Pinceladas de una traición Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Tengo tus manos —dice él haciéndose cargo de ellas—. Tus manos están bien. Hum. Bueno. —Frunce el ceño—. Más o menos. Solo son unos pequeños cortes, no sufras. Los curaremos en el castillo.

—¿En el castillo?

Él continúa vistiéndome.

—¿Recuerdas las gallinas, Emma? ¿Cómo se llamaban?

El granero era mi escondrijo favorito.

—Maggie, Cathy y Joana —digo sin pensar.

¿Lo recuerdo bien? Todo aquí es abrumador, existe de nuevo y de golpe. Pero claro que recuerdo mi granero y también recuerdo mis gallinas.

Yo les puse nombre.

Mi amigo de la infancia insistía en que estaban endemoniadas porque siempre se escondían para saltarnos encima. Ese amigo es el mismo que me está vistiendo e intentando que no me dé un golpe de calor.

Si no, ¿cómo lo sabría?

—Ah, Maggie era una bruja, ¿verdad? —dice él.

Siento la tela de una camisola que me pasa por los brazos y meto la cabeza por el cuello sin pensarlo demasiado. Pronto, otra tela me rodea: es una manta de raso. Me cae sobre los hombros. En la ausencia del vaso de latón, que el joven retira, me aferro a ella y tirito.

Y ahí está él, con una sonrisa.

Con las piernas al descubierto, sentada sobre la capa mojada y rodeada con lo que parece una manta de picnic, lo miro bien: alto, moreno, decidido. Va vestido con armadura, reconoce el granero y recuerda a Maggie.

No estoy equivocada.

Es él.

—¿Respiras bien?

—Sí, es…

—Respira. ¿Te duele algo?

—Los cristales y… ¡El espejo estaba…!

—Ah, ya veo. Hay más, ¿verdad?

Se agacha frente a mis rodillas descubiertas. Chasquea la lengua. Me advierte de que va a doler, pero me saca un pequeño cristal de la piel. Hago un mohín y él maldice. Me mira desde abajo, con el ceño fruncido de la preocupación.

Yo lo miro a él sin saber si lo que veo es un fantasma o un castigo. Cuando se me escapa un sollozo estúpido, su nombre vuelve a mí.

—¿Eres tú de verdad, Sebastián?

Al oírlo, su rostro cambia. El joven sonríe y asiente, sucio y empapado tras haberme sacado de entre las llamas. Su pelo negro, lo alto que es: todo se rinde a la sonrisilla que se le forma en la cara.

—No sabía si te acordarías.

Los recuerdos vuelven a mí de golpe, tan asfixiantes como el humo, pero mucho menos mortales.

Fuimos niños a la vez, en otro tiempo.

En otro mundo quizá.

Por extraño que parezca, la idea es reconfortante. Vuelve a cogerme de las manos, me acaricia los nudillos con el pulgar.

—Respira —me pide al oírme sollozar—. Ya estás fuera. No es necesario que sigas llorando. No seas dramática —bromea—. No tienes ni una quemadura, ¿ves? Además, me haré cargo de que te curen los cortes y estarás bien.

Le dedico una mirada cargada de protesta.

—Mi padre…

—Emma, te aseguro que tu padre no está ahí dentro —insiste—. Esa casa ha estado vacía mucho tiempo. Pero… ¿cómo has acabado tú entre las llamas? Pensé que…

Niego con la cabeza, no quiero contestar, y creo que Sebastián entiende que no puedo encontrar la respuesta o que no quiero dársela.

—¿Has estado aquí todo este tiempo…? ¿Sola?

—No… —No logro centrarme—.¡Sí, sí…! Estaba en casa, y…

—Entonces sabrás cómo ha empezado el fuego y qué…

—No, no en esta casa. Estaba en mi casa.

—¿En tu casa? ¿Dónde?

Vacilo.

—Estaba en la bañera y alguien ha escrito en el espejo empañado. Ponía: «Vuelve a casa».

Él frunce el ceño y me escucha con atención. No sé qué más decir o cómo explicarle lo que acaba de ocurrir.

Por suerte, el aprendiz de mi padre es capaz de recomponer las piezas por mí.

—¿Alguien te ha traído de vuelta a la casa? —pregunta avispado.

