Capítulo 15 #2
—A lo que quiero llegar es a que necesito que te bases en algo más que en los delirios de tu madre.
—¡¿No son suficientes las casas que el río ha borrado del mapa?!
Sebastián resopla y oigo sus pasos. Temo que me encuentre escuchando a escondidas. No sé por qué lo hago, pero, por suerte, parece que algo lo detiene antes de que pueda encontrarme.
—Si lady Basira así lo ha predicho, así ocurrirá. No voy a cambiar de opinión, ser Kergalot. Encontraré las reliquias y conseguiré el trono, pero si para eso Amira necesita ascenderme mañana mismo, que así sea.
El corazón se me encoge en el pecho. Culpable por estar pegando la oreja, decido llamar con suavidad a la puerta para hacerles saber que estoy aquí, antes de oír algo que no debería oír.
Ser Kergalot es quien me abre la puerta del todo.
—Alteza —saluda.
Me dedica una mirada de advertencia que resulta hasta entrañable.
—Buenos días, ser Kergalot.
—Espero que hayáis podido descansar, lady Emma.
Le dedico una sonrisa de circunstancias y él me deja pasar sin mayor problema.
El estudio es algo más grande de lo que esperaba.
Sebastián está junto al ventanal que ilumina todo el espacio, pero no le presto ni la más mínima atención.
Creo que está intentando controlar sus emociones y es mejor darle un momento.
En lugar de dirigirme a él, le echo un vistazo al resto del mobiliario y a su disposición.
Las paredes están llenas de estanterías, que a su vez están llenas de libros y hay un tablero colgado de una de ellas, a modo de pizarra, en el que parece ser que los dos han colocado piezas importantes de su investigación: notas, mapas, dibujos.
Curiosa, avanzo hasta el tablero.
—Buenos días a ti también, querida —bromea Sebastián.
Cuando me vuelvo para mirarlo, me topo con su gesto arrogante, sus brazos cruzados y…
Sus gafas.
Le caen en la punta de la nariz y la imagen me roba la respiración.
Se las recoloca, se incorpora y se acerca a mí sin más.
—Días —digo sin aliento.
Me sostiene la mirada.
—Hum —asiente sin más.
Cuando estira un brazo para asegurarse de clavar bien una de las agujas que mantienen un mapa desplegado, no podría interesarme menos la información del tablón. Solo veo la forma en la que su boca se entreabre y su ceño se frunce un poco mientras examina aquello que estoy segura que domina.
Mierda.
Mierda, mierda.
Carraspeo.
—B-buenos días.
Qué bochorno.
—Eso he dicho —responde él divertido.
—¿Estáis segura de que habéis descansado? —pregunta Alaric, con las manos a la espalda y una sonrisa de terrorista.
Aparto la vista de la camisola, de las gafas, de sus ojos oscuros y de su pelo revuelto, incluso trato de ignorar las manchas de tinta de sus manos.
Cuando ser Kergalot le tiende una taza de té y Sebastián la coge con cuidado, tengo que obligarme a no pensar en el tacto de la porcelana o en el de sus labios sobre ella.
Me recoloco y me cruzo de brazos, de pie frente a la pizarra con ambos.
Me centro.
—Hemos intentado reunir toda la información básica para ponerte al día —empieza a explicar Sebastián.
Ser Kergalot suelta una risilla y creo que intenta vengarse cuando se inclina y me habla directamente a mí.
—De hecho, llevamos aquí desde las tres de la madrugada, alteza —dice—. Su prometido es un hombre muy dedicado.
Incluso me guiña el ojo. Sebastián finge que no le importa, pero le devuelve la taza de té como un déspota consentido.
—Así es: soy un príncipe comprometido con su nación y sus gentes —suelta con cierto retintín—. Sea como sea, Emma, quizá es buena idea que te expliquemos un poco más sobre Valemir para asegurarnos de que entiendes lo básico.
—¿Es esto una clase de historia? —pregunto divertida—. ¿Ahora voy al cole?
Sebastián arruga la nariz, entretenido.
—Es más que eso —sigue—. Pero, dado que sientes tanta curiosidad por las afinidades, como cualquier humano, supongo, quizá sea buena idea empezar por ahí. No puedo andar respondiendo a tus preguntas sobre la marcha. Necesito que estés a la altura.
—¿Esto entra en el examen? —bromeo.
—Hum. Puede. Quizá sean buena idea hacerte exámenes. ¿Qué opináis, ser Kergalot?
Ser Kergalot pone los ojos en blanco.
—Creo que lo que el príncipe está intentando explicar es que Ciro se hizo muchas de las preguntas que tú misma has hecho estos días —añade sin hacer caso de nuestra mofa—.
Y decidió resolverlas él mismo, quizá de una manera más práctica para vos.
Pensamos que sus notas serían de ayuda y por eso las hemos dispuesto de esa manera.
Cuando hace un gesto para señalar uno de los diagramas de la pizarra, el alma se me cae a los pies.
Veo los triángulos, los nombres, las palabras y las notas.
Es un estudio, una investigación. Tiene las respuestas que quizá necesitaba o las explicaciones que no recibí en mi niñez.
Sin embargo, soy incapaz de entender nada de buenas a primeras y solo puedo sentirme abrumada.
No veo más que la tinta, el gesto, la caligrafía.
—¿Son de mi padre? —pregunto, aunque sé la respuesta.
Rozo el papel con la punta de los dedos ante la atenta mirada del príncipe y su caballero. Quizá por respeto, ambos guardan silencio durante un instante.
