Pinceladas de una traición Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Recuerdo a Irina insistiendo en que debía ser yo quien avanzara hasta el príncipe.

Ha dicho que era yo quien debía hacer una pequeña reverencia antes de partir, que ese es el protocolo, y ha insistido mucho.

Pero eso no es lo que está ocurriendo. Sebastián avanza desde la puerta hasta el final de las escaleras, donde me mira como si me viera por primera vez de nuevo y sonríe como un crío.

Mierda.

—Estás preciosa —susurra—. El compromiso te sienta de maravilla.

Ah, ahora recuerdo por qué quería matarlo.

Aprieto la mandíbula contrariada. No soy una niña de quince años y su papelón no va a funcionar. Sin embargo, como la gente nos está mirando, le respondo con la sonrisa más encantadora que encuentro.

—Te voy a matar —digo entre dientes.

Por desgracia, Sebastián se ríe y asiente, y a mí se me olvida todo otra vez.

—Ah, vas a estar como en casa en esa cena —bromea.

El príncipe se coloca a mi lado y alza la vista para que la Guardia Real pueda ponerse en marcha. Los soldados le obedecen sin esfuerzo alguno, cosa que resulta aún más enervante.

Me cuelgo de su brazo y juego a su juego, pero le pellizco el costado cuando creo que ser Kergalot ya no puede vernos. Le dedico una mirada que podría asesinarlo de verdad. ¿De qué va?

Pero, como todo esto sigue pareciéndole divertido, por alguna razón que desconozco, acabo dejando que el enfado desaparezca. Así que suspiro y hago de tripas corazón.

Y supongo que tiene algo de divertido fingir ser su prometida durante lo que sea que dure mi presencia en el castillo.

Ser Kergalot y tres guardias más caminan por delante de nosotros a través del largo pasillo que une el ala oeste con el castillo.

En un momento dado, el pasillo se transforma en un puente cubierto y el frío de la noche barre la escena.

Me vuelvo sutilmente para comprobar que el resto de la Guardia Real que estaba en el vestíbulo camina por detrás de nosotros.

Cuando le echo un vistazo al rostro de Sebastián, veo que su sonrisa se endurece hasta desaparecer.

—Podrías haberme dicho algo —protesto.

—Tú aceptaste el acuerdo sin preguntar nada más —responde—. Debes tener más cuidado y asegurarte de que sabes en qué te estás metiendo.

—Eso no significa que puedas engatusarme así.

—No te he engatusado —protesta él—. No retuerzas mis actos. Te he preguntado dos veces y tú has accedido de corazón en ambas ocasiones.

—No pienso casarme contigo. Lo sabes, ¿no?

Sebastián aprieta los labios.

—No albergaba la menor esperanza de que quisieras. Pero no me dio tiempo de darte explicaciones mientras hibernabas —explica él tenso—. Los carroñeros siguen lanzando herederos y a mí no me queda otra que ir al vuelo con todo. Lo siento si os ofende tener que caminar de mi brazo, lady Emma.

—No te pases —protesto—. Y no uses «lady» con ese retintín.

—Haré lo que quiera —responde con un resoplido—. Porque soy el aspirante al trono.

Pero como le pellizco, se vuelve a reír por lo bajo.

—No puedes hacer eso en el salón, ¿eh? —me recuerda.

—Haré lo que quiera, porque soy tu prometida —me burlo. Pero hay algo que me ronda la cabeza—: ¿A cuántas cenas como esta has asistido?

Finge contar.

—Veamos: mi padre fue ascendido hace dos semanas, así que… —Teatrero, finge que se le ilumina la bombilla—. Esta es la segunda y mañana será la tercera. La cuarta quizá tarde un poco más, porque alguien querrá pensarse mejor su estrategia.

No sé si lo dice en serio o exagera, pero…

—¿Ni siquiera te han dado tiempo para pasar el duelo?

—Una semana —responde cortante.

Sebastián esquiva mi mirada y mantiene la vista puesta al frente. Aprieta la mandíbula. Se me encoge el corazón en un puño. El pobre no ha tenido tiempo de nada. No ha tenido tiempo de sentir ni una sola emoción. Y ahí está: tenso, arrogante. Pero es un posado, ¿verdad?

Debe de serlo.

Si no actuara así, no podría aguantar nada de esto. Por lo poco que le he oído hablar de él, amaba a su padre.

No es fácil perder a alguien y mucho menos así.

—Sebastián…

—Es increíble que su única motivación sea algo tan banal como gobernar un castillo —masculla enfadado—. Deberían estar pendientes del equilibrio y de la amenaza del Corruptor, pero lo único que les importa es posar el culo en una silla de piedra.

