Capítulo 8
Es una sensación embriagadora y difícil de explicar. Es lo más cercano a meterse una cucharada de miel en la boca por primera vez después de mucho tiempo.
Me incorporo en la cama, confusa.
No recuerdo haber dormido tanto ni tan bien en la vida. Las sábanas tienen un tacto agradable y no hay nada fuera de lugar. La calidez de las brasas se ayuda de la luz del sol que entra a través de la ventana que hay junto a la cama para mantener la habitación a una temperatura agradable.
Paso la mano por encima de la manta y me pierdo en el tacto de la lana mientras me recupero. Recorro mis sensaciones con cuidado: mis manos, la manta, el tacto de las sábanas, mi pelo, mi respiración calmada.
Sigo en Valemir.
No ha sido un sueño.
Cuando vuelvo el rostro, veo que la puerta por la que salió Sebastián anoche sigue cerrada.
Sin embargo, algo ha cambiado. Junto a la entrada hay un pequeño baúl.
En la superficie del mismo hay una bandeja con una jarra y un plato cubierto, como si alguien hubiera querido entregar la comida hará horas y hubiera cambiado de opinión en el último momento.
Quien haya traído algo de comer, lo ha dejado ahí y me ha permitido seguir durmiendo.
El estómago me ruge en cuanto huelo algo dulce.
Salgo de la cama curiosa y descubro que me han dejado algo de leche que en algún momento estuvo caliente, algo de bizcocho y…
Por desgracia: té y solo té.
Suspiro preguntándome cómo voy a sobrevivir sin café.
¿Habrá café en Valemir? Digo yo que, si pueden limpiar las aguas, curar heridas y todas esas cosas mágicas, no estaría de más poder pedir un café con leche, ¿no?
¿O podrían traerme uno de Madrid? No lo sé.
Igual los dichosos espíritus no lo permiten.
Resoplo, pero no estoy para reclamarle nada a nadie y me muero de hambre, así que no le pongo pegas a nada.
En cuanto el bizcocho me entra en la boca, descubro que, en efecto, deben de haber usado magia para hacerlo. Me sirvo un poco de leche y de reojo veo mi reflejo en el espejo de pie. Me quedo de piedra.
De entre todas las cosas surrealistas que han ocurrido, la más increíble es esta: tengo los rizos mejor de lo que los he visto jamás.
Sin crema y sin peinarlos. ¿Será por la ayuda de Cleia?
¿Me ha traído el desayuno y ha desaparecido de nuevo?
¿Ha sido ella? ¿Podría llamarla ahora si quisiera?
Me limpio las manos contra el camisón con torpeza y me las miro para comprobar que tampoco tengo ninguna de las heridas de anoche.
De hecho, mi piel está como nueva.
Junto al espejo encuentro un vestido colgado.
Asumo que Cleia lo ha dejado ahí para mí.
Me visto como buenamente puedo y no me resulta demasiado complicado: encuentro la camisola, me coloco el vestido y después la túnica.
Además, la joven ha elegido un vestido que se ata por los costados así que no necesito ayuda de nadie.
Acaricio la tela color vino con cuidado buscando los recuerdos de los vestidos que solía llevar en casa.
Eran diferentes, mucho menos ostentosos.
Este, además, parece bastante viejo. De hecho, debe de serlo, aunque al mismo tiempo también diría que es nuevo.
Me pregunto de quién será, pero asumo que de una mujer mucho más alta que yo, porque el bajo roza el suelo.
Como sigo medio muerta de hambre, vuelvo a la bandeja a por un segundo trozo de bizcocho.
Es entonces cuando encuentro la nota.
Espero que hayas descansado bien. Cuando regresé con algo de comer, ya estabas dormida.
Sebastián
Le doy vueltas al papel mientras me bebo un largo trago de leche fría. Entonces ¿vino a traerme algo de comer? ¿La bandeja es suya? Sé que le debo una respuesta y, ahora que tengo la mente un poco más despejada, quizá sea más fácil responder a sus preguntas y a las mías.
Por eso mismo, salgo de la habitación sin pensarlo.
Tenemos que hablar.
De mil cosas.
Atravieso el largo pasillo con sus ventanales y, solo cuando llego al final, a la bifurcación, me doy cuenta de que no tengo ni idea de adónde estoy yendo.
Creía que había un guardia real apostado, pero al acercarme veo que solo hay una armadura decorativa y me veo a mí misma dudando entre una dirección u otra. No hay nadie a quien pueda preguntarle.
Cuando me vuelvo para observar el mismo pasillo por el que he venido, me parece ver a dos doncellas.
Una de ellas es más o menos de mi edad y la otra es mucho mayor.
Sin embargo, ninguna de ellas me ve ni me oye, porque no me atrevo a levantar la voz y a preguntarles si saben dónde está el príncipe.
¿Estaría eso muy fuera de lugar? Supongo que sí.
Abochornada, dejo caer la cabeza contra una de mis manos.
Bueno, mira, de perdidos al río.
Estoy segura de que puedo encontrar a Sebastián yo sola y, si no, al menos descubriré un poco más del lugar.
Decido tomar el camino de la izquierda, siguiendo los rayos de sol.
