Pinceladas de una traición Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

«Esto» es un cuadrilátero dibujado con tinta roja. Los cuatro extremos caen justo en los espacios entre algunas de las afinidades. Aunque hay una línea trazada en el centro, parece que mi padre nunca llegó a describir qué indicaba.

Frunzo el ceño. Sebastián insiste en que le preste atención a la palabra que, en el mismo color que el resto del cuadrilátero, reposa en el extremo superior.

«Custodios».

—¿A qué crees que se refiere con «Custodios»? —pregunta Sebastián—. Tú entenderás a tu padre mejor que nosotros. ¿Son algo significativo a nivel cultural en vuestro lado del Velo?

Alzo las manos, frustrada.

—Pfff. No. ¡No lo sé…! ¿Cómo iba a saberlo, Sebastián? ¿Cuántas veces más tengo que decirte que mi padre no me contó nada? Nada. De nada. Jamás. Nunca.

Me mira contrariado.

—Inténtalo al menos.

—¿Y qué quieres que intente?

—¡Emma! —protesta—.¿Qué ves?

Resoplo y le echo un vistazo al diagrama. Es obvio que quiso dibujar el cuadrilátero de manera que los extremos quedaran entre los puntos equidistantes entre un sello y el siguiente. Se nota la marca del compás en el folio y las señales para trazar el punto exacto.

Pero ser Kergalot y Sebastián me prestan completa atención, y eso no ayuda.

—Cada uno de los extremos de los triángulos representa una afinidad —empiezo nerviosa.

Ellos asienten—. Las afinidades elementales están invertidas y las esenciales reposan en el horizonte.

No sé hasta qué punto lo hizo así por alguna razón, pero resulta curioso que situara la tierra en el extremo inferior de esa manera.

Mi padre era un hombre… curioso. Es posible que fuera por…

¿Por qué lo haría?

Sacudo la cabeza, siguiendo con mis pensamientos.

—Bueno, no lo sé seguro. Creo que la línea del centro está dibujada para señalar un plano, ¿no? —apunto. Rozo el papel y les muestro una marca de compás—. Si este es el centro, lo lógico es que sea… ¿La Fuente? Eso significaría que a un extremo estaría Amira y al otro estaría el Corruptor.

Sebastián frunce el ceño.

—Pero eso no está puesto ahí.

—Cierto, pero puedes ver las marcas de un compás, ¿ves?

Curiosamente son las únicas distancias que se quedan fuera del cuadrilátero al que él llama «Custodios», ¿cierto?

Debe de significar algo. Entre el agua y los sueños, a la izquierda, como el diablo: el Corruptor.

Entre el fuego y la voluntad, a la derecha: Amira.

Ambos hacen una mueca, siguiendo la idea con pinzas.

—No acabó el diagrama —indico, estoy casi convencida—. Sea lo que sea que pasó, este esquema está sin acabar.

—Pero sí apuntó los Custodios. ¿Por qué? ¿Y qué son? —insiste Sebastián—. ¿Qué custodian?

Me encojo de hombros, observando el cuadrilátero.

—Ni idea.

Sigo la línea con los ojos y doy un paso atrás.

Recuerdo que mi padre siempre decía que mirar a algo durante mucho rato te ciega. A veces, es importante dar un paso atrás y cambiar la perspectiva. Puede que la perspectiva de Sebastián haya viciado el diagrama y que…

—Ah.

Se me escapa.

Ser Kergalot y Sebastián se vuelven, esperando una respuesta.

—Es un cuadro.

—¿Cómo?

—Son las dimensiones de un cuadro.

Vuelvo a acercarme y sigo la línea con los dedos.

—Cuatro extremos, un cuadro —explico, intentando seguir la lógica de mi padre—. Si el centro es La Fuente y los Custodios son cuatro puntos… ¿Un cuadro custodia La Fuente? ¿Cuatro cuadros? De ahí el plural, supongo. Es «Custodios», no «Custodio». ¿Es posible que estemos buscando cuadros?

