Capítulo 10 #2
—Dado que su hija prefirió tirarse por un acantilado, no —responde mordaz—. Yo tampoco entiendo qué puede salir de eso, pero me enorgullece no tener ni idea de cómo funciona su cerebro.
Todavía no tengo toda la información, pero creo que lo estoy siguiendo. Si no tienen más descendencia, ¿a quién le ofrecerán el apellido?
—Entonces, Ygritte es afín a la tierra, ¿verdad?
—Hum. Observadora. ¿Cómo lo has sabido?
—Los dorados en su vestido.
—Mírala, qué buena alumna —señala divertido—. Sabía que Irina y Rilke harían un buen trabajo contigo.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Por eso odias el color amarillo? ¿Por los afines a la tierra?
Me mira con sorpresa e interés. Es obvio que Sebastián aprecia la conversación y la compañía. ¿Es esta su vida? ¿Está siempre así de solo? ¿O no han sido más que estos últimos tres días? ¿Se sentaba a la mesa con su padre en estos eventos?
—Odio el color amarillo porque me sienta fatal —responde rápido—. No tengo nada en contra de los afines a la tierra, excepto quizá que les gusta andar por ahí sin zapatos. No entiendo la fijación.
Veo que se lleva una copa a los labios con la vista puesta en la mesa de los Du Mort. Suspiro y sigo pendiente de sus gestos.
—¿No te gusta ensuciarte? —pregunto con media sonrisa.
Creo que él recuerda lo mismo que yo: el granero y las gallinas.
—Bueno, a veces puede ser divertido —concede—. Entiendo que tiene su gracia cuando tienes diez años y estás intentando impresionar a la hija de tu maestro.
Parpadeo sorprendida.
Aunque lo suelta como si nada, no se me pasa por alto que es la segunda vez que actúa como si estuviera interesado en mí. Me confunde, porque yo no estoy por la labor. Lo que quiero es ayudarlo, encontrar las reliquias y volver a mi casa.
Suspiro y vuelvo al tema de conversación que me interesa.
—Así que su hermano pequeño quiere casarla para evitar que la Casa de la Voluntad pase a ser solo de los Du Marais —digo volviendo a un terreno neutro.
Sebastián asiente.
—No lo va a conseguir —responde él encogiéndose de hombros.
—¿Casar a su hermana o llegar al trono?
—Ninguna de las dos cosas. Lord Azrael se va a morir sentado en la silla de jefe de su casa en decadencia e Ygritte jamás cederá.
Cuando deja la copa, puedo apreciar la forma en la que se le tensa la mandíbula. Lo dice con soberbia, pero en el fondo no puede estar tan seguro de ello. Después de todo, La Fuente es quien selecciona al próximo rey, ¿no?
Le echo un vistazo al balconcito que hay por encima de nuestra cabeza. Rilke e Irina me han explicado todo lo que han podido y más. Entre todas esas cosas, el hecho de que se anunciará desde ahí arriba si lord Azrael ha sido elegido o no.
También sé que los Luminares se ocultan del resto de la corte porque están en comunión con La Fuente.
Y, por lo tanto, yo tenía razón: son monjes.
—No sé si puedo hacer esto —suspiro.
Sebastián me mira como si me hubiera vuelto loca.
—¿El qué?
—Todas las intrigas de tu corte, las miradas, los posados… —Aparto el plato con suavidad—. No sé cómo lo haces.
—Porque no me queda otra, Emma —responde cortante—. Mira a tu alrededor. Si no supiera quién es quién o qué quieren, se me habrían comido vivo.
Trago en seco, entiendo exactamente cómo se siente.
—Ya, pero…
—No hay más opciones —responde cortante—. Y no descubrirás qué le ocurrió a tu padre si te retiras ahora.
Supongo que tiene razón.
—Te juro que no tengo ni hambre —suspiro.
