Capítulo 6
Justo a esto me refería cuando dije que yo no nací en un lugar con comida a domicilio. Pero, si soy del todo sincera, esta parte de Valemir a mí también me pilla por sorpresa.
Este no es el mundo que recuerdo.
Los bosques y las paletas de ocres de mi infancia se han desvanecido de un soplo y ahora parecen solo la ensoñación viciada de una niña pequeña.
Los eventos de hoy han reemplazado los dorados con los grises de las paredes de piedra.
Los verdes y rojos de los tapices y el aroma a incienso han emborronado todos mis recuerdos.
Hay un príncipe y un castillo. Valemir tiene una vida completamente ajena a la que yo recuerdo haber vivido en estas tierras.
Sigue siendo de noche, pero ahora parece muy distinta.
Camino de un lado al otro de los aposentos en los que me han dejado a solas, descalza sobre la alfombra.
Intento hacerme a la idea de todo lo que ha ocurrido en las últimas horas.
Intento poner en orden mis pensamientos y todo lo que siento al respecto.
Tengo tantas preguntas que creo que, si intentara hacerme la primera, todas saldrían de golpe y me aplastarían.
Por suerte, al menos ahora puedo respirar. Puedo moverme. Tengo ropa con la que cubrirme. No hay llamas ni manos ni espejos empañados con mensajes misteriosos. Estoy sola en mitad de la habitación.
Cierro los ojos y le presto atención al ruido que hacen los guardias al cambiar de posición en el pasillo del ala oeste del castillo, que es donde estoy.
«En el ala oeste. En el castillo de Valemir», me repito.
El miedo no ha desaparecido, pero ahora que estoy conmigo misma por primera vez en horas también puedo analizar lo surrealista que es la situación. De hecho, es lo único que puedo hacer: darle vueltas al asunto.
Intento revivir las escenas de lo sucedido como si pudiera entenderlo todo si encuentro el detalle que se me escapa. Tiene que haber una respuesta en alguna de esas imágenes. En algún momento, ha ocurrido algo que lo ha cambiado todo. ¿Dónde está la clave? ¿Cuál es la solución?
La casa, el granero, el aprendiz.
Me veo a mí misma subir al caballo de Sebastián, el ahora heredero del Reino de Valemir. ¿Heredero o regente?
No lo sé.
No me ha quedado claro.
¿Y cuál es la diferencia?
Eso tampoco me importa demasiado ahora mismo: sea quien sea, Sebastián es la única persona a la que recuerdo de este lugar.
Es la única otra persona con la que hablé durante mi infancia.
Porque mi padre jamás me dejó salir de la casa o de nuestros terrenos.
¿Cómo es posible que nunca hubiera pensado en ello?
¿Por qué no me pareció obvio lo aislada que crecí? ¿Qué razones tendría mi padre para hacer algo así?
De niña, mi mundo era una cuadra comparado con este castillo, incluso con esta estancia.
Donde aquí hay una puerta que lleva a un atrio, en mi casa había una puerta que llevaba a otro largo pasillo, a las escaleras y del pasillo de la planta inferior llegabas al taller, al salón de baile que jamás usamos y después a las cocinas y de ahí al jardín trasero.
Allí estaba el granero, con mis gallinas, y los terrenos por los que Sebastián y yo jugábamos a perseguirnos como hacen todos los niños.
Está claro que mi amigo es aquel mismo chico torpe. No me cabe la menor duda. Aunque ahora parece pertenecer a un mundo del que, por mucho que me esfuerce, no podría recordar ni un solo detalle.
El príncipe, el castillo, la corte.
Ser Kergalot.
El Reino de Valemir.
Me recuerdo de pie en el límite de los terrenos de mi padre, con la bolsa cruzada sobre el pecho, tantos años atrás.
¿Cuántos años han pasado de eso? ¿Qué edad tenía cuando me fui?
Todo está borroso. No sé si es porque no quiero rememorarlo o porque no puedo.
Recuerdo a mi padre frente al cuadro teñido de negro, apretando el puño alrededor del pincel.
Recuerdo acelerar el paso a través del bosque, desesperada, hasta que sin más pisé las baldosas de doña Sol.
Pero ¿cómo supe que llegaría hasta ella? ¿Hasta Madrid? ¿Por qué lo hice? ¿Y cómo me aceptó ella sin más? Quería irme de casa, sí. Pero ¿por qué me dirigí hacia el bosque? ¿No vi la silueta de los pueblos que he visto esta noche? ¿O la del castillo?
Mi vida ahora mismo parece un cristal roto en el suelo, solo tengo reflejos y fracciones de mí misma.
La visión del incendio, la magia con la que curo… Los cientos de manos que salieron del espejo regresan a mí como un soplo de aire frío. Algo me ha traído de nuevo a este mismo universo. Todavía tengo los cortes para demostrar que ha sido real, que no estoy soñando.
Madrid, el mensaje.
«Vuelve a casa, Emma».
¿Quién o qué ha sido?
Solo puede haber sido mi padre. Nadie más podría echarme de menos. Nadie más podría estar esperándome a este lado del espejo. Pero ¿cómo? ¿Y qué ha sido de él? ¿Dónde está? ¿Valemir se encuentra más allá del mundo real? ¿O es Valemir el mundo real?
Cojo una bocanada de aire y trato de controlar la respiración.
Me detengo en medio de la habitación y me miro en el espejo de pie, sigo sin saber cómo he acabado aquí.