Le acaricio el brazo a través de la suave tela de la chaqueta. No me apetece añadirle más leña al fuego, la verdad.

—Tienes razón. Es insultante.

Cuando me mira, veo en sus ojos que es lo último que esperaba oír.

—Si te soy sincera, no entiendo cómo no se ha decretado un tiempo de luto o algo —suspiro y no mido muy bien mis palabras.

—Los reyes de Valemir duermen en la cripta —me interrumpe—. No puedo enterrarlo, Emma. No hay luto porque no ha fallecido. No va a morir jamás.

Aunque es directo, siento su mano enguantada sobre la mía. Esta vez sí me mira y, lo que sea que se le pasa por la cabeza, se vierte todo en la manera en la que mantiene mi mano cubierta del frío.

El momento se suspende en el aire: el viento se levanta y se me eriza la piel de los brazos. Al instante, Sebastián chasquea la lengua y me pasa un brazo por la cintura para protegerme de él.

Helada, me dejo hacer.

—Entonces ¿no nos vamos a casar de verdad? ¿Solo haces esto para…? —empiezo a decir.

Sebastián suspira exasperado.

—Claro que no voy a forzarte a que te cases conmigo, pánfila.

—Oye, mira, te estás pasando ya…

—¿Quién crees que soy? —protesta—. Solo lo hago para que puedas estar en el ala oeste sin levantar sospechas.

Algunas tradiciones son ridículas, pero siguen siendo tradiciones.

No puedes jugar sin saber las normas y una de ellas es que no debería tener a una doncella desconocida en mi castillo sin más.

Podría ponerte en peligro si no te protejo lo suficiente.

Ser mi aliada te pone en el punto de mira, pero ser mi prometida te ofrece cierta seguridad.

Parpadeo sorprendida.

—Qué estratégico.

—Ser Kergalot pensó que era la mejor opción para que pudiéramos buscar las reliquias sin levantar sospechas y yo estoy de acuerdo con él —sigue Sebastián, mientras acaricia con suavidad la piel de mi brazo con sus manos enguantadas—.

Pero no te preocupes, el compromiso es de beneficio mutuo: mientras seas mi prometida, puedo evitar también los infinitos cortejos que están por venir.

—Pfff. ¿Infinitos? —resoplo.

Qué arrogante puede ser cuando quiere…

—Te sorprendería saber que ya he recibido tres cartas y la única razón por la que puedo no contestarlas es porque vas a entrar ahí conmigo.

—Espera, un segundo. ¿Vas en serio?

—Soy un príncipe en edad de merecer a punto de heredar, Emma. Me sobran las propuestas de matrimonio.

—¿Aunque seas la Ruina de Valemir? —digo con una mueca divertida.

Él ni se inmuta ante el extraño título, como si fuera de lo más normal.

—Una mala reputación no puede quitarme la herencia —responde sin más—. Mi padre se aseguró de dejar claro que el ala oeste me pertenece. Y aunque solo eso no me haga rey, me da cierto poder y una posición política interesante, ¿no crees?

No, no lo creo. Porque no lo habría pensado en la vida.

Pero no le digo eso.

—Entonces no te quieren como rey, pero les parece genial casarte con la hija de alguien por estatus.

—O hijo.

Parpadeo y siento un rubor en las mejillas. ¿Está interesado en «los hijos»? ¿Por qué me mira así? ¿Por qué…?

—O hijo —repito algo abochornada.

—Así es —sigue—. Cualquier cosa mientras puedan hacerse con un pellizco del castillo.

—Entonces el título de carroñeros les viene al pelo —resoplo.

Sebastián me dedica una sonrisa de orgullo y yo pongo los ojos en blanco. Me encantaría seguir enfadada con él, pero me es imposible estando tan cerca. Y mucho más cuando llegamos al final del puente cubierto y se asegura de colocarme de manera que el aire no pueda rozarme.

Sebastián me cobija con cuidado.

—Es solo un posado —susurra él, contra mi oído—. Una forma de protegernos de ellos. Soy consciente de que no lo he planteado de la mejor manera, pero…

—Ibas contra reloj —respondo comprensiva.

Siento el cambio en su respiración y mantengo la mirada clavada en ser Kergalot, que abre la puerta que nos llevará hacia el interior del castillo. El caballero nos hace un gesto para hacernos saber que podemos reanudar la marcha en cuanto la guardia del castillo nos deja entrar.

