Capítulo 13
El hollín cubre la sala. La madera partida ha derrumbado parte de las paredes.
El techo de cristal se vino abajo por el cambio de temperatura y los cristales se me clavaron en la piel.
De esos ya no queda ni rastro. Pero, bajo el frío nocturno, la habitación resulta un lugar intermedio entre diferentes infiernos.
Recuerdo caer en este suelo, desnuda.
Recuerdo las llamas.
Recuerdo la silueta de mi padre, sosteniendo el pincel entre ese cuadro y me recuerdo a mí, antes de tomar la decisión de huir en mitad de la noche.
En este momento, conmigo delante del maldito cuadro, el ciclo vuelve a empezar.
—Es el último cuadro que pintó mi padre —explico cuando encuentro las palabras.
Sebastián me mira, pero no dice nada. Sus ojos pasan de la obra a mí. Está en el centro de la habitación, en la zona más quemada, pero está intacto. Lo más horroroso es que es obvio que estamos justo donde empezó el incendio.
Entonces ¿qué lo salvó?
El negro del cuadro que tengo enfrente me recuerda a las manos, al suelo frío del baño. Recuerdo la inquina, los tirones. Y, en consecuencia, se me acelera la respiración y el miedo se apodera de mí.
Oigo el rumor, los susurros. Las voces se alzan. Escucho que algo gotea en la distancia, pero el cuerpo no me responde.
Plip.
Doy un paso al frente, pendiente de una de las grietas de la pintura.
¿Es posible que haya algo debajo de esa capa oscura?
Sí, hay algo bajo la capa de pintura negra.
Algo importante. ¿Por qué si no lo cubriría mi padre?
Sea lo que sea que hay debajo de esa capa, es algo que intentó disolver quien fuera que entró en la casa.
Hay un par de cuellos de botella de cristal alrededor. Reconozco el color del disolvente como un panadero distingue la harina de trigo de la harina de arroz. Esa es la razón por la que empezó el incendio, ¿verdad?
Plip, plip.
Alguien intentó quemar el cuadro y no lo logró.
Plip, plip.
Alzo una mano, dispuesta a descubrir qué se oculta bajo la capa de pintura negra. Veo las grietas. Estoy segura de que, si rasco un poco, podría ver si hay algo debajo. Sin embargo, antes de que pueda tocar el cuadro, siento los dedos de Sebastián alrededor de la muñeca.
Plip.
El joven príncipe tira de mí y me obliga a retroceder. Solo entonces veo las lágrimas que manan del cuadro, que caen sobre el suelo quemado y se funden con la ceniza. Las grietas se mueven como serpientes descendiendo hacia el extremo inferior del cuadro.
El olor a sulfuro lo impregna todo.
—Ponte detrás de mí —insiste Sebastián. Me coloca a su espalda con un gesto rápido—. Hagas lo que hagas, mantente a salvo.
—¿Por qué? ¿Qué está pasando?
—No hagas ninguna tontería.
No llega a responder a mi pregunta, porque la pintura del cuadro se desborda y un salpicón negro cae sobre el suelo.
De él crece algo. Una especie de anomalía o criatura que se alza.
Primero aparece su cabeza, como si se estuviera incorporando, pero las manos aparecen al tiempo, como si fuera una criatura saliendo de un lago negro.
Sus dedos largos y finos, con garras, se aferran al suelo calcinado.
Es así como la criatura al fin sale del charco que se ha formado en el suelo y se alza frente a nosotros.
Mientras cobra fuerza en su imagen, descubro que no tiene cabeza o cuerpo o torso de una manera lógica. Parece hecho de retales y está confeccionado en su totalidad de un amasijo de manos que reconozco al instante.
Las que me trajeron de vuelta.
La criatura se incorpora a cuatro patas y, aunque parece antropomorfa, está completamente descompensada. Chirría como una bestia y podría romper los techos si quedara algo de cristal en ellos.
Aguanto la respiración. Antes de que pueda decir, hacer o pensar nada, Sebastián arremete contra la criatura.