«Aquí» siendo el ala oeste del castillo de Valemir, temblando de miedo y desprovista de absolutamente todo cuanto conozco.
«Aquí» siendo en un contexto que jamás podría haber predicho.
¿Es esto parte de la maldición? ¿Es así como se sentía mi padre en cualquier otra habitación? ¿Por eso gritaba? Debe de ser horroroso no encontrar estabilidad ni en un solo aspecto de tu vida.
Lo es.
Tengo que esforzarme por mantenerme dentro de mi cuerpo, por no desaparecer en el interior de mi cabeza.
Desesperada, hundo el rostro entre las manos intentando no torturarme.
Por mucho que me esfuerzo, no recuerdo nada de esto.
¿Qué puedo hacer ahora mismo sino esperar a que Sebastián regrese?
¿Correr? No me faltan ganas, pero ¿adónde iría?
¿De vuelta a casa? ¿Acaso me aguarda algo en Madrid?
¿Y cómo podría regresar? ¿A través del bosque?
Si corro lo suficiente rápido, ¿apareceré en casa de doña Sol de nuevo? ¿Y quién era esa mujer?
Pero, aunque no sé cómo volver, sí sé que no puedo quedarme aquí.
Sia debe de estar esperándome.
No he leído sus mensajes.
Debe de estar muy preocupada.
Por otro lado, si lo que sea que aparece en mis sueños es lo que me ha traído de vuelta a Valemir, ¿qué oportunidad real tengo de escapar?
—¿No os molesta el olor a humo?
La veo primero a través del reflejo: tiene el pelo negro y largo y una sonrisa sincera. Me vuelvo al instante para comprobar si la persona es real.
—Es insoportable —sigue la joven—, una nunca se lo quita de encima, ¿verdad? Se pega a la ropa, a la piel, al pelo… ¡Por no hablar de las cenizas!
Retrocedo asustada para poner distancia entre nosotras. Ella, sin embargo, avanza sin miedo y revisa la estancia con confianza, como si lo hubiera hecho mil veces. Se mueve con soltura, sin sospechar absolutamente nada.
Tomo nota de cada detalle de su silueta. Viste como una de las doncellas que he visto de camino desde las caballerizas hasta esta misma habitación: lleva un delantal sobre la falda y carga con un cubo de madera contra la cadera.
El cubo suelta vapor.
Bueno, el contenido del cubo lo hace.
¿Es agua caliente? ¿Y quién es ella? ¿Por qué me mira así?
—¡Oh! —dice llevándose una mano al pecho—. Os he asustado, ¿verdad?
«Sí. Es real», me digo.
—Lo siento, no era mi intención.
Avergonzada, niego con la cabeza y trato de encontrar la voz. ¿Qué clase de alucinación se disculparía conmigo?
—No, no, perdona —digo azorada—. Es solo que estoy un poco tensa y no te he oído llegar. Soy Emma, ¿y tú eres…?
La joven doncella me observa con atención.
—Os he preparado el baño, señorita Emma —dice amable—. Veo que también es cierto que necesitáis unas curas. ¿Me dejaríais ver sus heridas? Quizá pueda ayudarla.
Se refiere a mis manos, supongo. Se acerca, todavía sosteniendo el cubo contra la cadera. Se las muestro y ella las observa con cuidado. Ambas vemos que están llenas de cortes, aunque ya no quedan trozos de cristal bajo la piel.
Los he sacado todos mientras daba vueltas.
La doncella ronronea con cierta desaprobación, con la vista puesta en las heriditas. Siento un pequeño rubor en las mejillas. ¿Qué pasa?
—¿Te ha mandado el príncipe? —vacilo.
Ella me ofrece una sonrisa más.
—Venid conmigo, por favor.
Cuando se pone en movimiento, la sigo. Su seguridad me ofrece cierto consuelo y es más fácil seguir sus órdenes que cuestionármelo todo.
La doncella me guía hasta un rincón de la habitación, detrás del biombo. Tras él, descubro una bañera antigua. Cuando está lo suficiente cerca, vierte el agua de su cubo en el interior y, con un gesto simple, me indica que me acerque.
Yo la miro, perdida y fuera de lugar. Ella parece dudar. Se lleva una mano a la cadera intentando leerme la mente.
Me pregunto qué encuentra y si no le parece increíblemente hueca.
—Cleia.
Parpadeo.
—¿Qué?
No sé qué debo hacer ni qué decir.
—Si deseáis saberlo, mi nombre es Cleia —aclara—. Aunque no es necesario que lo recordéis, ni siquiera que lo uséis. En el castillo nadie recuerda los nombres de las doncellas.
Arrugo la nariz.
—Eso suena ridículo. Y cruel —respondo—. Es tu nombre. Claro que voy a acordarme y claro que voy a…
Ella suelta una carcajada.
—Será cierto que venís de otro mundo —ríe.
Me ruborizo de nuevo. Sin embargo, al oírla reír también a ella siento que he encontrado un punto de apoyo, algo que puede ayudarme a hacer que la habitación deje de dar vueltas.
El hecho de que haya otra persona aquí, conmigo…
No es tan terrorífico como podría haberlo sido.
—Es cierto —admito—. No soy exactamente de aquí y, de donde yo vengo, todos recordamos los nombres de todos. Así que me parece lo propio, Cleia.
Ella asiente con decisión y su risa llena la estancia.
—Está bien. Recordad mi nombre entonces, señorita Emma.
—Y tú deberías llamarme Emma a secas.
—¿Emma?
—Exacto.