Pinceladas de una traición Capítulo 3
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Capítulo 3

Me anudo los vendajes mientras Sia castiga al saco de boxeo con una intensidad casi insultante. Sus movimientos son precisos, gráciles. Letales.

Se detiene en un momento dado y me mira sosteniendo el saco.

—Vuelves a estar supercallada —dice—. ¿Has tenido pesadillas otra vez o es existencialismo matutino?

Chasqueo la lengua porque me he olvidado de vendarme un dedo, así que tengo que volver a empezar. Debería haber desayunado antes de bajar a entrenar.

En realidad, no soy nadie sin café.

—Cualquiera diría que soy un libro abierto.

Hoy tengo el turno más largo de la semana y creo que he dormido un total de veinte minutos.

Sia me mira en silencio. Solo me doy cuenta cuando han pasado un par de segundos. Creo que he sonado más borde de lo que pretendía, pero no puedo evitarlo.

—Perdón —murmuro, atareada con los vendajes.

Ella lo deja pasar.

Hace tres días que no consigo dormir una noche entera. Nunca se me ha dado demasiado bien dormir, pero no descansar me está empezando a pasar factura.

Cuando me doy cuenta, siento un dolor punzante en el hombro.

—¡Au! —me quejo.

Sia levanta el dedo al instante.

—Esto no es de boxear —dice sin más—. ¿Has soñado que peleabas con un lobo de dos metros o se te ha olvidado que tienes el mueble ese horrendo en el pasillo?

Me miro el hombro. El moratón está ahí, púrpura e irregular. Parece una nube de tormenta a medio formar.

—No es un mueble horrendo.

—No, solo está puesto en esa esquina a traición —protesta—. Recuérdame que te busque algo mejor para tu cumple.

—Debe de ser del entreno de ayer.

—Ayer no entrenamos —contesta rápida.

—¿No?

—No, ayer nos lo saltamos porque te quedaste sobada, ¿no te acuerdas? —se ríe.

No sé ni en qué día vivo. Me acaricio el hombro con suavidad y siento el moratón con más intensidad. Frunzo el ceño, contrariada.

«Ni de coña», pienso.

—Pues no tengo ni idea de con qué ha sido —miento.

Sí se me ocurre algo que me haya tocado el hombro, pero me niego a alimentar esa idea. Lo que ocurre en las pesadillas se queda en las pesadillas.

La imagen de la puerta abierta de mi habitación regresa y siento que se me eriza la piel al instante.

—Con lo negro que está, igual tengo que llevarte al médico para que te miren el hierro —añade Sia con un mohín—. ¿Te has hecho análisis este año?

Me río por no llorar. Si le contara que no he visto a un solo médico en mi vida, ¿qué pensaría? Cuando le echo un vistazo al gimnasio, como queriendo escurrir el bulto, descubro que hoy no está el chico de los rizos.

—¿Has visto a Camila? —pregunto.

Sia sonríe altanera. Las dos sabemos por qué ninguno de los dos está en el gimnasio.

Dos y dos son cuatro.

—Qué tía… Donde pone el ojo, pone la bala —se ríe Sia, colocando bien el saco—. No ha tardado ni una semana.

Después del entreno, la jornada en la clínica se me hace tan eterna como era de esperar.

Me paso la mañana deseando acabar. Como sola en una de las salitas, en silencio, pero no puedo acabarme el táper ni esforzándome.

Me pesan las manos y me molesta el moratón.

Tiene latido propio. Me duele la cabeza y soy incapaz de centrarme en nada de lo que hago.

Llamo a todo el mundo por el nombre equivocado, se me bloquea el programa de datos de los clientes y el datáfono decide no funcionar.

Me paso el día muriéndome de ganas de volverme a la cama. Sin embargo, justo antes de irme, una pareja llega con una gata naranja y negra que maúlla como si la estuvieran matando.

Está temblando.

—Ha saltado desde el balcón —dice uno de ellos, sin levantar la vista del transportín—. Pensábamos que la puerta estaba cerrada. No nos dimos cuenta de que…

La pobre gatita respira con dificultad y está asustada, pero lucha con rabia.

Cristina, mi compañera, les toma los datos e intenta hacerles la admisión mientras el animal nos bufa. Antes de que busque a otro veterinario que la ayude, le hago un gesto y me pongo manos a la obra.

No puedo evitarlo.

No puedo irme sin ayudar.

Al final me quedo el tiempo suficiente como para asegurarme de que Kaia, la gata escapista, se despierta después del sedante que han tenido que darle para poder ponerle la escayola y está bien.

Tiene una fractura limpia en la pata delantera. Nada que no se pueda arreglar con un poco de paciencia, aunque ya esté mayor.

La historia de su accidente es la parte más horrorosa.

—Vas a estar bien —le susurro a la gata, acariciándole el lomo—. Te lo prometo. Pero tienes que prometerme que no harás más excursiones para ir a buscar a tu hermanita, ¿vale? Ya sé que la echas de menos, pero se ha ido.

