Pinceladas de una traición Capítulo 17
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Capítulo 17

Rilke e Irina han hecho un trabajo maravilloso con la chaqueta, porque resulta de lo más cómoda para montar a caballo.

Esta vez, Sebastián y yo cogemos una montura cada uno. Mi nueva compañera es una yegua negra llamada Meda, porque tiene una pequeña mancha blanca en el pecho que parece un medallón. Esta vez descubro que el caballo de Sebastián se llama Emir, en honor a su linaje.

Emir y Meda se quedan fuera cuando entramos en la casa al atardecer.

—Tienes tiempo hasta que se haga de noche —avisa Sebastián—. No quiero tener que lidiar con más arcanos, ¿me oyes?

Le dedico una mirada divertida.

—¿No quieres tener que mancharte las manos, espiritista?

—Claro, como la señorita solo tendrá que esconderse en una esquina y dejar que le hagan la faena… —sigue él graciosillo.

—No tendría que hacerlo si me enseñaras a luchar —suelto peleona—. Piénsalo.

—Clases de historia, clases de protocolo, clases de lucha… ¿Algo más? ¿Debería buscaros un tutor de idiomas, querida?

Pongo los ojos en blanco atravesando la puerta principal. Pero la idea resulta bastante atractiva.

—¿Se hablan muchos idiomas en Valemir?

No llega a contestar a mi pregunta. Sin embargo, me sigue con las manos a la espalda. A veces hace eso. A veces abandona las conversaciones y se pierde en un detalle de la estancia.

Me pregunto si tiene que ver con su afinidad.

—En cuanto salga la primera luna, montamos a los caballos y nos vamos de vuelta al castillo, ¿queda claro? —advierte.

No es mucho rato, pero al menos algo podremos hacer.

—Por supuesto, vuestra alteza —respondo con retintín.

Sebastián y yo caminamos por la casa sin saber exactamente qué buscamos.

Es ridículo pensar que el destino del reino puede depender de lo bien que se nos dé mirar unos cuadros.

Los cuales no hemos encontrado, por cierto.

Sin embargo, caminando por los pasillos, el fantasma de mi padre se apodera de mí.

La nostalgia me lleva al segundo piso, donde solíamos dormir. Me descubro de pie en el marco de la puerta de mi habitación, que sigue tal y como la dejé.

El recuerdo de mi padre frente a una de las estanterías del pasillo despierta mi curiosidad. ¿Cuántas veces lo vi pasar frente a la estantería con su bata? ¿Y cuántas veces me regañó por intentar alcanzar los libros de la segunda balda?

Cometo el crimen de seguir ese instinto, de desobedecer sus lecciones y obtengo la recompensa que andábamos buscando.

Guiada por el espíritu de mi rebeldía infantil, estiro la mano para quitarle el polvo a los libros y descubro que uno de los tomos es falso.

Es un bloque de madera.

—¿Sebastián? —lo llamo.

No lo espero. Tiro del libro. Oigo los pasos en las escaleras, acelerados, pero descubro que la estantería se transforma en una puerta que oculta una escalerita de piedra.

Me vuelvo con una sonrisa enorme pintada en la cara.

—¿Cómo lo has hecho?

—No lo sé —explico—. Estaba pensando en él, en mi vida en la casa, recordé que no me dejaba coger libros de esta estantería y… voilà!

Ambos nos asomamos al hueco de la escalera a la vez. Por ella asciende un aire frío, pero supongo que ninguno de los dos tiene dudas de adónde debemos ir.

¿Qué ocultaba mi padre allí abajo?

Sebastián decide bajar por delante de mí con la mano en el pomo de la espada. Yo lo sigo con cuidado y con la cola de la chaqueta en la mano, por practicidad. Pero, cuando ambos llegamos al final de las escaleras, solo encontramos otra galería con aspecto de bodega.

Huele a cerrado y está a oscuras.

O lo estaba.

Porque en cuanto Sebastián pisa el suelo de la habitación, las antorchas de las paredes se iluminan.

El príncipe me mira y yo le leo el pensamiento.

—Tu padre era afín al fuego —digo.

Él asiente, con una sonrisa de satisfacción.

— Voilà! —repite.

