Capítulo 14
El mundo se extiende frente a mí como si alguien desenrollara un papiro. Quizá eso es lo que ocurre: alguien rompe el sello de cera con un cuchillo y extiende un mapa infinito sobre una mesa. En el interior de ese papel, yo soy solo una mota de polvo.
El viento se levanta.
El campo está seco, agrietado. El rumor y las palabras regresan con la arena, hablan idiomas distintos. Esta vez, sin embargo, la tormenta no llega. La figura no aparece. Avanzo, confusa, como si así pudiera provocar la acción que tantas veces he vivido, pero no ocurre nada.
El viento se calma, baila, mueve la arena que se alza y crea figuras, pero nadie ni nada existe más allá del campo desértico y yo.
—¡¿Hola?!
Siempre ha sido una sensación extraña: sé que estoy soñando, pero no puedo hacer nada al respecto.
A la vez, no estoy segura de que solo esté soñando.
—¿Emma?
Me vuelvo en cuanto escucho mi nombre. Me falta el aire, pero busco en todas las direcciones.
No encuentro nada ni a nadie que pueda reclamarme.
La extraña silueta a la que ya estoy acostumbrada no aparece y, aunque es para mejor, la idea de que haya desaparecido resulta desoladora.
Había cierto control en saber cómo avanzaba la pesadilla.
Porque es una pesadilla.
Es una pesadilla y nada más.
Lo único que encuentro en el desierto, tras horas de búsqueda, es una amapola.
La florecilla ha crecido a través de las grietas. La corola es roja, tiene el acento oscuro del corazón. Aunque solo hay una, se mantiene erguida contra el viento y el calor del extraño desierto en el que nos encontramos las dos.
Curiosa, me agacho y la observo. No parece haber nada extraño en su existencia, excepto quizá que somos las únicas que existimos aquí. Eso y la forma en la que de repente, su corazón extiende el color negro a los estilos, la corola, y el resto de la flor.
Asustada, sin pensarlo, la protejo del viento que se levanta. El problema es que no consigo nada con ello. Aunque la cubro con mi cuerpo, la amapola se corrompe y, tan pronto como lo hace, sus pétalos se cierran y vuelven a abrirse, transformados en los dedos de una mano.
Trato de retroceder, pero el puño se cierra alrededor de mi pelo.
Como ha ocurrido solo una vez antes que esta, una mano de carbón me apresa. De entre las grietas, florecen cientos de amapolas más y me atrapan, me aprisionan contra la tierra. Protesto, intento librarme, pero no me sirve de nada.
Es entonces cuando aparece la figura. La veo por el rabillo del ojo, a través de los dedos que me retienen.
Esta vez se arrodilla, un gesto que jamás podría haber acometido otras veces porque jamás ha tenido piernas.
Sus dos ojos, los pozos oscuros que no son pupilas, brillan como los de un gato que disfruta de la caza.
Estaba en el pasillo.
Me ve.
Intento gritar, pero solo siento la presión en la garganta, los tirones del pelo, mis tobillos atrapados contra la arena.
Esta vez, la figura me aparta el pelo de la cara con cuidado.
Cuando me toca, las imágenes brotan en mi mente: las amapolas, sangre, Valemir o Madrid, no lo sé, atrapada en una nube de roya y raíces que salen de entre los adoquines, de debajo del asfalto. Sombras, humo, un incendio.
Mi hogar reducido a cenizas.
La luz malva que mana de Sebastián, la luz blanca que mana de mis manos.
La luna, que son tres. Tres lunas y una torre. Mis manos y las de otra persona. En algún lugar, una mujer dibuja círculos y círculos en el suelo de madera, con el carbón de sus propias manos sucias.
Sus pies descalzos.
Huele a fuego, a carbón, a humo.
Se detiene, como si pudiera sentirme.
—¿Emma?