Capítulo 4
Una de las mejores cosas de vivir en Madrid es que puedes pedir lo que quieras de comer y te lo traen en menos de treinta minutos. A veces siento que eso compensa muchas otras carencias. O quizá no soy más que una facilona que se puede comprar con comida caliente a domicilio.
Hoy ha tocado comida china: tallarines fritos, gyozas y un arroz tres delicias que, siendo honesta, tiene el mismo sabor que el cartón empapado, pero sirve para quitarme el hambre.
Lo he elegido por Sia, no por mí.
El salón huele a salsa de soja y jengibre, y el sofá ha quedado sepultado en cojines mal puestos. La luz cálida de la lámpara del salón proyecta nuestras sombras alargadas sobre la pared en la que Sia me hizo colgar su dichosa estantería hace más de dos años.
Ella come en silencio, con la mirada perdida en el fondo del táper de arroz.
Yo también. No sé si es el cansancio, la tensión o que esta tarde he estado a punto de morir, pero todo me pesa más.
En el fondo de mi cabeza, ese rincón en el que no quiero ni mirar, sigo dándole vueltas a la pesadilla, a la silueta y al moratón que tengo en el hombro.
¿El sueño está conectado con las voces que escuché? ¿O tan solo me estoy desmoronando?
Podría parecer una noche cualquiera, pero no lo es: acabo de cumplir veinticinco años. ¿Qué edad tenía mi padre cuando empezó a escuchar las voces? ¿Cuánto tardó en perder la cabeza?
¿Cuánto tiempo más puedo seguir fingiendo que soy alguien normal?
—Oye, Emma —empieza Sia con un hilillo de voz—. Creo que deberíamos hablar de ello.
Levanto la mirada.
Hay algo en sus ojos. Es una chispa de preocupación que me incomoda más de lo que debería. Suelto una risa seca mientras rebusco en el fondo del táper de comida china.
—Solo me he comido una gyoza de más. No voy a explotar, te lo prometo —respondo en un intento por aligerar la atmósfera.
Sia suelta una risa corta, pero no se rinde.
—Estoy hablando en serio, tía. Llevas días como en babia. El otro día, en el entreno, te dejaste ganar. Cada vez que te veo es como si tu mente estuviera en otra parte. Y lo de hoy… —Duda—. No dejo de pensar en qué habría pasado si no llego a estar allí para agarrarte.
—Pues que hubiera acabado bajo las ruedas de un Peugeot gris —respondo con una mueca—. Una mierda de final, si lo piensas. Chica de veinticinco años muere atropellada frente a su casa —anuncio, teatrera, el titular de mi propia muerte.
—Emma…
—Encima por un coche que seguramente no ha pasado ni la ITV —sigo— y con la música a todo volumen, las ventanillas bajadas y un conductor a la fuga. De telenovela, si lo piensas.
—Emma.
Cierro la boca, sé que me está aleccionando. Sia me estudia con esos ojos que parecen querer arrancarme algo que ni yo sé si puedo dar. La veo debatirse entre seguir insistiendo o dejarme respirar.
—Estoy bien —miento—. Te prometo que no es nada importante.
Remuevo los tallarines fríos con toda la intención de ignorarla, pero, cuando alzo la mirada, Sia sigue esperando una respuesta.
Desisto.
Dejo la caja a un lado y decido darle lo que quiere.
—Es solo que he tenido unos días duros en la clínica —empiezo—. Mucho trabajo. Esta semana estuve intentando salvarle la pata a un perro que encontraron en un contenedor. Tenía la pierna casi comida. Sepsis. Las falanges al aire. De todo. Una amputación era lo más lógico, pero intenté…
Sia alza la mano, con una mueca.
—No hace falta que me cuentes eso mientras como.
Le sonrío divertida, pero creo que agradece la sinceridad. Por eso le ofrezco todo cuanto puedo darle.
—Y también he tenido que atender a una gata que resulta que se escapa porque perdió a su melliza por culpa del cáncer… —sigo—. Se rompió un hueso saltando del balcón. La escayolamos y todo.
—Uf. Bueno, seguro que consigues curarla. Es más fácil curar un hueso que el cáncer, ¿no? —Se zampa un bocado de arroz—. Aunque yo creo que podrías curar las dos cosas.
Ladeo la cabeza y le sostengo la mirada. Ella sonríe y mastica, mientras yo digiero el extraño cumplido.
—Ya la he curado —respondo altanera—. Eso fue hace… ¿A qué día estamos hoy?
Sia me mira como si me hubiera acabado de volver loca, pero lo deja pasar.
—Emma, ¿en serio?
—¿Es jueves? ¿Sábado? Hum, no. He ido a trabajar, ¿verdad? Es… martes.
Ella suspira, como agotada. Supongo que el tono bromista no me ha llevado a ningún puerto, pero solo porque Sia no me deja atracar.
—A veces me pregunto cómo lo haces —suelta de pronto.
—¿Hum?
—¿Cómo lo hiciste? El día que nos conocimos. En el hospital dijeron que tenía la costilla bastante mal puesta, ¿sabes?
Se hace un silencio tenso. La televisión sigue encendida, escupiendo ruido sin sentido. No la estamos mirando. Solo está ahí, como una excusa.
—¿Cómo hice el qué? —pregunto fingiendo inocencia.
Sia deja el táper sobre la mesa.