Y, aunque no lo ha usado bien, le dedico una sonrisa enorme.

Los dos hemos pensado lo mismo: Ciro y Gael construyeron este rincón. Pero eso no es lo más importante que hemos descubierto. Lo más importante de todo esto es que creo que acabamos de encontrar justo lo que estábamos buscando.

Ha sido demasiado fácil como para ser real, pero…

—Son cuatro —dice Sebastián fascinado—. Tenías razón, son cuatro cuadros.

En la habitación secreta de mi padre hay cuatro pinturas colgadas en las paredes, pero están dispuestas de una manera muy específica: siguen la lógica del diagrama.

Desde el centro de la habitación, ocupan los espacios entre los puntos de los triángulos del diagrama; allá donde deberían estar los extremos de los mismos, en la pared, hay una cinta del color correspondiente a cada una de las afinidades.

—¿Por qué sería tan importante la disposición de los elementos? —pregunto.

Sebastián tiene la cinta malva entre los dedos y se vuelve para mirarme.

Pongo los brazos en jarras.

—Habla.

—Si seguimos la teoría de los portales, es posible que la disposición ayude al equilibrio —responde con esa voz de sabelotodo—. Mi padre habría insistido.

—Cada lazo es de un color.

Sebastián asiente.

—De los colores que manan de los sellos de cada afinidad —confirma—. Los colores de las casas.

Y ninguna de las cintas es blanca.

Siento un nudo en el estómago porque, a diferencia de Sebastián, yo tengo suficiente comprensión sobre la teoría del color como para saber por qué.

Carraspeo, aclarándome la garganta.

—Son estos cuadros —digo—. Son los que andábamos buscando.

Sebastián sonríe, orgulloso con nuestro descubrimiento, y su alegría es contagiosa. Guiada por un nuevo deseo de contentarlo, me fijo mejor en los cuadros que hemos encontrado.

El que tengo más cerca es el cuadro de una montaña.

Me devuelve de inmediato a las historias de tesoros escondidos, de dragones sabios y antiguos.

El siguiente que veo es el de un bosque frondoso y un arco rodeado por fauna salvaje.

Sebastián está cerca del siguiente, donde un navío surca un mar tempestuoso.

En mi mente, la voz de mi padre narrando las gestas de los piratas me obliga a controlar la respiración.

Sé que el sentimiento es extraño, no tengo cómo explicarlo.

Lo echo de menos.

Lo he echado de menos durante tanto tiempo que a veces ni siquiera me doy cuenta.

He aprendido a vivir con ello de tal manera que parece redundante.

Entiendo cómo se siente Sebastián, que perdió a su padre hará menos de una semana y soy consciente de que esa es una herida que no sanará jamás porque la mía sigue abierta.

Todos los días, cuando despierto, me veo obligada a aceptar que he vuelto a perderlo.

Mi vida no es una pesadilla, porque sigo en ella.

El último cuadro está detrás de una columna, así que tengo que moverme para verlo mejor.

Se trata de un prado.

Freno en seco.

El cuadro muestra un prado de amapolas.

Avanzo con decisión para comprobar que la vista no me falla. Es un prado extenso, cubierto de puntos rojos, de vida, de luz.

No puedo evitarlo y acerco mi mano a los trazos. Siento a mi padre a través de ellos. Siento su devoción en su pintura. Reconozco el pincel que usó, las historias que contó, y recuerdo su voz.

—«¿Y para qué ibas a querer quedar atrapada en un solo cuadro cuando ya vives en todos ellos desde fuera?» —me dijo.

Cuando rozo la tela, una luz blanca me envuelve de repente.

Cegada, parpadeo, pero no siento miedo. El cuadro parece despertar con el calor y los trazos bailan, incluso las flores bailan como lo harían si las meciera el viento.

—¿Emma?

Veo el horizonte frente a mí, el cielo que cubre el universo al otro lado del cuadro.

—¡Emma, cuidado! —pide Sebastián.

Estoy tan encandilada con las amapolas que no llego a ver las cuerdas que aparecen, que me rodean por las muñecas y por los tobillos, que me arrastran al interior del cuadro.

Sebastián no puede hacer nada para impedirlo.