Yo asiento: es lo único que tiene lógica. Algo ha querido traerme de vuelta a este lugar. Algo lleva intentando hacer que regrese desde que me fui.

Los susurros.

—Debe de ser él.

—¿Quién?

—Mi padre. La cosa de mis sueños. ¡La figura! Lo que sea que hizo que mi padre se volviera loco. Me va a atrapar. ¡Me va a alcanzar y…!

Sebastián se incorpora y me sostiene el rostro entre las manos intentando hacer que me centre. Siento tanta vergüenza. Me siento tan ridícula, tiritando contra sus manos firmes, reflejada en sus ojos oscuros.

—Eh, Emma, no. Aquí no hay nadie —dice—. Aquí, ahora, estamos solos tú y yo.

Claro que lo recuerdo.

Lo recuerdo al final de las escaleras, huyendo de las gallinas.

Lo recuerdo en el taller, junto a mi padre, prestando atención.

Recuerdo cuando éramos pequeños y nada de esto existía.

Recuerdo cuando me estiraba de las trenzas y salía corriendo y entonces yo lo perseguía para darle con el cuaderno de bocetos en la cabeza y él se reía.

Pero no puedo volver a ese lugar.

—No, no —insisto aterrada—. No me entiendes: no está aquí, no de verdad, pero está en todas partes y…

—Eh, escúchame. Sigue mi voz, Emma —insiste y la cadencia de sus palabras es todo cuanto tengo para guiarme—. Emma, aquí. Mírame.

—No lo sé, yo…

—Estás a salvo conmigo —dice.

Y, aunque suena a una locura, lo creo.

Sostiene el peso de mi cabeza en sus manos, buscando mis ojos. Sin embargo, lo único que yo veo es el cuadro negro en la sala, la sombra de mi padre, el incendio. Las visiones lo nublan todo y las lágrimas vuelven para empañarlas.

—Sebastián —suplico—, ¿qué me está pasando?

Justo entonces, las puertas del granero se abren de par en par.

El hombre que aparece en el umbral no es más que una sombra. Mi cuerpo entero reacciona y estoy a punto de salir corriendo. De no ser por Sebastián, que me agarra por la cintura con una familiaridad que no recuerdo haberle concedido.

Dos sensaciones me atraviesan al mismo tiempo: la primera, una protesta silenciosa por las libertades que se toma al sujetarme así; la segunda, un escalofrío que me recorre de arriba abajo y que no tiene nada que ver con el frío que llevo acumulado en los huesos.

En lugar de huir, me pongo detrás de él.

No porque confíe, sino porque, en ese instante, es lo único que reconozco de mi pasado. Lo único conocido en medio de todo este humo.

—¡Ser Kergalot…! —protesta Sebastián risueño.

El hombre lo fusila con la mirada, mientras se limpia la ceniza y la nieve de los hombros de su armadura de cuero.

—¿Habéis perdido la cabeza? —brama con rabia.

—No seáis quisquilloso. Sabía que encontraríais la forma de salir de la casa sin mí.

—Por supuesto —responde ofendido—. La pregunta era si lo haríais vos. No soy yo el niño insolente que se ha metido en un incendio sin pensárselo dos veces.

—Dejemos la regañina para más adelante. Me pilláis en un momento un tanto íntimo —interrumpe Sebastián altanero.

El hombre da un paso al interior confuso, Sebastián me cubre por completo con su cuerpo y no debe de verme. Es obvio que quiere saber qué oculta.

El chico no le deja.

—¿Puedo pediros un poco de decoro? Daos la vuelta, la muchacha está…

Por encima del hombro del aprendiz, veo al tal ser Kergalot suspirar hasta vaciarse los pulmones. ¿Significa «ser» que es un caballero?

¿Un caballero de qué exactamente?

—Ya veo —responde el hombre cansado.

Sea como sea, es lo bastante educado para darse la vuelta y se mantiene erguido.

—Mis disculpas, alteza.

—No os preocupéis por eso —responde Sebastián arrogante—. No podíais saberlo.

Espera, ¿ha dicho «alteza»? Ser Kergalot coloca las manos a la espalda y continúa hablando, aunque solo sea para el aire que entra a través de la puerta del granero. La luz de las llamas recorta su silueta.

