Capítulo 11 #2
Siento la carne bajo los dientes cuando lanzo un mordisco para zafarme de quien sea que me sostiene. Levanto la rodilla para golpear a mi atacante y escucho las quejas de dolor cuando quien sea que me retenía recibe el golpe.
Me retiro tropezando con el vestido, pero logro mantener el equilibrio. Antes de salir corriendo, logro ver de quién se trata y me arrepiento al instante.
—¡¿Sebastián?!
—¡Au…! —protesta él, agitando la mano en el aire—. ¿Sabes que podría hacer que te arrestaran por esto?
—¡Lo siento mucho, yo…!
—Está bien saber que puedes defenderte —se ríe él, recolocándose la ropa—. Afús. Au. ¡Menudo bocado! ¿Tienes hombres lobo en la familia?
—¿Existen los hombres lobo?
Él me dedica una mueca graciosa y yo me ruborizo hasta la raíz del pelo. Claro que no existen. Está quedándose conmigo, ¿verdad?
—Hay leyendas sobre cambiaformas, pero dudo que existan de verdad —explica.
Sin responder nada, pero con el corazón en la boca, me vuelvo para comprobar que los ojos que me observaban desde el final del pasillo han desaparecido.
—¿Se puede saber qué te ha asustado tanto? —pregunta él intentando ver lo mismo que yo.
Pero no puede ver nada: no hay ni rastro de la doncella ni de los ojos que habitaban el umbral del final de la galería.
—¿Conoces a una criada que se llama Cleia? —le pregunto asustada.
El muchacho me mira como si hubiera perdido la cabeza. Aun así, parece que se toma la pregunta en serio. Veo que alza la vista al techo, como si quisiera revisar la lista.
—No conozco a todo el servicio. Solo a los del ala oeste. De todas maneras, desde lo de lady du Mort, he tenido que cambiar al servicio demasiadas veces, así que dudo que…
Lo miro como si el que estuviera loco fuera él, expectante. ¿Conoce a una Cleia o no? Es de vital importancia.
—No me suena el nombre de Cleia, no —responde enseguida ante mi mirada de apremio—. Pero lo recordaría si hubiera alguna. No es un nombre muy común. ¿Por qué lo preguntas?
Vuelvo a mirar hacia el umbral del final de la galería.
No hay nada.
No hay nadie.
La voz de Cleia y sus palabras siguen grabadas en mi memoria. No ha sido un sueño y dudo mucho que haya sido una visión. Pero si no es ninguna de esas cosas, ¿qué ha sido? ¿Qué ha ocurrido?
Decido no contarle nada a Sebastián. Lo último que necesito es que piense que estoy perdiendo la cabeza como lo hizo mi padre o como la corte cree que lo hizo su propia madre.
Tanto si lo que ha ocurrido hará unos segundos ha sido real o no, creo que lo más sensato es que nadie sepa lo que me está pasando.
Por si acaso.
Tomo una bocanada de aire y cuadro los hombros.
—¿Va todo bien en la cena? —pregunto.
—Supongo —responde sin mucho interés—. No lo sé porque, en cuanto he vuelto y he visto que no estabas, he salido a buscarte. ¿Qué hacías aquí sola?
¿Cuánto queda para la medianoche? ¿Por eso ha venido a buscarme? No puedo evitar echarle un último vistazo a la torre.
¿Cómo me ha encontrado?
—Necesitaba que me diera el aire —me sincero—. Cuando me he dado cuenta estaba por aquí y me he asustado porque está todo bastante oscuro.
Sebastián me mira como si intentara discernir si digo la verdad o no. Sin embargo, hace un gesto y parece que lo deja pasar. Asiente y un mechón le cae por encima de los ojos. Se lo aparta con diversión.
—Ya veo.
Cuando su mirada encuentra la torre, aprieta la mandíbula.
—¿Todo bien?
—Pues lo cierto es que ahora mismo no sé qué estará peor visto —responde él—: que te hayas fugado en mitad de la cena, dejando al príncipe solo, o que me hayas mordido cuando venía a buscarte. Pero vamos a necesitar menos posibles escándalos, ¿vale?
Asiento.
—Perdona, ha sido el susto.
Él asiente y, para mi sorpresa, retrocede un paso y hace un gesto con el brazo para guiarme.
—Sígueme —me ofrece.
