Capítulo 21
Me siento en el suelo, en el centro de la habitación, pero evito tumbarme. Sé que me quedaré dormida si lo hago. Y dormir es lo último que necesito. En especial teniendo en cuenta la última pesadilla.
La luz de las lunas entra por la ventana, dibujando líneas sobre el suelo de la habitación.
El recuerdo de la amapola, la mano y la figura de mis pesadillas atrapándome regresa a mí.
Encaja como una profecía sobre lo que ha ocurrido en el interior del cuadro.
También fue una profecía la visión del autobús, ¿no?
Las piezas van encajando y cada una de las respuestas parece más terrorífica que la anterior. Me abrazo las piernas y hundo el rostro contra las rodillas, como si así pudiera desaparecer.
No puedo seguir así.
He sido una crédula. He sido una estúpida.
Durante un instante, parecía que las cosas podían empezar a cobrar sentido.
Pensé que podría descubrir qué le ocurrió a mi padre.
Investigando con Sebastián, mirando cuadros, atravesando los pasillos de la casa de mi infancia, pensé que hallaría una respuesta satisfactoria.
Incluso cuando las cosas no eran especialmente fáciles, al menos tener un objetivo me ofrecía cierto consuelo.
Sin embargo, vuelvo a estar en el mismo sitio.
Aquí.
Aquí, recomponiendo las piezas de un puzle que no logro resolver.
Aquí, encogida y asustada en el suelo de esta habitación.
¿Qué satisfacción puede haber en confirmar que en efecto siempre estuvimos malditos? Aquel cuadro pintado de negro, el espíritu arcano que manó de él, la espada de Sebastián. ¿Qué clase de futuro podría existir una vez que descubra lo que fue de mi padre?
Quizá sea mejor dejar el pasado donde está.
Le echo un vistazo a la ventana y, a través de ella, observo la luz de las tres lunas de Valemir.
Me sigue sorprendiendo.
Por supuesto que las recuerdo de mi infancia y recuerdo también la sorpresa que sentí cuando descubrí que Madrid solo tiene una.
Pero ahora, al ser consciente de esa distancia que me separa de la ciudad que me dio un hogar, a mi corazón le asustan las diferencias.
Lo único que estos dos universos tienen en común somos mi padre y yo.
Aunque nuestras vidas se superponen constantemente, no llegan a encontrarse jamás.
Voy y vengo, pero nunca estoy en ninguno de los dos lugares de verdad.
Él existe de manera similar, en algún lugar en el que no puedo alcanzarle, ¿verdad?
Mi miedo era que mi padre fuera quien me hubiera traído de vuelta.
Pero, si es así, ¿dónde está? ¿Por qué no ha venido a reclamarme?
Sentada en este suelo, vuelvo a ser una adolescente que apareció en la cocina de doña Sol en mitad de la noche.
Sigo siendo la chica que regresó en mitad de las llamas.
Pero ahora también soy la chica que atravesó un cuadro y a la que las noxfloras le entregaron la reliquia que tanto necesitaba Sebastián.
¿Qué dijo el custodio sobre mi padre? ¿A qué se refería con lo de «guardián»?
¿Por qué está ocurriendo todo esto ahora?
¿Tiene todo que ver con el desequilibrio del que hablaba Sebastián?
¿Y yo qué tengo que ver con todo eso?
Han pasado tantas cosas en tan poco tiempo que no sé a qué aferrarme. Por un instante, pensé que podría agarrarme a Sebastián, pero dudo que eso sea buena idea. Incluso con todo lo ocurrido, ¿adónde me llevaría eso?
Él solo quiere ser rey.
Quiere su trono y cumplir con su deber.
Cuando me incorporo y me acerco a la ventana para observar las lunas más de cerca, me doy cuenta de que sé exactamente a quién necesito. Coloco la mano en el cristal, está frío y eso me ayuda a pensar. Solo hay una persona que sería capaz de ayudarme, pero la he perdido cien veces en el último mes.
Es Sia.
Ella sabría qué hacer.
Frustrada, me siento al borde de la cama. Y justo cuando estoy empezando a creer que quizá sea buena idea intentar dormir, escucho los arañazos.
El ruido parece venir de la esquina más oscura de la habitación, justo de detrás del espejo. Se me tensa todo el cuerpo.
Ris, ras.
Sin más remedio para el miedo que caminar, decido que quizá el frío sea mi amigo. Busco una capa y me la echo por encima de los hombros. Abro la puerta de la habitación y descubro que no hay guardias postrados en el pasillo. Recuerdo los recovecos y los pasillos, camino mientras pienso en ella.
En mi Sia.
¿Qué estará haciendo?
—¿Emma?
La voz viene del interior de un pequeño claustro. Me vuelvo con la capucha puesta. Estaba intentando pasar desapercibida, supongo, cuando me la he puesto. ¿Quién me ha reconocido? ¿Y por qué me resulta tan familiar esa voz?
Justo ahí, como si nada, hay una mujer sentada en un banco.
No me mira. Sin embargo, roza la piedra del banco con una mano, como si quisiera invitarme a tomar asiento.
Puede que no sepa mucho sobre Valemir y sus costumbres, pero he visto suficientes películas de terror con Sia como para saber que no es buena idea ceder.
Asustada, frunzo el ceño. La mujer tiene el pelo casi blanco y muy largo. Viste un camisón y una bata con detalles azules.
