Pinceladas de una traición Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—¡Oh! —La joven sonríe y me pellizca la mejilla con deleite—.

La magia siempre tiene un precio, por supuesto.

Pero no pasa nada, Emma: es completamente natural.

Salvar a alguien de la muerte es un gran esfuerzo.

Cerrar unas heriditas como esas no es nada.

Es como… Cansarse después de un paseo. Hoy dormirás genial, después de todo esto.

Y puede que mañana tengas un pelín más de hambre. Pero eso será todo.

Cleia encuentra el rizo con su dedo y se asegura de peinármelo tras la oreja con cuidado. Lo esconde y, con él, guarda mi secreto.

No me aparto, no me asusto.

Ella me mira con dulzura.

—Hazme todas las preguntas que necesites hacer —concluye—, intentaré contestarlas. Te advierto que no soy experta en todo, pero algo sé. Yo sí he vivido aquí muchos años.

—Mucho más que yo, seguro —suspiro.

—¡Oye! No soy tan mayor.

—No, ¡no me refería a eso! —respondo ruborizándome de pronto—. Quería decir que yo no sé cómo limpiar el agua de la bañera, Cleia.

Ella se ríe de nuevo, es una risa cercana.

No sé cómo es posible. No sé si es el susto, la conmoción, o todo lo que ha pasado.

No sé si es porque estoy desesperada por tener a mi lado a alguien como ella, pero es capaz de hacerme sentir mejor solo con su presencia.

Con una pequeña sonrisa y el tono de su voz, Cleia se gana mi confianza al instante, y yo me aferro a esta extraña nueva amistad para sobrevivir.

Intento recopilar la información que ya tengo y encontrar las preguntas adecuadas que hacer para resolver mis dudas.

La noche y el día se mezclan, los dos mundos se atraviesan entre sí. Pero, si me esfuerzo, soy capaz de separarlos y de encontrarme en ellos.

El rey de Valemir ha sido ascendido porque La Fuente le necesita para que Amira siga luchando, ha dicho Cleia.

—Entonces ¿por qué no han coronado aún a Sebastián ?

Cleia sonríe de nuevo con algo de malicia.

—Ah, por supuesto. Si no sabes nada sobre el reino, tampoco conoces los rumores. Bueno, Emma, verás… El rey Gael no pudo nombrar a Sebastián como sucesor de forma legítima antes de ser ascendido.

—Pero es su hijo, ¿no?

—No más que el resto.

—¿A qué te refieres?

—Es adoptado y, por lo tanto, todos los Herederos de Valemir tienen el mismo derecho al trono que él —explica Cleia.

—Entonces ¿Sebastián tiene hermanos?

La joven parece divertirse con cada una de mis respuestas. Sin embargo, me obliga a inclinar la cabeza y me lava el pelo con el cántaro de agua limpia. Como soy incapaz de quedarme quieta, me froto las manos con la pastilla de jabón que me ofrece.

Huele a romero.

—No son sus hermanos, no —explica Cleia, intentando quitarme la roña de detrás de las orejas—. No más hermanos que él y yo.

Cleia sonríe con cierto retintín. Entiendo que la doncella vendrá de una familia pobre, ¿verdad? Por eso es una doncella. Asumo que no estaría aquí ayudando a lavarme si no fuera porque…

La cuestión es que no sé cómo articular la siguiente pregunta y el tiempo sigue corriendo.

Abrumada, suspiro con pesadez. Cleia me peina los rizos con cuidado, asegurándose de empaparlos con agua limpia.

—Cada una de las Casas de Valemir tiene permiso a solicitar el nombramiento de uno de sus herederos —explica— y he ahí donde se encuentra el príncipe esta noche, Emma. En una de las cenas que se organizan en audiencia con la corte y los Luminares.

Me va a explotar la cabeza.

¿Casas de qué?

¿Y qué tienen los Lunis que ver con todo esto?

—No entiendo nada de nada —protesto con un chapoteo—. ¿Quiénes son los Herederos? ¿Y los Luminares? ¿Qué quieren? ¿Qué Casas? ¿Por qué no tenéis agua corriente? ¿Por qué tenéis poderes mágicos? ¿Y qué tiene que ver todo esto con mi familia?

Cleia suelta otra carcajada y trata de controlarse mientras responde.

—Ah, Emma. No te frustres. ¡Si intentas comer demasiado de a una te atragantarás! Creo que deberíamos centrarnos en la bañera y en que te metas en la cama y descanses. Puedo volver mañana y contarte más sobre…

—No —resuelvo cortante—. Sebastián ha dicho que volvería a verme en cuanto acabara la dichosa cena. Y voy a esperarlo despierta.

—Ah, ¿sí?

—Me merezco que responda a mis preguntas, ¿no?

No le digo que la otra opción es intentar dormir y que la sombra me atrape.

—Está bien. Entonces supongo que puedo explicarte que la razón por la que las siete Casas de Valemir tienen derecho al trono es porque todos son descendientes de los Paladines de Amira.

Suspiro.

—Me parece que tenemos un problema mucho más grande de lo que imaginé —me quejo.

—¿Hum?

—Tampoco sé quién leches es la tal Amira.

—La reina Amira de Valemir, ¿la primera de su nombre…?

Niego con la cabeza y Cleia me mira incrédula.

—Pero sí conoces la leyenda, ¿verdad? —insiste.

Supongo que le basta con verme la cara para entender que no, ya que se ríe de nuevo. Esta vez, en protesta, decido salpicarla. Ella alza las manos para protegerse y se ríe aún más mientras me devuelve el chapoteo.

