Capítulo 15
Me incorporo en la cama y me llevo una mano al pecho.
La puerta está cerrada. El hilillo de luz que entra a través de las cortinas atraviesa la cama de una esquina a la otra. El hogar está apagado y la habitación se ha quedado fría.
Sigo en el castillo.
Pensaba que había protecciones aquí.
Con una mano en el pecho, me centro en controlar la respiración e intento retener cualquier información que haya podido conseguir en el sueño.
No sé ni por qué, pero siento que es lo lógico.
A grandes rasgos, la idea es irrisoria: son solo pesadillas.
Sin embargo, hasta el momento, creer que no son más que torturas de mi propia psique no me ha ayudado a descubrir cómo deshacerme de ellas.
De hecho, solo ha conseguido dejarme desamparada en el mundo en el que crecí, pero del que no sé absolutamente nada.
Visto lo visto, quizá sea mejor empezar a prestar atención a las señales.
Me tomo las pulsaciones.
Controlo la respiración.
Busco el espejo para comprobar que no tengo las pupilas dilatadas. Sin embargo, tengo una mancha de carbón en la frente, justo donde la criatura ha pasado el dedo para apartarme el pelo de la cara.
Recuerdo el moratón que me descubrí en el gimnasio y lo oscuro que era.
Recuerdo la voz de Sia, su ceño fruncido.
¿El carbón de la frente significa que mis sueños tienen un efecto inmediato en mi cuerpo? Cleia dijo que la magia tiene su precio y por eso tengo un mechón de pelo blanco. ¿Será esto algo similar?
Me lavo la cara. Me tranquilizo. Abro las cortinas, vestida con el camisón que me han prestado, en la habitación que me pertenece por ser la falsa prometida del príncipe.
¿Qué ha ocurrido en esa pesadilla?
Un prado, una amapola, las manos.
La figura, los ojos que no lo son.
Pienso en la figura al final de la galería del claustro, en las luces fatuas de la otra noche, y el recuerdo de la bestia a la que Sebastián redujo regresa como la marea. Estaba hecha de manos, como las que me trajeron aquí.
Él dijo que era un espíritu arcano menor.
¿Es posible que fuera eso lo que me trajera de vuelta? ¿Un espíritu? Sebastián dijo que los espíritus estaban alterados y que eso hacía que me fuera difícil regresar a Madrid.
Me dejo caer hacia atrás y suelto todo el aire de golpe cuando choco contra el colchón.
—¿Emma?
—Lady —corrige una segunda voz.
Todavía tengo los ojos cerrados.
—Dijo que no quería formalidades, tutéala.
—Cuando nadie te oiga si así lo deseas, pero no en mitad del pasillo, niña. Es la prometida del príncipe y debes hablarle como tal. Dirígete a ella como «excelencia».
Me vuelvo, veo que se abre un resquicio minúsculo de la puerta.
—¿Estáis despierta, excelencia?
Son Rilke e Irina.
—Pasad, adelante —respondo poniéndome en pie para recibirlas. Ellas entran y cierran la puerta.
La idea de tener algo de compañía me resulta reconfortante. Preferiría no volver a quedarme a solas. Al menos durante un rato.
—Te traemos el desayuno. ¡Oh…! ¿Has dormido bien?
La respuesta es no, pero sonrío.
—Te traemos también algo de ropa para el día a día —sigue Irina—. No puedes ir por ahí con un traje de gala, claro.
—El príncipe nos comentó que querrías algo más… informal —dice Rilke, que deja la bandeja sobre la mesa.
Yo, que la he seguido, me llevo una de las galletas a la boca antes de que la bandeja toque la superficie.
Llevo dos días encerrada en la habitación, comiendo lo que me traen.
Sebastián ha estado ocupado con cosas de la corte y, por suerte, eso me ha dado un poco de tiempo para pensar y aclimatarme a la situación.
Rilke ríe con suavidad y me llena un vaso de leche.
—¿Tienes hambre?
—Creo que la cena fue demasiado pronto anoche —respondo simplemente—. ¿A qué te refieres con informal?
—No habléis con la boca llena —protesta Irina.
Pero, cuando me vuelvo, veo que la vieja costurera ha colgado mi nueva indumentaria justo al lado del espejo.
—Hemos hecho lo que hemos podido —añade Rilke, ofreciéndome el vaso para que pueda pasar la segunda galleta.
Se me llena el corazón.
Rilke e Irina me cuentan que han estado trabajando duro para confeccionarlo. De hecho, según Rilke, llevan trabajando desde el momento en el que me dejaron en la escalera hace dos días y han dormido menos que nadie desde entonces.
Por suerte, tenían un par de manos extra: sus hijos.
—Niko y Enara nos ayudaron a lavar y planchar algunas piezas —dice orgullosa de ellos—. Enara quiere ahora un traje de chaqueta como el tuyo.
—Solo tiene once años —protesta Irina, como si eso fuera suficiente explicación—. Se le pasará.
Resulta que han arreglado un par de vestidos que estaban en las alcobas. Les han cogido el bajo y se han asegurado de encontrarme un par de mudas más. La más importante, y la que Enara querría tener para sí misma, es el conjunto que lleva pantalones de montar.
Y botas.
—La chaqueta le da un toque más respetable —admite Irina, algo cascarrabias—, ya que así al menos no vais mostrando lo que no hace falta mostrar, alteza.
