Capítulo 5
Siento el golpe contra el suelo y, aunque intento poner las manos por delante, no lo consigo.
Por acto reflejo, acongojada, tomo una bocanada de aire que me deja sin respiración.
Los pulmones se me llenan de humo y ceniza al instante.
Toso, escupo. Me arde la garganta y me quema la piel.
Siento una arcada. Pero necesito aire, así que me tapo la boca con las manos empapadas y sigo tosiendo.
Me doblo sobre mí misma buscando refugio.
¿Habrá algún lugar donde el aire esté limpio?
Me lloran los ojos. Se me cierran las vías respiratorias. No consigo respirar. La cabeza me da vueltas y vueltas.
Estoy sola.
La prisión de manos se ha disipado, pero me ha dejado caer en el último círculo de mi propio infierno.
Ya nada me retiene, pero tampoco encuentro fuerzas para moverme.
Me rodean las llamas, la luz y las sombras bailan a mi alrededor como si fueran mis carceleros.
Cuando apoyo las manos en el suelo para encontrar algo de equilibrio, veo las estrellas: trozos de cristal se me hincan en las palmas y ahogo un grito de dolor.
Tengo piedrecitas clavadas en el costillar y en las piernas, cortes en los antebrazos y moratones en las muñecas.
También estoy cubierta de marcas de carbón.
En posición fetal en el suelo, siento los tablones de madera que hay bajo mi cuerpo y los latigazos de las llamas que me rodean.
El fuego consume la gigantesca sala donde he acabado cayendo al atravesar el espejo. Las nubes de humo lo llenan todo y se arremolinan contra el techo abovedado de cristal. Hay un agujero, como si algo lo hubiera roto al caer, y justo debajo estoy yo, como un meteorito.
El aire nocturno que se cuela por el agujero de la bóveda hace que se me erice la piel. Sin embargo, la brisa también me da un pequeño momento de paz para respirar un poco. Entre toses y casi ciega, intento descubrir dónde estoy.
Fuera, en el cielo nocturno, las tres lunas de mi infancia brillan entre la humareda.
La sala arde conmigo dentro, desnuda e indefensa.
Intento salir del perímetro de los cristales rotos a rastras, pero no lo consigo.
La falta de aire me sacude y mis pulmones protestan.
La madera ha empezado a ceder. La tos es cada vez más intensa.
Le echo un vistazo al lugar como buenamente puedo y…
Reconozco las arcadas y el piso superior que da a esta especie de claustro. Reconozco las estanterías, las estructuras para los lienzos y el olor a químicos.
Cierro los ojos para evitar que el humo me obligue a llorar, aunque no puedo dejar de hacerlo. Intento gritar, llamar a alguien, pero ¿a quién?
Nadie sabe que estoy aquí.
Gimoteo, me temo lo peor: las manos, las pesadillas, el espejo. Han vuelto a por mí, ¿verdad? He regresado al punto de salida. Las llamas, los cortes, la falta de aire. Quizá alguien sabe dónde estoy y es quien me ha traído aquí.
Solo hay otra persona en el mundo que conozca este lugar y ese es mi padre.
La doncella tenía razón, he hecho lo correcto al alejarme de Sia. Pero eso no evita el miedo que siento ahora, tirada en el suelo del taller de mi padre, a apenas unos metros de aquel cuadro horroroso.
Toso e intento hacerme a la idea de que este es el final.
Este siempre fue mi destino.
—¡¿Emma?!
Algo se mueve ágil a través de las llamas. La sombra del recuerdo me llama por mi nombre.
Debe de ser él y debe de odiarme por haberlo dejado aquí.
—¡No te muevas!
El taller de mi padre arde y yo, como su hija y sangre de su sangre, he regresado para consumirme con él de una vez por todas.
Oigo sus gritos del pasado derramándose en la sala y, aunque no son lo suficiente intensos como para apagar las llamas, sí lo son para doblegarme y mantenerme pegada a los tablones del suelo, tosiendo.
Me tapo los oídos, siento la calidez de la sangre fresca de mis manos contra las sienes.
El techo de cristal va a venirse abajo en cualquier momento.
Siento el lametazo de las llamas acercándose.
Entre morir aplastada o consumida por el fuego, elijo la primera.
¿Cuánto tiempo voy a tener que vivir así?
Voy a morir en este incendio.
Me han traído justo para eso.
Jamás voy a poder escapar.
¿Por qué intentarlo?
Escucho un chasquido en el aire y siento el frío de algo sobre mis hombros.
—Solo podías ser tú, ¿eh? —dice una voz. Y sea quien sea, se nota que sonríe con cierta satisfacción.
Una tela empapada cae sobre mí. Alzo la vista y me encuentro con unos ojos marrones, mientras unas manos diestras se aseguran de cubrirme con lo que parece una capa. Con rapidez, el chico anuda algo a la altura de mi cintura. Es ágil: me viste como puede y me ayuda a ponerme en pie.
—Voy a sacarte de aquí —dice convencido.
Tiene el pelo mojado, negro como el tizón, y los ojos marrones como el café.
Antes de que pueda darme cuenta, mis manos están en las suyas y él me guía los brazos hacia su cuello. Quizá no soy muy consciente de ello, pero entiendo lo que está ocurriendo cuando siento que mis pies dejan de rozar el suelo.