—¿Acaso te criaron en un sótano, Emma? —sigue divertida.

—¡A lo mejor!

Me cruzo de brazos y me hundo un poco en el agua. Ella sigue riendo.

—Cleia, asume que no sé nada y todo será más fácil para las dos —suspiro—. Estoy descubriendo que mi padre nunca fue muy honesto conmigo.

Aunque, ¿es cierto? ¿Cuánto recuerdo de él? ¿Y de mi infancia? Las imágenes van y vienen: Sebastián, las gallinas, el granero, los cuadros, un sótano. La voz de mi padre, sus intenciones.

Sus pinceles.

Su cariño, sus gritos.

El cuadro negro.

Pensar en él es el equivalente a que me atraviesen el estómago con una motosierra. La comparación solo hace que me sienta aún más sola. Porque eso es algo que Sia podría entender, pero no está aquí.

No creo que vuelva a verla jamás.

Pero es lo mejor para ella, ¿verdad?

Tras un instante de silencio, Cleia se pone en pie.

Acto seguido, me ayuda a mí a incorporarme.

Siento sus manos en las costillas y dejo que haga lo que considere porque sé que estoy fuera de lugar y no entiendo sus costumbres.

Me roza el costillar, como si comprobara algo.

Quizá busca heridas. No lo sé. Lo que sé es que después me tiende una toalla. Me envuelvo con ella.

—Emma, ¿puedo hacerte yo una pregunta?

—Qué menos. Parece que yo te estoy haciendo un examen. Dime, ¿qué quieres saber?

—¿Qué interés podría tener tu padre en mantenerte lejos del Reino de Valemir? —pregunta con el ceño fruncido—. ¿Por qué iba a ocultarte todo esto?

Aprieto los labios.

El trayecto a caballo ha sido largo. ¿Está la casa en los confines del reino? ¿En el muro? ¿Es así como logré llegar a Madrid? Supongo que sí. Después de todo, mi antiguo hogar está casi escondido en un bosque o más bien en el inicio del Bosque de los Marcos.

Esas historias sí las recuerdo.

Respecto a la pregunta de Cleia, se me ocurren varias razones por las que mi padre evitó hablarme de este mundo que existía al otro lado de la cerca del jardín.

La primera es la maldición que se llevó su cordura.

—¿Y tu madre? —insiste Cleia al ver que no contesto—. ¿Ella no te explicó nada?

Siento un escalofrío.

Mi madre.

No quiero plantearme la segunda razón, así que corto ese hilo de pensamiento tan rápido como aparece. Evito tener que responder con maestría: encuentro una pregunta que hacer para cubrirme las espaldas y se la lanzo mientras me seco con la toalla.

—¿Quién era Amira? —pregunto.

En vez de responder, Cleia me hace un gesto para que me siente en un taburete. No se queja por no haberle respondido y me ayuda a secarme los pies. Me resulta curioso que le eche un vistazo a las plantas de mis pies mientras prepara sus respuestas.

Lo hace como lo haría una de ellas.

Una madre.

Aunque yo no sé qué es exactamente lo que hacen las madres, dado que jamás he tenido una.

—Amira es la madre de Valemir, la primera reina de este castillo —empieza a explicar—. La leyenda cuenta que ella formó nuestro reino. Antaño, cuando un mago se alzó y trató de drenar La Fuente para su propio beneficio, ella fue quien lideró la batalla contra él.

—Entonces ¿un mago intentó drenar La Fuente y Amira dijo: «Ni de coña»?

Cleia ríe de nuevo mientras me seca los pies.

—Si eso significa que se negó a dejarse vencer, supongo que sí. La joven reina Amira reunió a los más valientes caballeros, a quienes nombró sus paladines, y se lanzó a la guerra para detener al mago antes de que pudiera drenarlo todo y destruir nuestro mundo en el proceso.

Hay gente que toma drogas psicotrópicas para sentirse exactamente como yo me estoy sintiendo ahora.

—¿Una reina se lanzó a la guerra contra un mago malvado que quería robar la magia de La Fuente y causar el apocalipsis? —repito incrédula.

Cleia asiente, algo más severa.

—No finjas que no te lo crees —protesta—. Sí, es una leyenda. Pero yo misma acabo de verte usar la magia de La Fuente para curar tus propios cortes. Tú me has visto limpiar el agua, ¿no?

Aprieto los labios y decido no meterme en terreno farragoso. Asumo que el tal Corruptor es el «Mago Malvado». Aunque, si soy sincera, todo está empezando a sonar un poco sectario.

—¿Es de ahí de donde mana esa energía? De la Fuente. ¿Por eso…?

—Exactamente por eso es. Por eso puedes usar tu afinidad y yo la mía. Manan de La Fuente y nosotros la usamos.

—¿Qué es exactamente «la afinidad» de la que hablas?

Con un gesto, Cleia me ayuda a ponerme en pie de nuevo.

—No todos podemos hacer lo mismo —explica sin más—. Hay quien puede limpiar el agua, pero no puede cerrar heridas, ¿cierto? Piensa en las afinidades como… ¿doctrinas? Sí. O facciones.

Me da algo de ropa limpia: un camisón blanco y unas zapatillas. El camisón me viene algo grande y roza el suelo cuando me lo pongo.

Me visto sola, mientras ella espera.

—Para evitar que el Corruptor extinguiera el poder de la Fuente —explica Cleia—, Amira creó el Velo y aisló Valemir del resto de mundos. Así detuvo su avance. Tan solo sus herederos pueden acceder a Valemir.

—¿Significa eso que yo…?