—¿Te conozco? —pregunto.
Ella niega despacio con la cabeza. Parece frágil y distraída, me parte el alma cuando insiste de nuevo en que me siente. Su mano golpea la piedra con suavidad un par de veces, cada una más tímida que la anterior.
—¿No tienes frío?
Cuando me muevo un poco para verla mejor, descubro que ni siquiera lleva zapatos.
—¿Qué te ha pasado? —insisto intentando ser cauta.
Ella niega con la cabeza de nuevo. Sin responder, repite el gesto de la mano.
Yo suspiro y cedo a sentarme donde me lo pide con una idea en mente: descubrir quién es y qué hace ahí.
Y por qué su voz resulta familiar. Sin embargo, en cuanto me siento a su lado y su mirada se encuentra con la mía, mis sospechas se transforman en certezas.
Tiene los ojos plateados, pero reconocería esa nariz en cualquier sitio.
Anonadada, no llego a decir nada.
Lady Basira me coge una mano y la envuelve entre las suyas. Su mirada se pierde en las líneas de mi piel y, antes de que pueda preguntarle qué ve, empieza a trazar círculos con el pulgar. Tiene la piel helada, pero la imagen me devuelve a otra muy distinta.
Pies descalzos, carbón.
Círculos.
Ris, ras.
—¿Lady Basira? —pregunto.
Pero ella no escucha.
—Debes tener cuidado con las baladas, Emma —dice de pronto—. A veces, una historia resulta demasiado cautivadora, ¿no crees? Una canción triste es un arma peligrosa. Cuando un corazón melancólico escucha una voz capaz de expresar algo que él es incapaz, pronto se arroja a su merced.
Asustada, trago saliva. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué acaba de decir? Debería intentar hacer algo para ayudarla. Parece desorientada. Con el corazón en un puño, intento cubrirla con mi capa, pero ella ignora cualquier gesto y me retiene la mano. Esta vez me busca el rostro.
Me busca con la mirada.
—La mujer —dice con una sonrisa—: ¿sabes quién es, Emma?
Mi cuerpo vuelve a quedarse rígido, tenso. Frunzo el ceño, los círculos que todavía me dibuja en la palma con el pulgar parecen una extraña amenaza. Se me encoge el estómago.
—¿No tienes frío? —insisto—. Hace mucho frío. Tu hijo estará preocupado y deberías…
—La mujer que te sacó del espejo.
Mi corazón se encoge en un puño.
—¿Qué?
—La mujer que te sacó del espejo —repite—. Me resulta familiar, tal vez…
—¿De qué espejo estás hablando?
¿Cómo sabe ella eso? Porque habla del espejo de mi baño, ¿verdad? Pero eso es… Es imposible. ¿Es por su afinidad? ¿Por qué me mira como si supiera todo cuanto debe saberse y no pudiera explicarlo? Sus palabras, su voz, su pelo, sus ojos.
Frente a mi miedo, ella ríe con suavidad.
—Hay demasiados espejos, demasiados reflejos —suspira triste—. Lo siento, Emma, no siempre sé lo que digo. ¿Te estoy asustando?
Cuando alza una mano, se la sostengo entre las mías.
No me faltan razones: está helada. Parece tan frágil, tan ida.
Verla así me parte el alma. Ver a nadie así es descorazonador.
Pero, por supuesto, hay alguien en quien no puedo evitar pensar.
Alguien que, como ella, me acarició el rostro igual que lo hace ella ahora.
—No pasa nada —digo.
Alguien que, precisamente porque sabía que me estaba asustando, me suplicaba que le perdonara cada vez que gritaba, que decía cosas como esas.
—Deberíamos devolverte a tu habitación —suplico.
—Oh, no. No, no —susurra—. Yo ya no tengo frío. Estaré bien, tranquila. No tienes que preocuparte por mí.
Como ocurre con la luna de Madrid y las tres lunas de Valemir, en lady Basira veo a más gente de la que debería: ella, mi padre, yo.
—Pero hace mucho frío, deberías…
—Emma, por favor.
—Te prometo que vas a estar bien —le sonrío—. Ven conmigo. Te acompañaré a tus aposentos y…
No deja que la levante.
—Emma, necesito que hagas algo por mí.
—Claro, lo que sea.
—No dejes que devoren a mi Sebastián —suplica entonces.
Me quedo de piedra.
—No dejes que lo desgarren, que lo trituren con sus dientes —sigue asustada.
Se le acelera la respiración.
—Basira, Sebastián está bien —la tranquilizo—. Está durmiendo en sus aposentos… ¿Quieres ir a verlo?
—No dejes que se lo lleven —me pide—. Tienes que asegurarte de que esté bien, de que mi pequeño puede volver a casa. Dile que es bueno y que yo lo espero. Lo espero lo que haga falta…
Intento consolarla, pero no lo consigo. Como si pudiera ver a esos monstruos en mi rostro, lady Basira se zafa de mí. Recupera sus manos. Se pone en pie y se aleja. Me incorporo e intento seguirla. Le pido que me espere, pero ella huye. Huye de mí o eso parece.
Grita y yo intento seguirla.
Como a mi padre, le digo que no hay nada. Le digo que soy yo, que no pasa nada. Le pido que respire, pero nada funciona. La veo tropezar cuando entra en el pasillo de piedra. Veo cómo levanta la mano para señalar algo, algo que se esconde entre los arcos del claustro.