Sebastián mordisquea la patilla de las gafas y le lanza una mirada de reojo a ser Kergalot, como si creyera que he perdido la cabeza.

—¿Estás segura?

—La respuesta tiene que estar en sus cuadros, supongo.

—Asumamos que es eso. ¿En cuál? —sigue el caballero.

Si tengo la suficiente mala suerte, en el cuadro negro que había en mitad de la sala. En lo que quiso tapiar. Creo que Sebastián me lee la mente, porque ladea la cabeza con un gesto de cierta advertencia.

Los dos hemos pensado lo mismo.

—Quizá tengas razón, ser Kergalot —responde agotado—. Quizá estemos aferrándonos a un clavo ardiendo. Puede que Ciro perdiera la cabeza antes de…

¡Qué morro tiene!

—Mi padre era pintor, no un luminari como tú —respondo algo a la defensiva—. Tiene lógica que escondiera la información en cuadros, ¿no crees? No me parece de locos. No estaba loco, estaba enfermo.

La sala se queda en silencio, al menos hasta que ser Kergalot ríe con suavidad.

—Quizá tengáis razón, alteza —le dice a Sebastián—. Ciertamente es una mujer muy interesante.

El príncipe se ruboriza. El sonrojo le llena las mejillas pálidas y borra las ojeras del cansancio. El caballero ríe y se coloca a mi lado, casi como un confidente.

—Es agradable ver que, por una vez, alguien le da guerra —me dice y me dedica una sonrisa socarrona—. No os detengáis, seguid.

Me llevo las manos a las caderas.

—¿Entonces es cierto? ¿Eres un luminari? —pregunto—. ¿Por qué no me dices cuál es tu afinidad y ya? No entiendo por qué…

—No hace falta que hablemos de eso.

—Me niego a tener que revivir mi infancia traumática con un padre ausente si tú te niegas a darme una sola respuesta personal, Sebastián. O contestas o rompo el trato y me voy a mi casa.

Ser Kergalot sonríe. Puedo notar que está evitando soltar una carcajada porque alza la vista al techo y aprieta los labios.

Sebastián me mira como si estuviera planteándose si el riesgo merece la pena o si puede mandarme a algún calabozo a reflexionar.

—Creo que será mejor que os deje a solas —dice ser Kergalot al final.

Sebastián lo fusila con la mirada mientras lo ve salir del despacho. De hecho, parece que el caballero disfruta de su huida más que nadie, ya que hace una reverencia al partir y todo.

Yo clavo la vista en el príncipe, que resopla.

—A esto me refería —dice de pronto.

—¿A qué?

—Eres más inteligente de lo que te gusta admitir —añade—, pero juegas con las piezas equivocadas todo el rato.

—Tienes la misma marca que ellos en el cuello y eres capaz de tratar con espíritus. Es más, eres hábil con ellos. —Señalo el papel—. Si lo que mi padre explica es cierto, los espiritistas están en oposición natural a los elementales de tierra, esos a los que no soportas porque van descalzos…

—No creo que sea una cuestión universal, Emma. Simplemente me parecen un poco irritantes.

Chasqueo la lengua a modo de protesta y sigo:

—Los Luminares trabajan para Amira, no para la Casa de Amira. No sirven al rey, sino a La Fuente. ¿No es eso lo que estás haciendo tú? Por eso sabías que no elegirían a lord Azrael, porque quizá tú también puedes comunicarte con ella.

Sebastián, que se ha cruzado de brazos, niega con la cabeza.

—Yo solo sirvo a una persona —responde— y es a mí mismo.

Contrariada, coloco los brazos en jarras de nuevo.

—A otra con ese cuento.

—Tu perspicacia es admirable —concede al final—. No, no soy un luminari, porque no soy un ratón de biblioteca con aires de grandeza.

Hago un gesto señalando la habitación.

—Discrepo.

Él aprieta la mandíbula, dispuesto a defender su posición.

