Capítulo 6 #4
—Bueno, hay algunas excepciones —suelta, divertida—. Tu padre fue una y muy famosa.
Arrugo la nariz. ¿Mi padre? ¿Y cómo sabe ella quién es mi padre?
—¿Mi padre?
—Ciro de Valemir, ¿correcto?
Frunzo el ceño.
—Supongo, sí.
—Todo el mundo lo conoce.
No entiendo nada.
—¿Y dices que cruzó el Velo?
—Así es: Ciro era humano, Emma —explica—. Tú deberías serlo también. Pero asumo que naciste aquí, ¿verdad? Sin embargo, no sois Herederos de Valemir.
Cada vez que Cleia me pregunta por mi pasado, esa sensación en el estómago regresa. No quiero seguir por esa vía, así que vuelvo la conversación al cauce que más me interesa: la leyenda de Amira.
—También has dicho que además de crear el Velo, Amira selló la magia —sigo—. ¿Cómo? O… ¿para qué?
—A eso iba —ríe divertida—. Amira selló la magia para evitar que nadie más pudiera intentar lo que el Corruptor intentó en su momento.
Por esa misma razón, cada uno de nosotros está limitado a una afinidad.
Existen varias y se expresan de maneras diferentes, pero no te aburriré con eso ahora.
Lo importante es que al hacerlo, Amira pretendía limitar el acceso que tenemos a La Fuente.
Me aparto el pelo mojado de la cara, intentando encajar todo lo que me ha explicado hasta ahora.
—Entonces ¿Amira derrotó al Corruptor y dividió la magia para repartirla entre todos los herederos?
Cleia hace un gesto gracioso, como si quisiera corregir parte de la historia. De fondo, oigo que las campanas dan la medianoche.
¿Solo son las doce?
—Casi, casi.
—¿Cómo que «casi, casi»? Has dicho que Amira luchó contra el Corruptor, con sus paladines, y que…
—Según las leyendas, Amira sigue luchando —suelta contundente—.
Jamás llegó a derrotar al Corruptor, porque no pudo sellarlo como al resto.
Amira y sus paladines estarían luchando mientras nosotras hablamos.
Seguirán luchando mañana. Esa es la razón por la que el rey Gael ha sido ascendido, ¿recuerdas?
No, pero supongo que me haré a la idea en algún momento.
O no.
Con suerte, estaré fuera de aquí en cuanto pueda.
—¿Y las cenas de nombramiento? —pregunto algo mareada—. Son para elegir al nuevo rey, ¿cierto? A menos que lo haya entendido mal.
Ella asiente.
—La de esta noche es la del joven Pietro de Pyrramiede, primo consanguíneo del joven Sebastián —explica la doncella recogiendo las toallas—. Pero jamás será elegido. Solo tiene doce años. Sería ridículo nombrarlo en estas circunstancias.
—¿Y quién decide quién va a ser coronado?
—De nuevo, Emma: La Fuente —dice cargando con la cesta de ropa sucia—. A través de los Luminares, claro, que son quienes la representan.
La Fuente.
La Fuente es como… la magia en sí.
—Ah, entonces los Luminares son como… ¿monjes?
—Sea lo que sea que es un monje —responde ella encogiéndose de hombros—. Los Luminares sirven a La Fuente y son capaces de traducir sus deseos.
Suspiro frustrada.
—Supongo que sí son como monjes… ¿Si La Fuente es como Dios?
Cleia vuelve a reírse. Parece que le hace tanta gracia mi frustración como todo lo demás, aunque a mí ya no me resulta tan divertido.
—Estoy intentando entenderlo —protesto.
—Emma, me temo que lo mejor será que descanses y dejes reposar toda la información.
—¡Soy consciente de ello! —resoplo—. Pero no entiendo por qué Sebastián no se presenta si es el candidato más obvio: es adulto y ser Kergalot lo llamó alteza y…
—Puede parecer el más obvio para vos, pero no en Valemir —responde Cleia ágil—. No hay nadie que tenga peor reputación en todo el reino. Aunque sí lo ha criado el rey Gael y ha recibido muy buena educación, se cuentan muchas historias crueles sobre el joven Sebastián.
—¿Cuáles?
Cleia parece dudar, pero insisto con la mirada y, tras un instante, ella cede.
—Muchos creen que el rey Gael siempre estuvo hechizado por su madre, lady Basira, y que en realidad no es hijo legítimo del monarca, sino de un espíritu arcano —cuenta.
—¿Qué es hijo de un qué?
«Un espíritu arcano», dice. ¿Y qué es lo siguiente? ¿Que está encantado? ¿Hay que darle un besito para que se libere? ¡Venga ya!
—Hum —continúa Cleia a la suya—. Bueno, Emma, muchos le llaman la Ruina de Valemir. Deberías andarte con cuidado. No puedo hablar mal de él, pero…
Frunzo el ceño.
—No le diré nada, tranquila.
Tampoco sé si tomármelo muy en serio, dado que ni ella misma parece hacerlo.
—Gracias.
Sonríe algo caprichosa al ver mi reacción. Pero ¿cómo va a considerar nadie que Sebastián es la ruina de nada? Si es carismático y bueno. Me ha sacado de las llamas, me ha dado ropa. Me ha traído a su casa y, cuando éramos niños, siempre me daba la mitad de sus mandarinas.
Por no hablar de que cuando tenía ocho años era incapaz de distinguir la izquierda de la derecha. Nos sentábamos en la escalera mientras mi padre recogía los bártulos de sus clases. Me tiraba de las trenzas cuando se enfadaba.
Supongo que podría ser, porque ha pasado mucho tiempo, pero…
Justo en ese momento, la puerta se abre de par en par y alguien entra de forma airada.
—¿Emma?
Es él.
Sebastián.
Los ojos de Cleia se posan en los míos con un brillo extraño. Aunque aguarda para ver mi reacción, parecen pedirme que tenga cuidado, pero también parecen encontrar mi posición algo… ¿divertida?
—¡Estoy aquí! —respondo, alzando un poco la voz—. Estaba saliendo de la bañera. Dame un segundo…
Salgo de detrás del biombo en busca del joven príncipe.
—¿Estabas sola? —pregunta sorprendido—. ¿Y si te abres la cabeza?
Me vuelvo, casi como si esperara que el cuerpo de la doncella fuera suficiente respuesta a su pregunta.
Sin embargo, detrás de mí ya no hay nadie.
Cleia ha desaparecido.