Pinceladas de una traición Capítulo 22
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Capítulo 22

Las cocinas están vacías porque todavía no ha amanecido. Cojo un par de manzanas y me las meto en la bolsa. No sé cuánto tiempo voy a estar por ahí, buscando una vía de escape, pero espero no necesitar más comida. En un último gesto desesperado, también agarro algo de pan duro.

Una vez en los establos, le pongo la silla a Meda como puedo, ya que no tengo mucha experiencia. La yegua acepta mi peso con tranquilidad y sin miedo alguno cuando monto, pese a la nocturnidad y la torpeza. Al parecer, ni a ella ni a mí nos importa el frío de la madrugada.

Tengo que irme de aquí.

Tengo que volver a Madrid.

Mientras atravesamos juntas la distancia que separa el castillo de la casa donde me crie, solo puedo pensar en aquella última noche que pasé en Valemir, en la última vez que vi a mi padre.

Recuerdo hacerme el lazo de las botas, el peso de la bolsa cruzada sobre mi pecho y su silueta frente al cuadro.

Siempre vuelvo a esa imagen.

La tengo grabada como una fotografía.

Recuerdo su puño apretado alrededor de su pincel, su última mirada: violenta, resentida. Vuelvo a ella como si mi vida dependiera de ello cada vez. Y puede que así sea. ¿Encontraré en ella alguna respuesta más? ¿Encontraré el camino que recorrí?

Soy consciente de que no tengo ni idea de cómo cruzar el Velo y de que lo único a lo que puedo acogerme es a la extraña fantasía de que, si rehago mis pasos, cabe la posibilidad de que encuentre la forma de volver a Madrid. Pero estoy desesperada y la desesperación no me ofrece mucha más claridad.

No apremio al animal, pero intento que mantenga el ritmo hasta que lleguemos a nuestro destino.

El castillo descansa a mi espalda y, en él, el joven príncipe debe de seguir dormido en la silla en la que lo he dejado. Me ha parecido oír algo de revuelo al salir de los establos, pero asumo que será porque empieza la jornada de los panaderos, no porque nadie sepa nada de mi huida.

Todavía tengo un par de horas antes de que Sebastián se dé cuenta de que me he ido, ¿verdad?

El camino hasta la casa se me hace eterno, aunque el sol casi no se mueve. Tengo el corazón en la boca cuando atravieso la verja del jardín y me adentro una última vez en los terrenos en los que un día creí que viviría por siempre.

Dejo a Meda junto a la casa y, aunque podría atar las bridas al poste del porche, no lo hago.

No estoy segura de que sea buena idea. Después de todo, no voy a volver a buscarla.

¿Quién podría encontrarla si la ato aquí?

¿Regresará el príncipe a la casa para ver si me he colado entre los tablones de madera?

Soy consciente de lo que estoy haciendo.

Sé que lo estoy abandonando.

Pero, si no lo hago ahora, lo que sea que estaba en mis pesadillas y que ayer destrozó a las noxfloras hará lo mismo conmigo.

Siento otra vez ese pinchazo de culpabilidad. Sin embargo, cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que hago lo correcto para mí y de que he cumplido mi parte del trato. Sebastián ya sabe cómo encontrar las reliquias, así que no me necesita.

No en realidad.

Quedarme en Valemir, con todo lo que ha pasado, sería un suicidio.

Soy consciente de que gran parte de mi decisión la guía el miedo. Pero, aunque pasan las horas, este no desaparece. Ese pavor es también lo que me ha mantenido con vida todos estos años y no puedo desestimarlo.

Si no me adentro en el bosque, como hice aquella vez, es posible que no haya vuelta atrás.

Es posible que esa cosa de mis pesadillas me atrape de una vez por todas o que yo misma acabe tan desorientada como la lady Basira de mis sueños, perdiéndome en un laberinto de mi propia mente, enfrentándome a un basilisco en un pasillo en el que no hay nada.

Recuerdo su voz, sus ojos plateados y su extraña petición.

La mujer parecía real y su miedo sigue siendo contagioso. De hecho, llevo intentando deshacerme de él desde que he abierto los ojos y he visto a su hijo postrado a los pies de mi cama, pero no hay manera.

La imagen de Sebastián durmiendo en la silla de mala manera me atraviesa el corazón como una flecha envenenada, pero no dejo que eso me detenga.

Esto es lo mejor para mí y, aunque él no lo crea, también es lo mejor para él.

No podría hacerle pasar por lo mismo que pasé yo.

