Pinceladas de una traición Capítulo 12
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Capítulo 12

Durante el trayecto hasta la casa, me centro en no perder el equilibrio y hacerme al trote del caballo.

El vestido me coarta un poco. Dado que no tengo lugar en el que apoyar los pies, mi miedo más ridículo acaba siendo perder los zapatos.

Resulta absurdo estar tan pendiente de mi ropa en un mundo mágico, pero no me gustaría despreciar el trabajo de Rilke e Irina.

Se han pasado la tarde trabajando. Estoy casi segura de que, si Sebastián hubiera escuchado sus discusiones para elegir los zapatos perfectos para la cena, tendría el mismo miedo que yo a perder uno.

Sin embargo, él está mucho más pendiente de otras cosas.

Como evitar que yo pase frío. Por eso se abre la chaqueta, me tira de las manos y me obliga a colocarlas bajo la tela.

—Así que no eres afín al fuego, ¿eh? —digo para romper la tensión del momento.

Cuando lo oigo reír, me permito apoyar el rostro contra su espalda. Aunque suene a locura, me siento cómoda. Me agarro bien a su cintura y cierro los ojos, dándole vueltas a lo que ha ocurrido en la galería junto al claustro.

¿Era Cleia de verdad o solo la he imaginado? Desapareció. En la habitación. ¿Y si ni siquiera entonces fue real? Si estar en Valemir solo acelera el ritmo al que la maldición se apodera de mí, ¿qué puedo hacer? ¿Cómo puedo discernir lo que es real de lo que no?

Porque es una maldición.

O una enfermedad degenerativa.

En Madrid diríamos que es eso. Diríamos que tiene tratamiento quizá, que hay terapias con las que tratarla para ayudar al paciente.

Pero, siendo que el origen de lo que sea que me ocurre está aquí, ¿qué tratamiento puede tener?

Pienso en lady Basira, encerrada en su torre, y en las palabras de Cleia.

¿Y si fueran las mías? ¿Y si todo lo que ha dicho es lo que yo pienso pero no me atrevo a decir en voz alta?

Si Cleia no fuera real, ¿quién le daría forma? Solo puedo ser yo.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando, por fin, la silueta de la casa en la que me crie aparece en el horizonte.

No es muy alta, así que los árboles mecidos por el viento la cubren.

Los techos de cristal se han hundido tras las llamas.

Cuando nos acercamos, veo que la parte este del edificio se ha ennegrecido por completo a consecuencia del humo.

Sin embargo, la estructura principal sigue intacta y no parece que vaya a ceder.

El caballo se acerca por el camino. La puerta de la valla del jardín está abierta. Los guardias deben de haberla dejado así al partir de regreso al castillo.

El cielo nocturno se ha encapotado y la oscuridad vuelve imprecisas las distancias, pero no podría describir la sensación que se apodera de mí cuando cruzamos el límite del terreno.

Tengo la vista clavada en la puerta y las manos cerradas alrededor de la tela de la blusa de Sebastián.

Y justo cuando creo que he conseguido esconderme, que al menos la noche oculta la mueca que se me dibuja en la cara, se hace la luz.

Son puntos de luz, como insectos. Docenas de ellos empiezan a flotar a nuestro alrededor. Tardo un instante, pero entiendo que han salido de la bolsa que Sebastián lleva colgada de la silla y que ahora está abierta.

Mi cara debe de ser un poema.

—Son luces fatuas —anuncia como si eso fuera suficiente explicación—. Solemos usarlas para momentos así.

Pienso en las luciérnagas de la torre y mi corazón se ablanda de repente: ¿eran eso?

—¿Son…?

—No, no son luciérnagas —sonríe divertido—. Son una consecuencia directa de la muerte de alguien.

Parpadeo sorprendida.

—¿A qué te refieres?

—Cuando alguien muere en Valemir, aparecen las luces fatuas. Los médicos y los Luminares coinciden en que deben de ser energía residual. No están vivas. Las leyendas dicen que La Fuente las envía para guiar a los espíritus.

La verdad es que entiendo por qué alguien creería que son para eso. Las luces fatuas nos rodean, expectantes. Una de ellas se acerca lo suficiente a mí y se queda en el aire durante unos instantes. Son como medusas y parecen tener pequeños filos con los que nadan en el aire.

Estiro una mano, pero vacilo.

—Los Luminares las consideran benignas —explica Sebastián—. No han hecho nunca daño a nadie. Pero no vas a poder tocarlas, si es lo que quieres. Y solo puedes atraparlas si ellas quieren.

—¿Y cómo las has metido en la bolsa?

—Porque ellas querían meterse —responde divertido.

Es cierto: no puedo tocarlas.

Mi mano atraviesa la brizna de luz, que se mueve con agilidad y serpentea a lo largo de mi brazo para después posarse frente a mi nariz.

Cierro los ojos, cegada por la luminosidad, y siento las manos de Sebastián rozar la piel de mi cara y, cuando abro los ojos, veo cómo guía la luz fatua con cuidado y la devuelve al aire, lejos de mi rostro.

Él tampoco puede tocarlas, pero parece entenderlas bastante mejor que yo.

Él rodeado de lucecitas flotando es una imagen digna de mención.

