Capítulo 18
La paleta de mi padre era mucho más pesada de lo que parecía. Recuerdo que a veces me la apoyaba en la cabeza y me pedía que me quedara quieta. Mi tarea, decía, era asegurarme de que los colores estuvieran en equilibrio.
Lo cierto es que no había ninguna necesidad real de tenerme ahí, pero a los dos nos parecía gracioso.
—Pintar raíces es muy parecido a pintar cuerdas, ¿no? —le dije una vez.
Mi padre había estado pintando un cuadro náutico y se había tirado un par de semanas perfeccionando su técnica para que las cuerdas quedaran más realistas. Había tenido el salón lleno de cuerdas de diferentes materiales para asegurarse de que conseguía plasmar la textura que buscaba.
Siempre fue excéntrico, pero de la mejor de las maneras.
Aquel día, tenía el pincel sobre el lienzo y estaba insistiendo de más en la textura de las raíces de un árbol. Había pintado un rinconcito escondido en el interior de un bosque y un gran árbol extendía sus raíces por encima de la tierra como un pulpo.
Mi padre siempre creaba historias para sus cuadros y yo tenía permiso para jugar con ellos. Si él era el arquitecto de esos mundos, yo era la decoradora de interiores.
—Hum.
—¿Qué?
—Quizá las raíces y las cuerdas se parecen —contestó—. Los barcos tienen anclas y los árboles tienen raíces. En esencia, son elementos similares, ¿no crees? Necesitas la cuerda para echar el ancla.
Siempre decía cosas así. Cosas interesantes. Y recuerdo que nunca quiso hacerme sentir solo como una niña.
Recuerdo que me tomaba en serio y que yo lo tomaba en serio a él.
—Visto así, las cuerdas son las raíces del barco —concluí—. Pero, entonces, ¿qué tenemos nosotros?
—¿Pies?
Solté una risa tonta.
—Pero los pies no nos atan a ningún lado —le dije—. De hecho, hacen más bien lo contrario, ¿no?
Mi padre levantó la paleta para mirarme a los ojos durante un instante muy largo.
—Quizá porque no somos ni barcos ni árboles, ¿no? —dijo con una intensidad extraña—. Nosotros aprendimos a decir adiós y a viajar.
Siento un nudo en el estómago.
Siento las cuerdas en las manos, en los tobillos y la sensación de estar a merced de un mar oscuro, del barro, de la tierra. De dos mundos diferentes. Y, en mitad de ese desorden, mi mayor problema es que no me encuentro los pies.
Al menos hasta que vuelven a tocar el suelo.
La lógica me dice que debería gritar, que debería protestar. Debería enfadarme y sacudirme. Sin embargo, nada de eso es necesario, lo que sea que me retenía es exactamente lo que me ayuda a tocar el suelo con los pies y soy libre de nuevo.
Recupero el sentido y la sensación de sostener mi propio peso.
Mis pies me anclan al suelo y las cuerdas que me apresaban resultan ser solo raíces.
El recuerdo de aquel día con mi padre es de lo más embriagador y me siento aún más desubicada cuando me descubro en mitad de un espectáculo de verdes y dorados.
Doy un paso al frente, cruzo el arco que forman las mismas raíces que me han traído hasta aquí.
Serpentean hasta detenerse, se endurecen tan pronto como cruzo el umbral que han dibujado para mí.
Diría que no puedo creerlo, pero la suspensión de la realidad de la última semana lo hace todo mucho más plausible.
Por supuesto que un árbol acaba de depositarme en este prado.
Por supuesto que estaba de pie frente a un cuadro hasta hace un momento y ahora estoy… ¿dentro de él?
Un espejo me llevó hasta Valemir y un cuadro en un sótano me ha traído hasta aquí. Hasta el árbol, el prado y esas amapolas.
Pues claro.
Por supuesto.
Tengo el corazón encogido en el pecho, la voz y los juegos de mi padre me han puesto los nervios a flor de piel.
Tengo la carne de gallina, frente a la imagen de las mismas flores que, en mi pesadilla, tomaban la forma de las manos que me arrancaron de mi hogar.
Pero ¿Madrid era mi hogar? ¿Era ese piso mío?
Vivo de alquiler.
Vivo con una maleta debajo de la cama.
Tengo dos pies y aprendí a decir adiós siendo muy niña, a huir cuando era necesario. Quizá por eso, cuando me vuelvo, sé que no voy a encontrar a Sebastián.
Estoy sola otra vez.
O eso parece.
Porque lo cierto es que ahora tengo mil amapolas frente a mí y el rumor de algo que se mueve a través de la maleza me recuerda que es posible que no lo esté.
Consigo ver algo corretear entre la hierba.
Ratones, quizá. O eso sería lo más lógico.
Sin embargo, cuando le echo un vistazo al prado de nuevo, descubro que se ha abierto un pequeño sendero que parece invitarme a avanzar.