El pasillo es más corto y se estrecha al final.
Acabo dando vueltas por una escalera que parece ser la del servicio.
Mis sospechas se confirman cuando acabo en una de las cocinas y casi le doy un susto de muerte a un muchacho que cargaba un saco de zanahorias.
Con la misma torpeza, ambos ofrecemos una reverencia tras otra en una especie de disculpa eterna que dura hasta que encuentro la puerta de salida de las cocinas.
Dejo atrás a la gente del servicio, que me permite pasar sin más.
Al otro lado del marco de piedra, encuentro un patio de luces pequeño y mal cuidado.
En él hay un par de carros llenos de comida y hay varios mozos cargando sacos y cajas al interior de lo que parece un almacén.
Me planteo si debería dar la vuelta y volver por donde he venido o pedirles ayuda, pero el orgullo me puede.
No hace falta.
Además, moverme por el castillo también me ofrece cierta perspectiva sobre Valemir y cómo se vive aquí.
Cuando me escabullo por otro pasillo, encuentro unas caballerizas.
Recuerdo que Sebastián mencionó que el ala oeste le pertenecía, razón por la que me dejó en esa habitación.
Por lo tanto, esta zona no es exactamente parte del castillo y debe de ser un edificio independiente, ¿no?
¿Significa eso que el castillo tiene más alas? ¿Cuánta gente vive en los terrenos?
A juzgar por la cantidad de comida en los carros, bastante.
Atravieso las caballerizas con decisión, intentando no arrastrar nada con el bajo de la falda.
Me la levanto con suavidad persiguiendo el sol.
Me cruzo con un gato que, perezoso, toma el sol en un rincón.
Si estoy entendiendo bien la disposición del edificio, sé exactamente lo que voy a ver cuando salga por el otro extremo.
Pero, cuando por fin llego al exterior, descubro algo mucho más interesante que la piedra y los patios internos.
Yo tenía razón: el ala oeste es un edificio independiente, apenas anexionado al castillo por un largo puente cubierto.
La fortaleza está al otro lado, con sus torreones y sus elaboradas estructuras de piedra antigua.
Es mucho más grande de lo que lo imaginaba y, a juzgar por su posición, fue construido, como todos los castillos, para poder ver bien el reino.
A este lado del río y alrededor de la fortaleza, los prados son frondosos. Hay un par de arboledas no demasiado lejanas, todas ellas producto del hombre. O de los… ¿valmirienses?
Aprieto los labios al recordar la conversación de anoche: ¿significa eso que los valmirienses no son humanos?
—¡Emma!
Oigo su voz a mi espalda. Cuando me doy la vuelta, descubro al príncipe al que andaba buscando.
Va vestido con su ropa de montura y se está quitando los guantes.
Sonrío, embelesada por la idea del lugar que hay más allá de las caballerizas y él alza las manos, como si quisiera preguntar qué demonios me está ocurriendo.
—¿No me has oído llamarte? —se ríe.
Niego con la cabeza.
—Esto es precioso —respondo sin pensarlo—. Los prados, los…
—Pues deberías ver los jardines —responde acercándose a paso ligero.
El Palacio de Linares es un lugar hermoso, pero no puede compararse con este.
Lo frondoso del paraje resulta mágico: la vegetación, los caminos, lo salvaje.
Kevin siempre me deja acercarme a las partes más chulas, pero no había visto jamás nada tan fascinante como esto.
Como si entendiera exactamente lo que pienso, Sebastián se detiene bajo el marco de las caballerizas.
Se apoya en el marco de madera y asiente orgulloso.
—Ahora entiendes por qué no quiero que me lo quiten, ¿eh? —bromea.
Suelto una risa y niego con la cabeza.
—Más o menos.
La verdad es que todo me parece una locura, pero no puedo decirle eso. No sé cómo expresarlo y me parece redundante. Por eso, en lugar de perderme en ese rincón, me dejo maravillar por las vistas del castillo.
Cuando salen a montar, ¿esto es lo que ven los jinetes cuando salen por las mañanas? ¿Es esta su vida?
—¿Has dormido bien?
—Por sorprendente que pueda parecer… ¿Sí?
—Casi te saltas la comida y todo —bromea.
Me ruborizo, pensando en la leche fría y resoplo.
—Hacía días que no descansaba tan bien.
—¿Por las pesadillas?
Parpadeo y él parece leerme la mente otra vez.
—Anoche comentaste que algo te persigue en tus pesadillas —añade enseguida—.
No quiero entrometerme y no hace falta que me des explicaciones, si no quieres.
Pero hay protecciones en el castillo. Y en especial en el ala oeste.
No deberías tener problema para conciliar el sueño y descansar mientras estés aquí. Como te dije, estás bajo mi protección.
Frunzo el ceño. ¿Hay protecciones mágicas que protegen el castillo? ¿De qué? Por lo poco que le he oído hablar de este lugar, asumo que el hecho de que haya aún más en la zona que le pertenece es solo consecuencia de los «múltiples intentos de asesinato» sobre los que estuvo bromeando anoche.
—¿Tus enemigos te mandan pesadillas?