Capítulo 23
Todo ocurre con tanta rapidez y efectividad que apenas vale la pena describirlo.
De nuevo, las manos de otra persona están sobre mi cuerpo.
De nuevo, soy incapaz de tocar el suelo con los pies.
Como una de las reliquias que Sebastián tanto desea poseer, soy transportada de un lugar a otro y custodiada en una sala cerrada a cal y canto.
Como un objeto, soy depositada entre cuatro paredes para coger polvo.
El sol marca el paso de las horas sobre la alfombra del suelo.
Enjaulada como un animal y con un par de moratones en brazos y piernas, fruto de algo que podría llamarse rebelión, planeo mi emboscada.
No pienso dejar que Sebastián se salga con la suya y mucho menos después de esa mirada fría que me ha lanzado en el bosque.
Podría intentar salir por la ventana, pero no se abre.
Podría intentar dibujar un pentagrama de algo en el suelo y crear un portal que me lleve al mismísimo infierno, pero nunca acabé de ver Embrujadas y nadie se habría arriesgado a explicarme cómo hacerlo. Descarto la idea tan pronto como se me ocurre, aunque no pierdo las ganas.
También podría romper la ventana sin más y saltar. De esa fijo que me abro la cabeza y el viaje al infierno está asegurado.
Podría intentar pedir ayuda, ver si Irina o Rilke están cerca, pero dudo que estén de mi lado. Aunque pensar en ellas me lleva a otra idea. Tiene que haber algo en esos baúles o en el armarito de la esquina que pueda usar a mi favor.
Un aro, un clip.
Algo.
Busco y rebusco.
Hago inventario de zapatos, juegos de sábanas y tocados.
Por eso, cuando la puerta se abre por primera vez en horas, estoy más que preparada para el enfrentamiento.
Desde detrás de la cama, arrojo el libro más pesado que he encontrado con todas mis fuerzas. Sebastián lo esquiva sin despeinarse: el tomo cae en el pasillo, a los pies de un guardia, y no consigue detener al príncipe.
—¡Cretino! —grito enfadada y lanzo un libro con cada palabra—. ¿Cómo…te atreves…? ¡Bruto!
El príncipe esquiva los dos siguientes proyectiles y atrapa el tercero con una destreza que resulta inaguantable. Le echa un vistazo a la tapa, mientras la acaricia con las manos enguantadas. Todavía viste la ropa de montar y, aunque mantiene su elegancia, veo todas sus imperfecciones.
—No me dejaste otro remedio, querida —responde.
Con rabia, lanza el libro hacia atrás. Retrocedo, buscando la pared con las manos, atrapada.
—¡No te acerques a mí!
Mi queja no lo detiene y es obvio que cualquier simpatía que pudiera haber sentido por mí se ha esfumado.
—¡Silencio!
Cierra la puerta tras él con toda su rabia. El portazo me afianza en el sitio, ya desprovista de munición tras el primer ataque. Mi plan llegaba hasta aquí: quería darle en la cabeza, empujarlo, salir pasillo abajo.
Viéndolo en perspectiva, no era un buen plan, pero al menos era mío.
—No quiero oír ninguno de tus lamentos —brama el príncipe—. Si vuelves a hablar, me aseguraré de que no te apetezca volver a abrir la boca en los próximos doce años, ¿queda claro?
Sus palabras son como un puñetazo en el estómago, pero su mirada es peor. Mucho peor. Por orgullo, me niego a asentir, aunque me mantengo callada.
Sebastián me mira con esa frialdad y esa rabia que vi en el Bosque de los Marcos, y no requiero de traductor para saber que jamás voy a conseguir escapar. De hecho, él mismo se va a encargar personalmente de que nunca salga del castillo.
—Vas a quedarte aquí y vas a obedecer mis órdenes —dictamina.
Niego con la cabeza, enfadada.
—Vas a quedarte aquí —repite— y harás lo que yo te pida.
—No.
—Te he dicho que no hables.
—No puedes obligarme a ayudarte.