Si pierdo la cabeza, no quiero que nadie esté ahí para verlo.

Necesito irme de Valemir y la única otra vez que lo he conseguido ha sido a través del Bosque de los Marcos.

No recuerdo exactamente cómo, pero estoy segura de que puedo repetir el proceso.

Solo debo cruzar la arboleda que rodea la casa en la que crecí, alejarme de ella de nuevo.

Eso fue lo que hice la última vez. ¿Funcionará ahora?

Con una bolsa cruzada al pecho y bajo la capa que encontré en el armario de la habitación, dejo atrás el caballo y me acerco a la linde de los árboles.

Cuando era niña, mi padre y yo nos adentrábamos sin miedo en el Bosque de los Marcos en busca de hojas y setas.

A mi padre le interesaba todo y la flora no era una excepción.

A aquello que desconocía, le ponía un nuevo nombre.

Después, si lo traíamos de vuelta a casa, buscábamos en los libros de la biblioteca para ver si encontrábamos algo parecido entre las páginas.

—¿Y qué hacemos con el nombre que le hemos dado? —pregunté una vez.

—La planta puede tener tantos nombres como quiera —dijo él—. No deja de ser ella misma, ¿no crees?

—¿Y si yo pasara a llamarme Astrid?

—¿Astrid? —soltó una carcajada—. ¿Ese nombre te gusta?

—No, papá, es que esta planta…

Ahora sé que Gael fue quien le dio esos libros, esa biblioteca y esa casa.

La verdadera pregunta es: ¿Por qué se quedó él en Valemir hasta perder la cabeza?

¿Por qué no intentó huir? ¿Por qué no me llevó de vuelta a su mundo, al otro lado del Velo?

La respuesta más obvia es que quizá se quedó atrapado aquí, por sus amigos o por mí.

Pero yo no puedo dejar pasar la oportunidad de intentar escapar antes de que sea demasiado tarde, precisamente porque él nunca lo hizo.

En mi pecho siento la certeza de que cada segundo que paso a este lado del Velo es un clavo más en mi ataúd.

Cojo aire y me adentro en la arboleda con decisión.

Aquella noche acabé en casa de doña Sol, pero qué hice para lograrlo sigue siendo un misterio. No hubo nada mágico en aquella huida, solo la desesperación de una chica que deseaba desaparecer.

Por suerte, sigo siendo esa chica.

Y sigo estando igual de desesperada.

La cuestión es que mi padre siempre fue cuidadoso con el bosque.

Me insistió en que uno no debía adentrarse en él sin compañía o sin intenciones de regresar, pues los árboles pueden ser traicioneros.

Por eso, cuando entrábamos a investigar plantas, siempre dejaba una vela encendida en casa.

Como aquella noche yo no tenía intención alguna de regresar y hubiera aceptado cualquier destino excepto el camino de vuelta a casa, no encendí ninguna vela.

Ahora, si mi teoría es cierta, serán los árboles quienes decidan qué hacer conmigo una vez más.

No he encendido ninguna vela para que me lleve de vuelta, así que el único camino que me aguarda es…

Observo un pequeño halcón posado sobre una rama. Lo veo agazaparse, preparado para alzar el vuelo. Después desciende sobre algo que corre, pero no logra huir, y a la presa los gritos no le sirven de nada. Cierro los ojos, asustada.

Mientras avanzo, otro recuerdo me encuentra en mitad de la nada.

Una madrugada, a través de las ventanas de la cocina, vi a mi padre regresar del Bosque de los Marcos cargado con madera y bolsas de hojas. Junto a la ventana había una vela encendida.

Junto a él, el joven aprendiz parecía pálido, cansado. Mi padre apoyaba una mano en su hombro, orgulloso de su incursión.

Es extraño.

No recordaba algo así.

Pero supongo que yo no era la única a la que mi padre acompañaba en misiones como aquellas, recolectando setas, flores y hojas secas.

No era la única niña de la casa, aunque fuera la última.

Pero ¿qué harían en el bosque aquella noche?

¿Lo recordará Sebastián? ¿Y por qué estoy pensando en ello en este momento?

Ahora que sé que este es el lugar donde mi padre apareció en Valemir por primera vez, supongo que sus advertencias tienen mucho más fundamento.

A simple vista, es un bosque normal y corriente: la flora reina en el paraje y los desniveles no están hechos a la medida del hombre y sus caminos. He hecho bien en dejar atrás a la yegua, porque dudo que hubiera podido encontrar una senda para llevarla conmigo.

