Capítulo 9
La tela de este vestido pesa mucho más que la del otro.
Además, la silueta de este es un poco más enrevesada, pero está acabado y no nos queda mucho más tiempo.
Al final Rilke tenía razón. Han sido capaces de apañar un nuevo vestido.
De hecho, resulta que son tan buenas costureras como institutrices porque, aunque tengo la cabeza como un bombo, he olvidado absolutamente todo lo que no sea la cena de nombramiento y el papel que se supone que debo desempeñar en ella.
Adiós, Madrid.
Adiós, turnos de tarde.
Ahora lo único que conozco son los diferentes saludos y términos adecuados para cada noble, así como la geografía y disposición del reino de mi prometido.
Mi falso prometido.
—No entiendo por qué os metería a vosotras en este enredo —murmuro, bajando del cajón en el que ambas costureras me han tenido la última hora.
Han estado ultimando los detalles de este vestido como si fuera su mayor creación. A juzgar por las perlas bordadas en la falda, diría que Irina al final me ha cogido algo de cariño.
—Vuestra alteza nos puso al día ayer por la noche —explica la maestra—, pero la prometida falsa del príncipe no debería preocuparse de esas cuestiones. Tú tan solo asegúrate de sobrevivir a la noche.
Arrugo la nariz.
—¿Y no teme que confeséis que todo esto es un truco? —pregunto frustrada—. Porque es un paranoico. Está siempre hablando de enemigos e intentos de asesinato.
Rilke sonríe, un par de pasos por detrás de mí, echándole un vistazo a la caída de la falda. Parece orgullosa.
—Irina fue su ama de pequeña —responde sin más.
Sebastián es un puzle que no voy a poder resolver jamás, ¿verdad? Un segundo es el príncipe de Maquiavelo y al siguiente es Moisés.
Alzo las manos en el aire, exasperada, y ambas mujeres me echan la bronca a la vez por romper el protocolo.
—Lady Emma, ¡los brazos!
—¡Nunca por encima de los hombros!
—Mantenga los codos sellados. ¡Se-lla-dos!
Pongo los ojos en blanco, fastidiada, y bajo los brazos, luego inclino un poco la cabeza.
Sea lo que sea, mi actitud tendrá que servirles porque no tenemos mucho más tiempo para preparar a la nueva prometida del príncipe Sebastián.
De hecho, mientras dicho príncipe engreído está vete a saber dónde haciendo vete a saber qué, las costureras me preparan como se prepara a una actriz a la que han recogido de la calle para reemplazar el papel principal de una ópera: con pocas esperanzas de éxito, pero las mejores intenciones.
Mientras Rilke se asegura de que el corsé queda bien cerrado, me pongo las manos en la cintura y clavo la vista en la puerta cerrada de mis aposentos.
—No está mal para haberlo hecho en una tarde —murmura la joven madre.
La vieja pone una de sus caras de desaprobación, pero no dice nada más.
—¿Lady Emma?
Vuelvo la cabeza para prestarle atención a Rilke.
—Emma a secas, por favor.
Ella se me queda mirando con los ojos como platos.
—¿Emma?
—Exacto.
—¿Queréis que os tutee?
—Sí —suspiro—, por favor…
Después de un minuto de silencio en el que parece sopesar la idea, suspira y retoma la conversación.
—Emma…, ¿estás preocupada por el príncipe?
Aprieto los labios.
Rilke está convencida de que todo esto tiene cierto romanticismo, en especial porque le he confesado que sí, que el príncipe y yo nos conocemos desde niños. Pero, claro, yo tengo una opinión muy distinta del asunto.
Yo a esto lo llamo secuestro.
—No. Estoy cabreada —suelto sin más—. ¿A santo de qué me suelta que estamos prometidos, me deja con vosotras y se larga? ¡Ha sido una emboscada! ¿Quién demonios se cree que es? ¡Yo solo he accedido a hacer todo esto para encontrar a mi padre! ¡Y ahora tengo que…!
—¿Asistir a una cena de gala?
—Sí y comerme el…
—¿Pavo rustido con confitura de miel?
—¡Eso! —respondo airada.
Se hace el silencio.
Después, Irina suelta una carcajada que llena la estancia.
—¡Si esos fueran todos nuestros problemas!
Resoplo y me vuelvo para verme en el espejo: me han recogido los rizos en trenzas. Han encontrado joyas y tocados a juego con su obra de arte. El vestido verde es una amalgama de piezas antiguas con el que han hecho uno nuevo, pero es hermoso.
La cola medirá un metro, más o menos.
—Tendría que haber sido amarillo —murmuro de mala gana.
Rilke sonríe divertida.
—Como ya te hemos dicho, los colores son importantes. Algunas casas usan colores específicos y llevarlos podría demostrar cierta… asociación con dichas casas. No queremos que eso ocurra, ¿verdad?
¿Significa eso que los asesinos amarillos venían de una casa en concreto?
—¿Qué casa está asociada con el amarillo? —pregunto.
—El dorado —me corrige Rilke— es el color que suele representar a la Casa de Ard, la casa de la afinidad con la tierra.
Asiento despacio. Soy incapaz de recordar tantos nombres en apenas un par de horas, pero me las apañaré. Eso no evita la rabia que siento. ¿Por qué tengo que ir a una cena de nombramiento? ¿A mí qué se me ha perdido allí?