¿Le tengo miedo? ¿Por eso me late así el corazón? ¿Qué ha sido de mi Sebastián? ¿Del chico del colmillo, del niño que perseguía gallinas? ¿Quién es el hombre que tengo delante y por qué me mira así?
—Puedo hacer contigo lo que me dé la gana —responde cruel.
Asqueada, le dedico una mueca y él sonríe con esa nueva crueldad. Aunque, ¿es nueva?
Quizá esta sea la Ruina de Valemir de la que todo el mundo habla.
Alzo el mentón aguantándome las lágrimas de pura rabia.
—Quise ser amable —continúa el príncipe—.
Te ofrecí buenas condiciones para que los dos estuviéramos tranquilos.
Te di la opción de ser mi prometida, de jugar a los vestidos y de tener tu propio servicio.
Te di a Rilke e Irina. Y tú, por tu lado, decidiste que lo mejor que podías hacer era traicionarme.
Tengo un nudo en la garganta.
—Te traje la máscara.
—¡No es suficiente! —brama.
Su voz se hace eco en mi pecho y, aunque no quiero, tiemblo. Abro la boca y, aunque desearía defenderme, lo único que sale de buenas a primeras es un titubeo.
—No te he traicionado —respondo—. No era mi intención…
—Ah, ¿no? Veamos: has robado una yegua, provisiones y la ropa que te ofrecí. Has huido en mitad de la noche como una forajida y has intentado adentrarte en el Bosque de los Marcos para cruzar el Velo, ¿no es cierto?
—Eso no es traicionarte.
—¿Cuál crees que es la definición de traición entonces?
—¡No puedes retenerme aquí!
Sebastián abre los brazos para señalar toda la habitación.
—Pero sí puedo —objeta—. Soy el príncipe regente y el futuro rey, pero tú apenas eres nadie.
Nadie te conoce. Nadie sabe quién eres ni dónde estás.
En dos semanas, Valemir olvidará que existes.
Para el mundo, eres solo una muchacha que aparece y desaparece.
Para mí, una simple humana oportunista que es incapaz de cumplir sus promesas.
Cuadro los hombros, dolida.
—Soy tu prometida —le echo en cara.
Sebastián suelta una carcajada.
—La última saltó por un acantilado —responde divertido—. No creo que nadie se sorprenda cuando haga saber que esta decidió tomar belladona.
Me quedo helada.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Te di la opción de que fuéramos aliados —sigue encogiéndose de hombros—. Te di la opción de que fuéramos amigos. Pero ahora me has dejado sin opciones: o eres útil para recuperar las reliquias o no me sirves de nada. ¿Qué prefieres?
—¡¿Entonces por qué no me has dejado que me marche?!
Hay algo en su mirada. Algo que es un reflejo directo de la mía. Está en su lenguaje corporal, en su rabia. Su frialdad es reemplazada por una llama y la primera chispa está ahí.
Me mira con resentimiento y algo en mí sabe traducir su frustración.
—Me necesitas —entiendo.
—No —responde cortante—. No, Emma, no necesito a una inútil que solo lloriquea. Sin embargo, me perteneces y tengo derecho a hacer contigo lo que me venga en gana.
Ahí está.
Ahora entiendo por qué la gente cree que su padre es un espíritu arcano y su madre es una bruja capaz de hechizar a un rey.
Lo veo con claridad.
—Eres un monstruo.
Sebastián sonríe, como si estuviera halagándolo, y esa es la gota que colma el vaso.
—Eres un engreído, un paranoico y un déspota —sigo despegándome de la pared—. ¡Un mentiroso y un manipulador!
—¿Es un concurso de adjetivos? —contesta divertido—. Está bien. Eres una desequilibrada y una irresponsable.
No tengo más munición ni nada con lo que defenderme, pero no la necesito.
Necesito golpearlo donde más duele.
—Ah. —El príncipe alza un dedo, como si se le acabara de ocurrir una idea—. Y una traidora, claro. Una de tus grandes cualidades. Después de todo, abandonaste a su suerte a tu propio padre enfermo.
