Capítulo 6 #2
—¿Queréis que os tutee?
—¡Por favor!
Me mira durante un momento largo otra vez, como si dudara de lo que digo. Sin embargo, sea cual sea el resultado de sus cavilaciones, lo único que hace es asentir.
—Si así lo deseas, Emma —concluye haciendo un gesto para colocarse detrás de mí—. Déjame que te ayude a quitarte la túnica y a entrar en la bañera.
Dejo que haga lo que crea necesario. No quiero ofenderla. En lugar de protestar, presto atención a cómo se mueve y a cómo habla. Siento sus manos y escucho la tela de la túnica caer al suelo, pero me siento como si todo esto le estuviera ocurriendo a otra persona diferente.
Este lugar parece sacado de una novela de fantasía y estoy intentando hacerme a la idea de lo que eso supone para mí. ¿Qué parte desempeño yo? ¿Cuál es exactamente mi posición?
—Dame la mano —insiste la doncella—. Te ayudaré a entrar en la bañera. ¡A veces son traviesas!
No sabe cuánto.
La última vez que salí de una acabé en este circo.
Me agarro a la mano de Cleia y dejo que me ayude a entrar en la bañera de porcelana.
Es extraño, pero permitir que me atienda una doncella no es lo más surrealista que me ha ocurrido en las últimas horas.
Después de todo, en su día, yo misma tuve una.
Supongo que en ese sentido ambas tenemos suerte y la memoria muscular hace el resto.
Y parece ser que mi memoria muscular sigue intacta. ¿El resto de mi memoria? Ahora mismo es un colador. No sabría empezar a distinguir lo que son recuerdos de lo que son historias que me he contado a mí misma.
Por eso dejo que la joven me guíe. Doña Sol lo hizo en su día de la misma manera, cuando me acogió en Madrid, me enseñó qué era una ducha y me explicó cómo poner leche en el microondas.
Mi doncella también me enseñó lo básico en casa, mientras mi padre gritaba en su habitación y yo lloraba en silencio.
Cleia actúa de la misma manera que lo hicieron aquellas otras dos mujeres en su día: con paciencia y dedicación, como si supiera más que yo.
El agua me tranquiliza de inmediato.
Sentarme en la bañera me devuelve a la infancia, a la doncella que en su día me alimentó y me aconsejó que saliera a ver el sol.
¿Qué habrá sido de ella? ¿Podría encontrarla en este mundo tan extraño?
¿Sabría ella más sobre mi padre? ¿Podría explicarme qué está pasando?
¿Quién podría hacerlo si no? ¿Quién tiene todas las respuestas?
Cleia coge un trapo. Imagino que la intención de ambas era llenar el silencio y que yo no me pierda. Para que sepa lo que está ocurriendo. ¿Parezco asustada?
Cuando la joven arroja unas hierbas en el agua, insiste en que lo hace para que las heridas se cierren pronto y cicatricen mejor. Después coge una toalla, se arrodilla junto a mí y me sujeta las manos.
Siempre me hace saber cuál va a ser su próximo movimiento.
—¿Cleia?
Me está limpiando el hollín de debajo de las uñas con cuidado. El agua se ennegrece a marchas forzadas.
—Dime.
—¿Qué está ocurriendo?
La joven alza la mirada sorprendida y suelta una risilla.
—¿No te has bañado nunca antes, Emma? —bromea.
Me ruborizo de golpe, pero también me río como una idiota. Ella sonríe con orgullo cuando me oye reír y sigue limpiándome las palmas de las manos con dedicación. Pese a lo bondadosa que se muestra, sigo asustada. Es imposible no estarlo, ¿quién no lo estaría?
Pero la carcajada ayuda.
Más de lo que Cleia cree.
—Me refiero a qué está ocurriendo en el castillo —respondo—. Sebastián me ha traído hasta aquí, pero me ha dejado sola para ir a atender un…
—¿La cena de nombramiento?
Asiento.
—Es un momento de ajetreo en el castillo —comenta tranquila—. Y, en mi más humilde opinión, el príncipe no debería andar fugándose con doncellas desconocidas para traerlas al castillo en mitad de la noche en un día como este.
Me encojo algo azorada.
—Aunque, viéndote, lo entiendo —ofrece traviesa.
—¡Cleia!
La joven suelta otra risita que alivia el peso de la escena tras el biombo. Después se incorpora y va a buscar algo. La veo volver con una pastilla de jabón y un pequeño cántaro.
—¿Podrías contarme en qué consiste esa cena?
Asumo que Cleia sabe mil veces más que yo sobre el mundo en el que he ido a parar. Ella ha crecido en él, vive en él. Necesito tener algo a lo que aferrarme antes de volver a entrar en bucle.
Su voz es el remedio perfecto.
—No sabes lo que son las cenas de nombramiento —deduce.
Sus ojos negros me miran con atención. Niego con la cabeza con sinceridad.
—Como tú bien has dicho: no soy de por aquí.
—Está bien, ya veo —sigue arrodillándose de nuevo junto a la bañera—. Verás, Emma, el rey Gael se ha sumido en su letargo antes de lo esperado. Y eso supone que debemos elegir un nuevo rey entre los Herederos de Valemir.
La observo con la atención de una alumna recién llegada. Intento no parecer idiota, seguir sus explicaciones.
—Entonces ¿no ha muerto?
—Oh, no —ríe de nuevo—. Los reyes de Valemir no mueren. Tienen el don de la vida eterna. Sin embargo, cuando les llega el momento, La Fuente los reclama y los asciende.
