Capítulo 7 #2
—Es una cosa que siempre me resultó la mar de curiosa —añade Sebastián—.
Eras muy aventurera, pero nunca… De hecho, tu padre siempre me daba lecciones sobre que debía tener cuidado contigo.
Imaginé que por eso de que eras una chica y yo el bastardo del rey.
Ahora no estoy tan seguro de que solo fuera eso.
¿Ha dicho «bastardo»?
—¿No te duele nada? —suelta como queriendo cambiar de tema.
Pero yo no quiero hablar de mí y contrataco:
—Entonces ¿qué sabes de mi padre?
¿Sabe lo de las visiones? ¿Lo de su locura? Sebastián se incorpora y se inclina hacia delante con los codos apoyados sobre las rodillas.
Clava su mirada en la mía con intención.
—Era mi maestro, eso es todo —explica—. Y la última vez que lo vi fue la última vez que te vi a ti.
Como ya hemos dicho, ha pasado mucho tiempo desde entonces, así que dudo que pueda contestar a tus preguntas.
O que tú puedas contestar a las mías. Me temo que los dos tenemos la misma información sobre él.
Lo dudo mucho.
—¿Por qué era tu maestro? ¿Te enseñaba a pintar para encandilar a las muchachitas?
—Más o menos —sonríe divertido.
Creo que los dos estamos igual de cansados. Y, con sinceridad, la cama empieza a parecerme demasiado cómoda.
Quizá deberíamos dejar esa conversación para otro momento.
—Quiero volver a mi casa —digo levantándome—. No quiero estar aquí. No sé cómo existir en este mundo y no creo que sea bueno para mí. Sea lo que sea que me ha traído hasta aquí…
Sebastián se incorpora de pronto, me corta el paso y dice tajante:
—No.
—¿No? ¿Cómo que no?
—No puedes irte, Emma. ¿Qué clase de…? ¡Es más de medianoche!
Hago un gesto con la mano.
—Entonces me iré por la mañana.
—No, ¡tampoco!
—No veo el problema. ¿No puedes ayudarme a volver a Madrid? Tiene que haber alguna manera de…
Me mira como si hubiera asesinado a su familia delante de él y me hubiera hecho caldo con sus entrañas.
—¡No puedes salir de Valemir! Todos los espíritus están como están.
—¿¡Los espíritus!?
Parpadeo sorprendida.
—Y mucho menos tras un incendio como ese —sigue él sin más—. ¡Tengo al Corruptor en el cogote! Si intentaras cruzar el Velo ahora, te molerían. Harían pan contigo. ¡Mírate!
Me ofendo.
—¿Crees que soy una inútil?
—Bueno, acabo de salvarte la vida en tus primeros segundos de vuelta en Valemir —resopla molesto—. Los hechos hablan por sí solos…
Me pongo de pie enfadada.
—Pero ¿de qué vas?
—No, no, espera.
—¡Llevo tres horas esperándote en esta habitación creyendo que…!
—Espera, no es eso… —Suspira recomponiéndose—. Emma, escucha…
—Y entras, me llamas inútil y me retienes aquí cuando…
—¡No puedo dejar que te vayas!
—No te estoy pidiendo permiso, guapo.
Sebastián da un paso hacia mí decidido.
—Necesito tu ayuda, Emma.
Antes de que pueda volver a quejarme, su mano encuentra la mía. Sebastián tira de ella para colocársela en el pecho.
Pum. Pum.
Puedo sentir el latido de su corazón.
—¿Para qué me necesitas?
Oigo mi voz suavizarse, la forma en la que el aire sale de mis pulmones como si de repente fuera idiota. ¿Qué acaba de pasar?
Sus ojos buscan los míos, suplicantes.
Sebastián me mira y no me deja escapar. Parece pedirme que lo vea, a él. Quiere que vea al chico de mi infancia, no al príncipe al que llaman la Ruina de Valemir.
Pum, pum.
Mierda.
—Sebastián, responde —le pido—. ¿Para qué podrías necesitar mi ayuda?
—No lo sé. Lo cierto es que lo único que sé es que mi madre cree que la respuesta para recuperar el trono estaba entre las llamas —confiesa.
Parpadeo confusa.
—¿Recuperarlo? ¿C-cómo? ¿Tu madre…?
—Te lo explicaré mejor en otro momento. Solo necesito que…
Sebastián le lanza una mirada a la puerta.
Me pregunto si tiene miedo de que alguien nos vea o si le teme más a la idea de que alguien nos oiga.
Intento recuperar mi mano, pero él la mantiene contra su pecho, como si quisiera hacerme saber que habla desde el corazón que siento bajo las telas, bajo su piel.
—Necesito que te quedes —me pide.
Siento su piel sobre la mía, la caricia de sus dedos. Vacilo, pero decido dejar de resistirme. ¿Qué podría necesitar un príncipe de una huérfana con mala suerte?