—El rojo es de la Casa de la Voluntad, ¿cierto? —añado intentando ser proactiva.
Rilke asiente.
—Por eso el vestido de esta mañana era color vino.
—Y por eso le ha parecido tan gracioso a Sebastián —gruño, ahora entiendo las miradas del servicio—. Era el vestido de su exprometida.
—Así es —responde Irina—. Era el único que teníamos a mano, dado el estado en que llegasteis, lady Emma.
Alzo el mentón y evito avergonzarme por haber aparecido desnuda. ¿Y yo qué culpa tengo de eso? Solo he aceptado buscar las reliquias para descubrir qué demonios ha sido de mi padre. No he aceptado ser la prometida de nadie ni la muñequita de ninguna costurera ni…
—Lo voy a matar —digo por lo bajo.
Oigo a alguien acercarse a la puerta y, cuando esta se abre, otra doncella nos avisa de que la hora se acerca. Curiosamente, Cleia no ha vuelto a aparecer en todo el día. ¿Estará en mis aposentos cuando regrese de la cena? ¿Podría preguntarle qué piensa ella de todo esto?
Fue ella quien me advirtió sobre Sebastián.
Quizá debería haberle hecho más caso, en vez de desechar su consejo de buenas a primeras.
—Lady Emma, ¿cuál es vuestro papel esta noche? —Irina me observa como una maestra y aguarda hasta que encuentro la respuesta.
—Figurar junto al príncipe regente, ser presentada en sociedad y aguardar hasta que las campanadas den la medianoche.
—¿Qué ocurre entonces?
Que me largo corriendo a mi casa en una calabaza, lejos de esta institución de locos.
—A las doce —respondo—, los Luminares aparecen y le hacen saber a la corte si el heredero ha sido elegido o no para ser el próximo rey.
La vieja asiente, convencida.
—¿Y quién se postula esta noche?
—La Casa de la Voluntad —respondo rápidamente.
Parece ser que la Casa de la Voluntad es una de las más importantes, porque hay demasiadas cosas que le atañen.
O eso o son una panda de plastas.
—Que es también la casa de la antigua prometida de Sebastián —repite Rilke con una mano en la cadera—. Así que aparecer con otra prometida esta noche es una clara declaración de…
—Es un insulto —la corta Irina sin más—. Así que los asistentes no os van a quitar el ojo de encima, alteza. Mantenga la calma. No es personal, pero no podéis dejaros provocar ni achantar.
Niego con la cabeza, fastidiada. ¡Encima!
—Solo si sobrevivís a la noche, podréis descubrir qué le ocurrió a vuestro padre —concluye la maestra costurera—. No tenéis otra opción, ¿lo recordáis? Es importante que lo recordéis: a veces no tenemos otra opción.
Supongo que tiene razón.
—De hecho, me han dejado sin opciones —protesto.
La mujer me tiende la mano y me ayuda a moverme.
Las dos costureras me acompañan fuera de la habitación, hasta el pasillo que lleva hacia las escaleras principales del ala oeste. Mientras, me crujen a preguntas sobre la corte y respondo a la gran mayoría mal. Ambas deciden que lo mejor será que sonría y solo hable si me veo completamente segura.
Irina bromea y dice que quizá sea mejor fingir que soy muda.
—Vuestra alteza espera en el vestíbulo —dice Rilke—. Solo tienes que bajar la escalera. El resto de la noche, cuélgate del brazo del príncipe y aguanta, Emma.
«Lo que voy a hacer es colgarle a él», pienso. Pero asiento y noto el suave apretón de su mano contra la mía antes de separarse.
Tras arreglar el bajo de la falda, ambas doncellas asienten y se retiran.
Al final, ser Kergalot no ha aparecido. Aunque, viendo el historial de Sebastián, estaba segura de que faltaría a su palabra de alguna manera.
Cojo aire y sostengo la falda tal y como ellas me han enseñado para bajar la escalera que lleva al vestíbulo principal.
Tomo la misma escalera por la que Sebastián y yo hemos subido por la mañana, antes de toda esta treta.
De hecho, siento que llevo atrapada en ese piso una eternidad y que ahora soy una persona diferente.
Una mucho más enfadada.
Cuando piso el primer escalón, algo insegura, me cercioro de poner bien el pie. Sin embargo, cuando gano confianza, consigo levantar la vista y ver el vestíbulo que espera a mis pies.
Abajo, al final de la escalera, se encuentran los caballeros de la Guardia Real. Entre ellos está ser Kergalot, que parece perdido en sus pensamientos. Los soldados han formado un pequeño pasillo. El hombre, entre ellos, parece tenso, dispuesto a salir huyendo.
En el centro del pasillo, el príncipe me mira solo a mí.
Va vestido de gala, con una cinta que le cruza el pecho y lo que pudiera ser un florín a la altura de la cadera. La chaqueta es de un azul muy oscuro, pero sus condecoraciones y su cinturón hacen juego con mi vestido.
Mi resolución de asesinarlo desaparece.
Sería un despropósito con esa cara.
Todas las maldiciones que he ido recopilado a lo largo de la tarde quedan en nada cuando veo que, con una mano en el pecho, Sebastián rompe filas y se acerca al final de la escalera para recogerme.