Me detengo un momento para beber algo de agua, entre la bruma del amanecer. El sol sale entre los árboles, dibujando las sombras de los troncos y creando un juego de luces fascinante.

Pienso en cómo sería para el rey Gael toparse con un joven humano y perdido en estas tierras de nadie.

No puedo evitar preguntarme cómo fue para Ciro, mi padre, llegar a este universo lleno de magia y misterio. Me pregunto si echaba de menos a alguien cuando pintaba o si alguna vez quiso perderse en el bosque de nuevo como lo estoy haciendo yo ahora.

Pero nada de eso importa ya.

Ambos no son más que fantasmas a los que no conoceremos jamás.

Es entonces cuando el sonido de los cascos de los caballos me detiene en seco. Alzo el rostro y los busco, pero en la extraña neblina solo distingo los haces de luces y sombras. Como no sé cómo medir bien las distancias, intento esconderme.

Pensaba que estaba sola, pero al parecer es todo lo contrario.

Busco un escondrijo entre los árboles. Sin embargo, justo cuando me hago a un lado del camino, un caballo me corta el paso. Sorprendida, levanto el rostro y oigo a la segunda y a la tercera montura.

La silueta que aparece frente a mí, recortada contra el amanecer, es imponente.

—Deteneos —ordena ser Kergalot. Hay algo en su mirada que escuece—. Seréis llevada de vuelta al castillo, lady Emma.

No.

No, no, no.

Retrocedo un paso y mi primer instinto es pensar que quizá pueda colarme entre los árboles.

Que soy rápida y que puedo alejarme si lo intento.

—Lo siento mucho, ser Kergalot, pero no puedo volver.

¿Qué es lo que hice para llegar a Madrid? ¿Correr?

—No es conmigo con quien debéis disculparos.

«He sido una estúpida», pienso.

No tenía ningún plan real. Solo quería escapar y los árboles no han querido ni acogerme ni condenarme.

No sé cómo salir de aquí.

Dios, si ni siquiera sé cómo he llegado tan lejos.

Vuelvo el rostro para comprobar que hay otros dos caballos. Algunas siluetas aparecen a pie y me bloquean toda vía de escape.

Estoy rodeada.

—No lo entiendes: si no me voy —explico—, perderé la cabeza. Me ocurrirá lo mismo que a Ciro. Si no me voy ahora, me quedaré atrapada aquí para siempre. Como mi padre o como lady Basira. ¡Las pesadillas…!

Si fueran en caballo, sería mucho más fácil huir a pie.

Pero hay soldados de infantería y tienen ballestas.

¿Me dispararían? Estoy segura de que los caballos no podrán seguirme el ritmo ni cambiar de dirección tan rápido gracias a lo abrupto que es el terreno.

Perdería a tres perseguidores, pero tendría que ser capaz de enfrentarme a otras seis personas armadas. ¿Qué posibilidades tengo?

Ninguna.

Con el corazón acelerado, siento la mirada de los otros guardias sobre mí y sé que no voy a lograrlo.

No tengo coraje suficiente como para hacerle frente a algo así.

—Por favor.

Ser Kergalot aprieta los dientes y niega con la cabeza.

—Quiero vivir una vida normal —suplico—.

Quiero sentarme al final del día con mi mejor amiga y ver una película.

Quiero escuchar música en el autobús y comer comida china para llevar.

Los cuadros, la casa, ¡las reliquias! ¡Viste lo que todo eso le hizo a mi padre!

Soy humana. Este lugar va a acabar conmigo, Alaric.

El capitán alza la vista, ignorando mis súplicas, y a mí se me cierra la garganta de golpe. Su caballo y los otros dos relinchan, quizá molestos por el cambio de temperatura del alba, pero ninguno de los jinetes intercede.

—¡Me estáis condenando a muerte! —protesto agarrada a mi bolsa.

Un cuarto jinete, que avanza hacia nosotros con desdén, es quien podría congelar el infierno con una mirada. Oigo sus botas contra el suelo y, al volverme, me topo con sus ojos negros.

—Parece una condena justa para los traidores de Valemir, ¿no crees? —dice frío y vengativo.

—Sebastián.

El príncipe me dedica una sonrisa cruel.

—No sufras, Emma. Puede que todavía tenga algo de piedad que malgastar contigo —responde—. Al menos en honor a mi padre, que siempre creyó lo mejor de la gente de vuestra calaña.

Antes de que pueda defenderme, hace un gesto con la mano enguantada.

—Apresadla.

Con un giro de la muñeca, la Guardia Real al completo desciende sobre mí con total impunidad.