Pinceladas de una traición Capítulo 16
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Capítulo 16

Sebastián es arrogante, paranoico y reservado.

No son las mejores cualidades que mi único aliado a este lado del Velo puede tener, pero son las que son. Por suerte, a veces resultan prácticas en momentos como este.

El príncipe nos lleva a través del ala oeste y nos guía hasta una habitación en la que ha colocado todos los cuadros que ha encontrado en la casa. Durante tres días, los revisamos juntos.

Uno a uno, los observamos e intentamos leer los elementos que hay en ellos.

Alaric entra y sale, incapaz de seguirnos el ritmo.

Comemos en la habitación de los cuadros gracias a nuestros otros aliados: una doncella llamada Isabel nos trae una pequeña mesa camilla con algo de comida a las horas adecuadas.

Cuando la investigación resulta frustrante, nos obligo a descansar.

El príncipe aprovecha esos momentos para explicarme otros aspectos de la vida de Valemir.

Entre ellos, y para mi vergüenza, sus bailes tradicionales.

—Como me pises así, voy a acabar postrado en una cama —se ríe de mí.

—Cállate.

—No es tan difícil, Emma, cuenta —sigue.

Y yo lo piso adrede.

Cuando el sol se pone, volvemos a nuestros aposentos.

Cuadro tras cuadro, idea tras idea, acabamos sentados o tirados en el suelo, teorizando sobre los aspectos repetidos de las pinturas.

Sebastián cree que mi padre podría haber inscrito símbolos en ellos.

Yo, por mi lado, creo que la simbología está en las imágenes. De lo que no estoy tan segura es de qué deberíamos estar buscando.

—El problema es que todos estos cuadros son encargos banales —resoplo limpiándome las manos con un gesto.

Estamos otra vez en el suelo, en el centro de la habitación.

—Comes como un ogro —resopla él.

La mesa camilla está entre nosotros.

—Ah, perdone usted.

—«Vuestra alteza» —me corrige divertido.

Pongo los ojos en blanco.

—Pensaba que valorabas más otras aptitudes, querido —respondo, tengo ganas de tocarle las pelotas.

—Ciertamente —responde él, alzando ambas cejas con una sonrisa traviesa.

Su mirada cae en mi pecho y yo suelto una risa ridícula.

—¡Eres un marrano!

Lo siguiente que sé es que le he arrojado la servilleta y él se está riendo como un crío, cosa que parecía impensable hace cuatro días. Le echo en cara sus modales y él retuerce los míos. Así, la corte, el castillo y nuestros problemas se esfuman entre una risotada y la siguiente.

Por sorprendente que pueda parecer, cuando estamos solos, todo es mucho más fácil.

No puedo echarle en cara que tenga sus secretos. Soy consciente de que yo misma tengo los míos. Tampoco puedo culparlo por ser paranoico, porque parece estar en lo cierto muchas de las veces. Por lo poco que he descubierto de su vida, tiene razón para desconfiar de los demás.

En cuanto a lo que me ha contado sobre su afinidad…

No sé cómo sentirme. ¿Y si le hablara de lo que yo he podido hacer hasta ahora?

Creo que entiendo cómo se siente. Yo tampoco encajo en el marco de lo que Sebastián cree que soy.

Piensa que soy humana y que no tengo ninguna habilidad, pero eso no es cierto.

De hecho, él considera que mi mayor don es que comprendo la mente de mi padre.

Eso y mi inteligencia, parece ser.

También me ha elogiado las tetas un par de veces, pero voy a pasarlo por alto porque esa idea no me ayuda a concentrarme en lo que debo ahora mismo.

La cuestión es que, si el diagrama de mi padre tiene alguna veracidad, no me incluye a mí. Y nadie ha hablado de que existan afinidades con capacidades médicas, ¿verdad? Excepto quizá Sebastián, cuando dijo que podrían curarme en el castillo.

Pero ¿por qué tendría yo una afinidad si soy hija de un humano?

—Entonces ¿no sabes quién es tu padre? —pregunto sentada en el suelo de la sala.

El sol se está poniendo y seguimos sin tener ni una sola pista de qué buscamos en los cuadros.

Sebastián se pone en pie y clava la vista en un paisaje idílico. Sigo creyendo que no hay nada oculto en él. Siento los trazos de aburrimiento de mi padre a través del óleo, pero el príncipe no cesa en su empeño.

—No.

—¿Crees que es verdad? —pregunto con cuidado—. ¿Crees que tu padre podría ser un espíritu arcano?

Sebastián no contesta. Se queda mirando el cuadro un poco más, como si pudiera escabullirse al interior del mismo.

—Albergo cierta esperanza de que no sea así —responde.

Antes de que pueda preguntar de nuevo, me mira directamente.

—¿Por qué crees que no es ninguno de estos cuadros? —pregunta.

Se lo he dicho ocho veces, pero más vale tarde que nunca.

—Son encargos —respondo—. Los marcos son estándares y las pinturas no son especialmente buenas. Mi padre tenía sets diferentes de pinceles para sus obras. Los importantes los pintaba con otros pinceles.