—Las encontramos entre las pertenencias del rey Gael —dice Alaric.
—Pensamos que serían de ayuda.
—Son de cuando era joven —sigue el hombre—. Cuando llegó a Valemir, el rey y él se sentaban juntos para que pudiera entender este lugar. Tal vez puedan ayudaros a entendernos mejor.
—También enviamos a un par de guardias a buscar algunas de las pertenencias que sobrevivieron al incendio —explica Sebastián—. Será más fácil explorarlas desde el castillo.
Asiento algo sobrecogida.
Todo cuanto me queda de mi padre son esos objetos y jamás me había parado a pensar en ello. En este instante, en esta habitación, con las piezas de una vida que jamás llegué a conocer y que deseché, jamás me había sentido tan… desamparada.
—¿Emma?
—¿Hum?
Sebastián frunce el ceño.
—¿Cuándo naciste?
Trago en seco y evito la pregunta porque no tengo la respuesta.
—¿Para qué pueden servirnos estas notas? —pregunto para no tener que contestar. Me dirijo a ser Kergalot, que sé que sí hablará—. ¿Qué estamos buscando en ellas?
Él, sin embargo, se encoge de hombros.
—Vuestra alteza, el príncipe, las ha leído unas cien veces desde que las trajimos —responde divertido—. Pero yo me pregunto lo mismo que vos, lady Emma.
Sebastián gruñe un poco y se pasa una mano por los ojos.
—Ciro y Gael eran amigos —dice como por quinta vez—. Por lo tanto, compartían muchas cosas. Entre ellas su pasión por intentar resolver lo que Amira no pudo resolver.
Ser Kergalot asiente arrogante.
—Una misión que no llevó a ninguno de ellos a ningún puerto, debo añadir —dice con cierto retintín—. Ni a él ni al rey Gael ni a lady Basira.
Sebastián se cruza de brazos.
—¿Qué misión? —pregunto—. ¿Qué querían resolver?
El príncipe suspira.
—Mi padre estaba obsesionado con la leyenda de Amira y creía que Ciro podría ser la clave para resolver las consecuencias más crueles de la misma —explica—. Por eso tu padre y él se embarcaron juntos en la aventura de…
—Evitar las ascensiones —concluye ser Kergalot.
Frunzo el ceño.
—Ciro y Gael creían que la única forma de acabar con el ciclo de ascensiones de los reyes de Valemir era deteniendo al Corruptor de una vez por todas.
Estoy perdida, pero intento seguirlos.
—Tu padre quería evitar que Amira necesitara más… ¿reyes?
Sebastián me mira de soslayo y algo en su mirada me da la respuesta que busco.
—No quería que tú tuvieras que ascender —entiendo en voz alta.
Es ser Kergalot quien me guía a través de las notas.
—Gael creía que Ciro tenía la capacidad de ayudar a regresar a Amira, aunque ninguna de sus notas especifica cómo. Con ello, podían ayudarla a vencer de una vez por todas.
Sebastián se mira los zapatos.
—No hay ninguna información sobre sus experimentos, aunque sí hay un par de entradas en diarios sobre su intento de mantener el equilibrio.
Ahora entiendo cosas.
—¿Y tu madre…?
—El rey Gael creía que mi madre era capaz de ayudarlos a entender cómo avanzar, de igual manera que Ciro.
—¿Cuando os referís al equilibrio…?
—Nos referimos al equilibrio entre la fuerza que usa Amira y la fuerza del Corruptor. Debes entender que Valemir se sostiene entre esas dos fuerzas.
—Y detener al Corruptor… ¿no tendría consecuencias?
—Por supuesto. Pero también las tendría si el Corruptor lograra derrotar a Amira.
Me froto las sienes.
—Todo esto asume que Amira sigue viva y continúa luchando en algún lugar de… ¿qué? ¿El nanoverso?
Sebastián me fusila con la mirada.
—Esto no es una broma para mí, Emma.
—Perdón.
Ser Kergalot intercede.
—Desde luego, hay cosas que se transmiten de generación en generación —bromea casi para sí mismo—. Vuestro padre también tenía ese… tono.
—¿Conociste a mi padre? —pregunto.
—Fui el caballero de la guardia personal de Gael desde los quince años —explica—. Al menos hasta que me mandó a hacerme cargo de su pequeño diablo.
—Me adoras —protesta el aludido.
Le dedico una mirada de soslayo. ¿Ser Kergalot sabe cuándo nací? ¿Sabe algo sobre mi madre? Arriesgarme a preguntar podría poner en tela de juicio la poca información que tengo al respecto. ¿Qué opinaría Sebastián si descubriera que no tengo ni idea?
—De nuevo, tengo que insistir —suelto sin más—: mi padre no compartió nada de esto conmigo. No entiendo cómo puedo serte de ayuda de ninguna manera.
Me siento ridículamente inútil.
Frustrado, Sebastián se quita las gafas.
—Está bien —resopla—. Concédeme este momento, ¿quieres? Observa este diagrama de aquí.
Son dos triángulos superpuestos.
Veo los sellos elementales colocados en un triángulo: agua, fuego y tierra.
En el segundo triángulo veo los sellos esenciales: espíritu, sueños y voluntad.
Se corresponden con las casas, con las afinidades. Mi padre se hizo cargo de interpretar el mundo una vez, pero evitó mostrármelo.
—Necesito tu ayuda con esto.