Capítulo 8 #2
Sebastián se ríe con suavidad.
—Me mandan pesadillas, dolor de cabeza y asesinos vestidos de color amarillo.
—¿Amarillo?
—No soporto el amarillo —resopla—. Me sienta fatal. Estoy seguro de que es un intento de matarme y burlarse de mí a la vez, pero todavía no he descifrado la lógica sentimental que hay detrás.
Niego con la cabeza.
—Algo habrás hecho —intento bromear.
Él chasquea la lengua.
—No debería haber rechazado a Cyrilla después de confesarle algo tan personal, supongo —dice él siguiéndome la broma—. No puedes fiarte de nadie en esta sociedad de locos retorcidos. Espero que tú esto no lo uses para después intentar… ¿vender mis secretos a algún miembro de la corte?
Antes de que pueda protestar, Sebastián hace un gesto para que lo siga. ¿Es Cyrilla alguna…? ¿Qué?
—Ven, cogeremos otro camino para volver al interior.
Sostengo la falda con mucha más maestría que hará unos minutos, no me está costando acostumbrarme al vestido.
Doy un paso tras Sebastián, adentrándome en la luz del sol matutino.
Aunque es invierno, es lo suficiente cálida como para que se explique por qué los prados son tan frondosos.
Al menos en Madrid era invierno… ¿Las estaciones funcionarán igual en Valemir?
—¿Quieres que me pierda en aquella arboleda? —bromeo.
Sebastián se vuelve, carismático, y camina de espaldas solo para mirarme.
—¿Después de lo que me ha costado encontrarte de nuevo? —resopla—. Tengo la intención de quedarme contigo, lady Emma.
Río con suavidad y lo sigo sin pensarlo demasiado ocultando un rubor.
Tomo nota: mi niño torpe es ahora un zalamero.
Sea como sea, dejo que sea el príncipe quien nos guíe a través de los terrenos exteriores del ala oeste y yo me centro en que la tela color vino no se embarre con la tierra del camino.
—Bonito vestido.
—Gracias.
—¿Qué prefieres para desayunar?
Parpadeo y alzo la vista.
—La leche y el bizcocho estaban muy ricos —digo.
—Son mis favoritos, por eso te los he hecho enviar. ¿Qué sueles desayunar tú en…? —Parece intentar recordar algo.
—¿En Madrid?
—Eso, gracias —añade con un gesto educado—. ¿Qué se desayuna en el Reino de Madrid?
Suelto una risilla y, como hay demasiado por explicar, niego con la cabeza.
—Churros con chocolate si eres guiri.
Sebastián me mira como si hablara otro idioma y trata de sonreír como lo hago yo. No puedo tomarle más el pelo.
—Madrid no es un reino.
—Ah. —Arranca una hoja de uno de los árboles y juguetea con ella como anoche hacía con la pluma—. ¿Y qué es?
—Una ciudad.
—¿Sin gobierno?
Cojo aire despacio, considerando hasta qué punto podría explicarle a Sebastián cómo es Madrid.
—¿Cómo es el gobierno en Valemir?
El príncipe sonríe arrogante.
—La Casa de Amira es la casa regente ahora mismo y tiene diferentes consejeros y ministros. La gente que trabajaba con mi padre sigue trabajando por el reino —explica—. La posición del rey es principalmente representativa, pese a lo importante que es.
«Ah, entonces no es tan diferente», pienso.
—¿Y a qué te dedicas como príncipe regente?
—Mientras no se elija al nuevo rey, actúo como monarca, pero sin serlo —responde simple—. Son las mismas responsabilidades que siempre.
—Y cuando no tienes nada que hacer, sales a pasear por los jardines —bromeo.
—O cuando quiero huir de mis tareas, sí —añade divertido.
Mientras Sebastián nos guía, me pregunto qué hubiera sido de mí si jamás hubiera salido corriendo aquella noche.
¿Qué hubiera pasado si en vez de adentrarme en el bosque hubiera decidido abrir la puerta del jardín y huir en dirección contraria?
¿Habría llegado al castillo? ¿Habría visto los pueblos y a la gente que vive en ellos?
¿Habría encontrado a Gael? ¿Y si le hubiera pedido ayuda?
Si hubiera elegido otro camino, es posible que mi padre siguiera aquí.
Cabe la posibilidad de que Sebastián y yo jamás nos hubiéramos separado.
Este lugar sería tan familiar como la clínica veterinaria.
He visto a los caballos y asumo que el castillo tendrá gatos para mantener a las ratas a raya, ¿no?
Y pájaros. Hay pájaros en las copas de los árboles, por encima de nuestras cabezas.
Pero, si esa vida fuera real, jamás habría conocido a Sia.
Necesito volver a Madrid. No creo que haya nada aquí para mí, aparte de la nostalgia de una vida que jamás llegué a vivir y el rencor de no obtener jamás las respuestas necesarias. Pero no puedo evitar hacerme mil preguntas sobre este lugar, qué hago aquí y qué ha sido de él.
De mi padre.
Para cuando me doy cuenta, caminamos sobre tierra y estamos rodeando una fuente. Frente a nosotros ahora hay una puerta grande con mil detalles.
—Esta es la puerta principal del ala oeste —señala Sebastián, educado, mientras sube las escaleras del porche—. Me temo que anoche no tuve tiempo de presentarte al servicio, pero he apañado un par de cosas y ellos sabrán qué hacer. Si necesitas cualquier cosa, házselo saber y te ayudarán.
