Pinceladas de una traición Capítulo 10
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Capítulo 10

Ser Kergalot nos lanza una última mirada de advertencia, pero abre las puertas junto a los otros tres guardias y nos deja entrar sin oponer resistencia.

Nerviosa, me enderezo, pero solo siento la mirada de Sebastián puesta sobre mi clavícula, el esternón…

—Vuestra alteza Sebastián, príncipe regente de Valemir, hijo de lady Basira de Pyrramiede y heredero del ascendido rey Gael de Amira —proclama una voz.

Alzo el rostro y veo a un paje cuya responsabilidad parece ser anunciar a los invitados de la cena.

—Lo acompaña su prometida: lady Emma, heredera de Ciro de Valemir.

Escucho el silencio que sirve de antesala a las reacciones de sorpresa que ha provocado el anuncio.

«Su prometida. Lady Emma, heredera de Ciro de Valemir».

¿Esa soy?

—Qué collar tan bonito, querida —murmura el príncipe, justo cuando se supone que deberíamos avanzar hacia el interior.

Y yo me pongo del color de la Casa de la Voluntad en contra de la mía propia, porque no llevo ningún puto collar. Lo que llevo es un corsé que me hace un escote la mar de precioso.

Lo pellizco de nuevo, pero él sonríe y nos guía hacia el interior.

Avanzamos sin más, fingiendo ser lo que no somos. Puedo oír la confusión de la sala entera al vernos entrar, pero a mí solo me importa la sonrisa de satisfacción y malicia de Sebastián. ¿Qué demonios se piensa que está haciendo? ¿A qué ha venido ese comentario?

Ah, ya lo entiendo.

Me está distrayendo, ¿verdad?

Es él quien nos guía hacia el interior del salón, quien mantiene la cabeza erguida mientras los comensales e invitados ofrecen sus reverencias.

Decido dejar las chorradas de Sebastián a un lado y centrarme en mi objetivo: sobrevivir a la noche.

Paso a paso, veo a los invitados y agradezco la dedicación de las costureras.

Gracias a su incesante charla, soy capaz de descifrar quiénes son algunos de los comensales.

O al menos a qué casa representan. Pese a su influencia y su papel como el príncipe regente, es obvio que Sebastián no tiene muchos aliados, al menos por cómo le miran la gran mayoría de los comensales.

Me aferro a su brazo nerviosa.

No sé por qué lo hago. Será por los cuchicheos o por las miradas.

Quizá es porque es más fácil estar frente al resto si estoy a su lado.

Sé que todo el mundo se está preguntando de debajo de qué piedra he salido.

Sería lo lógico. Él debe de haber anticipado sus reacciones.

Sin embargo, yo no podía esperar ninguna.

Pese a los avisos de Rilke e Irina, no estoy más preparada para esto de lo que lo estaría cualquier otra persona.

De hecho, quizá estoy mucho menos preparada que su anterior prometida, la que acabó saltando por un acantilado.

No me puedo creer que no haya pedido más detalles sobre esa historia, pero supongo que estaba demasiado enfadada como para centrarme en el cotilleo.

Sebastián y yo avanzamos juntos hasta el otro extremo de la sala.

Todos los invitados están de pie para ofrecerle sus respetos al príncipe, todos hacen una reverencia. A través de la avalancha de colores y rostros del salón, busco sus ojos. Sebastián me atrapa mirándolo y frunce el ceño de manera casi imperceptible.

—Es solo una cena —susurra para infundirme valor.

Asiento convencida, pero dos siluetas se interponen en nuestro camino hacia la mesa y me arrebatan toda esa convicción.

Visten de tonos rojos color vino con detalles plateados y negros.

—Lord Azrael —saluda Sebastián.

El hombre, que es mucho más mayor que nosotros, ofrece una sonrisa diplomática. Con una mano en el pecho, la del mismo brazo al que se agarra la que asumo que será su esposa, hace una pequeña reverencia.

—Vuestra alteza —saluda.

Su mirada se posa en mí y yo me preparo para el impacto, pero la conversación no llega a ocurrir. Apenas ha saludado a Sebastián, la pareja se retira y pasa de largo hacia la mesa opuesta a la nuestra.

Frunzo el ceño con una sensación muy extraña.

Hay algo en ellos que me resulta tan familiar como terrorífico.

Sebastián aprieta los dientes, pero lo oculta con media sonrisa y no dice nada más. Me guía hacia la mesa que nos ha sido asignada. De camino hacia allí y con la vista puesta en él, me parece ver una marca en su cuello. ¿Será de alguno de los asesinatos de los que habla? ¿Tiene cicatrices?

Tengo que esforzarme para no volverme para ver a la misteriosa pareja. ¿Acaso lord Azrael…?

—Es el postulante de esta noche —digo en voz alta.

—Así es —me confirma el príncipe—: Lord Azrael du Mort, jefe de la Casa de la Voluntad. Ha decidido que quiere postularse para ser el nuevo rey a su tierna y joven edad de sesenta y dos años. Es siete años mayor que mi padre, pero nada se lo impide.

Me muerdo el labio inferior.

Lord Azrael du Mort se ha sentado en el centro de la mesa, junto a su esposa.

La ropa deja claro que están casados. Van a juego.

Bueno, casi todos los presentes de su mesa visten de rojo, cosa que significa que son doblegadores.

