Capítulo 24
Paso un buen rato en el suelo. Al menos hasta que decido que la razón por la que me falta el aire es porque alguien ha decidido cerrarme el corsé demasiado.
No sin fracasar un par de veces en el intento, consigo incorporarme y sentarme junto a la cama con las manos todavía atadas a la espalda.
Intento recuperar el cuchillo para liberarme, pero cabe la posibilidad de que Sebastián se lo haya llevado en su huida, porque no lo encuentro.
Tras un par de intentos de salir del enredo, siento que la sangre ya no me circula por los dedos y abandono. Me quedo sentada en el suelo, junto a la cama, bajo la luz de la ventana mientras el día avanza.
Me obligo a mantenerme despierta para evitar las pesadillas. Aunque, a decir verdad, es posible que fueran más amables que la realidad.
Tampoco podría quedarme dormida.
Ser Kergalot me encuentra ahí: en el suelo, junto a la cama, con los dedos entumecidos por las ligaduras y desesperada.
Cuando la puerta se abre y el caballero entra, no me escondo.
No intento parecer estoica. Siento los ríos de lágrimas en las mejillas y la presión en el pecho. He estado llorando. Me duele todo.
Cuando su mirada coincide con la mía, veo algo en su expresión: parece defraudado.
Lo oigo cerrar la puerta tras él y que abre un cajón y lo cierra. Noto sus manos en mi hombro, pero no dice nada. Ser Kergalot habla con las manos cuando usa un abrecartas para librarme de las ataduras y suspira.
Cuando por fin puedo mover las manos, no estoy segura de que sepa cómo funcionan. Me encojo en el suelo y trato de acompasar mi respiración con la suya. Dibujo círculos en las palmas de mi mano, con el pulgar. Recuerdo la visión de lady Basira, sus manos pálidas contra las mías.
Ser Kergalot me mira con algo de pena, pero pronto veo cierto orgullo en la comisura de sus labios.
—Tu padre era un hombre lánguido e incapaz de cualquier gesta física —dice como si intentara bromear—. Una vez tuvimos que rescatarlo de un pozo.
—¿De un pozo?
—Así es —sonríe—. Dijo que había oído algo al fondo y que había bajado a buscarlo. Usó la cuerda y esta se desprendió. Intentó subir un par de veces, pero era incapaz de cargar con su propio peso.
Suelto una risilla.
—Suena bastante posible.
—No te miento —dice Alaric con cierta calidez—. Te alegrará saber que estaría orgulloso de saber que su hija casi le parte la nariz a un imbécil que le saca casi una cabeza y ha entrenado con los mejores caballeros del reino.
En cualquier otro contexto, la idea sería divertida. Quizá lo sea, y por eso mis labios se curvan en una pequeña sonrisa. Sin embargo, esta desaparece tan pronto como llega. La ternura es reemplazada bastante pronto por la desidia.
—No me ha servido de mucho —digo—. Sigo aquí atrapada.
Mi voz suena ronca, seca, resentida.
—En tu propio pozo —dice el caballero.
Fastidiada, niego con la cabeza.
—Gael siempre confió en su destreza como pintor —sigue—. No dudó de que su fuerza debía ser empleada de otra manera.
Parece que está dándome una lección y no sé exactamente qué debo aprender de ella. Arrugo la nariz.
—¿Estás intentando decirme que no debería haberle pegado?
—Aunque estoy seguro de que en los últimos días que pasaste con tu padre no debía mantener ese mismo juicio —dice ser Kergalot con cierto cariño—, siempre supo quiénes eran sus enemigos de verdad.
Resoplo ofendida.
—Me estaba defendiendo —protesto—. Me ha encerrado en esta habitación. Me ha atrapado en este reino. Solo quiere usarme para conseguir sus reliquias y…
El hombre me sujeta los antebrazos y me masajea la piel con cuidado. El gesto me interrumpe, hasta que entiendo que no pretende hacerme daño. Lo único que hace es intentar ayudar a mi circulación. Su bondad resulta casi un insulto.
Niego con la cabeza, dolida.
—Déjame ir —suplico—. Si Ciro fue tu amigo alguna vez, déjame ir, Alaric. No puedo quedarme aquí. Las pesadillas se están haciendo más fuertes y las visiones…
El hombre suspira y busca mis ojos.
—Por favor —insisto—. No se lo diré a nadie. Desapareceré y nadie sabrá jamás que me ayudaste.
Busco sus manos con las mías, esta vez sin pelear. No me quedan fuerzas y tampoco quiero emplearlas contra un hombre mayor y mucho más experto que el príncipe. La forma en la que me he enfrentado a Sebastián ha sido… impulsiva. No estaba pensando y creo que Alaric puede verlo en mí.
De ahí la lección de los pozos.
De ahí que me sostenga las manos con cuidado, entre las suyas.
—No puedes pedirme que elija entre uno o el otro, Emma —responde él—. Porque elegiré a Sebastián.
Siento su aliento contra mis manos, sus manos rodeando mis muñecas para acercárselas a la cara y el suave brillo dorado que mana de ellas.
—Ese chiquillo es todo lo que tengo —concluye—. Y haré lo que sea necesario para protegerlo.
Frunzo el ceño cuando me evita la mirada avergonzado.