—Sebastián…
—La razón por la que tu padre era mi maestro es porque mi padre así lo quiso —empieza.
—¿El rey Gael quiso que fueras su aprendiz?
Dejo de resistir el roce y acepto su mirada sobre la mía.
—Gael y Ciro eran amigos —explica y una sonrisilla le aparece en sus labios—. De hecho, tu padre era famoso también, que lo sepas.
—¿Mi padre? —respondo divertida—. ¿El hombre que tenía que tomarse el té en silencio porque según él «se le cortaba la leche» era famoso?
Sebastián ríe con suavidad y yo me apunto el tanto.
Ahí está ese colmillo suyo.
—Un prodigio para muchos, sí. Humano, también —responde—. Los humanos sois un poco más aprensivos que nosotros. Vuestra cercanía a La Fuente es peligrosa, por eso se mantenía aislado en aquella casa.
Tomo nota de eso, pero soy consciente de que hay demasiada información en el aire. Cuando Sebastián parece tranquilizarse, recupero mi mano.
—Sigues diciendo que es humano como si tú no lo fueras —protesto.
Él no se retira del todo, pero me devuelve parte de mi espacio dando un paso atrás.
—No lo soy.
—Entonces ¿qué eres?
—El aspirante al trono de Valemir y el futuro rey —responde obtuso. Y, sin darme tiempo a seguir hablando, continúa—: Mi padre nombró a Ciro caballero y le dio esa casa. Debe de haber una razón por la que lo hizo. Nunca fue un hombre que hiciera nada porque sí.
—¿Y qué razón crees que es?
—Ciro debe de saber dónde están las reliquias de Amira —responde rápido.
Amira es la reina de la leyenda. ¿Ahora también tiene reliquias?
—¿Crees que tu padre se las dio al mío?
—No hay otra explicación —continúa Sebastián—. Y ahí es donde entras tú y todo esto: él, su hija, la casa. Haga lo que haga, todo me devuelve a esos momentos —resopla frustrado.
—¿Estás buscando unas reliquias y crees que están en mi casa?
Por eso quiere que me quede, claro.
Retrocedo un paso para alejarme de él como si me hubiera dado un bofetón. Le doy la espalda. No sé por qué me siento así, pero se me hace un nudo en el estómago.
Alzo las manos en el aire.
—Quieres que te ayude a encontrar las reliquias —deduzco.
—Sí, Emma, sí. —Cuando me ve alejarme, Sebastián me sigue como si quisiera apelar a su inocencia—.
Y, si mis investigaciones son correctas, son lo único que necesito para acabar con esta ridícula campaña que el resto de las casas han montado en mi contra.
Si consigo las reliquias, probaré mi valor.
¡Puf! Se acabaron los tejemanejes y los intentos de asesinato.
Me vuelvo de inmediato.
—¿Intentos de asesinato? Sebastián, echa el freno.
—¡Larga vida al rey Sebastián!
—¿Quién está intentando asesinarte? —insisto completamente fascinada por la ligereza con la que se toma el asunto.
—¿Todo el mundo? —responde mordaz.
Tras eso, me sostiene la mirada. Suspira algo apesadumbrado y retrocede. Vuelve a sentarse en la silla. O más bien a dejarse caer en ella, agotado.
Lo miro, de pie y con las manos en las caderas.
Es un dramático.
Pero ¿es cierto?
—¿Por qué le daría tu padre al mío esas reliquias? Si era humano y…
—Quizá porque confiaba en él —dice—. Lo único que queda de Ciro son varios cuadernos de notas, una casa que ha ardido hace unas horas y una hija humana que acaba de aparecer entre las llamas, ¡así que…! —deja la frase en el aire.
Me mira como si pudiera conquistarme con sus argumentos y nada más.
—¿Qué son esas reliquias que buscas?, ¿qué hacen?
—Pertenecen a la corona y deben volver al castillo —explica—. No sé por qué ni para qué. Pero sé que, si consigo traerlas de vuelta, obtendré el trono y honraré su legado. Mi padre quería que yo fuera el rey, en contra de todo lo que el reino piensa. Yo soy su legítimo heredero. Siempre lo fui.
¿Eso es lo único que quiere? ¿El trono?
—Pues espero que las encuentres, Sebastián —respondo a la defensiva—. Pero yo no puedo ayudarte.
—¡Pero si eres su hija!
—Es más que obvio que mi padre no me contaba lo suficiente de su vida, dado que no tengo ni idea de dónde estoy ni qué soy, ni tampoco qué eres tú o…
—Puede —responde cortante—. Pero siempre fuiste la más inteligente de los dos. Cabe la posibilidad de que puedas ayudarme y no pienso desperdiciarla…
Frunzo el ceño.
—¿Me impedirías irme? —interrumpo.
—No, pero te suplicaría que te quedaras —responde contundente—. Es lo que estoy haciendo ahora mismo, por si no te habías dado cuenta. Te lo estoy rogando, Emma. Necesito tu ayuda.
