras atravieso las aguas y es entonces cuando veo el brillo dorado de los grilletes frente a mí.
Nado hacia la superficie una segunda vez, a merced de las olas. Allí arriba, el dolor aumenta y el brillo, también. Cojo aire, intento mantenerme a flote. Los grilletes desean llevarme a las profundidades. ¿Por qué?
Aunque en un primer momento dudo, creo que puedo descifrarlo: cuanto más cerca estoy de Sebastián, que lleva el anillo, menos me duele.
Cojo una bocanada de aire y vuelvo a sumergirme. Hago de tripas corazón, me enfrento a las olas y al dolor de mis muñecas y nado hacia el fondo. Dejo que la luz de los grilletes se apague, que me guíe.
Cuanta menos luz, más cerca estoy del príncipe, ¿verdad?
Esa es la clave.
Alargo la mano y siento el roce de algo viscoso contra las piernas. Algo nada por mi lado, otro cuerpo se aparta. Doy una brazada más, casi sin aliento, y encuentro la reliquia sin la que no podría salir de este fin del mundo.
Mi mano se cierra alrededor de la chaqueta de Sebastián justo a tiempo de que una de las sirenas lo atrape.
Tiro de él y la criatura se aleja con tal rapidez que el agua nos empuja.
La sensación de triunfo se ahoga en la realidad: la superficie está muy lejos y Sebastián parece inconsciente. Incluso cuando puedo sostenerlo, su peso nos hunde. Cuando alzo la vista, la canción de las criaturas me ensordece incluso más.
Un enjambre de sirenas nos oculta de la luz del exterior.