Pinceladas de una traición Capítulo 20
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Capítulo 20

Dos voces toman posesión del universo y empiezan a darle forma. Al principio no llego a distinguirlas y se interrumpen la una a la otra.

—Si no fuerais un imprudente, nada de esto estaría ocurriendo.

—¡No fue una imprudencia!

Alguien da vueltas y el eco de sus pasos se refleja en la angustia de su voz.

—No llevasteis a ningún guardia con vos. No tomasteis ni una sola precaución al encontrar la galería. ¿Conocéis la definición de guardia?

—¡¿Y de qué me hubiera servido tener a uno aquí?! Se la ha tragado un cuadro, Alaric. ¡Un cuadro!

—Al menos os habría aconsejado que no os acercarais a los cuadros. ¡Yo mismo os lo hubiera aconsejado, idiota!

—¡Mi falsa prometida de la que todo el mundo habla ha desaparecido, Ric! —gruñe la segunda voz—. ¡¿Puedes dejar de intentar darme lecciones por una sola vez en tu vida?! ¡Necesito recuperarla! Necesito sacar a Emma de ahí.

Entonces, cuando regresan todas las formas y todos los colores, siento que rozo con el pie la suave superficie de una de las alfombras y entiendo que he estado siguiendo las voces como una sonámbula. Entiendo que, al intentar escucharlas, he regresado hasta él.

Hasta Sebastián.

Asustada, cojo una bocanada de aire.

Aunque soy consciente de que lo que ha ocurrido es imposible, la idea de lo imposible ya me resulta redundante. Pongo un pie en la alfombra de la habitación del castillo y ni siquiera me pregunto cómo he llegado hasta aquí: salgo del cuadro yo misma, por mi propio pie.

Nada me trae, nada me arrastra.

Esta vez soy yo quien decide regresar.

Ser Kergalot es el primero en verme y, cuando su rostro palidece, el príncipe se vuelve y me encuentra ahí, de pie.

Va vestido con ropa de gala.

Es de noche.

La luz atraviesa las ventanas de la habitación en la que Sebastián y yo hemos pasado los últimos días mirando cuadros. Parece que ha intentado imitar la disposición del sótano para traerlos al castillo. De hecho, incluso ha colgado los lazos de las paredes para mayor protección, supongo.

Cuando nuestros ojos se encuentran, las campanadas dan la medianoche.

—¿Te estás saltando otra cena? —pregunto—. Deberías estar en el salón, ¿no?

Los hombros de Sebastián se hunden de golpe y algo en él parece romperse como una presa.

Primero parece dolido y, después, la desesperación se apodera de él.

—¡¿Dónde demonios has estado?! —protesta.

Alzo la máscara que todavía tengo en la mano, pero no llego a hablar.

Voy a vomitar.

O a desmayarme.

Puede que vomite y después me desmaye.

El príncipe cubre el espacio que nos separa.

Cuando me doy cuenta, me sostiene por los brazos y me mira la cara.

Me sacude la tierra de la ropa y comprueba que el carbón es solo carbón.

Se le ilumina el sello, un indicador de que está usando parte de su afinidad.

Pero ¿para qué exactamente? ¿Por qué no quiere explicarme cómo funciona? ¿Qué teme que pueda descubrir?

—¡Han pasado dos noches! Dos, Emma. Llevas dos días metida ahí dentro, ¿y eso es todo lo que tienes que decir?

Ser Kergalot, mucho más comedido que el príncipe, intercede y lo aparta. Yo sigo intentando entender cómo es posible que hayan pasado cuatro días.

Solo he estado ahí dentro un par de minutos, ¿no?

—Dale espacio, bruto —suplica el caballero—. Excelencia, ¿estáis bien?

Niego con la cabeza.

—¿Te duele algo? ¿Estás herida? —pregunta Sebastián, igual de incesante que hace unos segundos.

Esta vez, cuando avanza hacia mí, doy un paso atrás. Ser Kergalot se interpone de nuevo, colocándole una mano en el pecho. Nos separa con cuidado y me da el espacio que necesito.

—Sois una criatura cuando queréis —protesta—. Dejadla respirar.