—Prueba un poco de la sopa —me pide—, aunque solo sea para despertar el apetito. Dos sorbos y puedes dejarla. Pero, si no comes algo, vas a desmayarte antes de que acabemos con este teatro.
Le echo un vistazo a la sala. La distribución de las mesas está a cargo de la casa regente, pero, tal y como Rilke me ha informado, se les ha permitido bastantes licencias al resto de las casas para ocupar sus propias mesas.
La Casa de la Voluntad, regida por los Du Mort, que visten con colores rojos y sobrios queda justo frente a nosotros.
La Casa de los Presagios, regida por los Pyrramiede y la familia sanguínea de Sebastián, visten de colores plata o colores claros, a juego con sus ojos. Están situados a nuestra izquierda.
La Casa de los Caminos, de colores violetas y malva, visten de tonos claros y oscuros indistintamente, pero todos llevan detalles fúnebres en sus galas. Son los que están a nuestra derecha, aunque parecen vivir en su propio mundo. Curiosamente, tampoco parecen tener mucho interés en el evento.
Después están la Casa de Nahr, la de Fáyr y la Casa de Ard, que es la que viste de motivos dorados.
La Casa de Nahr, fiel a su afinidad al agua, viste de azules.
La Casa de Fáyr parece quedarse en los tonos del cobre y la arcilla. Son los afines al fuego y a su artificialidad. Si no recuerdo mal, es también la casa que gobierna la familia de la esposa de lord Azrael, lady Agnes von Funke.
—Las costureras dijeron que existen siete Casas de Valemir —murmuro—, pero solo cuento seis. Una por cada afinidad, ¿no es cierto?
Sebastián sonríe socarrón.
—Te has olvidado de nosotros, querida —responde arrogante—. Tú y yo somos ahora los únicos representantes de la séptima casa, la Casa de Amira de Valemir. Mi casa.
El salón sigue pendiente de la cena o del resto de los comensales.
Al parecer, de la misma manera que nosotros los observamos a ellos, ellos nos observan a nosotros. Esa es la razón por la que Sebastián se inclina hacia mí, cómodo y seguro de sí mismo, y baja la voz:
—Nos están mirando.
Está demasiado cerca.
—No tienes por qué hablar con ellos —dice—. Querrán hablar contigo, pero no se lo debes. En cuando acabe la noche, volveremos a la cama y mañana nos haremos cargo de todo lo demás. Solo necesito que no parezca que me tienes miedo.
—¡Pues claro que no te tengo…!
Se me corta la respiración cuando siento sus labios en el hombro al descubierto. Me digo a mí misma que lo hace para venderles una historia y dejo que ocurra. Eso es lo que también me mantiene a salvo, ¿no?
—No te tengo miedo —le gruño molesta.
Sin embargo, hay un deje travieso en su mirada que me obliga a buscar refugio en otro tema completamente distinto.
—Y si la Casa de Amira es tuya —murmuro—, ¿cuál es tu afinidad? Sigo confusa con eso. Dudo mucho que ser el príncipe sea un poder mágico en sí mismo, así que…
Sebastián sonríe misterioso.
Apoya la espalda en su asiento y me observa mientras un sirviente le retira plato. Dejo que se lleve el mío también, aunque no haya comido demasiado.
—¿No te han hablado Rilke e Irina de los sellos? —ríe con suavidad—. Ah, supongo que se han quedado en los vestidos, los colores y los títulos. Les encanta parlotear, ¿no es cierto?
—Bueno, si son costureras y las has enviado para que parloteen, no sé de qué te quejas. ¿No se supone que tendrías que explicármelo tú? —Arrugo la nariz. No me gusta cómo ha hablado de ellas—. Responde a mi pregunta: ¿cuál es tu afinidad?
—Si Irina y Rilke hubieran hecho todo su trabajo, tú sabrías qué es un sello y ya podrías haber respondido a tu propia pregunta —suelta arrogante—.
