Pinceladas de una traición Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Carraspeo para eliminar el nudo que se me ha hecho en la garganta. Cuando Sebastián coloca las manos a la espalda y alza el mentón, sí que parece un verdadero miembro de la realeza. Está distante, frío, sereno. Borra al chico al que conocí de un plumazo y la idea me resulta un tanto escalofriante.

Avanzo hacia él, esperando que él haga lo mismo y me mire a los ojos. Que me devuelva al chico que aparece de vez en cuando.

—Me ayudarás a descubrir qué le ocurrió a mi padre y cómo evitar que me ocurra lo mismo —pido.

Su posado desaparece. Aunque la petición no lo pilla por sorpresa, parece que mi gesto sí. Me mira de arriba abajo, como si buscara alguna falla en mi rostro, algo que revelara alguna intención oculta.

Lo que parece sorprenderle es que no la encuentra.

—Por supuesto —concede.

—Así podré volver a Madrid y librarme de…

Decir «la maldición» le da demasiada importancia. Hago un gesto con la mano, frustrada, y es él quien resuelve el problema.

—De las pesadillas —dice amable.

—Exacto.

Sebastián se apoya en el saliente de la ventana para mirarme y, tras un instante en el que parece que está digiriendo la información, asiente.

—Está bien —dice—. Entonces nos ayudaremos el uno al otro. ¿Significa eso que aceptas mi propuesta?

Entonces les hace un gesto a las doncellas, pero asumo que será algo que debe hacer. Vuelvo el rostro para ver cómo colocan una caja en el suelo y el golpe que hace al caer sobre la alfombra me despista.

—¿S-sí…?

—Necesito que lo digas más claro, Emma. Por supuesto, eres consciente de lo que supone la vida de un príncipe.

—Supongo.

—Supongo no es un «sí». ¿Aceptas mi propuesta?

—Sí, acepto.

¿Qué le pasa ahora? ¿Y por qué sonríe así? Sebastián hace un gesto con las manos, satisfecho, y se incorpora de nuevo.

—Perfecto. Porque tenemos mucho trabajo por delante. Me he encargado de que tengas tus propios aposentos, tus doncellas y todo lo que necesites a tu disposición para esta noche. Y para todas las demás, claro.

Se aleja de mí y yo lo sigo sin pensarlo, como si una cuerda me atara a él.

—¿Para esta noche?

—Me temo que hoy ya tengo apalabrada la comida y voy algo tarde después de nuestro paseo, pero confío en que Irina y Rilke se harán cargo de ti y te ayudarán a hacerle frente a la velada lo mejor posible, ¿verdad?

—Por supuesto, alteza —responde la mayor de las doncellas.

—¿Qué ocurre esta noche? —pregunto.

Las mujeres se vuelven al verlo pasar y hacen una pequeña reverencia.

—Así será, alteza.

La más joven de las dos me corta el paso y Sebastián se escabulle. La muchacha me sonríe con dulzura y me guía con un gesto. Vacilo. Lo veo alejarse y entiendo que la doncella intenta hacerse cargo de mi ropa cuando me hace un gesto con las manos.

—¡Oh, no es necesario! —digo azorada—. Puedo apañármelas sola. ¿Sebastián? ¡Oye…!

¿Adónde va?

—Ese vestido le queda grande, alteza —objeta la joven—. Podemos hacerle uno a su medida a tiempo para la cena, no se preocupe.

¿Cómo que «alteza»?

—No sé si tendremos tiempo para eso, Rilke —protesta la mayor de las dos—. No hagas promesas en vano.

Parpadeo, siento las manos de la mayor en la cintura.

—No es necesario hacer ningún vestido, de verdad —insisto—. Podemos ajustarlo de otra manera o… Me gustaría poder hablar con el príncipe, si no os importa. ¿Sebastián?

El aludido sonríe, está encantado con la escena.

—No puede llevar ese vestido color vino de la Casa de la Voluntad —protesta Rilke—. Debe vestir algo adecuado. ¿Quizá un color oliva? Que le destaque el pelo. ¿Qué le parece, príncipe Sebastián?

