Capítulo 12 #2
Las luces fatuas nos acompañan, iluminando el camino por encima de los suelos de madera y los trozos de cristal. El mundo que un día era dorado es ahora una caja de zapatos mojada, una ruina de madera que cruje y está llena de sombras.
—Es que no lo entiendo —suelta el príncipe frustrado—. No entiendo cómo es posible que jamás te explicara nada sobre los sellos o las afinidades en sí. Además, tu doncella tenía su propia afinidad y la usaba a todas horas…
—No me fijé, supongo. Asumí que era algo normal.
—¡Porque lo es! Es normal. Lo que no es normal es que tu padre no te contara jamás nada al respecto. Y no lo entiendo. Es como…
—Como criar a un animal en cautividad —respondo cortante.
Sebastián nota mi tono de voz y se detiene un instante. Casi como si intentara algo, aterciopela el suyo.
—Puede que solo quisiera que pudieras volver al mundo humano, salir de Valemir sin…
—Tal vez.
—Después de todo, tu padre era humano —añade como si quisiera hacerme sentir mejor—. Y tú también lo eres.
—Puede ser, sí. Pero nunca lo sabré.
—Puede que lo descubramos —dice con una sonrisa—. No pierdas la fe. No soy tan mal investigador.
Le dedico una sonrisa sin ganas. No dejo de darle vueltas al tema, pero hacerlo no me ayuda a sentirme mejor.
¿Qué otra razón tendría mi padre para privarme de todo esto?
De una vida. Había gente más allá de esta valla, gente que podría haberme ayudado con mil cosas.
Como su afección, mi miedo. Como lo que sea que me está ocurriendo ahora.
¿Qué razón podría tener para encerrar a su propia hija y alejarla del mundo?
Aprieto la mandíbula.
—Entonces —cambio de tema—, ¿es cierto que los reyes de Valemir tienen el don de la vida eterna? ¿Que… no mueren?
Sebastián me guía.
—Así es. Es su responsabilidad, en efecto —añade guiándome—. Pero no es una cualidad propia de la gente de Valemir, antes de que me preguntes. Tiene que ver con aceptar la corona, no con el reino en sí.
—Ah, entonces no sois vampiros ni nada por el estilo —bromeo.
El chico me lanza una mirada seria.
—Los vampiros no son una broma para nuestro reino, Emma. Sufrimos ataques cada invierno. Mucha gente ha perdido familias en sus ataques.
Me ruborizo.
—Y-yo… No lo sabía, perdón.
Sebastián suelta una carcajada y yo entiendo que se estaba quedando conmigo. Me adelanto para azotarle en el brazo y él se ríe aún más alto.
—¡Ya vale!
—Deberías haberte visto la cara —ríe imitándome—: «No lo sabía, perdón».
No hay nadie más en este rincón del mundo.
Aquí solo estamos Sebastián y yo.
—¿Cuántos años teníamos la última vez que pasamos por aquí? —pregunta mucho más cercano.
—Ni idea.
¿Cuántos años tenía yo la última vez que recorrí este pasillo y me adentré en el Bosque de los Marcos? ¿Y por qué lo hice? ¿Qué esperaba encontrar?
Me parte el alma pensar en aquella noche.
—La primera vez que visité la cripta tenía catorce años —explica Sebastián—. Creo que todavía estabas aquí, porque recuerdo ver a tu padre después de aquello. Pensaba que mi padre exageraba cuando decía que es algo que es mejor no ver, pero tenía razón.
—¿Tu padre te llevó a ver la cripta de los reyes?
—Yo se lo supliqué —sigue Sebastián, con las manos en los bolsillos—. Lord Azrael quiere ser rey por el poder y la gloria que obtendrá en vida, pero saldría de esa cripta como un perro con el rabo entre las piernas si alguna vez viera lo que hay ahí abajo.