Pero, en honor a la verdad y por tu comodidad, yo mismo te haré saber que todo el mundo en esta sala posee un sello distintivo.
Es una marca específica que determina su afinidad.
—¿Como una marca de nacimiento común?
—Exactamente así, sí. —Sebastián remueve su copa—. Dicen que antes de que Amira sellara La Fuente, nadie tenía esas marcas. Cada afinidad tiene una muy específica. En Valemir, un niño de seis años sabría identificar la afinidad de cualquier otro en el reino. ¿Crees que puedes descubrirlo?
Veo que se lleva la copa a los labios y lo fusilo con la mirada. Lo último que necesito es que me recuerde todo lo que no sé.
—¿Y dónde está la tuya? —gruño.
Sebastián sonríe socarrón.
—¿Antes de la boda? Querida, ser Kergalot ha insistido en que mantengamos las formas.
Me ruborizo de golpe, pero no me achanto.
—Sigues sin haber respondido a mi pregunta.
—Me parece que eres lo bastante inteligente como para responderla tú misma —objeta, juguetón—.
Sabes que en cada casa predomina una afinidad, ¿cierto?
De hecho, las casas existen precisamente porque existen las diferentes afinidades.
Somos descendientes de los Paladines que heredaron los sellos.
Las casas nos ayudan a mantener la educación de los afines y a regular el control de las afinidades y su impacto, ¿no?
Asiento.
—Cada casa es responsable de sus afines y los afines son responsables de su casa —repito las palabras de las costureras—. Son como… —Suspiro avergonzada—. Son como comunidades autónomas.
Sebastián se ríe sin entender.
—Supongo, querida. No sé lo que es una comunidad autónoma, pero si a ti te sirve…
Irina y Rilke me lo han dejado bien claro esta tarde: las casas son autosuficientes. Además de eso, también me han dejado claro que no existen afinidades de curanderos de ningún tipo. Por lo tanto, lo que yo puedo hacer, no es lo mismo que lo que pueden hacer ellos.
Y yo no tengo ninguna marca.
—Pero no todas las personas de una familia tienen la misma afinidad —sigue Sebastián.
—Como es el caso de Ygritte y Azrael —advierto.
—Exacto. O el de Agnes y su sobrina. Por lo tanto, no es algo que se herede de padres a hijos, ¿verdad?
Le dedico una mirada llena de expectación, pero él no desembucha.
—Mi padre era afín al fuego —responde juguetón.
—Me alegro —respondo tajante. Está evitando responder—. ¿Y tú?
Sin embargo, en ese momento, alguien llama su atención. Dos figuras interceden y detienen nuestra conversación antes de que llegue el plato principal.
La primera es una joven, cuya mano el príncipe acepta tan pronto como se pone de pie.
—Alteza —saluda.
Veo cómo los labios de Sebastián rozan el anillo de rubí de la chica, que viste de cobre, como el hombre a quien acompaña. Aprieto la mandíbula, me siento fuera de lugar.
—Lady Seraphina —saluda Sebastián diplomático—. Lord Cornelius von Funke, padre de la Casa de Fáyr.
No se me escapa la mirada que me lanza. Dice sus nombres como si quisiera que los tuviera a mano y quizá así sea.
Lord Cornelius, jefe de la casa. Debe de tener unos sesenta años, aunque bien llevados. Ojos marrones, profundos y afables.
Lady Seraphina, quizá sea la sobrina de Agnes von Funke, la esposa de Azrael. Tiene sus mismos ojos, aunque la sonrisa mucho más afilada y un cabello oscuro, muy distinto al pelo canoso de su padre.
Como estoy un poco menos familiarizada con la vida de la corte, tardo un momento en levantarme. De igual manera, las miradas que me dedican los recién llegados no son crueles. El hombre me ofrece una pequeña reverencia y yo respondo con un gesto de la cabeza con los nervios a flor de piel.