Tardo un instante en entender qué es lo que está haciendo.
Primero se lanza a buscarla y rasga uno de sus brazos para llamar su atención.
Usa su espada. Ni siquiera lo he visto desenvainarla y había olvidado que la llevaba, pero es diestro con ella.
El florín rasga la oscuridad de la criatura, que grita.
Después del primer golpe, Sebastián se hace a un lado y distrae a su adversario, retrocede para atraerlo a otro rincón de la sala.
Me está dando espacio para huir, ¿verdad?
Pero no pienso dejarlo solo.
En lugar de escapar, busco un rincón de la habitación donde esconderme.
Desde allí, lo veo encararse a la criatura con la espada.
Aunque en principio parecía solo decorativa, resulta estar inscrita y emite cierto brillo.
La luz que desprende es malva, como también lo son ahora las luces fatuas que nos acompañaban.
Las briznas ayudan a distraer y a cegar a la criatura que, aunque no tiene ojos, se resiente como si los tuviera.
Yo busco algo con lo que ayudar.
En uno de sus movimientos, puedo ver a Sebastián recibir un golpe. Lo veo incorporarse antes de lo que parecería posible. Con rabia, arremete con fuerza. También lo hacen las luces fatuas, como sus buenas aliadas.
Aunque me esfuerzo, solo encuentro madera quemada y cristal. Temo perder de vista a la criatura, que esta me descubra, y que eso nos ponga aún más en peligro. Por eso me quedo donde estoy, frustrada.
Con agilidad, Sebastián ataca de nuevo. Se mueve con la destreza de alguien que ha hecho esto otras mil veces.
Veo que azota a la criatura en lo que podría ser el centro de su pecho, rebañando con el gesto unos cuantos dedos que caen contra el suelo e impactan como salpicones de pintura.
La criatura trastabilla. Después, y como golpe final, el príncipe estampa una patada justo en el lugar en el que acaba de golpear con el filo de su espada.
Su contrincante se tambalea. Después cae hacia atrás e impacta contra el cuadro.
Estoy esperando el estruendo, la caída. No obstante, en lugar de eso, la criatura de tinta regresa al lienzo negro con un aullido y Sebastián, como último recurso, atraviesa la tela con la espada, como si pudiera ensartarlo en ella. Las luces obedecen al gesto y se arrojan a ayudar.
Ahogo un grito, dolida.
No sé por qué.
El cuadro es solo un mal recuerdo, ¿no?
Cuando Sebastián se vuelve para mirarme, veo la marca de su cuello mucho mejor que en el salón con el resto. Emite, como lo hacía su espada, una tenue luz malva.
Tardo un instante en darme cuenta de que las luces que nos acompañaban se han extinguido y tan solo nos iluminan los rayos de las lunas que entran a través de los huecos del techado. No queda ni rastro de las luces fatuas.
Ahora estoy segura de que ese es su sello y entiendo también por qué los colores son distintivos de cada casa. Pero ¿a qué afinidad pertenece ese malva? ¿Qué acaba de hacer Sebastián?
No puedo pensar con claridad.
En lugar de quedarme oculta, salgo de mi escondrijo y me acerco rápidamente hacia el príncipe, que se sacude la chaqueta y se queja una y otra vez de las manchas que tiene en la ropa.
Por suerte, no tiene ni un solo rasguño.
Lo veo resoplar y limpiar la sangre de la hoja de la espada contra las botas.
—Menudo insolente —protesta para sí—. Qué pérdida de tiempo y energía.
Lo alcanzo asustada y él me mira como si no entendiera qué me da miedo.
—¿Estás bien? ¿Qué demonios era eso?
—Ah, un espíritu arcano.
Lo dice como si nada, pero yo siento que se me va a salir el alma por la boca.
—Las manos, su cuerpo, la tinta… ¡el cuadro, Sebastián!
—Ya, siento lo del cuadro de tu padre —añade recolocándose la chaqueta—. ¡Menudo tocapelotas! Ahora he perdido un botón. ¿Lo ves por ahí? Me las cargo si no lo encuentro.