—¿Puedes reconocer los pinceles con un simple vistazo?

Asiento desde el suelo.

—Eres una chica la mar de fascinante —resopla recolocándose las gafas.

Sonrío y siento el rubor en las mejillas.

—Mi padre también te enseñaba a pintar a ti, ¿no? —respondo poniéndome en pie.

—Nunca se me dio especialmente bien.

—¿Puedo preguntarte algo?

—No tener permiso no te ha parado antes.

Suelto una pequeña risa.

—¿Por qué no has traído el cuadro que vimos en mitad del taller? Del que salió…

—No pensé que fuera buena idea —responde cruzándose de brazos—. Parecía funcionar como un portal. No necesito más riesgos en el castillo, en especial después de lo del río Iocast.

Frunzo el ceño. Sebastián ha estado ocupado también con el desbordamiento de un río al oeste del reino. Pese a que la Casa de Nahr ha centrado todos sus esfuerzos en controlar la inundación, el agua parece resistirse, como si hubiera algo en las profundidades.

—¿Sabes por qué ha ocurrido algo así?

Él suspira.

—¿No? —dice inseguro—. Solo sé que han caído algunas de las protecciones del reino. Sobre todo en el castillo. No quería decirte nada, porque tengo a algunos Luminares trabajando en ello y no tienes por qué preocuparte. Pensé que, si no habías notado nada, era para mejor.

La pesadilla.

Decido no decirle que sí he notado los efectos.

«Puedo sobrellevarlo», pienso. No tengo por qué preocuparlo. Además, solo ha sido una. No es ni el peor periodo de pesadillas que he vivido.

—Entonces ¿crees que el cuadro que vimos en la mansión podría ser un portal?

—Algo así explicaría cómo llegaste hasta aquí, ¿no?

Yo también lo he pensado.

—¿Es posible? —pregunto, una idea me ronda la cabeza—. ¿Existen cuadros que funcionan como portales?

Sebastián chasquea la lengua.

—¿Podemos afirmar que existen cuadros impregnados con la energía mágica suficiente como para construir portales a otro lugar? —murmura gracioso—. No tenemos pruebas fehacientes, aunque hay muchas leyendas que mencionan el tema.

Suelto una risotada.

—Dijo el que no es un ratón de biblioteca —resoplo.

Sebastián niega con la cabeza.

—El Velo puede atravesarse —dice— y tu padre es prueba de ello. Por lo tanto, podemos asumir que era libre de atravesarlos. Dime, Emma, ¿atravesaste el Velo cuando te marchaste?

—S-supongo, sí. Pero no sabría decir cómo…

No exactamente.

Solo caminé.

Me adentré en el bosque y llegué hasta la casa de doña Sol.

—Cosa que significa que, como tu padre, tienes tus propias habilidades —añade trazando más teorías en el aire—.

La magia de La Fuente es misteriosa y sabemos muy poco de ella.

Tú no estás marcada por ningún sello y debe de afectarte de manera distinta a nosotros.

Por supuesto, tu padre debía de ser igual que tú.

Además, eso explicaría todas las entradas en sus diarios sobre viajes a otros planos.

—¿Qué?

Sebastián asiente.

—Sirenas, elfos, troles —enumera como si nada—. Criaturas que han estado extintas en nuestros libros durante siglos, figuras mitológicas que aparecen en las historias que tu padre relata en sus notas.

—¿Mi padre escribió diarios de viaje sobre seres mágicos?

—Como lo oyes —ríe con suavidad—. Al principio lo desestimé. Hay muchos relatos sobre humanos que tienen sueños, pesadillas o trances extraños al cruzar el Velo. Pero creo que pudieron ser reales, ¿no?

Cuando me mira, siento demasiadas cosas de a una como para poner en orden mis pensamientos.

—A mí me contaba historias —admito—. Sobre mundos y criaturas. Pensaba que eran solo cuentos.

—¿Crees que tu padre podría haber sido capaz de algo así? —pregunta.

—¿De crear portales?

Asiente.

—Pues… ¿No lo sé? La verdad es que… estoy bastante confusa. Cuando pienso en él, es difícil saber…

—¿Recuerdas la última vez que lo viste?

Claro que sí.

Pero no quiero volver ahí.

No quiero pensar en que decidí dejarlo allí, sosteniendo su pincel, el pincel del set especial.

Elegí abandonarlo.

—Es posible que abriera un portal para que te fueras y uno para que pudieras volver esta vez —murmura.

Niego con la cabeza.

—Yo no decidí volver —objeto—. Algo me trajo de vuelta.

Y si mi padre era capaz de abrir portales, quizá fue él.

—Deberíamos volver a la casa —digo.

—¿Qué? ¿Por qué?

Sebastián le echa un vistazo al sol que se pone en el horizonte.

—Los cuadros que estamos buscando deben de seguir allí.

Abro la puerta yo misma, sin esperar al príncipe. La respuesta a todas mis preguntas sigue escondida en esa casa.

Incluso «vuestra alteza» parece estar de acuerdo.

Todo parece llevarnos de vuelta a casa.