—Un luminari es capaz de dominar ambas vertientes de la afinidad espiritista —empieza.

—¿Y tú no?

Lo veo armarse de paciencia.

—No.

—Entonces es que no te dejaron entrar porque no cumples con los requisitos. No mientas —resoplo.

—¡No quiero ser un luminari! —protesta.

—No, claro… ¡Quieres ser el rey!

Sebastián se incorpora de pronto, enfadado.

—Lo que ocurre es que no puedo formar parte de la institución porque todo Valemir cree que mi padre es un espíritu arcano, Emma. No puedo presumir de afinidad. ¡Casi no tuve ni permiso para estudiarla!

Me callo de pronto, sorprendida por su rabia.

—Estoy atado de pies y manos la gran parte del día —sigue frustrado—.

Soy un villano si hago algo y soy un monstruo si no lo hago.

¡Y tú debes tener cuidado con lo que dices!

O con las conclusiones que sacas de las cosas.

Porque te vas a meter en un lío gordo y no todo el mundo tiene tanta paciencia como…

—¿Como tú? —digo con los dientes apretados, porque, aunque me aleccione, no pienso cortarme ni un pelo.

Él sí se corta. También aprieta los dientes y retrocede. Yo recuerdo las advertencias de mi padre. Recuerdo que le pidió que tuviera cuidado conmigo. Sebastián parece haber vivido creyendo que la única razón por la que Ciro le pediría algo así es por él mismo, ¿verdad?

Quizá no solo el pueblo de Valemir cree que es una ruina.

—Por eso tu padre te mandó a estudiar con el mío —suelto, lo he entendido de golpe.

Sebastián me señala con las gafas y, aunque busca una respuesta para evitar que ahonde en el tema, no la encuentra.

Así es como sé que he dado en el clavo.

—Tu afinidad era difícil de controlar, como la de tu madre —sigo—. Todos creen que eres hijo ilegítimo de un espíritu arcano y que, por lo tanto, debes de estar corrupto de alguna manera. Mi padre lidiaba con ellos y el tuyo creyó que podría ayudarte.

El príncipe retrocede y se retira hasta la mesa, donde tiene cientos de libros abiertos. El sello se ilumina, mientras él intenta controlar sus emociones. La luz malva tiñe parte del cuello de su ropa.

Siempre lleva cuellos altos, ahora que caigo.

—Podrías habérmelo dicho —susurro aterciopelando la voz como lo hizo él.

No quiero pelear.

Es lo último que quiero.

—Esto no es un juego para mí, Emma —responde—. Es mi vida. No quiero huir de ella, pero tampoco puedo confiar en cualquiera.

—¿No confías en mí?

Agotado, me dedica una mirada.

—Bash, si necesitas mi ayuda, te la daré —le digo—. Pero yo necesito que seas sincero conmigo.

Me sostiene la mirada y esconde todas sus emociones de a una.

—¿De verdad crees que la solución está en los cuadros de tu padre?

Asiento.

—Sé que suena a locura y que estoy saltando de una conclusión a la otra, pero la mente de mi padre era compleja —digo—.

Quizá tengas razón y soy la única que es capaz de descifrar sus atajos.

Cuando miro el diagrama me parece obvio.

Era un hombre de imágenes, no de palabras.

No sé a qué se refería con eso de «Custodios» y estoy casi segura de que la palabra es consecuencia de sus charlas con tu padre. Pero si algo sé de Ciro… —dudo.

»Si algo sé de mi padre es que las respuestas a todas sus preguntas están en los cuadros —insisto—. La pintura era su pasión. Lo único que hizo en vida fue pintar. ¿No es ese el don que lo trajo hasta aquí?

Sebastián suspira y el tiempo se queda parado por un momento. Al final, el príncipe cede y me dedica una sonrisa cansada.

Una que crece, hasta que me devuelve ese colmillo suyo.

—Entonces, menos mal que se me ocurrió traerlos todos al castillo, ¿no?