Lo veo dar vueltas sobre sí mismo, siguiendo sus pasos, y busca el condenado botón.
—¡Podría haberte hecho daño! —protesto.
—No seas exagerada, Emma. Era un espíritu menor usando la pintura del cuadro, nada más.
—¿Por eso lo has ensartado?
—Exactamente.
—La luz malva, ¿aparece cuando haces uso de tu afinidad? —exijo saber.
Sebastián se incorpora de pronto, dejando atrás su búsqueda por un instante. Me mira como si viera lo más interesante que ha visto en años.
—No te rindes nunca, ¿no?
Pongo los ojos en blanco.
—Así te has deshecho del espíritu, ¿verdad? —Suelto, intentando hacer que lo que acaba de ocurrir tenga algún sentido—. Has usado tu afinidad y lo que brilla en tu cuello es tu sello.
Sebastián sonríe con orgullo, pero no suelta prenda. No sé si lo hace porque no quiere o porque quiere otra cosa. Sea como sea, en lugar de contestar, se agacha y me muestra el botón que ha encontrado.
—¡Menos mal! No soporto cuando Irina me mira mal. Bien, Emma, deberíamos volver al castillo cuanto antes, por si las moscas. Creo que hemos tenido suficientes aventuras por hoy, ¿no crees?
Supongo que no va a ceder, así que me resigno a seguirlo.
—¿Es normal que aparezcan espíritus arcanos?
—No —responde enseguida—. Agacha la cabeza, ten cuidado con eso. Por aquí. Iremos por fuera, por si acaso. No quiero toparme con ningún otro.
Lo sigo al exterior, agarrando la falda para avanzar más rápido.
—¿Puede que haya más?
—Los espíritus arcanos menores aparecen en lugares donde han ocurrido tragedias.
—¿Como un incendio?
Sebastián aprieta la mandíbula.
—Sí, pero no son así de grandes ni parecen tener tan claro lo que quieren —responde—. Actuaba con claridad y cómo ha peleado… Esa cosa era demasiado inteligente. Lo cual solo demuestra mi teoría del desequilibrio, debo admitir. Ah, Alaric se va a enfadar y esta vez con razón.
Frustrada, hago aspavientos con las manos. A veces habla como si creyera que de verdad sigo el hilo de lo que dice. ¿A qué se refiere con el desequilibrio?
—¿Crees que todo esto tiene que ver con la ascensión de tu padre?
Niega con la cabeza. Caminando por el exterior, avanzamos mucho más rápido y llegamos antes al caballo.
—Al revés. La ascensión de mi padre tiene que ver con lo que sea que está pasando —resuelve frustrado.
—¿Dónde?
—Aquí, en todas partes —protesta—. Incluso es probable que también en tu lado del Velo. ¿Notaste algo antes de que…? Tienes que contarme exactamente cómo ocurrió. Pero mañana, ¿vale?
Sebastián prepara al caballo y me mira, esta vez decide darme una respuesta sin que tenga que pedirla.
Me tiende la mano para que suba a la montura.
—El Corruptor va ganando la batalla y Valemir se resiente.
¿Se refiere al mago de la leyenda?
—El desequilibrio de La Fuente —deduzco—. La batalla entre Amira y el Corruptor. Amira va perdiendo y por eso reclamó a tu padre, ¿correcto?
Él asiente, orgulloso de que siga sus explicaciones. Cojo su mano y subo al caballo, decidida y orgullosa de mí misma.
—Volveremos con un plan si es necesario —dice él—. Ahora tenemos que irnos, antes de que ser Kergalot nos mate a los dos.
Le hago caso, aunque me sorprende cuando se quita la chaqueta y me la coloca. Tarda apenas un segundo en darse cuenta de lo sucio que está mi vestido y suspira.
—Nos la vamos a cargar.
Deja caer los hombros como un niño pequeño.