Lo hago sin pensarlo. En especial porque parece que hay una sonrisa divertida pintada en su cara que ni siquiera el ataque ha podido borrar. Y lo que es peor: es contagiosa. Me sostengo la falda y camino a su lado dejando atrás el claustro. ¿Adónde vamos?
Cruzamos la galería y nos adentramos en otro pasillo. Tomamos unas escaleras y Sebastián se asegura de que no las desciende demasiado rápido por mí.
—Echo de menos los pantalones —protesto.
—Podemos conseguirte unos mañana —dice ofreciéndome una mano cuando llegamos al final de los escalones.
Por un momento, atravesar el castillo a escondidas con el príncipe es lo más parecido que tengo a tener siete años de nuevo, siguiéndolo para llegar hasta la sala de arte de mi padre para ver su nueva creación.
Con mi mano en la suya, la familiaridad resulta embriagadora.
¿Cómo es posible que hayan pasado tantos años y, aun así, sepamos cómo estar el uno junto al otro?
Nunca había sentido algo así.
Sé que hemos cambiado y que somos un par de extraños.
Él no conoce Madrid ni mi vida ni a Sia.
No sabe qué son las gyozas ni cuál es la dosis exacta de Primperan para que un gato deje de sentir náuseas.
Yo desconozco las triquiñuelas de su corte, los campos que rodean su castillo o la magia que lo permea todo.
Sin embargo, hubo un día en el que los dos tuvimos un mundo en común: la casa al borde del Bosque de los Marcos, con sus cuadros, sus gallinas y sus meriendas en la mesa de la cocina.
Junto a Sebastián, el miedo desaparece en cuanto nos ponemos en movimiento. Pero la sensación que me provoca en el pecho es indescriptible.
Nunca había vuelto a conocer a alguien.
Y quiero conocerlo.
Otro miedo muy distinto me encuentra en el mismo instante en el que Sebastián nos dirige hacia las caballerizas: ¿Qué pasaría si él llegara a conocerme a mí? ¿Se arrepentiría? ¿Preferiría la versión de sus recuerdos?
La niña que fui era salvaje, atrevida y mucho mucho más valiente que yo.
—Por aquí no se va al salón —digo divertida.
Me levanto la falda un poco para evitar arrastrarlo todo.
—Todavía tenemos algo de tiempo hasta medianoche —explica el príncipe con una media sonrisa—. Podemos hacer cosas mucho más interesantes que volver a esa cena. Y si quieres que te dé el aire, no se me ocurre nada mejor que esto.
Termina su frase justo cuando abre la puerta de una cuadra. Antes de que haya encontrado mis palabras, Sebastián ya ha sacado a un caballo y le coloca las bridas con facilidad.
—¿Quieres ir a montar a caballo en mitad de la noche?
Las tres lunas iluminan los caminos, pero dudo que sea suficiente para que el animal esté cómodo.
—¿Prefieres volver a charlar con Seraphina von Funke?
Touché.
—La verdad es que no —respondo sincera—. Pero acabas de decir que deberíamos intentar evitar posibles escándalos, así que estaba intentando ser consecuente.
Sebastián se ríe y le coloca la silla al caballo sin más dilación.
—¿Qué quería ser Kergalot? —pregunto.
No necesito una guía de comportamiento de la corte para saber lo que está haciendo y que no va a contarme nada. Quizá ni siquiera pretenda ocultármelo, puede que simplemente…
Puede que Sebastián, como yo, esté acostumbrado a hacerlo todo solo.
De hecho, por cómo se detiene para mirarme cuando lanzo la pregunta más simple del universo, asumo que tengo razón. ¿Es así como me veía Sia a mí cuando empezamos a ser amigas?
A ella se le daría mejor esto.
—Cuando ha venido a la mesa y te has ido con él —especifico cruzándome de brazos—.
¿Qué quería? Será importante si te has ausentado, me has dejado sola y ahora estás poniéndole la silla a un caballo para largarte de la segunda cena.
Durante la primera te fuiste a rescatar a una doncella entre las llamas, ¿qué aventura te espera esta noche?
—Nos espera —me corrige.
Parece que tarda un instante en comprender que su respuesta no es suficiente y que estoy esperando una mejor.
Al final, sigue hablando.
—Ser Kergalot traía información sobre tu casa —explica—.
