Capítulo 4 #2
Echo la cortina del salón para evitar el sol de mediodía.
—No, no he podido tramitar la baja aún —le cuento a mi jefa a través del teléfono—. Es que no dejo de vomitar. No sé qué es… Será algo pasajero, pero no me dan hora para que me vea el médico.
Me dejo caer en el sofá soltando un gruñidito y su voz cambia. Sé que no lo estoy haciendo bien. Sé que me estoy aprovechando de ella. Estoy mintiendo: ni he vomitado ni necesito un médico humano que no sabría ni qué hacer con algo así.
Jessica me contrató hace casi cuatro años, recién salida de la universidad. Desde entonces, a excepción de los días que me pedí de permiso para el funeral de mi madre de acogida, no le he dado ningún dolor de cabeza.
Eso tiene que contar para algo.
—Muchas gracias, Jessica.
Oigo el trajinar del resto de la gente en la clínica.
—Te escribo en cuanto pueda, sí. Me voy a echar otro rato, a ver si consigo pasar la comida —miento.
Cuando cuelgo la llamada le echo un vistazo a la cocina desde el sofá. Está hecha un cuadro. Llevo encerrada en casa desde lo del ventanal del bus y he pedido comida para llevar dos veces al día desde entonces. ¿Cuántas bolsas hay?
En algún momento, después de la llamada y por primera vez en casi dos días, me quedo dormida.
Tan solo me despierto cuando la luz de la luna me toca los pies y, por alguna razón, eso hace que me entre frío.
Una sospecha me hace que me incorpore de golpe.
Entonces descubro que la cortina y la ventana están abiertas.
Con rabia y miedo a partes iguales, me incorporo y las cierro de nuevo.
Ris, ras. Me apoyo en la tela y trato de controlar la respiración.
En la oscuridad del salón, me parece oír una voz.
Rápida, desbloqueo la pantalla del móvil e ilumino la sala. Nada. No hay nada. Me apresuro y, medio a tientas, encuentro el interruptor para comprobar que es cierto: con la luz encendida veo que sigo estando sola en casa.
Llevo sola en casa todo este tiempo.
Aun así, la sensación de que alguien me observa no hace más que aumentar y aumentar, me siento igual de enferma que ayer o antes de ayer.
No, de hecho, me siento peor. Y, además, no puedo contárselo a nadie.
Parece que nadie más huele el humo o ve las siluetas.
Sé que son falsos. Son fabricaciones de una mente enferma.
Toso incómoda y compruebo la hora: las tres y cuarto de la mañana.
Haga lo que haga, no voy a poder volver a quedarme dormida. De hecho, ya me parece extraño haber dormido tanto rato.
Tienes 27 mensajes sin leer de Sia.
Sia Emma, te he dejado algo de comida
en la puerta.
21:21
Sia Solo dime que estás viva.
Suspiro y bloqueo la pantalla de nuevo.
No sé cómo contestar. En especial porque sé que no debería hacerlo. Debería esperar a que Sia abandone, a que me considere una persona horrible y siga con su vida. Tengo la sensación de que todo está perdido y de que el tiempo que he compartido con ella ha llegado a su final.
Suena tan dramático, patético.
Pero es la única certeza que tengo: estoy perdiendo la cabeza y me niego a arrastrar a Sia conmigo.
Ha sido mi felicidad todo este tiempo y no podría hacerle pasar por lo que pasé yo.
La idea de convertirme en algo así para ella hace que se me hunda el pecho.
Nada me gustaría más que correr escaleras arriba y volver a llamar a su puerta, pero sé que no debo.
Me seco las lágrimas de la cara y abro el grifo de la bañera. Cuando alquilé el piso, lo que me convenció fue precisamente la bañera. Es caro, pero al menos tengo un rinconcito en el mundo en el que todavía puedo encogerme y sumergirme en agua caliente.
Y eso hago.
Dejo que el vapor llene el pequeño cuarto de baño y que el agua caliente me irrite la piel.
Apoyo las mejillas en las rodillas, con el pelo recogido, y escucho el silencio.
He echado el pestillo, así que ahora mi mundo no es más que un bloque de tres metros cuadrados de azulejos. Nadie puede entrar y nadie puede salir.
Aunque parece un poco tonto, estar encerrada me ayuda a sentirme más segura. Suspiro y controlo la respiración.
Dejo de llorar antes de que me dé dolor de cabeza y recupero el control de mis emociones: no puedo contestarle a Sia. No voy a dejar que nada de esto le salpique. Es por su bien y por el mío. Después de todo, voy a tener que huir de Madrid, ¿verdad? ¿Y adónde puedo ir?
Cuando abro los ojos de nuevo, hay algo escrito en el espejo.
«Vuelve a casa».
La luz de la habitación parpadea y cuatro letras más aparecen en la superficie del espejo del mueble tocador del baño.
«Vuelve a casa, Emma».
—No.
La luz parpadea de nuevo, a la vez que mis pies descalzos empapan la toalla que hay en el suelo.
Escucho el golpeteo de los salpicones de agua contra el suelo de baldosas.
—No, no, no…
Estiro la mano para envolverme con una toalla, aunque solo sea para no sentirme tan indefensa. Rápida, avanzo hacia el espejo y, con la otra, borro el mensaje escrito en el vaho.
Lo hago con rabia, de un zarpazo.
En la pincelada, me veo reflejada: mis ojeras, mi piel pálida, el mechón blanco. Mis ojos, mi nariz. La silueta que está justo detrás de mí.
Grito.
Lo siguiente que sé es que la luz parpadea y algo sale del espejo.
Son manos. Cientos, oscuras como el universo y fuertes como el carbón.
Una legión inacabable de manos me rodea.
Me defiendo, pero nada las amedrenta. Retrocedo y pierdo el equilibrio, aunque no llego a tocar el suelo.
Siento que me agarran por los tobillos y las corvas.
Siento los cientos de dedos contra la piel y las tormentas de moratones que empiezan a formarse.
Huele a humo, a fuego.
Noto las falanges en la raíz del pelo, pero no llego a tiempo de coger aire antes de que lo que sea que me ha atrapado me lance de cabeza a través del espejo.