Sin embargo, nadie más viste el mismo tono ni lleva bordados o los mismos símbolos en sus prendas.

Sebastián me ayuda a sentarme en nuestra mesa, la misma en la que nadie más se sienta. Mientras el resto de comensales comparten mesas igual de grandes que la nuestra con sus propios allegados vestidos de sus colores, nosotros nos sentamos aislados.

El príncipe estaría solo si no fuera por mí. Me aseguro de alisar la falda y dejo que él se siente a mi lado.

—No les caes muy bien, ¿no?

Rilke e Irina estarían orgullosas de mí: creo que voy a poder desenvolverme mejor de lo que creían.

—Son de la opinión de que yo llevé a su hija a arrojarse por un acantilado —responde mordaz—. Caerles solo les caigo en desgracia. Pero al menos soy su enemigo favorito.

—Debió de ser horrible.

—Su madre lloró más por el caballo —responde como si nada.

Lo miro, pero Sebastián me evita, así que lanzo otro vistazo a la mesa de los postulantes.

Junto al matrimonio du Mort hay una mujer vestida en tonos dorados.

Desentona entre los tonos rojos y parece totalmente aborrecida por los eventos del momento, pero algunos de los símbolos grabados en su ropa me resultan familiares.

—¿Quién es esa?

—¿Quién?

—La mujer vestida en tonos ocres.

Sebastián me mira de reojo, divertido.

—En mi más humilde opinión, si alguna vez me hicieran vestir de amarillo, yo también tendría esa cara —bromea.

No puedo evitar soltar una risa, pero niego con la cabeza y me oculto como puedo.

—¿Desde cuándo eres tan presumido?

—Desde siempre —responde.

Pero no es cierto.

Lo recuerdo cubierto de tierra y aferrándose a una de las gallinas con tal de ganar uno de los juegos que nos inventábamos.

—Dame Ygritte du Mort —responde él al final—. Es la viuda de Thadeus von Rhynn… A quien obviamente no conoces, ahora que lo pienso, porque falleció hace muchos años. Pero fue uno de los pocos aliados que tuvo tu padre.

Tomo nota mental de ello: Thadeus von Rhynn, el difunto marido de Ygritte du Mort también conocía a mi padre.

Todo el mundo lo conocía.

—¿Qué le pasó?

—Siempre fue una persona algo lánguida. La familia de Ygritte nunca estuvo de acuerdo con el matrimonio, por eso de que jamás podrían consumarlo, pero las familias eran cercanas y ellos eran amigos de la infancia.

—¿Fue un matrimonio concertado?

—No —contesta él simple—. Todo lo contrario. Pero precisamente porque la afinidad de Ygritte es distinta a la de su hermano, pudo escabullirse.

—Azrael es su hermano, ¿entonces?

—Así es. Su hermano pequeño. De hecho, su matrimonio con Agnes von Funke, la mujer a su izquierda, sí fue concertado. Siempre supo que sería el heredero de la casa, así que le encontraron a una buena doblegadora tan pronto como nació.

—Guau. ¿Desde que nació?

La comida llega entonces e interrumpe nuestra conversación. Sebastián no presta demasiada atención a la comida: es un plato de sopa con ingredientes indescifrables. Por primera vez en todo el día, me doy cuenta de que no he probado bocado desde el bizcocho.

Sin embargo, estoy tan nerviosa que ni siquiera tengo hambre.

—Entonces ¿Agnes y Azrael tienen afinidad de doblegadores? —asumo.

Sebastián asiente con el ceño fruncido.

—Pero, si consiguiera lo que se propone esta noche, Azrael se vería obligado a dejar la Casa de la Voluntad en manos de alguien que no sea su hermana —explica—, razón por la que la tiene sentada junto a uno de sus prodigios: Artur du Marais.

Es un impresentable, aparte de un inútil de los pies a la cabeza, pero lo suficiente carente de escrúpulos como para intentar encandilar a una viuda que le saca quince años.

Me atraganto con la copa de agua. ¿Sebastián tiene permiso para hablar así de prepotente delante de todo el mundo? Aunque, viendo lo aislados que estamos en la disposición de la sala, no creo que nadie nos esté escuchando.

—Entonces ¿Azrael quiere casar a Artur con su hermana viuda?

—Los Du Mort siempre han creído que los matrimonios son la solución a todos sus problemas.

Recupero la voz tras otro largo trago.

—¿Y por qué no puede Ygritte ser la jefa de la casa sin estar casada?

—Ah, ese no es el problema —responde—. Cada casa tiene sus normas y la Casa de la Voluntad siempre ha sido la más… inaguantable. Quizá la palabra sea «estricta». En cualquier caso, los doblegadores creen que el jefe de la casa debe ser doblegador afín sí o sí.

—Y ella no lo es —añado, ya entiendo por dónde van los tiros—, pero Artur sí.

—Los Du Mort siempre han sido una familia con gran influencia y nada les gustaría más que subir al trono, además de mantener el control de la casa.

Artur du Marais es quien más opciones tiene de tomar el lugar de Azrael y este quiere asegurarse de que, incluso si es así, una parte de la casa le pertenezca por derecho de sangre.

—¿No tienen más descendencia?

Sebastián toma un pequeño sorbo de su copa.