Capítulo 21 #2
Cuando alzo la vista, lo veo: los mismos ojos de aquella noche.
Puedo oírlos.
Sus pasos.
Bajo la luz de las lunas, veo sus piernas de sombras formarse. La criatura da un paso bajo el haz de luz, la absorbe con arrogancia. Basira grita, resbala, retrocede. Está justo entre la criatura y yo. Tiene raspones en las manos, tiene los pies sucios de barro.
Oigo sus pasos, el rumor de las voces.
Veo al gato. Veo al lobo en el que se transforma. Veo los haces de luna que no atraviesan la figura de las sombras, las cuales tienen peso y respiran y se transforman en algo peor. Veo que se retuerce y veo el basilisco, que llena la galería y abre la boca y se lanza hacia nosotras.
Me llevo las manos a la cabeza y me incorporo en la cama de la habitación.
Cuando me llevo la mano al pecho, tardo un instante en entender que todo ha sido un sueño. Bueno, una pesadilla. Que me habré dormido en algún momento sin darme cuenta. De hecho, cabe la posibilidad de que jamás llegara a salir de la habitación, ¿verdad?
Porque sigo en la cama, vestida con la misma ropa con la que he llegado.
Además, lady Basira no podría estar sola por el castillo, vive encerrada en una torre.
Cleia me lo contó, Sebastián lo confirmó.
Yo no podría salir al pasillo sin toparme con los guardias, porque los hay por todas partes.
Las protecciones del castillo se han debilitado y esa es la razón por la que las pesadillas han regresado. Pero no pueden tocarme, ¿verdad?
Vuelvo el rostro para comprobarlo y el infierno se hiela cuando me doy cuenta de que la puerta de la habitación está entreabierta, como sucedía en casa.
Me pego todo lo que puedo al cabecero de la cama. Me alejo de todo, intento tener una mejor visión periférica de la habitación. Intento controlar la respiración. ¿Y si la he abierto sonámbula? ¿Cabe la posibilidad de que…?
No.
Yo no he hecho nada.
Intento entrar en razón. Intento controlar el latido de mi corazón y calmarme.
No hay nadie.
No hay nadie en la habitación.
Excepto que, desde donde estoy, sí que veo a alguien sentado junto a los pies de la cama. Tiro de las sábanas, como si eso fuera a salvarme la vida. Aunque no salgo corriendo, no me faltan ganas.
Por suerte, las tres lunas me ayudan a verlo con claridad.
Con su cabello oscuro y vestido apenas con una blusa y unos pantalones mal atados a la cintura, Sebastián duerme en una silla.
Está en una postura que parece increíblemente incómoda, con los pies apoyados en el borde de la cama.
Es como si hubiera estado ahí para velar mis sueños. ¿Cuándo ha entrado? ¿Cómo?
Se me parte el alma cuando me doy cuenta de que, si ese era su propósito, protegerme, no lo ha conseguido.
Le he gritado y le he echado y, aun así, ha vuelto.
Sé exactamente cómo se siente porque yo habría hecho lo mismo.
Yo también habría regresado para comprobar que él estaba bien.
Pero, aunque el gesto le honra, no estoy bien: las pesadillas han regresado y todo va a ir a peor.
Es injusto, pero es cierto.
No puedo pedirle a nadie que lidie con cómo me siento, con el miedo que se apodera de todo, con la maldición que se va a apoderar de mí.
Es incluso más injusto sabiendo que yo abandoné a la única persona que me necesitaba cuando estaba pasando por lo mismo.
Es incluso peor sabiendo que Sebastián, que ya tiene suficiente con cargar con el legado de su padre, la tragedia de su madre y la amenaza de las leyendas de su reino, está al otro lado de mi nuevo espíritu volátil.
Vacilo, pero consigo incorporarme y taparlo con una de las mantas de la cama. Veo que frunce el ceño y me pregunto si él también tiene pesadillas. ¿A quién se las cuenta? ¿A quién se las cuenta si no confía en nadie?
—Shhh —murmuro—. Eh, Bash, no pasa nada.
Él parece escucharme y se recoloca. Se aferra a la manta, todavía dormido, y apenas encuentra la voz para contestarme.
—Lo siento mucho, Ana.
Parpadeo confusa. El chico murmura algo más, algo que suena a disculpa, pero no llego a entenderlo bien.
Solo sé que no me habla a mí. Ana debe de ser su anterior prometida, ¿verdad?
Aquella a la que perdió, la que prefirió tirarse por un acantilado.
He oído suficientes historias sobre ella como para saber que no estaban enamorados.
El príncipe no me ha contado nunca los detalles de lo que pasó. Sin embargo, su murmurar confiesa algo que quizá ni él mismo sepa.
Puede que no la amara así, pero también la perdió.
Sebastián ha perdido demasiado.
No puedo evitar sentirme un poco culpable cuando noto un pinchazo de envidia.
A pesar de todos los problemas que tiene, es capaz de compartir algunos de ellos.
Con Alaric. Con Rilke e Irina. Soy consciente de que yo no puedo hacer eso y de que tampoco puedo ayudarlo con los suyos.
Soy una carga añadida y solo va a ir a peor.
Por eso, oírlo musitar el nombre de la chica a la que perdió me ayuda a entender cuál es la decisión que tengo que tomar por el bien de los dos.
—Lo siento mucho, Sebastián.
Tengo que escapar de Valemir.