«La Fuente».
Mi doncella siempre hablaba de La Fuente, pero nunca llegué a descubrir qué era. Imaginé que era literal, una fuente a la que le tenía mucho aprecio.
—¿La Fuente ha reclamado al rey? ¿Qué significa eso?
—Que Amira sigue librando su batalla, por supuesto —dice ella con un deje de diversión—. Amira requiere ahora de la ayuda del rey Gael para guardar el Velo que nos protege y mantener los sellos que nos nutren a nosotros y a Valemir, y ahora ya forma parte de sus paladines.
La observo con el ceño fruncido. ¿El Velo y los Sellos? ¿Amira? ¿La Fuente? ¿Paladines? ¿De dónde salen todas esas ideas? Intento seguir su explicación y aguardo en silencio mientras ella hunde el cántaro en el agua de la bañera. ¿De qué los protege? ¿Y qué son los Sellos? ¡¿De qué habla?!
Con el cuerpo hundido en la bañera de agua sucia, me quedo callada y Cleia entiende mi silencio como una pregunta más.
Sostiene el cántaro lleno de agua sucia contra el borde.
—Dicen que fue algo súbito —explica—. Gael dio un paso en los jardines y su cuerpo dejó de responder. Nunca antes se había visto algo así. Los Luminares no llegaron a avisarlo, como avisaron a tantos reyes antes que a él…
Frunzo el ceño, igual que ella.
—Eso no suena bien —murmuro.
—Solo hay una razón por la que un rey de Valemir sería ascendido tan de sorpresa como dicen que ha ocurrido, Emma —sigue Cleia—. Y las leyendas auguran días difíciles si son ciertas. Me temo que has regresado en tiempos muy complicados para Valemir. No eres la única que está confusa y asustada.
Cuando al fin la doncella vierte su cántaro en la bañera, de este mana agua limpia. El resto del agua de la bañera se aclara por completo. Parpadeo sorprendida. Me muevo para comprobar que no es una visión.
Cuando alzo la vista para ver la reacción de Cleia, esta me está mirando con total impasividad, como si pudiera beberse mi sorpresa.
—Valemir necesita a su rey tanto como nosotros necesitamos alimento —explica sin más—. Y sí, el agua está limpia porque yo la he limpiado.
—¿Eres capaz de…?
La joven asiente.
—De eso y de mucho más —sonríe—. Igual que tú. Así que dime, Emma: ¿por qué no te has curado aún tus propias heridas?
Mi corazón se acelera de golpe. ¿Cómo sabe que…?
Pero la imagen del agua aclarándose me lleva de vuelta al modo en que la escarcha salió volando en el jardín trasero de la casa. Recuerdo las siluetas de los caballeros, las gentes que intentaban apagar el fuego. Recuerdo a mi padre pintando y que siempre creí que había algo mágico en ello.
¿Es posible que…?
—¿Cómo lo has sabido?
—Pura intuición.
No sería tan disparatado, ¿verdad?
—No le diré a nadie que eres capaz de hacerlo si así lo deseas —sigue Cleia—. Sé guardar un secreto. Pero debes saber que en esto Valemir es completamente normal. Todos podemos acceder a La Fuente y todos podemos hacer uso de nuestras afinidades a voluntad.
Frunzo el ceño y ella sonríe, encantadora.
—¿A-afinidades?
«Magia».
La palabra que mi cerebro no quiere registrar es magia.
—Así es, todas las personas de Valemir pueden acceder a La Fuente y hacer… magia. Creo que así es como lo llamarían en otros lados. ¿Eso también lo desconocías?
Asiento, me encuentro demasiado vulnerable como para hablar.
—Ya veo. No sabéis nada de nada entonces —asume con un suspiro—. Cúrate las heridas, Emma. No me da miedo tu poder y quiero ver de lo que eres capaz. ¿Lo has hecho antes alguna vez?
Asiento.
—¿A ti misma o a los demás?
—Una vez le salvé la vida a una chica —susurro—. Y he curado a animales en la clínica, pero…
—Oh, entonces esto será fácil. Es mucho más fácil —dice Cleia colocando un pulgar en el centro de la palma de mi mano.
Les echa un vistazo a las líneas de mi mano, las lee pese a las heridas—.
Céntrate en la piel y ciérrala. Da la orden sobre ti misma, venga.
Es mucho más sencillo hacer que tu cuerpo te obedezca, ¿no crees?
Aunque dudo, supongo que han ocurrido cosas que parecían mucho más imposibles que esta. ¿Por qué no debería poder curarme a mí misma?
Ya lo he hecho antes.
Con las manos por encima del agua, me concentro y trato de usar mi don tal y como Cleia me indica. Esta vez, en lugar de curar el hueso roto de un gato o de ayudar con el latido de una cotorra, me centro en sellar los cortes de mi propia piel.
Es como moldear arcilla.
Cuando la piel se cura y alzo la vista, Cleia me observa con una sonrisa de orgullo.
—¿Puedes guardarme otro secreto? —digo enseguida.
—Por supuesto.
—Nunca he sabido por qué puedo hacerlo —explico—. Pensé que era una locura. De niña… Y después, cuando la que iba a ser mi amiga casi muere… Lo usé, pero me salió un mechón blanco y… Mira, está aquí. Pensé que era un horror, que había hecho algo mal, que…
Cuando lo separo del resto del cabello, siento el alivio de saber que no soy la única que conoce su existencia.