La gata ronronea ante el calor de la luz que emana de mi mano.

Al final, salgo de trabajar tres horas más tarde de lo habitual y camino sin necesidad de pensar adónde voy.

Vuelvo al piso.

¿Adónde más podría ir?

Dejo que la memoria muscular haga el trabajo y me pierdo en los recovecos de mi mente.

Así pasa toda la semana sin pena ni gloria. Un turno, el siguiente. Al final, Kaia se queda en supervisión un par de noches para que podamos hacerle análisis. Los dueños se la llevan a casa el miércoles, con el corazón en un puño.

Yo arrastro los pies, con el mío en la garganta.

¿Y mi casa? ¿Qué habrá sido de ella?

El barrio de Recoletos se desdibuja frente a mí, como si se desvaneciera.

Casi como si la ciudad supiera lo que busco. El aire mece un olor familiar a pigmento seco y aceite de linaza que me lleva a un paisaje completamente diferente. Casi como si pudiera sentirla en la piel, recuerdo la luz que se colaba por las cortinas de lino: dorado sucio, color siena.

El tiempo la ha teñido con esa paleta de colores cuando evoco mi casa. Por aquel entonces, mi mundo se reducía a las pinturas que papá mezclaba sobre la suya: ocres quemados, azules marinos densos, verdes esmeraldas.

Siempre recuerdo a mi padre pintando. Recuerdo cómo, enamorado, se perdía en el proceso durante horas y horas. El cabello castaño oscuro le caía desordenado sobre la frente y contrastaba con su piel pálida y sus dedos finos.

Suelo recordarlo como a un noble en el exilio.

Otras veces, sin embargo, se transforma en un loco al borde de un ataque; una sombra que sostiene su pincel como si blandiera un cuchillo.

—¿Por qué nunca me pintas a mí? —pregunté una vez, mientras se limpiaba las manos con un trapo manchado de rojo y ocre—. ¿Por qué no me pintas un retrato?

Tardó en responder.

—¿Y para qué ibas a querer quedar atrapada en un solo cuadro cuando ya vives en todos ellos desde fuera? —respondió risueño.

Así quiero recordarlo: mitad ternura, mitad caos. Sin embargo, ese delicado equilibrio no duró mucho tiempo.

Yo debía de tener doce años, no más, cuando todo empezó.

Primero dejó de dar clases de pintura. Pronto mandó al aprendiz de vuelta con su padre.

Después dejó de pintar por completo. Lo siguiente que hizo fue dejar de hablar y de dormir.

Las voces en casa pasaron de ser susurros tensos para transformarse en gritos ahogados.

Yo era demasiado pequeña como para entender todo lo que estaba ocurriendo.

De hecho, ni siquiera lo entiendo ahora.

Solo sé que, con el tiempo, mi padre se deterioró y desapareció del todo.

Dejó atrás una carcasa cuyo papel era gritar, destrozar lienzos y maldecir.

Recuerdo los portazos, los golpes, las risas, los años de peleas contra figuras que jamás existieron. Pero lo peor de aquella época siempre fue el silencio. El peso de las cortinas pasadas y el polvo sobre los muebles.

Por suerte, en casa teníamos una doncella que nos ayudaba. Ella se encargó de mí. Y, en ausencia de una madre a la que obedecer, decidí dejar que ella tomara las decisiones importantes por mí.

—Cuando esté así de confundido, señorita, déjelo estar —me decía cuando me encontraba esperando frente a su puerta cerrada—. Vaya al jardín, vea el sol. ¿Y si lo que corre por sus venas corre también por las suyas? A veces la grandeza es una maldición. Que La Fuente os guarde, chiquilla.

Remugaba y remugaba sobre La Fuente, siempre La Fuente.

—Si oís los susurros, señorita, jamás se lo digáis a nadie —advertía—. Ni siquiera los susurros deben saberlo, ¿lo entendéis? La Fuente os protege, no lo olvidéis.

—Recordadlo —apuntaba de vez en cuando con el dedo—: una señorita debe saber cómo distinguir lo que es verdad. Que La Fuente te guíe siempre, Emma.

La doncella aguantó conmigo hasta que cumplí los diecisiete años. Tuvo la delicadeza de esperar dos días más, después de hacerme soplar las velas. Pero aquella misma noche, después de verla partir, me dormí abrazada a mi propia maleta.

Yo misma solo aguanté dos meses más.

En contra de todas las advertencias de la doncella, cuando ya despuntaba el sol, decidí entrar una última vez en el taller de mi padre antes de irme.

Recortada frente a un lienzo completamente negro, la silueta de mi padre se asemejaba más a la de un títere que a la de un artista. Le temblaban las manos, llenas de pintura. Parecía estar peleando consigo mismo, como si no supiera si seguir pintando fuera el remedio o la enfermedad.