No me contengo.
Llevada por la rabia, recorro el espacio que nos separa y lo empujo. Sebastián parece sorprenderse, pero se recupera pronto. Da un traspié, aunque mantiene el equilibrio. Sin embargo, yo ya tengo lo que quería: una apertura.
Con la mano abierta, lo abofeteo.
De derecha a izquierda.
Siento su cara bajo la palma de la mano y cómo se le gira el cuello. Disfruto del estridente chasquido que me llena la cabeza. A él no le da tiempo a sostenerme por la muñeca, porque lo evito con rapidez, pero, cuando me ve dispuesta a escalar el nivel de violencia, me interrumpe.
Sus manos impactan contra mis hombros y el empujón me lanza contra la cama. Siento el golpe en la cadera, tras tropezar con la alfombra. Para su sorpresa, me recompongo con rapidez. Me mira incrédulo con una mano en la mejilla.
Mi memoria muscular parece tomar las riendas de todo mi cuerpo y busca la trayectoria más rápida hacia el suyo.
Quiero defenderme.
Puedo defenderme.
Y eso es lo que hago.
Me lanzo contra el príncipe, dispuesta a derribarlo. Sin embargo, mi peso no es suficiente. Recuperando algo de terreno, me atrapa las muñecas y me da la vuelta para apresarme contra su pecho, pero de espaldas. Me atrapa con los brazos sin ser consciente de que no soy tan débil como parece.
La posición me resulta beneficiosa. Así, me encojo y hago uso de toda mi fuerza para golpearle la nariz con la parte posterior de la cabeza.
Sebastián me suelta por acto reflejo. Lo oigo quejarse y retroceder, sorprendido por la sangre que empieza a brotarle de la nariz. Yo no me detengo.
Recupero mi cuerpo y mi espacio.
—¡Estate quieta! —exige con sangre en los dientes.
Soy yo quien sonríe ahora satisfecha.
—Buena suerte recuperando las reliquias sin mí, vuestra alteza —suelto fanfarrona.
Porque soy consciente de que eso es lo único que quiere. Si me tiene aquí encerrada, solo puede haber una razón. Si no se ha deshecho de mí después de lo que él considera una traición, debe de haber una razón de peso.
A Sebastián solo le importa una cosa: su trono.
No me retiene aquí porque quiera, sino porque no le queda otra opción.
Su rabia confirma mis sospechas. Cuando se lanza sobre mí e intenta reducirme, no soy lo suficiente rápida como para atraparlo, así que caigo al suelo. Siento su peso contra la cadera y mantengo vivo el recuerdo de Sia, su aliento sobre el mío, nuestros entrenamientos de boxeo.
«Defiéndete, Emma».
Soy consciente de que el suelo es el peor lugar del que recuperarse: Sebastián es más alto, más fuerte y está mejor preparado que yo.
Cuando me agarra por las muñecas y me las sostiene a la altura de la cabeza, sé que quiere asustarme.
Sé que quiere pararme. Pero no voy a dejarle ganar, porque me niego a pasar por su castigo.
Siento las gotas de su sangre resbalar hasta mi cara. Forcejeo con él, pero la adrenalina me devuelve a los pasos que debería haber aprendido en muchísimas otras ocasiones. Las palabras de Sia son las que me guían.
«Haz que pierda el equilibrio».
«Recupera la posición de poder».
Justo cuando cree que me tiene, golpeo la cadera con la suya para desequilibrarlo. Sin precedente, él pierde el equilibrio, pero no me suelta las muñecas. Se recupera con facilidad, quizá sea experto en ello.
No sería una locura creer que un príncipe sabe algo de combate a cuerpo.
Sea como sea, no me dejo vencer y aprovecho el momento para separar los brazos y las manos todo lo posible de mi cuerpo, mientras él intenta evitarlo.
Su rostro se inclina hacia el mío cuando se ve obligado a extender los brazos para atrapar mis muñecas y, casi por arte de magia, consigo liberar una mano.
