Pinceladas de una traición Capítulo 7
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Capítulo 7

Jugueteo con la tela del camisón, nerviosa.

Cleia ha desaparecido, pero yo tengo el pelo mojado y ropa limpia. Me he bañado. El olor a romero sigue en el aire. La joven ha estado aquí. Ha ocurrido. Recuerdo su pulgar contra las palmas de la mano, su mirada curiosa mientras me rozaba las costillas.

Me digo a mí misma que debe de haber salido por alguna puerta escondida, de esas que dan a algún pasadizo para el servicio. Sin embargo, mi corazón se acelera. ¿Y si…?

Cojo aire.

Ha sido real.

Al otro lado de mis miedos, Sebastián le echa un vistazo al rincón de la sala, como si intentara ver lo que yo veo. O lo que no veo.

Cuando me vuelvo para mirarlo, tiene las manos en las caderas y actúa como si le estuviera haciendo perder el tiempo. Alzo ambas cejas sorprendida por su posado. Él me mira a mí, como si no entendiera qué me propongo. Nos quedamos en silencio un segundo que dura una eternidad: «¿Qué es lo que ve?».

—¿Y bien? —pregunta airado.

—Has sido tú quien ha entrado en la habitación —respondo—.

Imaginaba que tendrías algo que contarme después de tenerme aquí esperando todo este rato.

¿Algo que explique por qué te dedicas a rescatar a chicas de incendios quizá?

O algo sobre la cena, el ascenso del rey, el… ¡¿De verdad eres príncipe?!

Él se recoloca en el sitio, anonadado por mi respuesta.

Parece tan confuso como yo.

—¡Siempre lo fui!

Dicho eso, hace un gesto y empieza a pasear por la habitación como si intentara encontrar algo. ¿Y ahora por qué abre ese armario? ¿Qué busca?

—Yo no lo recuerdo así. En mi cabeza eras más bien un niño de esta altura y con…

Yo lo sigo con la mirada. ¿Qué demonios le pasa? ¿Está loco?

—Tampoco podía presumir de serlo —resopla, echándole un vistazo a la bañera—. Asumí que lo sabrías. ¡Todo el mundo sabe quién soy!

Ahora soy yo quien se lleva las manos a las caderas.

—Ah, ya veo. Eres tan famoso… —dramatizo divertida—. Y también estás muy ocupado, por lo que veo. ¿Encuentras lo que buscas? ¿O necesitas ayuda?

Sebastián se vuelve tras abrir uno de los baúles.

—No sé lo que busco.

—Ah, genial. Bueno, ¿y qué tal tu primo el preadolescente? —insisto. Sebastián sigue a lo suyo.

Entonces, como si se hubiera dado cuenta, se incorpora para mirarme. Sus ojos se deslizan sin querer por mi cuerpo, recorriéndolo de arriba abajo. Jamás me había sentido tan observada. Trago saliva y aguardo hasta que nuestras miradas se encuentran de nuevo.

—No tienes ni un solo corte —dice.

Desvío la conversación.

—¿Has cenado bien? Porque yo me muero de hambre. Atravesar un espejo para llegar hasta aquí y casi morir en un incendio me tienen canina.

Sebastián deja que la tapa de otro baúl caiga con un ruido seco y me mira como si hubiera cometido un crimen.

—¿No has cenado?

—No, no he cenado. Tú has ido a la cena y yo me he quedado aquí esperándote, ¿recuerdas?

Sonrío algo traviesa y él parece ofenderse.

—Haré que te envíen a una doncella con algo de comer tan pronto como sea posible —dice algo azorado—. Mis disculpas, lady Emma.

Su expresión cambia de repente. En sus ojos aparece un brillo travieso y yo no puedo evitar sonreír.

Es tan extraño.

El Sebastián que yo recuerdo no vestía ropas de gala ni usaba formalidades como esas. ¿Quién demonios es lady Emma? Mi Sebastián vestía camisolas y estaba mellado. Llevaba unas gafas grandes, con montura de hierro, y tenía un colmillo muy afilado. De hecho, el colmillo sigue ahí, ¿verdad?

Si logro hacerle sonreír, ¿me devolverá el gesto?

—Mis disculpas por no haberte dado de cenar. Ha sido una noche muy larga —concede.

Cuando él me mira a mí, ¿le ocurre algo similar? ¿Ve a la niña de las trenzas y las botas de montar? ¿Recuerda los escondrijos y los juegos?

—Y solo acaba de empezar, asumo —bromeo con un suspiro—. ¿Es esta tu vida ahora?

Él asiente y suspira también, parece agotado. Yo me muevo para sentarme en el borde de la cama de la habitación que me ha prestado y lo observo desde ahí.

Se vuelve despacio hacia la puerta que ha dejado abierta. Veo que da un par de pasos y la cierra bien, quizá para que no se escape el calor de la chimenea que no recuerdo haber visto a nadie encender.

Las llamas son lo que mantiene la habitación a una temperatura agradable.

—¿Entiendo que Pietro no ha sido elegido? —murmuro intentando llenar el silencio.

Él vacila, aunque solo sea un instante. Parece dudar, aunque no sé exactamente por qué. Quizá esté intentando sopesar cuánto sé y cuánto no.

Tal vez sea lo mismo que estoy haciendo yo.

—Por supuesto que no —responde quitándole peso al asunto—. Pietro es solo un niño. No puede ser rey. Y, si hubiera sido elegido, ¡yo mismo me postularía a las filas del Corruptor para acabar con semejante estupidez!