—Tenéis razón. Debo admitir que, de haber sabido que los planes que tenía vuestra alteza para esta noche eran adentrarse en las llamas y rescatar a una extraña, se lo hubiera desaconsejado.

Claro que tampoco me habría hecho caso entonces, ¿cierto?

—Puedo oírlo poner los ojos en blanco—. Ah, su reputación le precede…

¡Va a arruinarme, en cuanto a paciencia se refiere, eso desde luego!

Encuentro la muñeca de Sebastián e intento llamar su atención, pero él hace un gesto con la mano y escapa de mí casi sin darse cuenta.

—Oh, vamos —protesta—. ¿De verdad crees que me están echando de menos en el castillo? Deja las formalidades, Alaric. La joven no sabe ni dónde está.

—Mis disculpas a la muchacha —corta el otro quisquilloso—. Traeré un mapa la próxima vez que vuestra alteza decida rescatarla. Así podremos estar ambos en el mismo punto en cuanto a lo que sus locuras suponen.

«No va a haber próxima vez, pero gracias, ¿Alaric?», pienso.

—Además, estoy seguro de que Pietro no va a notar mi ausencia. ¡Si no se encuentra la nariz sin ayuda!

—Sigue siendo vuestro primo y le debéis cierta…

—Lo decís como si su padre no hubiera intentado acabar conmigo desde antes de nacer siquiera, ser Kergalot.

—Pensaba que habíamos dejado las formalidades a un lado, mi príncipe —contesta el hombre rápido.

¿Su qué?

Me aparto un poco de Sebastián, como queriendo verle la cara. ¿Qué está ocurriendo? ¿Quién es ese hombre?

Cuando mi amigo de la infancia me ve, me concede una sonrisa traviesa.

—Debéis regresar al castillo de inmediato —insiste cortante el tal ser Kergalot.

Sebastián me está mirando con una sonrisilla. Parece que está conteniendo una carcajada. Observo su pelo mojado, sus ojos y su pelo oscuro. Se muerde el labio, aguantándose, y no puedo ni imaginar la cara que se me está quedando.

—Por supuesto —responde Sebastián, que consigue no soltar una risotada—. ¿Queréis presentaros vos a la cena de nombramiento mañana, Alaric? Así podréis seguir dándome órdenes si tanto os agrada.

—La arrogancia no os favorece tanto como creéis, alteza.

La mirada de ser Kergalot se posa en mí cuando se vuelve para mirar al joven príncipe y me parece ver algo extraño en ella. No es solo el hecho de que me acaba de pillar medio desnuda en un granero con… ¿el príncipe heredero?

Hay algo más.

Me estoy mareando.

—Yo…

—Disculpa, Emma —me interrumpe Sebastián—. ¿Veis? Tenía una cita mucho más importante con mi vieja amiga Emma.

Ser Kergalot no me quita ojo de encima. Sin embargo, antes de que pueda hablar, Sebastián vuelve a tomar la batuta.

—Me temo que mis modales brillan por su ausencia —bromea—: Emma, te presento a ser Alaric Kergalot, mi mano derecha y el más fiel de los caballeros de la Guardia Real. Tiene el mal vicio de comportarse como si me hubiera criado él mismo.

—Será porque lo he hecho —masculla el aludido.

El hombre saluda con una inclinación de cabeza, pero con la mirada clavada en el horizonte para evitar verme desnuda. Yo sostengo bien la capa, niego con la cabeza y me vuelvo hacia Sebastián.

—¿Te ha llamado «príncipe»?

Él hace un gesto divertido.

—Me pasa a veces, sí.

Ser Kergalot pone los ojos en blanco y alza las manos por encima de la cabeza con fastidio.

—Permíteme que me presente al fin —sigue el que fue aprendiz de mi padre. Se lleva una mano al pecho y hace una reverencia—: Soy Sebastián, aspirante al trono de Valemir, hijo de lady Basira de Pyrramiede y heredero del ascendido rey Gael de Amira.

«Flipa».

Cuando me doy cuenta, mi mano está en la suya. La sostiene con delicadeza, en el aire, entre nosotros. Me mira y siento sus labios contra los nudillos, entonces habla de nuevo:

—Bienvenida a casa, Emma.