Me fijo en la forma en la que aprieta la mandíbula y agacha la vista. En esta parte de la mansión, el techo se ha caído y hay varios haces de luz entrando a través de las paredes. Bajo el cielo estrellado, Sebastián parece solo un niño vestido de príncipe.
¿Por qué me está contando esto?
—Es fría y hay muy poca luz. De ahí he sacado las luces fatuas, ¿sabes? —explica—. Les he pedido ayuda para guiarme. La gente cree que escuchan.
—Pues ha funcionado —añado.
Las susodichas siguen acompañándonos, iluminando el camino en la casa oscura.
—En la cripta, los reyes duermen ocultos bajo máscaras de piedra, pero se les ven las manos —sigue él—. Y las uñas siguen creciendo. Los Luminares se hacen cargo de ellos, pero se las dejan largas, afiladas. Creen que es una señal de respeto por su sacrificio.
Siento un escalofrío.
—Eso suena horroroso, Sebastián.
¿Es ese su destino si lo ayudo a convertirse en rey?
—Supongo. —Lo veo vacilar, dar un paso un tanto extraño—. No he tenido las agallas de bajar a verlo aún.
Frunzo el ceño.
—No debería haberte enseñado algo así siendo tan pequeño.
Él me mira, como si intentara descifrar a qué me refiero.
—¿Te parecería mejor idea que me lo hubiera ocultado?
Au.
—No lo entiendo —confieso—. ¿No te da miedo? ¿Dar tu vida así sin más? ¿No tienes dudas? Sé que quieres el trono, pero si ser el rey te lleva a algo así, ¿no crees que es un precio demasiado alto?
Él me fusila con la mirada.
—Es mi responsabilidad. Mi vida entera, hoy y mañana, siempre pertenecerá a Valemir. Lo único que he hecho ha sido prepararme para este momento. Tener miedo sería ridículo. Es para lo que nací, Emma.
Creo que he tocado una fibra sensible, así que lo dejo pasar, aunque sienta que es injusto y que no estoy de acuerdo. A pesar de que fuéramos niños juntos, hemos estado demasiados años separados y en mundos demasiados distintos como para fingir que somos los mismos de antes.
Toso contra la manga del vestido y una idea me cruza la mente.
—A todo esto…, ¿tú no me has preguntado si yo soy afín a algo?
Sebastián suelta una pequeña risa burlona.
—Para empezar, eres humana —repite sin más—. Pero no recuerdo haber visto ningún sello ayer.
Dios, parece que ha pasado una eternidad y fue ayer.
—No te recuerdo comprobando el aspecto de las palmas de mis manos.
—No me hizo falta —bromea divertido.
Sebastián desliza su vista desde mi cuello hasta mis pies. Estoy a punto de protestar cuando mis ojos se topan de nuevo con los suyos.
Lo sabe.
Claro que lo sabe.
Sabe que no hay ninguna marca en mi piel porque ayer me llevó en brazos, desnuda, a través de las llamas. Lo sabe porque me dio algo con lo que vestirme. Lo sabe porque me subió a su caballo. Es el príncipe de un castillo en el que la información es clave. ¡Por supuesto que se fijaría en algo así!
Pero ahora me mira con intención y yo tengo que recordarme a mí misma que, pese a que hay magia y afinidades en este lado del Velo, eso no significa que pueda dejar de respirar. Porque, de hecho, Sebastián tiene razón y yo no tengo un sello.
—Solo eres humana —dice al final como si quisiera consolarme—. Como tu padre.
—Entonces ¿nacer en Valemir no te hace heredero como sois todos los demás?
Sebastián resopla.
—No es por arruinar tu versión del cuento de princesas, pero no. No toda la gente que nace en Valemir puede optar al trono.
—Dijiste que mi padre tenía título nobiliario, ¿cierto?
—Mi padre le dio uno honorario, sí —añade—. Y así pudo entregarle esta casa. Solo puedes ser propietario de tierras si tienes un título.
¿Ves?
Otra burrada más del Reino de Valemir.