El eco de las campanadas atraviesa los terrenos del reino. Tenemos menos de media hora para llegar al castillo antes del nombramiento.
—Agárrate fuerte, ¿quieres?
Y dicho eso, azota al caballo para que salga al galope.
Decir que llegamos a tiempo para el nombramiento sería mentir, pero no llegamos tan tarde como podría parecer.
Rilke e Irina se llevan las manos a la cabeza cuando nos ven llegar al ala oeste con las ropas llenas de hollín y ceniza.
Por suerte, Sebastián se gana el cariño inmediato de las costureras en cuanto les devuelve el botón perdido.
Les vende la historia con zalamería, incluso cuando no haría falta, y yo tengo que aguantarme las ganas de reír al verlo hacer la mejor actuación del año.
A mí, por eso, Rilke me pellizca el costado para regañarme por estropearme el peinado.
Sea como sea, y tan pronto como nos resulta posible, los dos recorremos el mismo puente que hemos recorrido antes. Esta vez lo hacemos a la carrera y de la mano. Nos detenemos tras la puerta, donde Sebastián me obliga a coger aire y calmar la respiración.
Lo ayudo a peinarse un par de mechones y él hace lo mismo, divertido.
—Aún no he oído las campanas —digo divertida.
—Cabe la posibilidad de que nos libremos del castigo —responde con una risilla—. Actúa con naturalidad.
No obstante, ser Kergalot nos atrapa tras la puerta del salón. Le echa un vistazo a nuestro cambio de muda y nos pilla con las manos en la masa.
Nos dedica una mirada recriminatoria.
—Tres minutos —dice como si no lo supiéramos—. Solo quedan tres minutos para medianoche.
Yo miro a Sebastián, que sonríe divertido.
—Habéis vuelto con un margen de solo tres minutos —insiste Alaric—. Es un nuevo récord en cuanto a lo que apurar supone, alteza.
Esta vez, la que se ríe soy yo. Tengo que esconder la cara contra el brazo de Sebastián ante la idea.
—Lady Emma —protesta Alaric—, la poca esperanza que albergaba de que vos lo obligarais a actuar como un adulto acaba de salir por la puerta.
—Lo siento, ser Kergalot —murmuro.
El príncipe pone los ojos en blanco.
—Tú ni caso —dice guiñándome un ojo—. Está en esa edad.
Al final, Alaric nos deja volver a entrar en el salón.
Lo hacemos de la forma más sutil posible.
En el interior, los nobles de Valemir aguardan frente al pequeño balcón interior a través del cual los Luminares anunciarán el resultado de la noche.
Nosotros nos colamos entre los presentes, quedándonos al fondo de la muchedumbre.
Todo el mundo aguarda a las campanadas. Una vez que la doceava ha hecho eco, un luminari aparece frente a su expectante público.
Viste de blanco y negro, parece un atuendo ceremonial.
—La Fuente ha tomado vuestro sacrificio en estima, lord Azrael du Mort —anuncia desde el pequeño palco, su voz suena joven—, mas no será necesario. Así, os hago saber que vuestro destino no es ser rey de Valemir.
Lord Azrael contiene la rabia y devuelve la reverencia que le ofrece el joven luminari con maestría.
La corte hace lo propio, como lo hacemos nosotros. Todo el mundo acepta la resolución del nombramiento. Es nulo. Pero, cuando alzo la vista para ver la reacción de Sebastián, me lo encuentro sonriendo, arrogante, y no se esconde.
Los Luminares salen de la habitación en la que estaban encerrados para saludar al postulante, a lord Azrael. Se forma un pequeño pasillo para que puedan salir del salón de baile por la misma puerta por la que lo haremos el resto.
En el centro, el jefe de la Casa de la Voluntad saluda a los Luminares de Amira, manteniendo sus emociones a raya.
Todo es protocolario, reverencial, frío y distante.
Sin embargo, hay un detalle que no se me pasa por alto: todos los Luminares que pasan por nuestro lado tienen esa marca.
Es la misma que tiene Sebastián en el cuello.