Sebastián se sacude de su agarre, pero mantiene la distancia. Algo le cruza el rostro y, cuando me mira, lo hace con rabia.

Con reproche.

—Imagina el escándalo cuando he tenido que confesar que otra de mis prometidas ha decidido darse a la fuga —gruñe—. ¡Te dije que nada de numeritos!

—Lo siento.

¿Está enfadado conmigo de verdad?

—Dos días, Emma —repite—. ¡Dos!

Se pasa las manos por el pelo y se retira un par de pasos.

Sin pensarlo demasiado, atolondrada, alzo la máscara y le presto atención de nuevo. Entonces, cualquier alivio que pudiera haber llegado a sentir al volver al castillo desaparece.

Tengo un mal presentimiento. Uno que crece y crece en mi pecho, como un ovillo de lana.

Recuerdo lo que ocurrió en el prado y, casi guiada por el instinto de comprobarlo, me vuelvo para mirar el cuadro.

Mientras discutíamos, ha empezado a teñirse de negro.

La pintura ha empezado a cubrirlo de la misma manera que cubrió…

El corazón se me para en el pecho.

Se me escapa un sollozo.

No.

No, no, no.

La pintura negra se apodera del cuadro poco a poco, hasta que este tiene el mismo aspecto que el último cuadro de mi padre. Retrocedo, me alejo de él, aunque ser Kergalot intenta advertirme de algo. Tropiezo, me tambaleo.

Alguien me rescata antes de que llegue a tocar el suelo.

—Saca esa cosa de aquí —suelta Sebastián, de pronto—. ¡El cuadro! Sácalo de aquí antes de que algo salga de él.

Ser Kergalot se mueve tan rápido como le es posible.

—Emma, ¿qué ha pasado? —pregunta el príncipe.

—No va a dejarme ir —sollozo.

Escucho la voz de Sebastián contra el pelo, ahora me encuentro entre sus brazos.

Me aferro a ellos. Él me sostiene, pero no puedo apartar la vista del cuadro.

La tinta florece del centro y lo empapa todo.

Oigo a las noxfloras de nuevo, siento el corte limpio en el aire.

Niego con la cabeza, no sé cómo explicárselo al chico que me sostiene, que me suplica que le diga qué ha ocurrido.

Pero no sé qué ha ocurrido.

En mitad de mi estupor, ser Kergalot regresa con tres Luminares. Vienen vestidos con sus túnicas de gala y se hacen cargo del cuadro. No llego a ver lo que ocurre con él, porque el príncipe me saca de la habitación mientras el caballero intenta explicarles lo ocurrido a los monjes.

Me fallan las rodillas.

—No pasa nada, Em —insiste Sebastián—. Eh, te tengo.

No siento el suelo.

—Te tengo —repite.

Me sostiene en brazos de nuevo. Siento sus brazos bajo las corvas y su mano contra la espalda. Encuentro su cuello, como la noche del incendio, y me escondo contra su pulso.

¿Ha dicho que han pasado dos días?

Sí, eso ha dicho.

He oído las campanadas y eso solo significa que han rechazado otra candidatura a rey de Valemir, ¿verdad?

Pietro, lord Azrael y… ¿quién más? Que ha habido otra cena de nombramiento.

Por eso viste de gala, por eso está atacado.

Yo debería haber estado en esa cena, para ayudarlo, pero estaba encerrada en un cuadro con un custodio y con esta máscara.

Intento aferrarme a los detalles que parecen reales.

Entré en el cuadro cuando aún estábamos en casa de mi padre y ahora estamos en el castillo. Han pasado cuatro días, y alguien ha sido rechazado esta noche.

Estoy diciendo algo, pero no me oigo a mí misma.

Sebastián me mira con el ceño fruncido y recorre el espacio que nos separaba hasta mis aposentos sin quejarse ni una sola vez por tener que cargar conmigo.

Siento las luces de las antorchas que nos flanquean como estrellas fugaces y me escondo de la luz contra su cuello.

—Necesitas descansar —insiste el príncipe—. Eso es todo, Emma. Verás que pronto te sientes mejor. ¿Te duele algo? ¿Te has hecho daño en algún sitio?