—Es un placer conoceros, lady Emma —anuncia Seraphina cordial.
Sonrío como respuesta y Sebastián parece satisfecho.
—Su padre fue un hombre bastante curioso —suelta lord Cornelius—. A veces parece más una leyenda que un personaje real, ¿no es cierto, alteza?
Por edad, asumo que son padre e hija. Aunque el comentario es para mí, el hombre incluye a Sebastián, que asiente y sigue la conversación con maestría.
—¿Tuvo la suerte de conocerlo, lord Cornelius?
El hombre sonríe amable.
—Intenté evitar que vuestro padre lo invitara a esta corte en numerosas ocasiones —confiesa, como si no estuviera hablando del hombre que me crio—. Pero ya lo conocíais, Gael siempre creyó en los parias por encima de en aquellos que eran leales a nuestra misión.
Es un golpe bajo, en especial porque va envuelto en capas y capas de educación y galantería. Sebastián sonríe sin más.
—Siempre fue el rey de todos —responde.
Si no supiera lo que significa todo esto, jamás sería capaz de ver el sutil gesto de desaprobación que se esconde en la forma en la que agacha la cabeza para despedir a lord Cornelius.
—Continuaremos saludando al resto de comensales —ofrece el hombre—. Que la noche sea provechosa y Amira vele por vuestro sorprendente matrimonio.
Cuando estira la mano, sin embargo, me percato de las marcas que tiene en la palma de la mano. Son como cicatrices, aunque muy específicas. Una serie de círculos concéntricos, como los del interior de un árbol, permean la piel.
Seraphina juega con su anillo, algo nerviosa, y yo descubro que tiene las mismas marcas.
Debe de ser su sello.
No digo nada más y ellos se alejan tan rápido como han llegado.
Sebastián y yo volvemos a sentarnos para esperar al siguiente plato de la cena.
Cuando vuelvo el rostro para ver la actitud de Sebastián, este parece la mar de tranquilo. Actúa como si no acabaran de insultarle a él y a mi padre.
Cuadro los hombros en mi asiento, siguiendo con la mirada a los Von Funke de la Casa de Fáyr, lord Cornelius y lady Seraphina.
Los afines al fuego tienen marcas en las palmas de las manos y Rilke mencionó que el padre de sus hijos tenía una marca en el paladar, «como todos los doblegadores».
Poco a poco, las piezas van encajando. Puede que pronto sí sepa descubrir cuál es la afinidad de Sebastián.
La noche será larga, pero no pienso quedarme atrás.
—Intentaban intimidarnos, ¿verdad? —pregunto cuando al fin nos quedamos a solas.
El príncipe me mira, como si no supiera qué contestar.
—Algo así.
Veo que se desabrocha el cuello de la chaqueta, molesto, y se reclina en su asiento de nuevo. Se lleva un pulgar a los labios en silencio.
Por supuesto que le ha molestado.
Me percato de que se está mordiendo la piel del pulgar justo antes de que pueda hacerse daño. Con un gesto, a escondidas, le coloco la mano en el brazo. Él me mira, pero entiende mi petición. Baja la mano y suspira para contener sus emociones.
Yo, como lo haría cualquier prometida en cualquier contexto, me inclino hacia él para recolocarle el cuello de la chaqueta.
Lo que él no sabe es que, justo entonces, mientras él me mira usar sus mismos trucos, yo tengo la suerte de ver algo.
Algo que es justo lo que estaba buscando.
—¿Qué haces? —susurra.
Tiene una marca, una línea que desciende desde detrás de la oreja hasta la clavícula, larga, casi imperceptible. La he visto antes y pensaba que era otra cosa, pero creo que ahora estoy segura de ello: es su sello.
Ahora solo tengo que descubrir a qué afinidad pertenece.
—Ser tu prometida, querido —miento tan arrogante como él.
Si no va a contestar a mis preguntas, ya buscaré yo las respuestas.