Dudo. Hay algo en la forma en la que me mira que me hace desconfiar de él y de que lo que está diciendo sea verdad. Quizá Cleia y el reino no anden tan desencaminados, después de todo. Puede que Sebastián sí que sea una ruina.
O al menos que acabe siendo la mía.
—Hay algo más —dice.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu padre —continúa—. Enviamos un ama de llaves para cuidar de la casa, pese a que estuviera vacía. Fue ella quien nos informó de que avistó a tu padre justo el día en el que…
Oh, claro.
La ley de Murphy.
Por supuesto que todo puede ir aún peor.
—El mismo día que tu padre fue ascendido, ¿verdad?
Sebastián parpadea sorprendido.
—¿Cómo lo has sabido?
—Es lo único que podría complicarme aún más la vida —respondo cansada—, así que era la respuesta obvia.
—¿Cuánto sabes sobre el reino?
Niego con la cabeza, me aparto un poco más y suspiro.
—No lo suficiente —protesto.
Si la aparición de mi padre y el ascenso del rey están relacionados y suponiendo que el tiempo aquí y en Madrid funciona de una forma similar… Sí, hará un par de semanas que mis pesadillas se volvieron más intensas.
La visión desde el autobús, los días encerrada en casa.
Mi padre y el suyo desvaneciéndose a la vez.
Nosotros, aquí.
Todo esto.
—Esta noche, tu regreso… —empieza a decir Sebastián.
La teoría de que mi padre es quien me ha traído de vuelta gana fuerza. ¿Y dónde ha estado todo este tiempo?
—Cabe la posibilidad de que nada sea una mera coincidencia, claro —digo en voz alta prediciendo sus palabras—. Esa es tu sospecha.
Él me mira con decisión, casi orgulloso.
—Por tu seguridad y por la del reino, te pido que reconsideres tu decisión de partir de nuevo, Emma —dice sereno—. Aunque solo sea esta noche: duerme, descansa, consúltalo con la almohada. Piensa bien en lo que deseas hacer y por qué. No soy el único que necesita tu ayuda. Todo Valemir te necesita.
—Sebastián, yo…
El susodicho me hace un gesto para que no hable.
Estoy agotada y parece que él también.
—Piénsalo —me pide de nuevo—. Podemos hablarlo mañana, cuando hayas tenido tiempo de ordenar tus ideas. Y de comprobar que estás a salvo en el castillo.
Tras un pequeño silencio, el príncipe se dirige hacia la puerta. Asumo que esta es nuestra despedida por hoy.
Pero ¿es cierto? ¿Estoy a salvo?
Cuando su mano roza el pomo de la puerta, se detiene. Como embrujado por alguna de sus propias ideas, se vuelve y espera a que lo mire.
—Yo guardé el secreto —dice.
Me da un vuelco el corazón y sigue latiendo desacompasado mientras la memoria regresa. Sonrío, al recordarnos a los dos bajo la escalera con los meñiques enredados, las versiones de nosotros que perjuraron no contarle a nadie nada nunca.
Ciro nos lo hizo prometer y por aquel entonces esa promesa no tenía mucho sentido. Ahora parece obvio que ocultaba más de lo que decía, que me mantuvo tan aislada como lo he estado siempre.
Pero ¿por qué?
¿Y por qué metió a Sebastián en el medio?
—Nunca le dije a nadie que éramos amigos —sigue—. Ni siquiera a mi madre. ¿Tú se lo contaste a alguien?
—¿A quién iba a contárselo? —bromeo—. ¿A las gallinas?
Ambos reímos con suavidad.
—Nunca tuve a nadie a quien contarle que había perdido a una gran amiga —murmura él al final—. Pero esta noche, cuando te he visto…
Sebastián mide sus palabras con cuidado. Yo me quedo sin ellas, confusa y de pie en el centro de la habitación.
—Me alegra saber que estás bien, Emma —dice al final—. No te pondría en peligro, si es lo que crees que estoy haciendo. No te engaño cuando te digo que sería peligroso cruzar el Velo en estos momentos.
—No, por supuesto, yo…
—También me alegra saber que he sido yo quien te ha sacado de las llamas y no cualquier otro —interrumpe.
Me quedo sin aliento. No sé qué decir, pero él continúa:
—Decidas lo que decidas mañana, al menos he tenido la suerte de volver a verte una última vez —dice bajando la vista. Su sonrisa hace que me estremezca—. Eso es algo que nadie podrá arrebatarme jamás.
Se me cae el alma a los pies cuando me mira de nuevo con esos ojos negros.
—Buenas noches, Emma —concede—. Que duermas bien.
Cuando se va, me dejo caer en el borde de la cama como una imbécil. Apoyo la palma de las manos contra la clavícula, que todavía me duele tras el golpetazo.
Allí, a esa altura, siento el latido desbocado de mi corazón.
¿Qué demonios voy a hacer?