Capítulo 11
Cuando termina la cena, los Du Mort son quienes dan inicio al baile. Tantas otras parejas se les unen y yo me tenso en el sitio. El baile es solo una forma de entretener a la corte hasta la medianoche, pero la idea de tener que bailar frente a tanta gente me da vértigo.
Antes de que pueda quejarme, el príncipe vuelve el rostro y me hace saber que no espera que bailemos. Después de todo, según dice una, si no tengo ni idea de qué es un sello, duda que sepa cómo seguir los bailes tradicionales de Valemir.
Aunque podría quejarme por su retintín, acepto la situación sin más.
Por lo tanto, Sebastián y yo nos mantenemos en la mesa, en silencio. Nos quedamos así hasta que ser Kergalot aparece y le susurra algo al oído del regente. Este, a su vez, me hace un gesto vago y se retira sin darme más explicaciones.
Me quedo sola en la mesa.
Me quedo a solas contra los buitres, contra lady Seraphina y su padre, contra lord Azrael y sus matrimonios concertados, contra todos los demás nombres que desconozco y que, sin duda, disfrutarían de hacerme desaparecer o enredarme en otro lío vergonzoso.
No me gusta este lugar.
No me gusta el castillo.
Quiero irme.
Y, cuando me doy cuenta de que nadie me detiene, eso es exactamente lo que hago.
En cuanto veo que nadie me está mirando, me escapo. Salgo a buscar algo de aire, lejos de las miradas de los curiosos. Cojo una de las puertas laterales y estoy casi segura de que nadie me ve huir. Aunque eso sería imposible, lo importante es que, si alguien llega a verme, no me detiene.
Oigo el eco de mis propios pasos a través de los pasillos. Una vez a solas, siento que puedo volver a pensar. La música y el bullicio estaban empezando a ser demasiado. ¿Cómo aguanta Sebastián esa vida? ¿Y por qué?
Echo de menos mi salón y mi televisión.
Echo de menos mi táper de comida china.
Echo de menos mi móvil.
Ahora mismo daría cualquier cosa por oír a Sia gimotear y esconderse bajo una de las mantas del sofá. ¿Cómo he acabado aquí?
La pregunta lo permea todo.
¿Cómo he acabado en Valemir? Algo me ha traído hasta aquí.
¿Cómo he acabado en el castillo? Sebastián me trajo aquí para pedirme ayuda y me hace fingir que estamos prometidos.
¿Cómo he acabado aceptando esa farsa? Porque es lo que me mantendrá a salvo durante el tiempo que he prometido quedarme.
Y ahora, ¿adónde me ha llevado eso?
Siento el aire de la noche antes de ser consciente de todo lo demás.
Estoy fuera. He salido del interior del castillo y el frío hace que se me erice la piel de nuevo. He atravesado pasillos y más pasillos y ahora, a mi alrededor, los pasillos han desembocado en un claustro de piedra.
En el centro de los jardines hay una torrecita.
Simple y austera, pero muy alta. La imagen resulta embriagadora: hay madreselvas creciendo a su alrededor y parece sacada de un cuento.
Se alza lo suficiente como para competir con las torres más altas del castillo, pero, a diferencia de ellas, esta torre parece casi en desuso.
En lo alto, sin embargo, hay un ventanuco del cual mana algo de luz.
Un par de luciérnagas, como estrellas, salen al exterior y dan vueltas alrededor de la estructura. De la ventana que se ha abierto sale algo más, aunque no llego a distinguir a nadie en concreto. Está demasiado lejos como para que pueda discernir de qué se trata o de quién.
—Pobre criatura.
La voz viene de mi izquierda. Azorada, me giro al instante. No había notado a nadie a mi alrededor y ahora, de repente…
—¡Cleia!
Me llevo las manos al pecho, sorprendida por la emoción que me embarga. Es extraño, pero verla me hace sentir mucho mejor.
—¿Me has echado de menos, Emma?
La veo sonreír, cruzada de brazos y apoyada en uno de los pilares del claustro.
—¿Dónde has estado todo el día? Pensé que podría volver a verte, pero no sabía cómo hacerte llamar o si vendrías a verme, o…
—Te oí, pero tenía cosas que hacer —murmura—. De todas maneras, me alegra saber que cumples tu promesa. Dudaba si recordarías mi nombre o no.
—¡Pues claro que lo recuerdo!
Veo que, bajo las tres lunas, la joven apoya la sien en la piedra y alza la vista hacia la ventana de la torre que ha vuelto a cerrarse.
—He oído que ahora eres la prometida del príncipe.
Resoplo.
—No me tires de la lengua, porque…
Las dos luces siguen volando en el aire.
—¿Qué haces aquí? —pregunto entonces con curiosidad.
No viste la ropa de doncella, sino un traje de montar negro. ¿Tendrá algún caballo? ¿O acaso ha venido de las caballerizas?
—¿No crees que es injusto? —dice ella como si no me hubiera oído—. Encerrar a alguien porque tiene un don que el resto no puede comprender. Me parece muy cruel.
Tardo un instante en entender a qué se refiere. No soy la única que la ha visto, ¿verdad? Hay alguien en esa torre.
No sé cómo me hace sentir la idea, pero suspiro y asiento.
—¿Quién es la mujer de la torre?
Cleia me mira con un semblante que esconde algo. No sabría decir si está triste o enfadada, pero no actúa como la noche anterior.
—Lady Basira de Pyrramiede o Basira la Trágica —responde—. Depende de a quién le preguntes, incluso Basira la Diabólica.