La casa que ahora se ha quemado y a través de la que caminamos es propiedad de mi padre porque es amigo del rey.
Era.
¿Adónde ha ido?
—¿Y yo tengo título?
—Sí, prometida falsa del príncipe —responde él divertido.
Al ver la galería y el taller al fondo, reduzco la marcha. La experiencia me dice que nada bueno va a ocurrir una vez que entre en esa habitación, así que retraso el momento un poco más.
—¿Cómo llegó mi padre a este mundo?
—Ni idea. Solo sé que los humanos pueden cruzar el Velo —explica Sebastián—.
Si La Fuente se lo permite, claro. En el caso de tu padre, se creyó que La Fuente lo reclamó por su destreza artística.
El rey Gael estaba convencido de que tenía una misión en Valemir y se aseguró de ofrecerle todas las herramientas posibles desde el minuto en el que se encontraron.
Suspiro.
—Pues sí que era famoso, sí… —bromeo.
Sebastián sonríe, cruzando el umbral de la puerta del taller. Me observa desde el otro lado, bajo el cielo nocturno. Los recuerdos del incendio y de sus brazos sosteniéndome regresan como un bofetón.
No sé si quiero entrar y él me lo ve en la cara.
—Ser elegido por La Fuente es un gran honor —dice—. Por desgracia, también tiene sus consecuencias. Los reyes de Valemir duermen para siempre en una cripta y tu padre sufrió durante muchos años, ¿verdad?
Los recuerdos están a flor de piel.
—¿A qué te refieres?
—Viviste con él —insiste—, así que debiste de ver la peor parte. La magia siempre tiene un precio. Supongo que el rey Gael creía que hacía bien cuando le mandó a vivir junto al mismo bosque en el que apareció. Pero también podría haber estado equivocado.
—Hablas de tu padre con mucho cariño.
—Habré tenido mala suerte en algunas cosas —suelta Sebastián—, pero no en esa. Fue un rey amable y dedicado y, como estoy seguro que ya sabes, acogió a mi madre cuando su propia familia la hubiera arrojado a las llamas.
Parpadeo.
—Rilke e Irina te lo habrán contado, ¿verdad? —sonríe encantador.
No, la verdad es que no.
Cleia es quien me lo ha contado, pero no quiero pensar en ella ahora.
—¿Lo hizo porque la amaba? —pregunto—. Salvarla de su familia.
—Oh, no —ríe Sebastián—. No, no fue por amor. No de ese tipo de amor, al menos. No es una historia de… Pero Gael habría hecho cualquier cosa por ella.
Su rostro se ensombrece.
—¿Sabe tu madre que…?
—No he tenido el momento ni el coraje para ir a verla todavía, no.
Sin pensarlo, doy un paso al frente y entro en el taller para alcanzarlo.
No me importa la madera quemada ni el terrible horror de los escombros, solo quiero llegar hasta él.
El chico duda, pero me deja que le coja la mano.
Busco sus ojos, intentando consolarle. No puedo imaginar lo que siente y tampoco querría hacerlo.
Debe de ser horrible.
En medio de las ruinas de lo que un día fue mi hogar, puedo ver exactamente qué aspecto tiene la ruina de Sebastián. Su casa está hecha de paredes de piedras y de nobles con intereses crueles. Está decorada con los mejores muebles, pero está tan vacía como la mía.
Su padre se ha ido.
El chico me devuelve la mirada, pero algo me llama la atención y pierdo el hilo de pensamiento.
—No puede ser.
El corazón se me encoge en el pecho cuando lo veo en mitad de la sala y no puedo evitar ir a por él.
—¿Emma? ¿Qué ocurre?
Avanzo hacia el centro de la habitación, asustada.
Mi casa está encantada y, frente a mí, está el féretro del fantasma de mi padre. Es su última obra, la más horripilante de todas.
Aunque la sala ha ardido por completo y apenas quedan los cimientos, el cuadro negro sigue en pie.
Sigue donde siempre ha estado.
Esperándome.