Suelto una carcajada ante la idea de que la vieja parezca tan contrariada al verme el culo a través de los pantalones.
Rilke se ríe conmigo, es mucho más… ¿moderna?
Sea como sea, la chaqueta es preciosa. Es verde, se cierra como un corsé.
Es corta por delante y larga por detrás, dando así la imagen de que podría estar llevando un vestido de manga larga.
Puedo llevarla con una camisola debajo, e Irina me asegura de que prepararán un par de pantalones más aunque solo sea para que puedan lavar los que ensucie durante la montura.
No tengo intención alguna de montar más a caballo. No por devoción, vamos. Tengo cosas más importantes que resolver y creo que la practicidad de no tener que llevar un vestido como el de la otra noche nos ayudará tanto a mí como a Sebastián.
En especial si tenemos que encontrar esas reliquias.
—El príncipe insistió en que necesitabais pantalones —sonríe Rilke traviesa—. Y en que os diéramos todo lo que pidáis, por supuesto.
Le dedico una mirada de soslayo, negando con la cabeza.
Está emperrada en que todo esto tiene un algo romántico. Aunque quiero negarlo, no estoy del todo segura.
Supongo que es agradable que Sebastián sea detallista.
—¿Qué papel desempeñan los Luminares en la vida del castillo? —pregunto de repente.
Ninguna de las dos se sorprende: nuestra dinámica es exactamente esta. Sebastián se ha asegurado de hacerles saber que deben contestar a todas mis preguntas y ambas parecen la mar de interesadas en ayudarme a entender Valemir.
—Son una institución del castillo y sirven a Amira —responde Irina.
—Pero no a la Casa de Amira —intuyo.
—No. Digamos que son… independientes.
—Cualquier casa puede solicitar su servicio —explica Irina.
Son monjes. Llevo diciéndolo desde el principio.
—¿Y cuál es su objetivo? ¿Velar por Valemir?
Ambas asienten.
—Están a la altura del rey y de la corte —explica Irina cuidadosa—. Sin embargo, se dedican sobre todo al estudio del Velo y La Fuente.
—Su afinidad es espiritual —explica Rilke.
Asiento.
Recuerdo las marcas que vi en sus cuellos. Puesto en perspectiva, ¿no tendría sentido que Sebastián tuviera esa afinidad también? Tiene el mismo sello y se deshizo del espíritu en el taller de mi padre. ¿Significa eso que Sebastián es un luminari? ¿Y cómo puede ser ambas cosas, príncipe y monje?
—El príncipe os espera en sus aposentos —insiste Irina, de repente—. No lo hagáis esperar, Emma.
Rilke y yo nos miramos la una a la otra cuando la mujer decide dejar de usar los términos protocolarios justo antes de salir por la puerta.
—Creo que le caes bien —murmura la joven—. Ya te lo dije: es gruñona, pero es buena. Dale un par de días más y es toda tuya.
Suelto una risita cohibida.
Cuando ya estoy vestida y preparada para el día, salgo de mi propia habitación y dejo que un par de guardias me guíen hacia los aposentos del príncipe, donde se supone que el susodicho me espera con tantas ansias.
Con lo poco que sé de él, lo que sea que lo haya apartado de su investigación durante casi dos días, le tendrá como un loco. Es mejor no hacerle esperar. Y yo, después de esa pesadilla, tengo poco tiempo que perder.
Llevo demasiados días en este lugar. Quizá por eso las protecciones están empezando a fallar.
Tengo que descubrir qué le pasó a mi padre y poner pies en polvorosa cuando antes.
En el pasillo, una imagen me devuelve a otra.
Veo a un gato sentado en una de las ventanas y me acerco a acariciarlo.
Se deja, tal vez esté acostumbrado a la gente del castillo.
Yo solo puedo hacerme la misma pregunta que llevo haciéndome desde que llegué: «¿Qué estará haciendo Sia?».
Una vez que llegamos a los aposentos de Sebastián, les agradezco a los guardias que me hayan guiado hasta el lugar y avanzo hacia el interior de un salón.
Los aposentos no son la habitación de Sebastián, sino una serie de habitaciones que le pertenecen.
Es el equivalente a un piso, con su salón, su habitación y su pequeño… ¿estudio?
Oigo su voz tras la puerta entreabierta.
Y no está solo.
Ser Kergalot sigue en su tesitura paternalista.
—Eres consciente de que las visiones de tu madre no son de fiar —insiste con un deje de preocupación—. Lleva mucho tiempo encerrada, y está enferma.
Sebastián, sin embargo, no parece tan afable.
—Aun así, no se ha equivocado ni una sola vez. Jamás —responde—. Predijo la muerte de mi padre hace más de diez años. Predijo la locura de Ciro y también el regreso de Emma. ¿Eso lo haría una loca?
Parpadeo sorprendida.
—Sebastián, no alces la voz.
—Alzaré la voz lo que me apetezca, Alaric —responde—. He perdido dos días por culpa de algo que podría haberse evitado si la corte le hiciera caso. ¡Predijo el desbordamiento del río Iocast hace más de tres meses! Es obvio que tenía razón y el Corruptor está ganando terreno a marchas forzadas.
—No digo que no crea en su habilidad como soñadora, Bash…
—No me llames así. Ya no soy un niño.