—¿Por qué está ahí encerrada?
—Es una de las soñadoras más poderosas de Valemir. Según la corte, es un peligro para el Velo. Su afinidad es demasiado potente. Pero, como es la heredera de la Casa de los Presagios, tuvo la suficiente suerte de que la salvaran de la hoguera.
—¡¿De la hoguera?!
—Algunos soñadores no tienen tanta suerte —sigue Cleia—.
En especial cuando empiezan a lanzar profecías y augurios como los que lanzaba Basira.
Por suerte para ella, cuando su padre accedió a darle la eutanasia, ya estaba embarazada.
Y, por supuesto, nadie quería matar a un bebé, ¿verdad? —añade cínica.
Si eso es lo que le salvó la vida, me sirve.
Qué historia más horrible.
Me abrazo el cuerpo con las manos y le lanzo un vistazo a la torre. ¿Está ahí siempre? ¿Sola?
—La encerraron en esa torre a los diecisiete y eso es todo cuanto conoce —sigue Cleia—. El único que puede entrar es su hijo. Bueno, y el servicio. Aunque dudo que los sirvientes disfruten de la visita.
Ah, claro.
—Es la madre de Sebastián —digo, aunque sea obvio.
Cleia asiente. Ella fue quien me habló de su madre, ¿verdad? Anoche, cuando intentó ayudarme a entender cómo funcionaba el castillo. Si no me falla la memoria, ¿no dijo que el padre de Sebastián era un espíritu? ¿Es esa la afinidad de los soñadores?
Dios, parece que ha pasado una vida entera desde entonces.
—¿Y vive ahí sola?
—No todos están de acuerdo con que ocupe ese lugar —murmura Cleia—. Muchos querrían verla muerta.
Suspiro, derrotada.
Por eso las cenas, los chanchullos.
Por eso Sebastián está dispuesto a todo lo demás, ¿no?
Ahora sí tiene sentido todo lo que aguanta.
—Por eso quiere el trono —deduzco—. Para protegerla.
Está haciendo todo esto por su madre.
Cleia tiene la mandíbula apretada.
—Si no fuera por esos estúpidos herederos, las casas y todos sus tejemanejes, lady Basira podría vivir libre —dice—. Pero todo cuanto tiene es esta cuadra ridícula y un hijo que permite que la traten así.
Parpadeo sorprendida. ¿Y si alguien la oyera hablar así?
—Solo la torturan porque ella es capaz de hacer más —insiste.
Hay un pequeño gruñido en su voz.
—Cleia, no deberías decir cosas así. ¿Y si alguien te oyera?
—Puedo decir lo que me dé la gana —protesta—. Todo el Reino de Valemir es cómplice. Todos quieren lo mismo. No tengo por qué seguirles el juego.
—Tienes razón, pero…
Cuando intento estirar una mano para llegar hasta ella y quizá reconfortarla, la muchacha ya no está.
Mi mano se queda en el aire.
—¿Cleia?
Estoy sola en el claustro.
Aunque la busco, la joven ha desaparecido. Se me acelera el corazón y todos mis miedos salen a la luz.
¿Me la estaba imaginando?
Empiezo a hiperventilar y el ruido de mi propia respiración se une al de los susurros.
El rumor crece como el nivel del agua. El embriagador ascenso del ruido de una y diez y cien voces me marea.
Pierdo la fuerza por un instante y me apoyo en uno de los pilares de piedra cuando el vértigo se apodera de mí.
No es cierto.
No puede ser.
Cleia estaba ahí.
Estaba hablando con ella.
—Todos quieren lo mismo —repite una voz, como un gruñido.
No, no.
No.
No es real.
Pero siento que el universo se cierne sobre mí y, de la nada, regresa a mí la sensación de todas esas manos agarrándome. Siento el cambio de presión y me pitan los oídos. Cierro los ojos con fuerza, intentando deshacerme de esa sensación.
No es real.
Lo que siento no es real.
Hay protecciones en el castillo.
Sebastián ha dicho que hay protecciones en el castillo, y yo no estoy soñando, no me he ido a dormir.
Aunque me cuesta un instante recuperar el control, la sensación desaparece tan pronto como ha llegado. El frío de la piedra de los pilares me trae de vuelta. La imagen de la torre sigue siendo real y las dos luciérnagas descienden hasta colarse en la galería del claustro.
Las sigo con la mirada, pendiente de sus bailes.
Sin embargo, todo cambia cuando, al final del pasillo, descubro que dos orbes de luz cuelgan de la oscuridad. A diferencia de las luces que han salido de la torre, estas ni bailan ni emiten luz. Son como dos luceros, como el reflejo extraño de los ojos de un gato.
Mi cuerpo entero reacciona antes de que pueda entender qué estoy haciendo.
Retrocedo.
No puedo estar aquí.
Sé lo que va a ocurrir y debo irme. Esa cosa antes no tenía rostro, pero ahora tiene ojos y puede verme. Tiene ojos y va a encontrarme. Puede verme retroceder con torpeza. ¿Qué ocurriría si le diera la espalda?
¿Cómo es posible que haya llegado hasta aquí?
Me doy la vuelta para correr al interior del castillo. O eso es lo que me propongo, porque en cuanto aparto la vista de los dos orbes que cuelgan del umbral de la puerta, me choco contra algo.
Algo me sostiene por los hombros y yo, sin pensarlo dos veces, abro la boca para gritar. Una mano me la cubre antes de que pueda lograrlo.