Capítulo 24 #2
Camino tras él, rodeada de guardias. La seguridad me parece excesiva, pero me lo tomo como un halago.
—¿Tienes miedo de que acabe de romperte la nariz? —digo andando descalza por los pasillos del castillo—. ¿Por eso están aquí tus guardaespaldas?
—No soy yo quien tenía miedo de que unos simples grilletes de piedra le hicieran daño —responde sin más.
—¿Los estás controlando tú?
Sebastián me dedica una sonrisa cruel, mientras espera a que le abran la puerta.
—Esta es la habitación —anuncia a los guardias—. Soltadla dentro.
Los soldados obedecen sin más, pero esta vez no me resisto. Dejo que me levanten del suelo y me carguen hasta el centro de la habitación como un reo. Vestida con apenas un camisón y los grilletes, me vuelvo y veo que Sebastián les ordena a los guardias que nos dejen a solas.
Arrugo la nariz.
¿Y qué piensa hacer si decido defenderme de nuevo? ¿Llamarlos para que sus fortachones lo libren de mí?
Cuando cierra la puerta, me observa con curiosidad.
—Arrogante —observa él.
Alzo el mentón.
—Irascible también —observa—. No me pilla por sorpresa. Tu familia tiene su historial. ¿Sigues viendo siluetas en las pesadillas? ¿O las siluetas están con nosotros en la sala? —suelta burlón.
Lo fusilo con la mirada.
—Si estamos en una competición de parecer locos, no soy yo quien lleva un anillo para controlar a su falsa prometida —respondo enfadada.
Sebastián suelta una risita y se acerca al centro con fanfarronería.
—No te he traído para discutir —dice—. Te he traído porque, aunque te pese, parece ser que sigues siendo necesaria para recuperar las reliquias. Y no tengo tiempo que perder.
Lo fusilo con la mirada.
—Tenías razón: estos son los cuadros que buscábamos y tu padre las ocultó en ellos. Asumo que, fuera lo que fuera que ocurrió dentro, tiene que ver con dichos Custodios. ¿Te importaría explicármelo? —dice con cierto retintín.
Le giro la cara.
—Asumí que esa sería tu posición, sí —suelta chasqueando la lengua—. Es una verdadera pena, porque estaba dispuesto a escucharte. Pero bueno, supongo que seguiremos adelante con mis teorías.
Pongo los ojos en blanco.
—Verás, Emma, asumamos que cada cuadro oculta una reliquia —dice— y que conseguiste traer la primera. La máscara está a buen recaudo, pero sigo necesitando las otras tres.
—Ya tienes los cuadros y sabes dónde están —protesto—. ¿Por qué no entras tú a buscarlos? ¿No quieres mancharte las manitas?
Él ladea la cabeza y veo la sombra de un moratón en su nariz.
—Es cierto, no puedo. Si mi teoría sigue siendo cierta: te necesito para conseguirlas —responde—. Porque solo tú puedes activar los cuadros, ¿verdad?
Pongo los ojos en blanco, siempre tan seguro de sí mismo. Además de paranoico, es un pedante.
—La arboleda a través de la que intentabas huir…
La llamas el Bosque de los Marcos, ¿verdad?
—dice de repente. Lo veo caminar hacia uno de los cuadros, rozando la madera—.
Es un nombre un tanto simplón si lo piensas.
Nosotros la llamamos Thyralssos, que se traduce como «la Arboleda de las Puertas».
De nuevo, las leyendas son clave para esto, ¿no crees?
Tu padre era un hombre de historias e imágenes.
«Marcos». Mi rostro reacciona antes de que pueda controlarlo cuando entiendo a lo que se refiere.
—Tu huida me ha dado otra idea —sigue él—.
Atravesaste el bosque para cruzar el Velo, ¿cierto?
Como bien teorizamos, tu padre poseía esa habilidad.
Creemos que podría ser capaz de crear sus propios portales, de alguna manera.
Pero ¿y si también tuviera que ver con el lugar? ¿Y si fueran las dos cosas?
Aprieto la mandíbula, pues entiendo su lógica.
—¿Crees que usó madera del bosque para el marco de los cuadros? —parpadeo sorprendida.
Sebastián sonríe, orgulloso de sí mismo.
—Es una idea, sí. Pero el Bosque de los Marcos solo era peligroso para ti y para tu padre —sigue—. A menos que estudies las viejas leyendas del Thyralssos, a nadie se le ha perdido nunca nada ahí. Bueno, alguna que otra zorra en la época de caza, pero poco más.
El detalle no se me pasa por alto y decido ignorarle de nuevo.
—Enhorabuena, Sebastián —respondo burlona—, ¡es posible que ahora los Luminares te acepten en su club de lectura! Desde luego, estás hecho todo un ratón de biblioteca con ínfulas de grandeza.
El comentario consigue lo que yo quería: insultarlo. Sebastián avanza hacia mí con decisión y, aunque retrocedo, me atrapa por la muñeca.
—Vamos a entrar a ese cuadro —ordena tirando de mí.
Y aunque me gustaría decir que me queda algo de respeto a mí misma y me resisto de manera estoica, no es así.
Intento dejarme caer en el suelo para evitar que me arrastre. Uso todo mi peso para evitarlo y grito cuando me ataca.
—¡No! ¡No, Sebastián! No puedo volver a entrar a uno de esos cuadros, ¡está dentro! ¡Esa cosa está dentro! ¡Escúchame!
Vuelvo el rostro a tiempo para ver el espacio vacío del primer cuadro que visité. Los Luminares se lo llevaron. ¿Qué han hecho con él? Las imágenes regresan: las noxfloras, la criatura que se apoderó de su mundo, la espada de la mujer de la trenza.
Forcejeo con Sebastián, que no deja de insistir.
—Tráeme las reliquias y te dejaré ir —responde sin más.
—¡No! Suéltame, Sebastián. ¡No quiero!
Desde donde estoy, veo la herida que le hice en el cuello. Él aprieta la mandíbula y usa toda su fuerza para arrastrarme hasta el cuadro.
—No es una sugerencia, es una orden —gruñe.
Tira de mí y me obliga a colocarme frente al cuadro. Me agarra por el grillete con fuerza y me exige tocar el marco como lo hice en el sótano de mi casa.
En cuanto mi mano roza el cuadro, la luz blanca ilumina la habitación como lo haría un relámpago en mitad de la noche.
Esta vez, sin embargo, la consecuente tormenta nos engulle a los dos.