Mandé a un pequeño grupo de guardias a explorarla esta tarde y han regresado con noticias sobre el estado de la mansión tras el incendio.
Aunque se ha quemado parte del taller, muchas de las obras de tu padre han sobrevivido y la estructura parece estable.
Vamos a ir a echar un vistazo, a ver si vemos algo que sea de interés.
—¿En mitad de la noche?
Sebastián recoloca una de las correas y sonríe orgulloso.
—Nadie se extrañará de que el príncipe y su nueva prometida se escabullan y busquen algo de privacidad, ¿no crees?
Le resulta divertido.
Es obvio que la pantomima de fingir que estamos prometidos le da verborrea cómica. Ahora resulta que además de príncipe es comediante.
Afianzo mi postura, ladeo la cabeza.
—¿No te da miedo que lord Azrael se haga con el reino en tu ausencia?
—Pfff.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que no lo hará?
Sebastián hace un gesto vago, agarra las bridas y sube a la silla. Cuando ve que busco una respuesta algo más honesta, se encoge de hombros.
—Si La Fuente lo elige a él, ¿qué puedo hacer yo? —responde arrogante—. Él cree que lo va a conseguir, que La Fuente va a elegirlo, que los Luminares van a cantar su nombre y yo voy a perderlo todo. Pero se equivoca.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé, Emma —responde cansado—. Pero, si eso ocurre, asumiré que La Fuente quiere vernos muertos a todos.
Suspiro frustrada y él me ofrece una mano para subir al caballo. Coloco los brazos en jarras y señalo mi indumentaria de arriba abajo.
—¡Mira lo que llevo puesto! No puedo ir por ahí a caballo hasta los confines del reino en mitad de…
—Siempre puedes volver a montar desnuda, si te es más cómodo —responde mordaz.
Me ruborizo de nuevo y lo fusilo con la mirada.
Los recuerdos de la noche anterior regresan de golpe. Sus brazos rodeándome, la capa sobre mi cuerpo, la vergüenza de ir desnuda, su pecho contra mi espalda, para mantenerme a salvo del frío.
Le lanzo una mirada de advertencia.
—Venga, Em —pide—. Será como cuando éramos niños. Y al menos no tendremos que estar encerrados con la corte hasta que toquen las campanas. Te aseguro que, si creyera que Valemir está en peligro, sería el primero en hacer algo para evitarlo.
—¿Por qué te importa tanto el reino?
—Porque es mi reino. No solo vivo aquí, sino que es el legado y el trabajo de mi… del rey Gael.
—Tu padre.
—Mi padre —se corrige—. Me niego a quedarme de brazos cruzados y permitir que las peleas de todos esos idiotas nos metan a todos en problemas de mayor envergadura. El Corruptor está ahí fuera y eso es algo de lo que necesito encargarme cuanto antes.
—Pero creía que el Corruptor era solo un personaje de leyenda —digo arrugando la nariz.
—Olvida lo que he dicho. Encontrar las reliquias es mucho más importante que entretener a las casas y sus noches de política. Además, llevo todo el día encerrado entre estas paredes aguantando sus tejemanejes.
Vacilo.
—Yo también necesito algo de aire fresco —insiste.
Vuelve a extender su mano hacia mí y, al final, la tomo y dejo que me ayude a subir al caballo.
Esta vez, me coloco tras él. Me agarro a su cintura, como hacen en las películas. Sebastián estira un brazo para asegurarse de que me coloco bien en la silla y después sujeta las bridas con firmeza.
Vuelve el rostro ligeramente para mirarme.
—Es curioso que te hayas hecho responsable —comenta—. Te recordaba mucho más traviesa.
—Bueno, será la vida de adulta. Tener un trabajo, pagar el alquiler y las facturas, ¡ya sabes!
Me mira como si estuviera loca. Y quizá lo estoy: ¿qué va a saber él de esas cosas si es un príncipe?
—Pfff. —Sebastián hace que el caballo salga de las caballerizas al paso—. Olvídate de ser adulta en este castillo. Como no volvamos a la hora, Alaric nos va a meter a los dos en el cuarto de las escobas.
Suelto una carcajada al acordarme de su fiel caballero. Es cierto que actúa como una especie de padrino, ¿verdad?
Me alegra saber que al menos Sebastián no está tan solo como parece.