Cuando libera mis manos, porque las retiro, puedo sentir un nuevo peso en las muñecas. Algo toma forma en ellas. Poco a poco, algo aparece alrededor de mis muñecas. Una placa de piedra, otra. Es un grillete. Emite un suave brillo dorado que delata a su creador.
Ser Kergalot es afín a la tierra.
Siento mis manos hundirse contra mi pecho con mis nuevos grilletes de piedra alrededor de las muñecas.
Pego la nuca a la cama, dolida.
—Lo siento mucho, Emma.
Niego con la cabeza.
—No es necesario que me mientas —protesto—. Has tomado tu decisión.
—Los grilletes son también para tu protección —ofrece, amable.
Aunque su amabilidad cae en saco roto—. Mientras te quedes en la habitación, no te harán nada.
No dolerán. Si respetas los límites, serás libre de hacer cuanto te plazca.
Si no, el peso de los grilletes hará el resto. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—¿Y cómo me protege eso?
Quizá, si pruebo ahora a salir por la ventana, los grilletes me harán impactar contra el suelo con fuerza suficiente. Puede que la única forma de librarme del Reino de Valemir sea escapando de mi propia vida.
Se me hunden los hombros.
—Podrás caminar por tus aposentos, comer —sigue Alaric, intentando sonar comprensivo—. Podrás moverte, no estar atada en el suelo. Si te portas bien, podríamos dejarte salir a pasear. Eso es posible, ¿sabes? Es sencillo. Podríamos vincularte a…
—Sigo estando presa.
—Pero al menos no estás en un calabozo.
Aprieto los labios y giro el rostro para evitarlo. No puedo creer la extensión a la que está dispuesto a llegar por… ¿Por qué? ¿Qué pretende?
—Todos somos prisioneros de algo, Emma —dice—. No eres la única que está atrapada. ¿Crees que lo hago porque quiero hacerte daño?
—Creo que no te importa una mierda si me lo haces —escupo—, pero te preocupa no ser tan buena persona como pensabas.
Dolido, el hombre ladea la cabeza.
—Puede que tengas razón.
Pese a su último intento, ser Kergalot acepta mi silencio y acaba dejándome a solas en la habitación.
Al rato, unas doncellas a las que no conozco traen agua y comida. Dos manzanas, de hecho.
Son las mismas que estaban en la bolsa con la que pretendía huir.
No necesito una nota para entender el mensaje.
Cuando la luz de las lunas me roza los pies, la idea de saltar por la ventana parece más que atractiva, incluso me pregunto si la antigua prometida del príncipe tuvo que vivir así.
Me pregunto qué fue de ella y cómo fueron sus días en el castillo.
¿Viviría en esta habitación? ¿Se peinaría frente a ese espejo?
¿Llevó grilletes como estos alguna vez? ¿O serían los suyos de otro tipo?
Sus padres eran lord Azrael y lady Agnes, quienes quisieron casarla para asegurarse de que su hija tuviera una posición de poder.
Pero ¿qué poder podría tener en un lugar como este?
El final de su historia me lleva a pensar que es posible que la joven no quisiera tener nada que ver con todo esto.
Quizá era más como dame Ygritte, con sus vestidos dorados en honor a su difundo marido, sola y ausente, intentando hacer algo consigo misma lejos de las expectativas del resto.
Ahora, de pie frente al espejo, sé que no soy tan distinta a ella. Solo soy una idiota con mala suerte. Eso y un peón más en un juego que desconozco.
Frustrada, me lavo la cara y me peino el pelo, que sigue hecho un desastre desde la pelea de esta mañana.
Los grilletes pesan, pero no son una molestia. Cuando decido bañarme, no consigo quitármelos. Sin embargo, no me impiden volver a vestirme.
Cuando me pongo el camisón, las mangas los cubren con facilidad.
Sé que dormir no será agradable, porque las pesadillas regresarán. Pero, en este contexto, incluso las pesadillas parecen más agradables que seguir despierta y encerrada en esta habitación.
No tengo ni idea de qué puedo hacer para escapar.
El príncipe regresa entonces para recordarme que no hay nada que pueda hacer que vaya a librarme de mi destino.
—Sacadla de la cama y llevadla a la sala de los cuadros.
Me incorporo cuando la puerta se abre, y veo a Sebastián entrar con cinco guardias. Sentada bajo las mantas, me incorporo lo suficiente como para que me saquen de la cama. Me resisto, pero no sirve de mucho.
Incluso cuando busco el suelo con los pies y opongo resistencia, me arrastran hacia la puerta.
—Los grilletes —suplico—. No, ¡esperad!
Pero me sacan de la habitación sin hacerme caso.
—¡Los grilletes me harán daño si me sacáis de la habitación!
—No seas llorica.
Lo cierto es que los grilletes no pesan más cuando cruzo la puerta y, aunque forcejeo con los guardias, descubro que la amenaza no se cumple. Frunzo el ceño. ¿Acaso han intentado hacerme creer algo así solo para retenerme?
No.
Tiene que ser otra cosa.
Y estoy casi segura de que tiene que ver con el anillo que Sebastián me muestra con retintín. En su mano, el oro emite un brillo similar al que vi en los grilletes y las palabras de ser Kergalot regresan a mí: había una posibilidad de hacer algo así, ¿verdad?