Quizá sea porque hemos vuelto al lugar en el que el arte era lo único que importaba o quizá sea porque Sebastián es una visión espléndida en sí mismo.

La cuestión es que me pierdo en la forma en la que las luces le bañan la cara y le iluminan ciertas partes de su rostro.

Las sombras se mueven sobre sus pómulos. Vienen y van.

—Les caes bien —digo algo perpleja.

Él se ríe con suavidad y, sin avisar, desmonta.

—Lo dudo mucho.

Sebastián guía al caballo conmigo aún encima. Con un gesto, me pide que espere hasta que estemos un poco más cerca de la casa para desmontar. De hecho, aproxima al animal a la barandilla de piedra de la escalera principal para que pueda usarlo de escalón y solo entonces me tiende la mano.

Yo le hago caso.

Puede ser muy considerado cuando quiere, como en todas las ocasiones en las que me ha ayudado a no pasar frío o se ha asegurado de que tengo algo de comer.

O ahora mismo, cuando me ayuda a bajar de un salto y se asegura de que todo va bien.

Por eso resulta tan irritante cuando decide no serlo, como esta tarde, cuando ha tenido la audacia de proclamar a los cuatro vientos que estábamos comprometidos sin avisarme.

—¿Cuál es nuestro plan? —pregunto, ya de pie en el porche.

Sebastián se encoge de hombros y las luces fatuas lo siguen cuando se adelanta hacia la puerta principal.

—Tenemos un rato para curiosear, supongo.

—¿No tienes ningún plan? —pregunto divertida—. Sebastián, tú siempre tienes un plan.

Él me mira con sorpresa y empuja la puerta.

—¿Tan calculador te parezco?

—Creo que el numerito de hoy es suficiente prueba de que sí —respondo.

Lo veo ceder y admitir la derrota.

—Supongo que sí.

Cuando accedo al interior, descubro que el incendio debió de originarse en el taller de mi padre, que está en el otro extremo de la casa. Aunque las paredes están cubiertas de hollín y ceniza, la entrada sigue estando casi como la recordaba.

Sé que voy a manchar el vestido de igual manera, así que desisto en prestarle atención alguna, y avanzo hacia al interior mientras Sebastián me sostiene la puerta.

La escalera principal también sigue intacta, pero desde el segundo piso entra la luz de las lunas.

Gracias a las luces fatuas, logro ver parte del saloncito que nos servía de comedor.

Se me encoge el pecho cuando veo un vaso volcado en la mesa y un mantel viejo manchado.

¿Cuánto tiempo ha estado mi casa así, suspendida en el tiempo?

Siento a Sebastián acercarse por la espalda.

—No puedo sacármelo de la cabeza —dice de repente—. ¿Cómo es posible que no conozcas nada sobre nuestra vida? Sobre el reino o los sellos… Emma, vivías aquí. Creciste aquí.

No sé qué decir.

—Mi mundo llegaba hasta esa valla —contesto evitando meterme en terreno farragoso—. Y luego…

Me encojo de hombros y no ahondo en el tema.

—¿Cómo lo hiciste? —pregunta.

—¿El qué?

—¿Cómo te fuiste? ¿Cómo cruzaste el Velo?

Me vuelvo despacio y lo veo ahí, justo detrás de mí. Su mirada vuelve a clavarse en la mía. Después, sus ojos reparan en mi boca, mi clavícula.

Cojo aire y lo suelto con suavidad.

—Me fui. Eso es todo —respondo breve y a la defensiva.

No quiero darle muchas más explicaciones. Él parece entenderlo y se pone en marcha y echa a andar por el pasillo. Yo lo sigo.

Sebastián también conoce la casa. Conoce el descansillo y la puerta que lleva al sótano donde están almacenados todos los muebles rotos. Conoce la escalera y el altillo en el que mi padre guardaba las obras que le disgustaban o que no quería ver.

—Al principio creí que podría ser alguna especie de fallo en tu memoria —dice pasando hacia el salón de baile—. O un bloqueo. Pero no es eso, ¿verdad?

Imagino que se dirige hacia el taller, así que es fácil seguirlo. Toso con suavidad y siento que me pican los ojos por el intenso olor a humo.

—Después de todo, recuerdas la casa, ¿no? —intuye.

Asiento, caminando por detrás de él.

—Y a ti. A mi padre también lo recuerdo.

Recuerdo los días que vivimos aquí, a las gallinas e incluso a la doncella.

—Me vuelvo un poco, buscando una línea en el suelo.

No la encuentro porque está cubierto de polvo y ceniza—.

Ah, el sol marcó la madera a esta altura y este tablón sonaba cuando lo pisabas.

Sebastián asiente con una sonrisa. Lo pisa, para ayudarme a encontrarlo, y me dedica una sonrisa pilla.

—Así era como sabía que estabas pasando por aquí cuando jugábamos.

—¿Creías que no lo sabía? —respondo divertida.

Jugábamos al escondite por la casa.

—Me aseguraba de pisarlo solo cuando quería que me persiguieras —admito—. Lo usaba a mi favor.

El príncipe se mete las manos en los bolsillos, parece satisfecho con la respuesta.

Tras un pequeño momento, avanza hasta el siguiente arco. Le echa un vistazo al techo antes de cruzar el umbral y parece contento de que no todo el techo se haya venido abajo.