Lo sigo al interior, anonadada de nuevo. El joven saluda con la cabeza cuando dos doncellas nos alcanzan pasando por el vestíbulo principal y nos hacen una reverencia. Me siento estúpida cuando descubro que estoy saludando con la mano.
Sebastián sonríe al ver el rubor de mis mejillas.
—No pasa nada —ríe—. ¿Se saluda así en tu mundo?
—Normalmente sí. ¿Se supone que yo también tengo que hacer una reverencia? —pregunto azorada.
Él me dedica una mirada, como si intentara descubrir cuál es mi opinión al respecto. Al final, cede.
—Yo tampoco los conozco demasiado, tranquila —confiesa—. El protocolo del castillo es uno. Aquí se hace lo que yo ordeno. Si se lo pides, te saludarán con la mano. Supongo que entre ellos lo harán. No tengo ni idea.
—¿Tampoco te fías de ellos? —resoplo divertida.
Le veo encogerse de hombros, manteniendo cierta distancia emocional.
—¿Quién sabe? Quizá mañana decidan intentar ahogarme con un cojín porque alguien les ha prometido mejores condiciones laborales —responde cínico—. No son mis amigos, Emma. Trabajan para mí.
Sebastián hace mueca divertida. Yo frunzo el ceño. Son la gente que cuida de su hogar. Pero, claro, es un príncipe. A él qué más le da si son amigos o trabajadores o…
Arrugo la nariz cuando me tiende una mano, pero dejo que me ayude a subir la escalera principal. Asumo que es la que nos llevará al mismo piso en el que está mi dormitorio. Casi toda mi atención está puesta en no tropezarme con el bajo de la falda.
Esta vez, el joven nos guía hacia mis aposentos.
Si Kevin viera este lugar, pensaría que está compuesto de mil momentos históricos diferentes.
Existe de la manera más incongruente. Todo tiene sentido, pero hay ciertas comodidades que no logro comprender.
Supongo que cuando puedes resolver ciertos aspectos con magia, algunas soluciones resultan algo redundantes y por eso no hay lámparas en el techo, ¿verdad?
Hay una especie de estructura colgada, pero está vacía.
—Si no te fías del servicio y no te fías de las chicas con las que sales —bromeo—, ¿por qué confiarías en que puedo ayudarte, Sebastián?
Él me mira con seriedad, dejando entrar a dos doncellas para hacernos compañía en la habitación. Entorna la puerta, pero no la cierra, mientras yo avanzo hacia el centro de la sala. ¿Debería sentarme?
—No tengo muchas más opciones, Emma —bromea—. Hasta donde yo sé, tu padre solo tuvo una hija.
—No me sorprendería que apareciera otra —resoplo cínica.
¿Cuántas más cosas me ocultó? Sebastián coloca una mano en mi espalda y me guía hacia la ventana, lejos de las doncellas. Una vez que llegamos al fondo de la habitación, veo que clava la vista en el horizonte y guarda silencio.
Aprovecho el momento para fijarme bien en quién nos acompaña: son las mujeres que vi antes en el pasillo, las que nos hicieron la reverencia, y visten de negro. ¿Por qué?
No llevan ningún delantal, aunque traen consigo un par de cestas.
—Dime, Emma, ¿crees que puedo confiar en ti? —pregunta Sebastián.
Cuando alzo la vista y me topo con la suya, la intensidad de su mirada me atrapa. No me he sentado y él tampoco lo hace.
—No tengo ningún interés en hacerte daño —respondo con sinceridad—. Tampoco sé cómo podría hacerlo.
—Podría decir lo mismo.
Su petición sigue pendiente, colgando suspendida en el aire entre nosotros. No he tenido mucho tiempo para considerarla, pero sé que quiere una respuesta. A decir verdad, las opciones que tengo no son demasiadas y la oferta del príncipe parece la más sensata.
Al menos hasta que encuentre la forma de volver a casa sana y salva.
Sin embargo, como si no quisiera insistir, el príncipe se aleja. Continúa hacia el final de la sala y se acerca a los ventanales.
Me vuelvo hacia él, dejando que la distancia ponga las cosas en perspectiva.
—Quizá sea buena idea —digo casi pensando en voz alta.
Sebastián clava la vista en el exterior, casi como si no quisiera dejarme ver su reacción al oír mi respuesta.
—Puedo quedarme un par de días. O hasta que hayas encontrado las reliquias, supongo —suspiro—. No sé exactamente cómo podría ayudarte con eso, pero si no hay nadie más que pueda hacerlo…
Veo que juguetea con sus dedos, como lo hacía cuando sostenía la hoja con la pluma… El gesto se ha vuelto tan familiar que creo que entiendo lo que ocurre.
Cuando Sebastián piensa, necesita atrapar las ideas en ese gesto.
—¿Me ayudarás entonces?
Espero hasta que se vuelve para mirarme y, cuando lo hace, asiento.
No estaría mal poder ayudar a un viejo amigo.
Además, la situación parece injusta: lo criaron para ser el rey y ahora quieren arrebatarle su derecho de nacimiento.
No parece tener ninguna intención horrible para con su reino, ni ha hecho nada que lo haga parecer el príncipe horroroso del que hablaba Cleia.
De todas maneras, no soy tonta.
—Pero quiero algo a cambio.
Él asiente estoico.
—Lo que desees.