Frunzo el ceño.
El prado se ha movido.
O las flores lo han hecho.
—Pero las raíces de los árboles son sus pies —le dije a mi padre aquella tarde, frustrada—. ¿Y si las amapolas que has dibujado en esa esquina pudieran caminar? O los árboles. ¿Y si los árboles pudieran hablar?
—Entonces no serían árboles. Ni eso serían amapolas —contestó con sencillez.
—¿Y qué serían?
—Noxfloras, Emma. ¿Qué si no?
Mi padre tenía historias para mundos impensables y la capacidad de darles vida. Cuando estaba frente a un cuadro era un prodigio, pero no se quedaba corto cuando se trataba de imaginar.
Las noxfloras de sus historias eran criaturas diminutas que se dedicaban a todo tipo de diabluras.
Vivían en los prados y su actividad favorita era descansar al sol.
Por ello, su mayor trastada era adormecer a los pobres inocentes que quisieran tirarse en sus tierras.
Una de las historias favoritas de mi padre hablaba de un rey que, cansado de buscar una solución para la enfermedad de su hermana, decidió tumbarse en un prado de noxfloras y quedó a merced de ellas.
Como venganza por aplastar a varias de sus compañeras, las criaturas lo encerraron en sus sueños gracias a un olor mágico.
La esencia de las noxfloras era un elemento común en muchas de las historias de mi padre y podía usarse para encerrar a alguien en un sueño eterno.
En el cuento, dentro de sus sueños, el rey era feliz y su hermana se había curado. Pero en el exterior, su cuerpo estaba bajo la intemperie y las noxfloras habían empezado a entregárselo al suelo para alimentarlo y alimentarse a sí mismas en el proceso.
Siempre pensé que sus historias eran increíbles.
Ahora tienen otro sentido.
Porque si lo que tengo delante son noxfloras como las de sus historias, ¿qué significa que acaben de abrirme un camino para pasar? ¿Y cómo es posible que las hubiera olvidado?
El viento se levanta, como en mi pesadilla.
Me cubro la boca cuando un olor dulzón me arrulla de pronto, quizá guiada por las historias de mi padre. No está de más ser un poco supersticiosa, dado el contexto actual. La cuestión es que, cuando abro los ojos de nuevo, algo camina hacia mí.
Más bien, algo toma forma a medida que avanza hacia donde estoy.
Esta vez, frente a mí, no veo una silueta oscura cuyos pies jamás llegan al suelo.
De hecho, ocurre al contrario: el polen y las corolas de las amapolas se mueven y se arremolinan a la altura del suelo, dándole forma a un par de pies, un par de piernas, las caderas, el pecho y por último una corola mayor.
La silueta se detiene frente a mí, pero no siento miedo.
—¿Quién eres? —pregunto.
La criatura no responde, aunque parece que pudiera entenderme. Cuando habla, su voz parece ser la de miles a la vez.
—Somos.
Le echo un vistazo al suelo. Desde detrás de la silueta, las noxfloras me observan.
Sus corolas se han desprendido, y son el elemento que forma la silueta.
Las raíces siguen hundidas en el suelo, pero veo los pequeños pistilos que les sirven de ojos, sus extraños rostros.
De la misma forma que el espíritu arcano al que derrotó Sebastián estaba hecho de aquellas manos de carbón, la criatura que tengo delante de mí está hecha de pétalos, polen y viento.
¿Es posible que sea un espíritu?
—Tu guardián nos advirtió de tu regreso —sigue la voz.
—¿Cómo que guardián? Espera, ¿te refieres a mi padre?
—Dejó a nuestro cargo una de las reliquias para que pudiera servirte en tu lucha. La custodiamos para ti.
Me mantengo a una distancia relativa, mientras las voces llenan el prado. ¿Significa eso que Sebastián tiene razón?
—¿Una reliquia?
—Así es. Tan solo una de ellas —dice la figura, casi como una advertencia.
Los cuadros y las reliquias están vinculados. Frente a mí, una especie de espíritu que emite la voz de las noxfloras hace aparecer algo entre sus manos.
Se trata de una máscara dorada.
—Te ayudará si lo necesitas, pues te permite ocultarte y ver lo que desees a través de otros ojos —sentencia.
Antes de que pueda entender qué está ocurriendo, sé que la máscara llega a mis manos. La estoy sosteniendo.
—Saber esconderse a simple vista es una virtud —continúa la figura—. Deberías emplearla para hacerle frente a la batalla como soberana.
—¿De qué batalla hablas?
Pero antes de que el espíritu de las noxfloras pueda responder, oigo un grito que atraviesa el prado.
El tiempo cambia de golpe y la brisa destruye la figura de corolas de amapola de un plumazo.
Las noxfloras gritan.
Algo impacta sobre la tierra, húmedo y violento.
Huele a sulfuro.