—Una idea excelente, como siempre, Rilke —dice desde la distancia.

¿Por qué está dejando que todo esto ocurra? Sin saber cómo, subo a la caja de madera cuando la mujer mayor me obliga. Desde la puerta, Sebastián parece que se lo está pasando pipa viéndome a merced de ambas mujeres.

—Sería un color adecuado, sí —observa Irina, desatándome los cordones de los laterales del vestido.

—¿Adecuado para quién? —pregunto atacada.

Rilke sonríe orgullosa.

—Adecuado para su nuevo estatus, alteza, por supuesto.

—¿Qué está pasando? ¿Qué estatus…?

Desde la puerta, Sebastián sonríe travieso. Tiene la mano en el pomo de la puerta cuando por fin confiesa:

—El de la prometida del príncipe, querida.

Se me cae el alma al suelo… ¡Sí, hombre! Eso no lo hemos acordado. No lo hemos ni mencionado.

No hemos hablado de…

—¡¿Qué?!

Sebastián escurre el bulto y sale por la puerta.

—Ser Kergalot vendrá a buscaros a la hora de la cena. Os veré de nuevo entonces, lady Emma —dice carismático y traicionero.

—¡Sebastián, vuelve aquí!

La puerta se cierra con suavidad tras él. Las doncellas me sostienen sobre la caja sin que yo ni siquiera pueda entender qué está ocurriendo. La túnica color vino cae al suelo pese a mi estupor.

—No se preocupe, lady Emma —dice Rilke—. Somos conscientes de que no conocéis las costumbres de Valemir. Vuestra alteza el príncipe nos ha informado de todo. No es una situación tan horrible casarse con un hombre desconocido cuando este es un príncipe.

—¡No voy a casarme con él! —respondo cortante.

Pero nadie me está escuchando.

—Ahora que es su prometida, le enseñaremos todo lo que necesita saber —continúa Rilke—. Si tiene preguntas, podemos contestarlas.

—¿Y Cleia? Quiero hablar con ella.

—Esperemos que esta prometida aguante más que la anterior —resopla Irina pasándome la cinta de medir por la cintura.

Anonadada, agacho la mirada para mirarla a la cara.

—¡¿La anterior?!

Rilke suelta una risa y golpea con suavidad el hombro de su maestra, que está apuntando las medidas en un trocito de papel. La vieja se ríe y luego niega con la cabeza mientras busca algo de tela.

—Irina, vas a asustarla.

—Trabajé como una mula en ese vestido de boda con perlas para que luego se lanzara por un acantilado —protesta—. Tengo derecho a asustar a esta si quiero. No pienso pasar por eso dos veces.

—¿Quién se tiró por un acantilado?

La vieja alza un dedo, casi como si quisiera regañarme.

—Lady Emma, os pongáis como os pongáis, no pienso coserle perlas a vuestro vestido. Si vos queréis despeñaros, no me hagáis trabajar de más.

—¡No quiero perlas! ¿De qué estáis hablando?

Rilke le dedica una mirada de reproche a su compañera antes de mirarme a mí.

—De la anterior prometida del príncipe, alteza —explica—. Pero vos no os preocupéis por eso. Es solo una tragedia tonta.

Voy a perder la cabeza.

—Aunque, siendo sincera, a mí no me importaría si el príncipe fuera tan horrible como dicen —continúa Rilke—. Con lo guapo que es, también me casaría con él aunque fuera el mismísimo Corruptor.

—Y por eso tienes dos niños a los que alimentar en las cocinas, chiquilla —protesta Irina—. ¿Le has medido bien ese hombro? ¡Céntrate!

De pie, en mitad de la sala y dejando que las dos mujeres me usen como una muñeca, intento hacerme a la idea del lío en el que me acabo de meter. ¿Cómo he acabado enredada en esto?

Ayer era una veterinaria que cobraba el salario mínimo y ahora soy la prometida de un príncipe emperrado en heredar el reino de su padre.

¿Dónde dicen que está ese acantilado?