Es alto y lo bastante fuerte como para cargar conmigo.
Casi de forma instintiva, escondo la cabeza en el hueco de su cuello. Desde ahí, aferrada a él, veo la cicatriz que se esconde tras su oreja: larga, honda, marcada. ¿Quién es? ¿Qué hace aquí?
Las llamas nos asedian, pero cada vez él corrige la dirección con maestría. Unos tablones se desprenden, parte de la estructura se viene abajo. Oigo la bóveda partirse y el ruido del cristal impactando contra el suelo de madera del taller.
Mi salvador alza la voz y siento que afianza mi peso entre sus brazos antes de tomar lo que parece un camino arriesgado. ¿A quién llama? ¿Quién le espera? ¿Me lo estoy imaginando?
No.
Su voz no es la única que escucho.
Los susurros han cesado en cuanto él ha aparecido.
El extraño me saca de entre las llamas y nos adentramos en la oscuridad de la noche.
Las tres lunas son testigos de que no me deja tocar el suelo.
Cuando levanto la cabeza, veo que nuestras siluetas se desdibujan bajo la tenue luz enredadas en la huida.
Los astros también son testigos de mi cara cuando, al verle fuera de las tormentas de humo, pese a la ceniza que le mancha el rostro, lo reconozco.
El frío de la noche me hace estremecer.
«Puede que sea embrujo de la luna», pienso, pero sus ojos marrones me miran como si él también me conociera de toda la vida.
Tiene que ser él.
Poco a poco voy siendo consciente de lo que me rodea.
Estamos en el jardín trasero. Los gritos de la gente que intenta extinguir el fuego me atolondran.
No somos los únicos que hemos salido de entre las llamas, cuento al menos otras cuatro personas que se pasan cubos en cadena.
Visten ropa militar, con corsés y espadas. Parpadeo confusa.
Todo está ocurriendo demasiado rápido. Cojo aire y lo suelto, mareada por la bocanada de oxígeno. La escarcha del suelo se levanta obedeciendo el gesto de una de las sombras del jardín.
Tirito de frío y me aferro al aprendiz de mi padre.
—Mi casa —murmuro sin pensarlo. Me retuerzo entre sus brazos—. Mi casa está en llamas. Papá… ¡Mi padre sigue dentro! ¿Dónde está? Tenemos que…
—Dame un momento, por favor —pide él sin aliento.
Me carga mejor en brazos y camina decidido.
—Por favor —le suplico—. ¿Y si sigue dentro? Mi padre está enfermo. No está bien. Necesita ayuda y yo… ¡No puedo dejarlo solo!
Pero ya lo hice.
Lo hice hace mucho.
Lo dejé solo.
El joven empuja la puerta del granero con la espalda, nos alejamos del bullicio de las llamas y de los gritos del resto de la gente que rodea la casa que arde.
No la veo con nitidez, pero la recuerdo: la mansión que arde es la misma que vi a través de la ventanilla del bus aquella tarde en Madrid.
Al darme cuenta, me aferro más al joven.
Pero ¿le recuerdo de verdad? ¿O le estoy confundiendo?
Han pasado muchos años desde entonces.
Siento la tierra bajo los pies y trato de encontrar el equilibrio. Él me sostiene por los hombros y me sienta sobre lo que puede ser paja. Me aferro a la capa con la que me ha vestido y siento el frío como si estuviera en la propia tundra.
—Aquí tienes.
Se mueve con soltura, como si conociera el lugar.
«Tiene los mismos ojos», pienso.
Ni en mis mejores sueños podría haberle imaginado así. El niño al que un día conocí, con su colmillo afilado y su hoyuelo, es ahora un hombre adulto y preparado. Es el hombre que me ha sacado de las llamas.
¿Por qué viste una armadura de cuero? ¿Por qué carga con una espada en el costado? ¿Adónde han ido sus blusas y sus gafas? ¿Por qué ya no huele a pintura? ¿De verdad es quien yo creo que es?
—¡Mi padre…! —sollozo entre toses.
—No está dentro, Emma —repite él una vez más—. Coge esto, toma.
Siento que me aparta el pelo de la cara y me arrulla, aunque solo sea por cordialidad. Me coloca algo en las manos y descubro que es un vaso de agua. Me ayuda a acercármelo a los labios. De hecho, incluso diría que casi me obliga a beberlo.
Sollozo, toso y aguanto la respiración el tiempo suficiente como para intentar hacerle caso. Bebo algo de agua. Me mojo los labios. Él desaparece durante apenas un instante y regresa de nuevo.
Siento sus manos a mi alrededor. Se deshace de lo que sea que ha atado alrededor de mi cintura con la misma soltura que antes.
No me opongo.
—¿Dónde estoy?
Siento el frío de la noche, aunque solo sea durante un instante. Entiendo que estoy desnuda. La conmoción que siento es mil veces mayor que la vergüenza que podría sentir en cualquier otro contexto, pero él se encarga de devolverme a mi propio cuerpo.
—En el granero del jardín, ¿lo recuerdas? —murmura—. Levanta los brazos, venga. Vamos, Emma.
No sé por qué le hago caso.
—Pero es imposible —sollozo—. Es… Yo estaba en casa. Estaba sola, ¡y las manos…! El espejo…