Niego con la cabeza.

—Entonces es solo el susto —dice, aunque no sé a quién de los dos está intentando convencer.

De nuevo, me sienta en un lugar mullido. En esta ocasión es una cama. Mi cama prestada. Me quita los zapatos y me ayuda a deshacerme de la ropa de montar sucia. Lo hace con manos expertas, como lo hizo en el granero. ¿Cuántas veces ha desvestido a alguien en este estado? ¿Por qué se le da tan bien?

Una persona normal estaría agradecida.

Una persona normal creería que es algo agradable que cuiden de ti.

Sin embargo, todo mi cuerpo lo rechaza.

Cuando está incorporándose para ayudarme a quitarme la chaqueta, porque le he dicho que no puedo respirar bien, algo se rompe. De repente, pongo la máscara contra su pecho con un golpe seco.

—Ten.

Sebastián me mira, sin entender nada, y encuentra la máscara.

—Esto es lo que querías, ¿no? —lo acuso.

Me mira como si no entendiera nada y yo puedo vernos como si se tratara de una película. Nos veo a los dos, desde la esquina: él está de pie, yo sentada. Él se mueve deprisa y yo soy como una estatua de piedra.

—Emma, escúchame… —dice como si pudiera leerme la mente.

—No.

Soy yo quien insiste ahora. Empujo la máscara contra su pecho, hasta que él la coge. Es lo que quería, ¿no?

Sebastián quiere recuperar sus reliquias y ser el rey de Valemir.

Quiere a este mundo.

Pertenece a este lugar.

—Sal de la habitación —exijo.

Mi voz suena distante, como si fuera la de otra persona.

—¿Emma?

—¡Que salgas!

No quería gritar.

No quiero.

Pero lo estoy haciendo.

Ya no soy yo la estatua, ahora es él quien se queda de piedra, quien no sabe dónde tiene ni las manos ni los pies.

Yo me incorporo y lo empujo. Lo aparto de mí, de la habitación.

Sebastián se defiende, pero yo no ceso en mi empeño de librarme de él.

Grito como lo hacía mi padre y lo mando lejos. Todo lo lejos que puedo.

Cuando me doy cuenta de lo que está pasando, he cerrado de un portazo y lo he dejado al otro lado.

Pese al vértigo que siento y la extraña satisfacción de haberme deshecho del príncipe, apoyo la frente en la superficie de madera como si no pudiera soportar el peso de mi propio cuerpo.

Me tiemblan las rodillas. Abro la boca para dejar escapar un sollozo.

¿Estoy llorando? ¿Cuándo he empezado a llorar?

No, no siento las lágrimas.

Tengo los ojos secos.

Lo que pasa es que no puedo respirar. Necesito estar sola y lejos de todo esto. Lejos de él, de los cuadros, de las reliquias. Lejos de la corte, de Valemir. La imagen de la mujer con su espada, de pie en aquel extraño paraje dentro del cuadro, regresa a mí con ese mismo destello blanco.

Mi caja torácica se cierra sobre sí misma y me apresa los pulmones.

—¿Emma?

La voz de Sebastián llega desde el otro lado de la puerta como una petición desesperada.

—Emma, por favor. Déjame entrar —suplica—. Al menos hasta que sepa que estás bien.

No le contesto.

—Em.

El silencio se apodera de la habitación.

—No puedo hacerlo —repito una y otra vez—. Ya tienes la reliquia. Ya sabes cómo conseguirlas. Por favor, ahora déjame en paz.

No puedo seguir exponiéndome a esto.

—Abre la puerta, Emma —me pide.

Noto que se pega a la puerta, porque siento la cercanía de su voz y el peso en la madera.

—Por favor, déjame en paz.

—Déjame entrar, por favor. Sé que estás asustada, pero…

Sollozo.

—¿Emma?

Sin saber muy bien cómo, mi mano encuentra el pestillo de la puerta. Tanteo el peso con los dedos y, como única respuesta a su petición, paso el pesado cerrojo y me alejo de su voz.

No puedo quedarme aquí.