Se le escapa de la garganta una especie de ruido de esfuerzo y yo río triunfal.
Le clavo la palma de la mano en la barbilla y uso todo el brazo para apartarlo de mí.
Intenta esquivarme, pero es tarde. Incluso si todavía tiene una de mis manos retenidas, no me rindo.
Forcejeamos un poco más. Y, como me quedo sin ideas, le muerdo el brazo dominante con toda la rabia acumulada.
Lo oigo gritar y aprovecho el momento para, por, obligarlo a girar sobre el suelo. Le clavo una rodilla en la ingle y libero la única mano que tenía presa. Ágil, y porque lo noto cuando giro, lanzo la mano a su cinturón y encuentro algo aún más útil.
Un cuchillo.
Cuando lo desenvaino y se lo coloco contra el cuello, quiero creer que no sería capaz de hacerle daño de verdad. Sin embargo, cuando veo su cara manchada de sangre y sus ojos negros, no estoy tan segura. Me veo reflejada en esas pupilas y me tiembla el pulso.
Creo que ya lo he hecho.
Creo que nos hemos hecho más daño del que jamás podremos perdonarnos.
—Permitirás que me vaya —ordeno.
Sebastián ha dejado caer las manos por encima de la cabeza. Me mira con rabia, intentando controlar la respiración. Se incorpora despacio, aunque desafiante, contra el filo de su propio cuchillo.
—No.
—O me dejas ir o me aseguraré de que Valemir se quede sin equilibrio y sin príncipe regente —advierto manteniendo el filo contra su piel—. Me importa una mierda tu reino o tus chanchullos. No voy a ser tu prisionera, Sebastián.
Con rabia, el aludido sigue incorporándose contra el cuchillo. Para mi horror, parece comprobar que no estoy dispuesta a cumplir mis amenazas. Al menos no la mitad de lo que él está dispuesto a arriesgarse.
Me estoy tirando un farol y él está más que seguro de ello. Cree que no soy ese tipo de persona y que no tengo lo que hace falta para hacerle daño, ¿verdad?
El filo rasga la piel de su cuello y una pincelada carmesí aparece sobre su piel. Justo a la altura de su sello, el cuchillo dibuja un corte limpio. Vacilo y retiro un poco el arma.
Cuando miro al príncipe, el niño de mis recuerdos vuelve a aparecer, y me arrepiento al instante. ¿Qué estoy haciendo?
Me retiro asustada, aunque sigo sentada sobre su cadera. Retrocedo. El cuchillo cayendo sobre la alfombra provoca un ruido húmedo y acolchado.
—Lo siento —murmuro mirándome las manos—. Yo…
Recuerdo a mi padre sosteniendo su pincel frente al cuadro, sus gritos, su rabia. Veo la sangre en el rostro de Sebastián y recuerdo el cabezazo que le he dado en la nariz, la fuerza que se requiere para atrapar a alguien en el suelo.
—Lo siento, Sebastián.
Pero él no lo siente.
—Ya veo. También eres una cobarde —escupe.
No siente haberme encerrado ni tampoco volver a lanzarse contra mí en cuanto tiene la oportunidad.
Porque eso es exactamente lo que hace cuando me empuja y me obliga a darme la vuelta.
Me estampa contra el suelo sin ningún miramiento.
Lo oigo golpear el cuchillo con un pie para asegurarse de que no lo recupero y me pega la cabeza contra el suelo, luego se me sienta en los riñones para que no logre darme la vuelta.
Tampoco lo siente cuando me coloca los brazos a la espalda ni cuando estira los cordones del corsé de mi vestido para esposarme. No lo siente cuando me deja en el suelo y sale de la habitación airado y dando un portazo.
La única que llora, avergonzada y derrotada, soy yo.
Pego la frente al suelo, intento incorporarme un poco, encontrar las rodillas. Sin embargo, no tengo fuerza suficiente.
Nunca la he tenido.
Nunca podría tenerla.