Antes de que Sebastián pueda dar un paso adelante, busco su mirada para dejárselo bien claro desde el principio:

—No voy a quedarme en Valemir.

—No te estoy pidiendo que lo hagas.

—No puedo, Sebastián. Ya viste lo que este lugar le hizo a mi padre y…

—No pretendo encerrarte.

—Necesito volver a mi casa.

Él asiente.

—Prometo que en cuanto eso sea posible, podrás volver a tu hogar, si así lo deseas —concluye—. Nuestro noviazgo es estrictamente político y una tapadera para nuestra verdadera misión. Nada más, Emma.

«Nada más».

Aprieto los labios. ¡Pues claro que no es nada más!

—Podrías habérmelo dicho así y ya —respondo de mala gana—. No me hubiera costado entenderlo.

Él parpadea, como si no supiera qué hacer con esa información. Sin embargo, no le doy tiempo a decir nada más, porque me pongo en marcha.

Paso junto a ser Kergalot, que parece sorprenderse al verme pasar de largo al príncipe. Solo cuando siento la mano del susodicho en la cintura, que me obliga a frenar el ritmo, recuerdo a Irina y Rilke y sus lecciones: colgarme del brazo del príncipe y aguantar.

Lo fusilo con la mirada cuando él alza una ceja.

—Tengo derecho a molestarme —añado—. Tenía derecho a saber cuál era tu plan. No creas que puedes hacer esto dos veces, porque no voy a permitirlo.

—Tenéis razón. —Sebastián acepta el golpe con dignidad—. Mis disculpas, lady Emma.

Recuerdo el desayuno y la nota. Recuerdo su rostro al encontrarme en las caballerizas, su sonrisa al ver los prados.

—¿Cómo te sentirías tú si te atrapara así, eh?

¡En el fondo no te conozco de nada! Ni a ti ni a nadie —protesto mientras avanzo por el pasillo—.

No sé quién es toda esta gente ni dónde estoy ni cómo volver a mi casa, a menos que haga…

¡No lo sé! ¿Magia? Todo es demasiado y estoy confusa. Y tú no dejas de aprovecharte de…

Sebastián afianza su agarre en mi cintura y me obliga a bajar el tono de voz.

—No voy a hacer ningún avance ni voy a presionarte de ningún modo —responde enseguida—. Si algo te incomoda, házmelo saber.

Le lanzo una mirada que ni yo misma entiendo y él sonríe.

—Suéltame.

Lo hace de inmediato y se coloca las manos a la espalda. Su sonrisa solo se desvanece cuando atrapa la mirada de advertencia que le lanza ser Kergalot. Creo que estamos lo suficiente cerca del salón como para que alguien nos oiga.

—No pienso hablar con nadie de ahí dentro —protesto en un susurro.

—Como lo deseéis, mi señora.

Sebastián me ofrece un gesto complaciente y una sonrisa retorcida. ¿Se está burlando de mí?

—¿«Mi señora»?

—Tú puedes llamarme «mi lord» o «mi señor» —bromea—. O puedes saltarte el protocolo y llamarme Sebastián. No voy a hacer que te azoten ni nada por el estilo. Aunque creo que «querido» es lo que mejor venderá la historia. «Mi amor» es empalagoso y poco noble.

—¡Mi peor pesadilla! ¡Eso es lo que te voy a llamar!

No sé ni cómo, y quizá sea memoria muscular, pero doy un pisotón como hacía años que no lo hacía. Cierro los puños y lo fusilo con la mirada, y él agacha la cabeza, ocultando una pequeña risa contra la mano libre.

Y ahí está ese colmillo, oculto a simple vista.

Ahí está el chico al que recuerdo, debajo del príncipe impresentable.

Y ahí estoy yo: la niña de las trenzas.

Ser Kergalot se aclara la garganta y nos interrumpe.

—¿Preparados, alteza, excelencia?

Está entre nosotros y las puertas que nos llevarán al interior del salón de baile en el que nos espera la cena.

Irina y Rilke se han hecho cargo de describir lo que me espera: las familias nobles de Valemir aguardan al otro lado de esa puerta, cada una en sus mesas. Nos esperan unas seis horas de evento.

—Preparados —respondo decidida.

—Guardad las formas —advierte ser Kergalot—. Recordad que es el príncipe quien debe hablar por…

—¡Oh, no seas aguafiestas, Alaric! —protesta el susodicho—. No la coartes. Al menos esta vez habrá alguien interesante en una de estas estúpidas cenas.

Sebastián coloca su mano en mi espalda y me guía al interior de la sala.