Ladeo la cabeza, no acabo de entender la exageración. Asumo que no es algo bueno. El Corruptor es el mago villano de la historia que me ha contado Cleia, ¿cierto?

Nos quedamos en silencio de nuevo.

—Ha pasado mucho tiempo —dice él, casi sorprendido por su propia honestidad.

—Casi diez años, creo. No recuerdo exactamente cuándo fue la última vez que nos vimos.

Él parece calcularlo durante un instante y asiente.

—Ya no pareces tan enclenque —añade en un intento por romper el hielo—. ¿Sigues torciéndote los tobillos tan a menudo como entonces?

—Ah, mira quién habla —resoplo—. ¿Te siguen dando miedo las avispas? ¿Haces que la Guardia Real las saque de la habitación por ti? ¿O te has buscado a otra muchachita que lo haga?

Él finge estremecerse y lo hace para hacerme reír. Lo consigue, por supuesto, y ambos negamos con la cabeza.

—También te recordaba más alta.

—Supongo que porque la última vez que nos vimos aún no habías dado el estirón —respondo divertida.

Sebastián va a por una silla que hay en la esquina de la habitación y la arrastra hacia la cama para sentarse cerca de mí.

—Es extraño —digo.

—¿Qué exactamente?

Se deja caer en el asiento esperando mi respuesta como si nada.

Lo observo por un instante, convencida del todo de que es un príncipe.

Tiene el pelo y los ojos oscuros, con una mandíbula marcada y las manos grandes.

Lleva la ropa entallada y se le ajusta por completo al cuerpo.

Sin embargo, aún hay algo en él del muchacho que se dejaba caer en los prados y ese algo es lo que le hace juguetear con lo que parece una pluma que ha sacado del cojín de la silla.

Sonrío.

—Que estuvieras en la casa justo cuando te necesitaba —admito.

Su mirada se posa en la mía durante un instante que se me antoja eterno y, por un momento, se me olvida todo el enredo de afinidades, magia, sellos, reyes y cenas.

Por un momento, el mundo somos mi amigo de la infancia y yo, perdidos en la sonrisa que aparece en la comisura de sus labios.

—¿Eso es lo que más extraño te parece de todo esto?

—No —suelto con una risotada—. Estaba asustada y confusa, y sigo sin entender cómo he llegado hasta aquí, pero… Me alegra que fueras tú quien me haya encontrado. Nadie podría haberme ayudado más que tú.

No me cabe la menor duda de que tiene otro comentario gracioso en la recámara. Se lo veo en la cara. Sin embargo, decide morderse la lengua. En lugar de decir nada, su rostro cambia. Se endurece.

De repente, se vuelve un adulto de verdad.

—Cuando vi que las llamas venían de tu casa, supe que tenía que ir —explica—. Después de todo, ese lugar era lo único que quedaba de ti y de tu padre.

Mi corazón se detiene durante un instante ante esa última afirmación.

¿Solo esperaba salvar la casa de las llamas? ¿Por qué lo dice así, como si se hubiera aferrado a ella todo este tiempo?

—¿Cómo sabías que mi padre no estaba en la casa? —pregunto.

Sebastián se encoge de hombros, mal sentado en la silla: los pies le cuelgan por un lado y tiene la cabeza apoyada en un puño, con el codo en el reposabrazos.

La pluma la tiene frente a los ojos y ahora parece el objeto más importante del mundo. Le da vueltas y vueltas.

—Ciro siempre fue un misterio —dice tras dejar que la pluma caiga al suelo—.

Los humanos suelen serlo. Cabía la posibilidad de que estuviera escondido en algún sótano, pintando.

No dudo que pudiera tener una red de túneles en la que podría sobrevivir al fin de los tiempos, la verdad.

Por eso cogí el caballo y fui. Una parte de mí siempre ha creído que él estaba todavía en la casa, pese a los rumores de que…

—Entraste buscando a tu maestro, pero me encontraste a mí —digo cuando lo entiendo.

Eso tiene más sentido que creer que pudo llegar a echarme de menos, supongo.

Además, sería injusto que él me hubiera echado de menos cuando yo no había vuelto a pensar en él en todo este tiempo, ¿no?

Sebastián sonríe travieso.

—Fue una sorpresa la mar de agradable, la verdad —bromea—. No es por ofender al viejo Ciro, pero tú eres más mi tipo.

Suelto una risa y niego con la cabeza. Sebastián parece orgulloso de su proeza. ¿Desde cuándo tiene esa labia? Chasqueo la lengua. Recuerdo que solía esconderme en las esquinas y saltar para asustarlo. Era tan efectivo que hasta se enfadaba conmigo de la vergüenza que sentía.

Y ahora…

—Pero cuéntame, Emma —sigue risueño—, ¿qué estabas haciendo desnuda y entre las llamas?

Suspiro divertida.

—Pues no lo sé.

—Entonces deberías beber menos.

Lo fusilo con la mirada.

—No estaba borracha.

—Es cierto: has hablado de una bañera, ¿un espejo…?

Lo corto rápida.

—¿Recuerdas cuando éramos pequeños?

—Por supuesto. Eras la niña más petarda de todo el reino, pero también la única que no me tenía miedo.

Frunzo el ceño. ¿Por qué le tendría miedo nadie al Sebastián?

—Nunca salí de la casa, ¿verdad? No dejo de darle vueltas a eso, a que nunca fui más allá de la valla.

Él asiente.