—Estoy segura de que nadie te conoce como yo —dice—, pero a veces ni siquiera yo te conozco. Tienes tus secretos y yo tengo los míos. Pero ¿no te resulta agotador vivir así?
Me quedo con las manos congeladas en el aire. Recupero mi caja de comida con movimientos lentos, casi estudiados. Trato de sonreír, pero sé que la expresión se me resquebraja por las comisuras.
Pongo los ojos en blanco para venderle el numerito.
—No empieces con eso otra vez —le digo.
Ella resopla, casi como si la hubiera insultado.
—Como quieras.
Sia aparta la mirada. La televisión sigue haciendo ruido, pero el silencio que se asienta en el salón es la antesala de algo.
De una confesión.
De una caída.
Podría contárselo a Sia. He notado que ella también tiene ciertas habilidades, aunque no sé si es consciente de ello. Muchos humanos no lo son, pero a veces tienen ciertos dones. Siempre hay gente con más suerte o gente que puede predecir la lluvia. Sia tiene su propio efecto en la gente.
Podría contarle lo de la pesadilla.
Podría preguntarle si alguna vez se ha sentido así.
Pero al final no digo nada. En lugar de eso, me hundo contra el respaldo del sofá y me lleno la boca de tallarines. No digo ni una palabra más y ella tampoco insiste: agarra el mando de la tele y busca una peli de miedo.
Su género favorito, por supuesto, y su excusa favorita para acurrucarse conmigo en el sofá.
Yo no nací en Madrid, donde hay clínicas y autobuses y comida a domicilio.
Donde puedes ser veterinaria e ir al gimnasio por las mañanas.
No nací en una ciudad con coches, carreteras y accidentes de moto, ni en un lugar donde haya ascensores y vecinas que te invitan a cenar y te preguntan si sabes lo que ella cree que tú sabes sobre lo que ella sabe que tú sabes.
Yo nací en otro lugar.
Le echo un vistazo a Sia desde mi rincón del sofá. Recuerdo su cuerpo cubierto de sangre y su respiración, se rompía como un cristal fino. Está apoyada en mi pecho, como si nada, tapada con la manta.
No quería que se muriera.
No quería que le pasara nada.
Pero no quiero tener que contarle de dónde vengo o de qué estoy huyendo.
Lo único que sé con certeza es que puse mis manos sobre ella y la energía me atravesó como un incendio. Curé el hueso, curé la herida. Cerré la carne. No debería haber sido capaz de hacer algo así, pero lo hice.
Y sigo haciéndolo en la clínica veterinaria en la que trabajo.
Kaia está bien.
Sia dejó de sangrar y los paramédicos no daban crédito, pero pudo volver a su casa y ahora está abrazada a mis costillas porque le da miedo el Pescador de Sé lo que hicisteis el último verano .
La cuestión es que por salvarle la vida a Sia tuve que pagar un precio mucho más alto del habitual.
Un mechón de cabello se volvió blanco. No ha vuelto a su color original.
Lo escondo lo mejor que puedo. Lo disfrazo con tintes, trenzas, excusas.
Pero, cada vez que me miro al espejo y creo que lo tengo olvidado, reaparece y yo me acuerdo de lo que significa.
Ese mechón representa todo lo que quiero olvidar: que no pertenezco ni a un universo ni a otro.
—Quédate a dormir, anda —me pide Sia.
Niego con la cabeza, de pie bajo el marco de su puerta, cuando la película ya ha acabado.
—Estoy cansada.
—Pero si estás en la flor de la vida… —suelta ella divertida.
Se le escapa un bostezo, porque es tarde, y yo suelto una risilla tonta. Lo que quiere es que me quede a dormir en su casa para no tener que pasar miedo por culpa de la peli de terror que ella misma ha decidido poner.
—Buenas noches, Sia —murmuro y me pongo en marcha.
Sé que ella se despide y que me da las buenas noches, pero no les presto demasiada atención a sus palabras. Pulso el botón del ascensor y dejo que las puertas se cierren hasta separarnos.
Eso no se lo puedo contar a Sia.
No quiero.
Porque no quiero que sea verdad.
A la mañana siguiente, de camino al trabajo, me parece ver a alguien al final de la calle.
Cambio la ruta para llegar a la clínica y, aunque se lo comento a Cristina, no me quito de encima la sensación de que alguien me observa.
Porque sí hay algo que me observa desde el final del pasillo cuando apago la luz del almacén.
Por eso mismo, la dejo encendida cuando vuelvo a la zona de la tienda y no vuelvo a acercarme.
El jueves estoy sentada en el bus cuando todo empieza a oler a humo. Me inclino para ver si el conductor también lo nota, aunque no lo parece. Le echo un vistazo al resto de la gente de la cabina: a ninguno parece molestarle ese olor a ceniza y polvo.
Cuando el bus se detiene en un semáforo en rojo, a través de la ventana solo veo una gigantesca mansión en llamas.
Se me acelera el corazón y me pongo en pie justo cuando el vehículo arranca de nuevo.
Me caigo hacia atrás y causo una escena.
Una mujer me ayuda a ponerme en pie y alguien me pregunta si estoy bien. Avergonzada y con la mirada puesta en el ventanal, descubro que seguimos en las calles de Madrid.
El conductor del bus se asegura de que estoy sentada en mi asiento antes de arrancar de nuevo.
Sia Entreno después del trabajo??
9:45
No contesto.
Todo empeora mucho más rápido de lo que esperaba.