—¿Papá?

Él no respondió. Era como si pudiera ver algo en el lienzo que nadie más podría haber visto. Mantuvo la vista clavada en el cuadro y apretó el pincel, como si sopesara dónde clavarlo.

No sé qué fue de él después de eso. Me fui y creo que no he dejado de irme desde entonces.

Estoy en el mismo lugar en el que estaré toda la vida, ¿verdad?

En ningún sitio.

Me dirijo a ningún lugar.

Sigo preguntándome qué vio mi padre en aquel cuadro o qué historia intentaba explicar con él. No puedo evitarlo, pero cada pregunta solo engendra tres más. Por complicado que suene, y pese a todo lo que ha pasado desde entonces, me hubiera gustado poder entenderlo.

Quizá porque yo también la veo.

La silueta.

También los oigo.

Los susurros.

No he dejado de oírlos desde aquel último amanecer y, pese a que han pasado casi ocho años, tal vez me hayan alcanzado.

No importa lo lejos que haya ido, ni cuánto haya intentado ignorar su insistencia.

En cuanto me despisto, los susurros inundan cualquier habitación en la que esté.

Y desde lo que ocurrió con Sia, desde aquella mecha de pelo blanco, parecen estar aún más cerca, si eso es posible.

Con cada paso que doy, oigo el chapoteo de los ríos de sangre y siento su presencia y su aliento en la nuca.

Primero es una voz distante. Luego otra. El murmuro crece y pronto cientos de voces que no reconozco me llaman por mi nombre. Hablan de mí y de algo que no entiendo. Lo llenan todo, hasta que ni oigo ni veo nada más.

Incluso despierta, siento la arena sobre la piel, como en el sueño, y veo la silueta por el rabillo del ojo.

Quizá veo en ella lo mismo que mi padre: el cuadro negro, las pinceladas, su puño cerrado alrededor del pincel y el mío alrededor de la tira de la bolsa que llevaba cruzada en el pecho.

Un dolor horrible me trae de vuelta a mi propio cuerpo.

El hombro me arde justo donde está el moratón.

Siento los dedos que se me hunden en la piel y la visión, con su sangre, su roya y su ciudad decrépita, me llena la cabeza hasta el punto en el que creo que me va a explotar.

Me siento desfallecer. De hecho, mi cuerpo cae hacia delante como si me arrojaran por un precipicio.

Pero justo entonces, alguien tira de mí hacia atrás.

El murmuro y los susurros cesan. El mundo empieza a girar de nuevo y el sonido regresa de golpe: el ruido de un frenazo, el claxon, los gritos ahogados de sorpresa.

Un coche pasa a apenas un centímetro de mí y se aleja calle abajo a más velocidad de la necesaria.

Los neumáticos chirrían sobre la calzada cuando el conductor intenta frenar, pero sigue de largo.

Alguien me sostiene contra su pecho, me ha salvado del peligro.

Tardo un instante en entender lo que ha pasado: alguien que me ha sacado de la carretera antes de que fuera demasiado tarde.

Siento sus brazos a mi alrededor, como una especie de escudo.

—Vale que no te apetezca celebrar tu cumpleaños —dice dándome la vuelta—, pero tampoco hace falta que te mates.

El olor a vainilla y caramelo es inconfundible: Sia me sostiene por los hombros y me dedica una mirada cargada de preocupación. Con un gesto rápido, revisa si estoy bien. Busca un rasguño, algo.

—¿Qué ha pasado?

—¿Qué haces aquí? —pregunto.

—¿En nuestra calle? Acabo de bajar del bus, igual que tú. ¿Es que no me has oído llamarte?

Miro a la calle. El bus sigue ahí parado y la gente nos mira. Yo la miro a ella. ¿He llegado aquí en autobús? ¿Desde dónde? Trago saliva, no sé dónde estoy ni qué ha ocurrido exactamente. Llevo el uniforme del trabajo. ¿Adónde quería llegar?

Casi me atropellan.

Casi me tiro a la carretera.

Me tiemblan las manos.

No sé qué está pasando.

¿Cuándo he llegado a nuestra calle? ¿Cómo?

No lo sé. Solo sé que me arde el hombro. Me llevo una mano al moratón y hundo los dedos en él hasta que el dolor se hace insoportable y se me saltan las lágrimas.

—¿Emma? —Oigo a mi amiga de fondo, pero no puedo contestar. Tan solo logro aferrarme a su mano, asustada—. Emma, ¿qué pasa?

Dejo que Sia me abrace con cuidado.

Al otro lado de la calle, por el rabillo del ojo, veo una sombra que se desvanece.

Temo que la doncella siempre tuviera razón. Lo que acosaba a mi padre también vive dentro de mí y jamás voy a poder escapar.

Da igual la distancia o cuántos mundos atraviese para huir de ello, va a encontrarme una y otra vez.

Siempre.